El jueves pasado teníamos la casa sólo para nosotros. David y Sonia se habían ido a pasar las vacaciones con sus familias y Mónica había salido. Enseguida nos desnudamos y empezamos a jugar en la habitación. Entre caricias y besos, Juan cogió un foulard, lo pasó por detrás del barrote central del cabecero de la cama y me ató las muñecas. Poco después oí la puerta de la calle, pero como la nuestra estaba cerrada no me preocupé. Cinco minutos más tarde comprobé que no habíamos echado el pestillo. Fue cuando Mónica entró sin llamar, vestida sólo con una camiseta larga de andar por casa y las bragas.
- ¡Lárgate de aquí! – dije. - Sólo he venido a por un mechero. Seguid con lo vuestro.
Cogió mi bolso y empezó a buscar el condenado mechero.
- ¿Has oído hablar de la intimidad? Entre otras cosas significa poder decidir quién te ve el chocho y quién no; tú perteneces al segundo grupo. ¡Y suelta mi bolso de una vez! ¡Ahora mismo! Me hizo caso, soltó el bolso; pero lanzándolo por la ventana, que estaba abierta por el calor.
- ¡Serás puta! ¿Qué has hecho? Corre, Juan, que llevo la tarjeta de crédito y la documentación.
Mi novio se puso algo de ropa y salió pitando. Cuando oímos cerrarse la puerta, Mónica me miró detenidamente antes de preguntar: - ¿Crees que se habrá acordado de coger las llaves? Seguro que no. En ese momento me dije: Nena, la has cagado. Ahí estaba yo, atada a la cama en pelotas. Y ahí estaba Mónica, viniendo hacia mí con una sonrisa de superioridad que no tenía la menor intención de desaprovechar. Puso una mano en cada una de mis rodillas y me abrió las piernas de par en par.
- ¿Es esto lo que no querías que viera? – preguntó mirándome el coño.
Soy una chica empecinada en sus errores, así que en lugar de rehuir el enfrentamiento no se me ocurrió nada mejor que escupirla en la cara. Se limpió el escupitajo con toda tranquilidad y después de mirarme a los ojos me untó el coño con mi propia saliva y me metió dos dedos. Entre la saliva y la excitación conseguida con Juan, lo único que me dolió fue el orgullo.
- Déjame, puta.
Empezó a mover los dedos dentro de mí, a acariciarme el clítoris con el pulgar mientras me agarraba una teta con la otra mano. Se había sentado a caballo sobre una de mis piernas y la otra la mantenía abierta con su rodilla.
- Sácame la mano del coño – dije furiosa. La sacó y empezó a darme cachetes en él. De vez en cuando me los daba en el pecho, me tiraba de los pezones o volvía a penetrarme. Ignoraba mis gritos. Noté como empezaba a restregarse contra mi pierna, pero también noté que yo llevaba un buen rato moviendo mis caderas. Se quitó la camiseta, dejándome ver sus tetas con los pezones de punta. Se puso de pie en la cama y se quitó las bragas. Me plantó el chocho delante de la cara.
- ¡Hora de comer! – anunció. Naturalmente, no la hice caso. Me dio una bofetada, con fuerza. – ¿No quieres? Bien. – Me cogió del pelo y empezó a restregarse contra mi cabeza y mi cara. - ¡Qué suave tienes el pelo! ¿Te lo has lavado hoy? Me agarró de los rizos de mi nuca, obligándome a levantar la cabeza. Noté la humedad de su flujo en mi frente y mi rostro.
Si no hubiera estado atada la habría mordido, pero al estar a su entera disposición no me atreví. Lo único que podía hacer para recuperar un poco el control era empezar a lamer, tomar un papel más activo en lugar de dejarla a ella todos los movimientos. Sonó el timbre, debía de ser Juan. No le hizo ningún caso. Él insistió tanto que hasta yo deseé que parara de torturarnos con el dichoso ruido.
- Joder – se quejó Mónica. Y gritando, para que Juan la oyera: - Esto es entre tu chica y yo. Vete a dar una vuelta.
