UN TOTAL DESCONOCIDO Mi culo se estiró un poco más y el glande hinchado del desconocido entró en mi cuerpo, con una de sus manos me sostenía para meterme el resto de su gruesa verga y mi culo se llenó de verga


Como todas las mañanas camino al trabajo, abordé el metro, que si bien es un medio de transporte bastante rápido y seguro, a veces logra ponerme de muy mal humor. Toda esa gente, corriendo y empujando, tratando de llegar a tiempo a sus citas, escuelas, o a donde carajos vayan, con caras adormiladas, aburridas o abstraídas en sus propios pensamientos.

Esta mañana era como cualquier otra anterior. Allí estaba yo, con el portafolio en una mano y con la otra colgado como un mono del maneral, tratando de que el continuo vaivén del metro y sus ríos de gente no me aplastaran como a un mosquito.

Absorto en la rutina no me percaté al principio de lo que estaba pasando. Alguien a mis espaldas me empujaba y apretaba mas de lo acostumbrado. Con tantos robos que suceden hoy en día, traté de apartarme un poco y ver de reojo quien se me arrimaba de esa forma. Solo vislumbré un traje azul marino y un poco de cabello rubio pajizo, junto con el aroma a colonia de afeitar. Vi también un portafolios como el mío y comprendí que era un tipo que igual que yo intentaba mantener el equilibrio.

Unos segundos después, otro empujón de gente y el tipo que se me repega nuevamente. Esta vez distinguí como se presionaba su pelvis contra mi trasero. Entre mi maraña de pensamientos, algo trataba de llamarme la atención. Al siguiente empuje noté de lo que se trataba. Había algo duro en su pelvis, y no parecía ser la hebilla de su cinturón precisamente.

Antes de entrar en pánico y hacer una escena penosa y ridícula, propia de señorita victoriana a punto de ser violada, quise asegurarme de no estar imaginando todo yo mismo, y una mano pellizcándome la nalga izquierda terminó de asegurarme que efectivamente el tipo aquel estaba cachondeándome.

A punto de soltar el puñetazo y la palabrota consiguiente, las puertas del vagón se abrieron y mi admirador secreto ya se había marchado, dejándome totalmente encabronado y confuso.

Ya en mi oficina traté de olvidar el incidente y por la noche, al llegar a casa, se lo comenté jocosamente a mi esposa, quien se rió bastante de mi aventura. Mas tarde, mientras hacíamos el amor y la penetraba apasionadamente, una imagen apareció en mi cabeza: el miembro duro del desconocido penetrando a mi mujer y yo como espectador pasivo, no hacía nada, y enseguida, una idea más, yo en el lugar de mi esposa recibiendo por el culo esa verga que entraba y salía con la misma fuerza con la que yo metía y sacaba la mía justo en ese momento. Sobra decir que me vine en ese mismo instante, con un orgasmo más intenso y furioso que nunca.

En la calma posterior, mientras mi esposa dormía, traté de justificar esos extraños pensamientos. Si bien me considero de mente abierta y no me escandaliza ningún tipo de actividad sexual, los hombres nunca me habían llamado la atención especialmente. Esto de ahora era algo nuevo, y no precisamente me disgustaba, por lo visto. En fin, terminé por dormirme, sintiendo que algo nuevo y excitante estaba por descubrir.

Al día siguiente, al abordar el metro me sentía nervioso y excitado. De forma inconsciente buscaba al tipo del traje azul marino, sin saber si de verdad quería encontrarlo o si era mejor no toparme con él. Sea como fuere, no lo vi, ni ese día, ni el resto de la semana.

Para el siguiente lunes yo ya casi había olvidado el incidente, cuando de pronto, sin haberlo previsto ni esperado, sentí el empujón contra mi trasero y el aroma de su colonia. Me quedé tieso. No supe que hacer. Si alejarlo de mí o dejarle saber que me daba cuenta. Como no supe decidirme, opté por no hacer nada y agudizar, si es que eso es posible, la sensación en mi trasero para distinguir si su miembro estaba duro como la vez anterior.

