Mi inicio en el sexo fue a la edad de 18 años, recién cumplidos, aunque sería mucho mejor decir que fue mi inicio en sexualidad, no en el sexo. Yo era una jovencita desarrollada, ya me había venido la regla hacía tiempo y comenzaba a tener curiosidad. Se me había desarrollado todo menos la altura, pues era (y sigo siendo) un poco bajita. Eso sí, mis tetas eran grandes, bastante grandes si las comparábamos con las de mis compañeras y amigas, y en mi pubis crecía una gran mata de pelo negro brillante, que me hacía pasar vergüenza cuando iba a la piscina y la playa, pues me crecía por una gran zona.
Por aquella época yo ya me tocaba, de una manera muy inocente eso sí, simplemente frotándome por encima de la bragas, lo que muchas veces hacía que se mojaran un poco. No obstante, nunca llegaba a lo que cierto tiempo después descubrí era un orgasmo. A mediados del curso se incorporó a clase una chica nueva, Paula. Pronto nos hicimos buenas amigas, era abierta, simpática y un poco pasota, pero acabamos el curso siendo inseparables. Cuando junio se vino encima comenzamos a ir a la piscina. Un día, al borde la piscina con los pies dentro, Paula se fijó en mi pubis y me dijo tan tranquilamente que debería depilármelo, que no se me verían esos pelitos saliendo fuera de la braga del bikini. Yo le comenté que no se me había ocurrido y que no sabía cómo, además, al pensarlo, me daba miedo.
Contestó que ella tenía el mismo problema y se lo comentó a su hermana mayor (que tenía 20 años entonces), y que fue ella la que desde entonces una vez cada 3 semanas la depilaba. Parece ser que era como una tradición familiar. La madre había depilado a la hermana mayor, y ésta depilaba ahora a la pequeña. Con una sonrisa picarona añadió que, además, era algo muy divertido. Yo me quedé pensando, tanto en la de la depilación como en la cara que había puesto cuando había dicho lo de divertido. A los dos días me decidí a depilarme yo misma. Cogí una cuchilla y la espuma de mi hermano mayor un finde que no estaba y me encerré en el baño. Fue un desastre, me corté y aquello quedó peor todavía. Al lunes siguiente le dije a Paula que no podía ir a la piscina. Al preguntarme por qué, le conté lo ocurrido. Me contestó que pasara por su casa al día siguiente, que le tocaba depilación, y que no habría ningún problema en que su hermana me mirara el destrozo y tratara de arreglarlo.
Al principio dudé, nunca había enseñado mi coñito (todos lo llamábamos así) a nadie, pero viendo lo que había ocurrido no me vi en otra solución. Fui a su casa al día siguiente. Yo ya conocía a su hermana Lucía, pero no hacía más que pensar en a lo que había ido y me ponía colorada, además de morirme de vergüenza. Los padres de Paula se habían divorciado hacía años, por lo que en la casa sólo estaba la madre. Merendamos algo y cuando la madre dijo que se iba a hacer la compra, Lucía, mirándome, me comentó que por qué no le enseñaba el “destrozo”, que iba a comenzar a depilar a Paula. Paula venía entonces con un par de toallas y todos los utensilios de depilación. Puso una toalla en el sofá, se fue y volvió con un balde lleno de agua templada.
-Mira, para que no estés nerviosa, que me depilé a mi primero y así lo ves. No pasa nada, estate tranquila.
Nada más decir esto se bajó los vaqueros y las bragas, quedando completamente desnuda de cintura para abajo. Tenía el coñito casi entero depilado, sólo quedaba un mechón de color castaño sobre su raja, la verdad es que se veía muy bonito, sobre todo si lo comparaba con mi mata de pelo ahora totalmente revuelta y con restos de sangre por mi intento fallido. Paula se sentó al borde del sofá, con las piernas completamente abiertas y la espalda apoyada en el respaldo. Se la veía muy cómoda. Lucía se puso entre sus piernas.
-Ponte a mi lado y así miras, que no te de vergüenza ver el coñito de Paula, tú tienes uno, yo tengo uno, todas las mujeres tenemos uno, no debe dar vergüenza. Además, mi madre no vendrá hasta dentro de un par de horas, o sea que no te preocupes por ella.