Yo sorbía sus labios menores, rodeaba con la lengua la entrada del coño o la metía y la sacaba repetida y rápidamente. El ver cómo le temblaban las piernas me dio una curiosa sensación de poder, a pesar de ser yo quien permanecía atada. Me propuse hacer que se corriera cuanto antes. Pero ni siquiera me concedió esa pequeña victoria. Se retiró un poco para ver cómo mi boca iba tras ella. Imposible, se había puesto fuera del alcance de mi lengua, por tan solo unos centímetros.
- No va a ser tan fácil – me dijo excitada, y a mí me dio miedo que fuera capaz de controlar la situación incluso cuando estaba a punto de correrse.
Se bajó de la cama y me miró detenidamente. Ya nadie me separaba las piernas y, sin embargo, yo seguía despatarrada, con su mirada clavada en mi cuerpo como el alfiler atraviesa a la mariposa preferida del coleccionista, solo que yo estaba viva. Nunca me había sentido tan viva y tan en peligro. Tiró de los pies de la cama y la separó una cuarta de la pared. Lo suficiente como para meter entre el cabecero y el muro un espejo de cuerpo entero que trajo de su cuarto.
- Quiero que veas bien lo que voy a hacerte. – Volvió a salir.
Cuando regresó traía en la mano una de esas pollas dobles que usan en las pelis porno, grande, de color azul y apariencia flexible. Me acarició los muslos y el vientre. Se sentó entre mis piernas haciendo que su coño quedara junto al mío. Empezó a frotarse contra él. Su boca se abalanzó sobre la mía, dándome un morreo salvaje y, mientras nuestras lenguas se enroscaban la una en la otra, me penetró con uno de los extremos de la polla azul y comenzó a moverla en mi interior. Se retiró un momento. Me cogió de los tobillos y me hizo ponerme boca abajo. Mis manos seguían atadas al barrote central del cabecero de la cama.
- Ponte de rodillas – ordenó, al tiempo que su mano izquierda se metía entre mi vientre y la sábana y tiraba de mí hacia arriba. Clavé las rodillas en el colchón y me fijé en el espejo. Contemplé mi rostro y descubrí en él el deseo de Mónica. Mi mirada era la suya. También vi cómo se enchufaba el otro extremo de la polla en el coño que yo había lamido.
Entre su cuerpo y el mío podía ver el puente azul que nos unía. Puso en el una mano y comenzó a moverlo como si de la manivela de un organillo se tratara, haciéndome bailar al son de su música. Cada uno de esos pequeños giros repercutía en nuestras entrañas. Porque las de ella, a juzgar por la cara de placer, debían de estar tan encharcadas como las mías. – Te gusta, ¿verdad, zorra? – Y fue la serpiente, aquella serpiente azul que penetraba cada vez más en mi cueva ensanchándola, convirtiendo mi coño en un anillo terso alrededor de su cuerpo sinuoso, la que me obligó a responder:
- Siiii.
Cambió entonces de movimiento y empezó a balancear sus caderas atrás y adelante en un gesto típicamente masculino. No me permitía acostumbrarme a un ritmo. Pasaba de la lentitud profunda a las acometidas bruscas. En un momento dado, metió dos dedos a lo largo de la polla azul y acompañó con ellos el vaivén. Apoyó la otra mano en mi nalga derecha y la separó todo lo que pudo, llevándola hacia fuera. Sacó los dedos de mi coño y la serpiente se detuvo un instante. El orificio de mi culo se abrió poco a poco.
- No me hagas eso – supliqué. – No me lo hagas.
Demasiado tarde. Dos dedos húmedos hurgaban ya en mi interior. La serpiente volvió a reptar en mi cueva con renovados bríos. Las embestidas se tornaron violentas, hasta el punto de hacer que me olvidara de mi otro agujero penetrado. No fue por mucho tiempo.
Vi a Mónica sacarse el extremo de la polla azul que le correspondía y demostrarme la flexibilidad del artilugio doblándolo hasta colocarlo frente a mi ano. Retiró los dedos y, sin dar lugar a que se cerrara lo que sólo ella había abierto, pues ni siquiera a Juan se lo permitía, metió en mi culo lo que acababa de estar en su coño.