En el siguiente apretujón de personas el se repegó contra mis nalgas nuevamente, pero esta vez permaneció pegado a ellas. Si, allí estaba otra vez, duro y hasta logré imaginar que lo sentía caliente contra la tela de mis pantalones. El bombeó un poco para que su pene se moviera, ustedes ya saben como se hace eso, y yo lo sentí perfectamente claro, al mismo tiempo que me percataba de que yo mismo tenía una erección de aquellas, de las que casi te duelen de tan duras, y me turbó que alguien pudiera darse cuenta.

Traté de cubrirme con el portafolio, y lo único que logré fue empujar hacia atrás la cadera, presionándome aun más contra la verga del desconocido. Eso pareció darle a entender que yo tenía interés, porque sentía su aliento cerca de mi oreja y hasta pensé que me diría algo, pero no dijo nada, solo me respiró cerca de mi cuello y no sé porque eso me excitó más todavía.

Para entonces casi habíamos llegado a la estación donde él se había bajado la vez anterior e intuí que debía hacer algo, pero no tuve el valor de moverme, ni estaba seguro de realmente querer algo. Esta vez no hubo pellizco de despedida. Puso su mano completa sobre mi nalga y la apretó suavemente. Nadie podía notarlo porque lo cubría el largo de mi saco, así que se demoró unos segundos apretando mi glúteo entero y sus dedos se clavaron justo en medio de mis nalgas, sobre mi ano. Después se marchó sin voltear siquiera.

Traté de mirar por la ventanilla para ver su rostro, pero había demasiada gente. Me quedé allí, parado en el vagón con mi dolorosa erección y hecho un estúpido, totalmente cachondo por un cabrón que ni conocía y sintiéndome tan puto como nunca me había sentido. Debo confesar que era una sensación nueva, y que muy en el fondo no me desagradaba totalmente.

Llegué a mi oficina y pedí que no me pasaran llamadas. Me encerré en el baño y me masturbé como un adolescente mientras repasaba los breves minutos de aquella mañana. Lejos de apagar la calentura, me pasé el día entero pensando en las manos del tipo sobre mis nalgas y la sensación de sus dedos sobre mi ano, que a mis 31 años cumplidos aún nadie había tocado de esa forma.

Esa noche, al hacerle el amor a mi mujer traté de llevar sus manos a mis nalgas y que me tocara el ano, para revivir la sensación que todo el día había estado dándome vueltas en la cabeza, pero si bien ella me acarició un poco el trasero, sus suaves y pequeñas manos no lograron la sensación que yo buscaba, y ni hablar de que me tocara el ano, porque eso ni se le ocurrió siquiera. En mi imaginación volvieron a pasar las escenas de la mañana, y otra vez tuve un rápido y fenomenal orgasmo.

Al día siguiente me apresuré a salir de casa unos minutos antes de lo acostumbrado y llegué al metro mas temprano que otros días. Miré por todo el andén, buscando al tipo del traje azul, y después de varios minutos lo vi llegar. Por fin podía verle la cara, y debo confesar que era un tipo bastante apuesto, y que si bien eso no era suficiente para lograr que me fuera atractivo, si lo era su aire de misterio y el hecho de que jamás había sentido este cosquilleo por que otro hombre me tocara.

Él pasó junto a mí y apenas si me dirigió una breve mirada. Nada en su cara delató que me conociera o supiera quien era yo, y ese desinterés extrañamente me decidió a seguirlo y subirme al mismo vagón que él. Me situé junto a él y nuestros hombros se tocaron sin que él hiciera el menor gesto de reconocimiento. El vagón empezó su recorrido y en la siguiente estación entró el río de gente acostumbrada, y el desconocido se apretó junto a mí, y de pronto ya lo tenía a mis espaldas.