Me senté de rodillas a su lado, con el coñito de mi amiga enfrente. Desde esa vista se sentía mucho más hermoso, era como estar viendo el mío pero perfectamente arreglado, como debía de ser. La tranquilidad y la normalidad con la que las dos hermanas trataban el tema hizo que me relajara. Lucía comenzó a pasar un poco de agua tibia por todo el coñito y el pubis de su hermana, que miraba desde el sofá toda la operación con una sonrisa que yo no supe interpretar. Luego Lucía comenzó a poner espuma en las zonas a depilar, lo hacía con la mano, dando un suave masaje a todo el coñito. En ese momento vi que Paula cerraba los ojos y tiraba la cabeza hacia atrás. Comencé a darme cuenta de por qué Paula decía que era divertida la depilación. La tranquilidad que flotaba en el ambiente, la música suave y melódica que había puesto Lucía, el tener delante de mi cara el coñito de mi mejor amiga, que su hermana me tratara como una más de la familia, hicieron que me excitara de una manera que hasta entonces, a lo largo de mis casi 18 años, no había experimentado. Paula comenzó a jadear, se lo estaba pasando bomba.
-Tranquila, me dijo Lucía, siempre se excita cuando la depilo. Le encanta, supongo que ya te lo habrá comentado, es algo inevitable cuando te hacen una depilación suave. Mi madre hacía que me corriera como una loca, hasta cuando no quería que lo hiciera. Una vez hasta me meé encima al tener el orgasmo. Al principio mi madre se cabreó, pero luego se dio cuenta de que no había sido voluntario y hasta me dio las gracias, porque mearse encima en una corrida quiere decir que el orgasmo ha sido incontrolable, y eso lo había provocado ella.
A esas alturas Paula estaba completamente loca, se refrotaba contra el sofá. Lucía sacó al cuchilla comenzó la depilación. Yo pensé que so calmaría a Paula pero al contrario, siguió jadeando, cada vez más rápido. En un momento Lucía acercó su cara al coñito de su hermana y con la lengua, ayudándose de las manos, le sacó el clítoris hacia fuera.
-Es para no provocar cortes, no hay otra manera.
Eso hizo que Paula se arqueara entera. Emitió un gemido espectacular (que a mí, involuntariamente, me excitó una barbaridad) y se corrió. Tuvo una corrida bastante larga, de las que yo no había tenido nunca, y de su coñito salió un líquido de color blanco, espeso. Lucía se apresuró a recogerlo con los dedos y, mirándome, se los metió en la boca diciendo “es mi premio por un buen trabajo”. Yo en ese momento era una tormenta de sentimiento a flor de piel. Por un lado me sentía turbada por lo que acababa de ver, pero por otro me ardía el coñito, me estaba conteniendo para no tocarme.
A los pocos minutos Paula volvió en sí. Le dio las gracias a su hermana de una manera muy natural, como cuando agradeces que alguien te haya echado una mano a sacar la compra del coche. Se sonrieron y entonces me miró a mí, con otro tipo de sonrisa, mucho más picarona.
-Bueno, ya lo has visto, ya tengo el coñito bien depilado y ha sido muy divertido. Te toca, quieres que Lucía te depile o no?
La inmediatez de la respuesta me sorprendió a mí misma, SÍ, dije alzando la voz sin venir a cuento. Ambas hermanas se miraron y rieron, pero no dijeron nada, sólo “desnúdate”. Me bajé los pantalones y me quede un momento en bragas, sopesando la situación, pero otra vez la sorpresa fue presa de mi, pues mis manos ya estaban empujando de ellas hacia abajo. Me quedé de pie, delante de mi amiga y su hermana, desnuda de cintura para abajo. Ellas sólo miraban mi coñito, con una mezcla de sorpresa y turbación.
-Sí que te hiciste un buen desastre, veré lo que puedo hacer, dijo Lucía.
-Aun siendo tan peludo tienes un coñito muy bonito, muy, muy bonito, exclamó Paula.
-Gracias, dije con timidez.
Me hicieron sentar en el sofá, con las piernas completamente abiertas, como había hecho Paula. Sentía el aire acondicionado mandando ráfagas de aire frío a mi coñito, que en ese momento estaba muy caliente. Me dijeron que me relajara. Entonces oí que Lucía le comentaba a Paula que me depilarían juntas, así podría ir aprendiendo a hacerlo, por si queríamos depilarnos la una a la otra en un futuro. Paula se entusiasmo.
Comenzaron secándome todo el vello del coñito, que se había humedecido de la calentura de antes. Pasaban sus manos por mi pelambrera, y yo me dejé hacer. Cerré los ojos y me tumbé hacia atrás.
-Creo que ella también se va a correr con la depilación, le dijo Paula a su hermana.