- Noooooooooo – me quejé. - ¿No te gusta, corazón? – se burlaba, poniendo una mano en el asa azul e iniciando un movimiento por el cuál cuando entraba más de un lado, salía un poco del otro y viceversa. Cada vez más rápido, cada vez con mayor profundidad. – Mírate – dijo, tirándome del pelo para que levantara la cabeza en dirección al espejo. Me vi temblar y correrme como nunca me había corrido. – Apuesto a que Juan jamás te ha visto así. – Las oleadas del orgasmo continuaban invadiéndome mientras Mónica me agarraba una teta con fuerza.
Por fin sacó uno de los extremos, el de mi coño, pero fue para reemplazarlo por su mano izquierda.
- ¿Sabes qué es la aerodinámica? – preguntó, dispuesta a explicármelo con una clase práctica.
Juntó las yemas de los cinco dedos y empujó. Sentí cómo me abría, cómo mi cuerpo se resistía al paso de sus nudillos y finalmente cedía. Con la mano entera en mi interior, la cerró en un puño e hizo pequeños giros a derecha e izquierda.
Mis piernas casi se negaban a sostenerme; tal era mi temblor que estaba convencida de que sólo esa mano invasora me mantenía de rodillas, evitando la caída sobre el colchón. De pronto se puso de pie en la cama, detrás de mí, y volvió a coger el extremo azul que seguía libre. Pensé que se lo iba a meter otra vez en el chocho, pero cuál no sería mi sorpresa cuando sacó la mano que me penetraba y se embadurnó las nalgas y el ano con mis jugos. Preparó el terreno con el dedo corazón, luego se ayudó con el índice y el anular, antes de coger la polla azul y enchufársela en el culo lentamente. Así decidió mostrarme su superioridad sobre mí.
La demostración definitiva: sentir en sus carnes el mismo castigo que me infligía, como si me dijera Tú nunca serías capaz de hacer esto. Ves, lo que para ti supone una humillación yo puedo experimentarlo como algo placentero. Me agarró del pelo, mirándome a los ojos en el espejo, desafiándome mientras me sodomizaba; o tal vez debería decir mientras nos sodomizaba. Yo bajé la mirada. Lo suficiente para ver cómo la serpiente azul se adentraba en ella y cómo su coño, unos centímetros más arriba, se abría y cerraba levemente al ritmo de la penetración anal.
Mónica se acariciaba las tetas con fuerza, excitaba sus pezones agarrándolos entre los dedos. El movimiento de sus caderas se volvía cada vez más brusco, casi furioso. Sus gemidos y jadeos se unieron a los míos, llegando a ocultarlos. Finalmente se detuvo en un momento en el que la penetración conseguía la máxima profundidad. Su cuerpo algo arqueado hacia atrás, sin más apoyo que los pies sobre el colchón y el azul que nos unía.
Sus piernas temblaban y en el momento de mayor excitación empezó a darse cachetes en el coño hasta estallar en el orgasmo más salvaje que he presenciado. Así era Mónica. Cayó rendida y victoriosa sobre mi espalda. Sólo entonces se permitió un gesto de ternura. Me acarició una teta y me dio un par de suaves palmadas en ella. Yo contraje los músculos de mi vagina una y otra vez, hasta conseguir un segundo orgasmo, con su cuerpo sobre el mío. Ella se dio cuenta.
- Que zorra eres. Todavía quieres más.
Me arreó un azote y se levantó. Cogió su camiseta y sus bragas y salió de la habitación sin ponérselas. Se despidió con la siguiente frase: - Tendrás que esperar a que venga tu chico. Seguro que le pone cachondo verte así.
Oí cómo abría la puerta de la calle, para que pudiera entrar Juan, y me quedé temiendo y esperando su reacción ante lo que se iba a encontrar: Su novia a cuatro patas igual que una perra y aquella polla azul colgando entre mis nalgas como el rabo de un extraño animal.
Autor: Ivan
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