El olor de su colonia fue lo primero que hizo cosquillear mi estómago, y su pelvis contra mis nalgas definitivamente me puso tan caliente como los otros días. Esta vez su mano pasó inmediatamente a mis nalgas y acarició las dos alternadamente. Yo inmediatamente empecé a desear que sus dedos se clavaran sobre la zona del pantalón que cubría mi culo, y no me decepcionó, porque lo sentí presionar un par de duros dedos justo allí.

Su siguiente movimiento me dejó perplejo porque no lo había ni siquiera pensado. Empujó mi portafolio hacia abajo y prácticamente lo soltó de mi mano. Lo dejé caer al piso sin entender todavía que se proponía, hasta que su mano tomó mi mano, ahora libre por no tener que sostener el portafolio, y la llevó hacia su verga.

Hasta el momento había disfrutado con que me tocara, pero no había siquiera pensado en yo tocarlo a él, y mucho menos su miembro. Pero allí lo tenía, duro y caliente dentro de su pantalón. Podía percibir que era grande y grueso, y por supuesto, que lo tenía duro como roca. El bajó mi mano un poco más y sentí entonces la redondez de sus huevos, suaves bajo la tela. Estaba yo extasiado y apenas noté que ya casi llegaba a la estación donde se bajaba, así que él se separó de pronto y me dejó allí. Antes de irse tomó mi dedo meñique y lo jaló hacia la salida, como si quisiera llevarme con él.

En apenas unos segundos algo dentro de mí, seguramente la calentura tremenda que traía desde que lo conocí, tomó el control y casi sin darme cuenta salté tras él justo cuando las puertas del vagón ya se cerraban. Me quedé parado allí, confuso, sin saber que hacer. El continuó su camino sin siquiera voltear atrás para ver si lo seguía o no. Empecé a caminar tras él.

Cuando ya creía que él no se había dado cuenta de que me había bajado del metro y ahora lo seguía, se detuvo junto a un puesto de periódicos. Yo me detuve también, fingiendo ver las revistas y los libros, pero sin perder detalle de si él se había dado cuenta que yo estaba allí. Él leía los titulares de los diarios, eligiendo cual se llevaría.

De nuevo creí que no me veía, pero de pronto llevó su mano a la entrepierna y se agarró el paquete justo donde yo podía verlo. Lo tenía abultado y lo acomodó un poco bajo su ropa, no sin antes lanzarme una de esas breves pero significativas miradas suyas.

Sabía que estaba allí, y peor todavía, sabía lo caliente que me tenía. En ese momento me sentí puto otra vez, y supe que seguiría esta aventura hasta el final, fuera este el que fuera. Apenas unos segundos después, él pagó el diario y enfiló rápidamente hacia la salida. Yo lo seguí, ya no había marcha atrás, o al menos eso me decía a mí mismo, y fui tras él. Salimos a la calle. Yo a unos diez pasos de distancia, y él caminando deprisa y sin voltear siquiera a atrás.

Dos cuadras adelante, entró a un café, bastante concurrido a esa hora de la mañana, y yo lo espié a través de la vidriera, imaginando que tal vez él tendría una cita de negocios allí, y sintiéndome un estúpido otra vez por haberme quedado allí afuera como un perro esperando que salga su amo. Pero çel no tomó ninguna mesa, sino que se dirigió hacia un costado y lo vi entrar al baño. Entonces yo también entré y lo seguí al baño, seguro ahora de que no había cita alguna en ese lugar.

Cuando entré al baño, él estaba parado frente a un mingitorio. Yo me quedé en la puerta sin saber que hacer. Él me miró y después volteó al mingitorio de al lado. Entendí, y me paré en ese mingitorio, casi hombro con hombro. De reojo lo vi sacudir la mano con que sostenía el pene y voltee hacia abajo. Él se hizo un poco de lado para dejarme ver y pude entonces ver su pene.