Una de las dos (no se cual pues yo estaba con los ojos cerrados), comenzó a cortarme el vello con unas tijeras, mientras la otra me daba un masaje en el abdomen para que me relajara (¡¡como si lo necesitara!!). al cabo de un rato en el que yo estuve en la gloria y a punto de correrme, me dijeron que iban a empezar a ponerme la espuma. Aquello fue increíble. El masaje a cuatro manos, que abarrotaban completamente toda la zona de mi coñito. Más de un dedo se escapó hacia mi rajita, lo que me hacía estremecer. Poco a poco fui llegando a clímax que jamás me había sucedido. Me mareaba, se lo dije, pero lo único que oí fue, “disfrútalo”. Me agarraba a la funda del sofá, convulsionaba, gemía cada vez con más fuerza. Era una máquina de placer, no quería que aquello acabara, pero al mismo tiempo me moría por alcanzar el punto más alto. Por fin me llegó. Fue el mayor orgasmo que había tenido nunca. De hecho no era ni comparable a ningún orgasmo anterior. Me corrí como una loca, no sé si tanto tiempo como Paula, pero fue inmenso, me dejó exhausta. Abrí los ojos al oír a Lucía decir, “tómalo, es tu premio, lo has hecho bien”. Entonces Paula, con el dedo índice y el pulgar cogió la corrida que salía de mi coñito y se lo metía en la boca. Al mismo tiempo, me fijé, estaba masturbándose con la otra mano. “Sabe bueno”, dijo, y me guiñó un ojo. Aquello me volvió a excitar una barbaridad.
-Eres virgen, ¿verdad?, me preguntó Lucía -Sí -Se nota, esa corrida tuya es la de una virgen a la que todavía no se la han metido hasta dentro. Pero sigamos.
Volvieron a centrarse en mi coñito. Yo pensaba que ya no podía más, pero en cuanto comenzaron a pasar la cuchilla, mi coñito volvió a encenderse. Me fui calentando, pero esta vez ya no había barreras, me había corrido gracias a mi mejor amiga y su hermana, delante de ellas, por lo que ya todo daba igual. Comencé a masajearme las tetas, a tocarme los pezones, suavemente. Entonces lo sentí, había algo más que unas manos tocando mi coñito. Abrí los ojos. Lucía le estaba enseñando a Paula cómo sacar mi clítoris con la lengua. Increíble, la vista de mi coñito con dos caras sacando la lengua para luego hundirla en mi clítoris, fue demasiado. Me volví a correr, salvajemente. Ahora sí que estaba completamente hecha polvo. Esta vez fue Lucía la que se comió mi corrida. Estaba diciéndole a su hermana que realmente sí que sabía bien mi corrida cuando apareció su madre. Yo me asusté muchísimo, pero las dos hermanas, tras estar de acuerdo en el sabor de mi corrida, siguieron depilándome como nada. Su madre se acercó, miró mi coñito y me dijo: “A mí también me gusta totalmente depilado, no sé por qué Paula se deja esa mata de pelo”. Se dio la vuelta y se dirigió a la cocina para dejar la compra.
Me dejaron sin un solo pelo. Paula y yo nos hicimos un par de fotos juntas enseñando nuestros coñitos depilados, como recuerdo de aquel día. Le di las gracias a Lucía por todo, por la depilación y por las corridas. “Si has disfrutado estoy satisfecha”, fue lo único que contestó.
Luego nos sentamos con su madre en la cocina para tomar una coca-cola. Estuvimos hablando un rato, hasta que en un momento Lucía dijo: “Sabes mamá?, ella es virgen, y se ha dejado hacer todo sin poner ningún reparo en ningún momento”. Aquello me pareció fuera de lugar, pero después de lo que había ocurrido antes mis percepciones estaban cambiando a una velocidad alucinante. Seguimos hablando unos minutos, hasta que su madre dijo: “Chicas, necesito que me traigáis del súper las garrafas de de agua, me las he olvidado. Comprad 5 de 8 litros, tomad las llaves del coche”.
Ellas se levantaron para irse y yo también, pero su madre me dijo que esperara, que quería hablar conmigo. Se fue a su habitación. Volvió cuando las chicas ya se iban. “Ven aquí”, me dijo. Yo obedecí inmediatamente, había algo raro en el ambiente y me estaba excitando de nuevo, no me lo podía creer, tendría un problema hormonal?. Me llevó a su habitación. “Túmbate en la cama. Voy a ver el trabajo que te han hecho”. Me tumbé sin decir nada. Me bajó las bragas y me miró el coñito. Buen trabajo, creo que dijo. Sin previo aviso me abrió el coñito y me dio unos lengüetazos en toda la raja, lo que me puso a mil. No dije nada. Cuando me estaba calentando hasta el límite paró.
-Creo que serías una gran sumisa -Una qué? -Una sumisa -No sé lo que es -Eso da igual. Has tenido una relación lésbica con tu mejor amiga, su hermana mayor y ahora con su madre y no has dicho nada, no te has opuesto. Realmente te ha gustado ¿verdad? -Sí, dije agachando la cabeza y sintiendo vergüenza
Ella me tomó la cabeza con la mano y me la levantó. “Si es lo que te gusta no hay ningún problema, de hecho puedes disfrutar mucho. Pero eres muy joven”.
