Me encontraba totalmente desnuda, dentro de la habitación de los castigos, extremadamente fría. Con mis piernas bien abiertas y entre ellas una tabla de madera, sobre su filo descansaba parte de mí lastimado coño. Con mis manos esposadas a la espalda, mis senos y pezones, así como parte de mis brazos, muslos y hasta parte de mi coño habían sido chorreadas gotas de cera derretida. Mientras que con la punta de mis pies. Procuraba mantener el equilibrio, para no caer al sucio piso. Así ya llevaba un buen rato cuando entró a la habitación, mi amo.
Él me había castigado, por desobediente y grosera. Al responderle de manera inadecuada a uno de sus tantos amigos, que me estaba ordenando que se lo mamase. Eso había sucedido durante el pasado fin de semana, el tipo calvo y regordete, después de haberme ordenado que lo masturbase, me ordenó que se lo mamase. Pero no hay cosa más desagradable para mí, que el servirle que ese tipo, en ocasiones pienso que mi amo lo invita por el solo hecho de que sabe que me desagrada intensamente. Al gordo ese ordenarme que se lo mamase, lo ignoré totalmente, retirándome de la sala. Pero no había regresado a mi habitación, cuando mi amo, pegando un fuerte grito me llamó por mi nombre. Laura, hija de la gran puta, preséntate ante mí ahora mismo.
Yo así lo hice, y apenas estuve ante su presencia, como es mi costumbre me arrodillé en el piso y sin levantar la mirada pegué mí frente al piso, hasta que él me ordenó levantarme. Fue en ese instante que mientras tocaba mi desnudo cuerpo, con el fuete que acostumbra a mantener en sus manos, me dijo. Hoy no te voy a castigar, pero durante toda esta semana quiero que vayas pensando en lo que te voy hacer el sábado próximo. El escuchar eso fue peor que si me hubiera castigado en ese mismo instante, ya que la espera y el saber que cada día que pasaba, que mi castigo se acercaba. Todo eso me hacía sentir muchísimo más ansiosa.
Cuando regresé ante la presencia de mi amo, a la semana de haber sido sentenciada por grosera y desobediente. Me moría del miedo y excitación por escuchar lo que tendría deparado para mí. Pero debido a eso he llegado a pensar que mi amo me lee la mente, ya que se quedó sin decir nada. Simplemente se encaminó en dirección a la habitación de los castigos, mientras que yo del todo desnuda, después de que él pasó ante mí, me levanté del piso y lo seguí sumisamente. Al entrar en la habitación, se quedó viendo el burro de madera, y de inmediato dirigió la mirada a mi persona.
Entendí que debía sentarme sobre eso, y al yo pasar una de mis piernas sobre el travesaño de madera, mi amo, con sus pies separó mis piernas, hasta el punto que el canto de la madera sobre la que me había sentado, se comenzó a enterrar a todo lo largo de mi coño. Aun sin decir palabra, mi amo tomó una de mis brazos, y con un rápido movimiento lo llevó a mi espalda, y de inmediato repitió lo mismo con el otro brazo, para inmediatamente colocarme las apretadas esposas con mis manos a la espalda.
Por un tonto instante, pensé que todo había terminado, pero no fue así, mi amo, aún sin decir nada se dirigió a una de las velas de color rojo, que tiene en esa habitación y tras retirarla del candelabro donde estaba encendida, se dirigió hasta donde yo estaba, y ligeramente inclinando la vela vi como lentamente la pequeña lumbre, comenzó a ir desprendiendo gotas de cera caliente, que una tras otra, tras un corto trayecto en el aire, finalmente chocaban contra los pezones de mis senos, lo inmediato que sentía era ese ardor sobre mi piel, y el olor de la cera aromática con que me estaba quemando, uno a uno cada centímetro de mi cuerpo. De mis senos pasó a parte de mis brazos, los muslos de mis piernas, y finalmente hasta que gran parte del exterior de mi coño, estaba marcado por esas pequeñas pero calientes gotas de cera roja.