Se levantó y se quitó la bata que hasta ese momento llevaba. Al quitársela vi que se había puesto un traje ajustado de color rojo, que había sido diseñado para dejar sus tetas fuera. La minifalda era extrema, más bien era un cinturón. “Así me visto algunas veces que practico sexo, ¿te gusta?”. Otra vez mi cuerpo fue más rápido que mi cerebro: SI, dije levantando la voz. Ella se dio cuenta de que eran mis instintos más profundos los que hablaban y asintió, con una gran mueca de satisfacción. Sacó de la mesilla un collar de perro y me lo puso al cuello. “Algún problema?”, me preguntó dulcemente. Otra vez: NOO, mi cuerpo anulaba a mi cerebro. “Te voy a hacer una prueba definitiva”. No contesté. “Bien”, dijo ella. “Ponte a cuatro patas”, obedecí con mi collar apretándome la garganta. Se sentó en mi espalda. Noté que no llevaba bragas, pues su coñito tocaba directamente mi carne. Otra vez volvía a estar híper excitada. “Muévete por la habitación hasta que yo te lo diga”.
Cuando estaba a punto de protestar me di cuenta de que ya estaba caminando como una perra. Ella se movía de adelante a atrás. Mis muslos provocaban un frotamiento que hacía que poco a poco me fuera calentando más y más. Estaba a punto de correrme. Pero entonces se corrió ella. Dio un fuerte gemido y apoyó su cabeza sobre mi nuca, yo me quedé parada. Notaba mi espalda empapada de su flujo. Al cabo de un momento me dijo al oído: “Verdaderamente serás una gran sumisa”. Eso me volvió a dejar perpleja pero, al mismo tiempo, sin saber muy bien lo que significaba aquello, me sentía muy orgullosa. Me descabalgó, pero me dijo que me quedara a cuatro patas, que ahora me tocaba a mí. Sacó de otro cajón una cajita alargada y plana y se puso detrás de mí. Yo no estaba asustada, me había calentado mucho haciendo de perra-yegua y me había quedado a medias. Entonces noté como ponía algo en la entrada de mi culo, una especie de crema.
Otra vez pensé en protestar, pero cuerpo ya ronroneaba de gusto. “Te voy a meter un “primera base”, no te preocupes, disfruta”. Un “primera base” parece ser que era un tubito largo, muy fino y flexible, para meter por el culo a las vírgenes como yo, no equivalía ni una desvirgación, pues ninguna polla podría ser jamás tan fina. Me lo empezó a meter, aquello me gustaba, me provocaba alguna molestia, pero el placer era inmenso. Siguió metiendo y metiendo el aparato. En un momento la oí decir “increíble”, pero no quise saber qué ocurría, estaba demasiado caliente por lo que me estaba haciendo. Al mismo tiempo que lo metía más y más dentro de mi recto, lo movía, hacía círculos, entraba y salía…… era increíble. Yo comenzaba a tener molestias, notaba como ya estaba hurgando en mi mierda. Aun así siguió metiéndolo. Comencé a protestar, que me dolía, que me hacía daño.
Ella me dijo que aguantara que era lo que debía hacer. Aguanté, hasta un punto en el que ya no pude más y le supliqué que parara. En cuanto oyó mi súplica se paró, lo que le agradecí muchísimo, haciéndoselo saber. Le estaba muy agradecida por parar. Pero de pronto lo metió de golpe un trozo más, grite de dolor, pero al mismo tiempo sentí como una descarga eléctrica en todo el cuerpo y me corrí. Me corrí salvajemente, hasta perdí el sentido unos segundos. Cuando volví en mi estaba tumbada en la cama, con ella frente a mí. Lo único que alcancé a decirle fue “gracias, muchas gracias, no se lo que me has provocado pero me has hecho tuya”. Mis propias palabras me sorprendieron “Lo sé”, contestó.
-Paula y Lucía volverán enseguida, salgamos al salón. El collar te lo puedes quedar y dejar puesto, ellas no dirán nada. Además, quiero que te lleves a tu casa estos dvd’s, míralos y la semana que viene hablamos. Miré las carátulas. Estaban en alemán, pero en ellas se veía a mujeres siendo azotadas, con pesos en las en las tetas, con semen en la cara…… Al principio aparté vista, pero otra vez mi cuerpo era más que mi cerebro y mi vista se quedó fija en una foto de una chica que estaba siendo azotada mientras le chupaba a un tío la polla más grande que yo jamás había visto o imaginado. No pude evitarlo, aquello me calentaba….
Esta es una historia completamente ficticia.
Autor: Blinky
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