A mí se me salían las lagrimas, pero sin decir una sola palabra, ya que se que de haberlo hecho el castigo hubiera sido peor. Después de un rato se retiró, y posteriormente regresó con el desgraciado gordo ese, quien al verme el muy cobarde, se puso a llorar al tiempo que le decía a mi amo. Pero José Alfredo, que lo que pasó no era para tanto. Al yo escuchar al desgraciado ese, me dieron ganas de matarlo, ya que por causa de él estaba siendo castigada, y después de todo él decía que no era para tanto el castigo. Mi amo tomó su fuete, y tras darme un par de fuetazos por las nalgas, se le quedó viendo a su amigo, que al parecer no tuvo el estomago suficientemente fuerte para soportar todo y sin aviso previo se vomitó a mis pies.
Mi amo lo agarró de mala gana por el brazo, y empujándolo lo sacó de la habitación de los castigos. Yo manteniendo mi precario equilibrio, esperé a que mi amo regresara, lo que finalmente hizo, calculé yo, una hora más tarde. Retiró las esposas de mis manos, me observó como adolorida por la incómoda posición en que había estado, me bajaba del burro de madera, y debido a que mis pies finalmente se llenaron del vomito de su amigo, tomó una manguera que hay en esa habitación y tras abrir la llave del agua, comenzó a mojar todo mi cuerpo a presión haciendo que las gotitas de cera se fueran deslizando hasta el piso, y mis pies quedasen completamente libre de esa cosa pegajosa que vomitó el gordo ese.
Ya así sin decir nada, mi amo se encaminó fuera de la habitación, por lo que después de medio secarme, sumisamente lo seguí hasta la sala principal. Donde nos esperaban algunos de sus invitados e invitadas, algunos de ellos con sus respectivas o respectivos esclavos similares a mí. En ese instante me preguntó ante todos. Laura ¿para qué tú estás aquí? Mi respuesta inmediata fue, para llevar al colmo el placer de mi amo y sus amistades, obedeciéndoles ciegamente. Tras lo cual mi amo, recibió un cerrado aplauso de la mayoría de los presentes. Durante ese fin de semana, no hubo cosa que no me ordenasen hacer y que yo sumisa y calladamente hiciera, ya me había bastado con la lección, que me había dado mi amo el sábado temprano por la mañana.
Todo el tiempo, estuve bajo la escrutadora mirada de mi amo, observando cómo me comportaba con sus invitados y en ocasiones hasta con los propios esclavos o esclavas, de ellos. En cierto momento, como que a la mayoría de los amos y amas presentes, les pareció sumamente divertido, que sus esclavos, me penetrasen por todo y cada uno de los orificios de mi cuerpo, que era posible. Y sin oponer la menor resistencia, permití que varios de los esclavos, al mismo tiempo me fueran penetrando tanto por mi vagina, como por mi boca como por mi ano. Era algo bastante degradante, si por lo menos hubieran sido únicamente los propios amos quienes lo hubieran estado haciendo, pero me rebajaron a que no ellos o ellas sino sus esclavos o esclavas me usaran.
Una de las esclavas, después de que alguien terminó de vaciar su verga dentro de mi boca, le ordenaron que pusiera sus nalgas en mi rostro, y lo siguiente que tuve que hacer fue por un largo rato permanecer dándole el llamado beso negro. Hasta que una de las amas presentes, personalmente me introdujo su mano dentro de mi coño, hasta hacerme alcanzar un orgasmo increíble, el que a duras penas pude contener las ganas de gritar de placer, por no tener permiso de mi amo para hacerlo.
Ya el domingo en la noche después de que todos los invitados de mi amo se marcharon, él pasó a mi lado y dándome una suave nalgadita me dijo, te has portado muy bien, Laura, sus palabras me hicieron el día. El lunes en la mañana, mi esposo José Alfredo y yo nos dirigimos a nuestros respectivos empleos. Fue cuando me comentó, que no volvería invitar al gordo a nuestras fiestas, es muy delicado, el pendejo ese.
Autor: Narrador narrador (arroba) hotmail.com
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