Justo como había imaginado al tocarlo en el vagón, su verga era bastante grande, coronada por un enorme glande circuncindado. Pensé que me haría tocarlo de nuevo y eso me puso más caliente todavía. Hasta ese día jamás había tocado un pene que no fuera el mío, descontando los niños aquellos de mi adolescencia, pero un pene adulto, y así de grande y duro, no. Y allí estaba él, meneándoselo justo frente a mis ojos y yo no podía dejar de mirarlo. Una gota de líquido seminal apareció en la punta de su glande hinchado y él la tomó con la punta de su dedo y la llevó hasta mi boca.

Yo no me creí capaz de probarla, pero mi boca opinaba diferente y se abrió para dejar salir mi lengua y lamer esa pequeña gota directamente de su dedo. El sabor de su semen me dejó mareado de deseo, y creo que si en ese momento él me hubiera pedido que la siguiente gota la tomara directamente de su pene, lo hubiera hecho sin pensar, pero no hubo oportunidad, porque en ese momento entró una persona al baño y nos separamos rápidamente para salir a la calle nuevamente.

El tipo del traje azul continuó caminando, y yo tras él, porque ahora que conocía la mercancía, y casi, casi, pude tocarla, por no hablar del sabor que bailaba en mi lengua, no podía sino seguir tras él y ver que sucedía después.

Otras cuantas calles siguiéndolo y él volteando de vez en cuando para agarrarse el paquete y mantenerme al filo del deseo, sin saber que haría él y que haría yo.

Finalmente se detiene frente a un edificio de oficinas y entra, no sin antes lanzarme una de esas miradas. Yo lo sigo, por supuesto, pensando rápidamente en una excusa por si alguien me pregunta a quien busco o que jodidos hago allí. Pero el guardia de la entrada no me dice nada y yo enfilo tras el desconocido que ya está abordando el elevador. Detiene las puertas a punto de cerrarse y me deja entrar, otro tipo de traje oscuro corre desde la puerta para subir también, pero mi silencioso acompañante cierra las puertas antes de que se suba.

Así que vamos solos y él no pierde el tiempo. Pone su maletín en el piso y se sitúa a mis espaldas. Siento su verga presionándome por detrás y sus manos en mi cintura, obligándome a echarme hacia atrás y aplanar más todavía mis nalgas contra su dureza. Sus manos viajan hacia arriba y acarician mi pecho. Desabrocha un par de botones de mi camisa y entran en contacto con mi piel. Encuentra mis pezones y los acaricia y pellizca casi al mismo tiempo. Su aliento en mi cuello es cálido y una breve salida de su lengua junto al lóbulo de mi oreja hacen que casi gima de deseo.

El elevador se detiene en el piso 20 y ambos bajamos. Yo lo sigo, tal como llevaba haciéndolo toda la mañana. En el piso había varias oficinas, de arquitectos, de abogados, publicidad, cosas así, pero no había gente trabajando por ningún lado y únicamente había un par de obreros retapizando las paredes en una de las oficinas.

Sigo al tipo hasta una de las puertas y él abre. Entramos a una espaciosa sala de espera y después a un privado totalmente a oscuras. Me quedo parado en la puerta, sin distinguir nada en la espesa oscuridad. Siento la mano del tipo tomando la mía y jalándome hacia un extremo de la habitación hasta topar con un mueble duro como de madera. Allí, sobre el mueble ese, el tipo me recarga, quedando frente a él, o más bien la silueta de él que apenas podía adivinar en esa oscuridad.

No podía verlo, sólo sentirlo, a él y a sus rápidas manos que me desabrochaban los botones restantes de la camisa y me quitaban el saco y desanudaban mi corbata. Con tres tirones me desnudó de la cintura para arriba y sus dedos pudieron retorcer mis pezones con absoluta libertad, mientras me besaba el cuello y yo me embriagaba en esa colonia que por sí sola lograba prenderme de pasión.

Sus labios bajaron de mi cuello a mis pezones, y un rayo eléctrico recorrió mi espina dorsal con ese sólo movimiento. Sus manos no permanecieron ociosas. Se afanaron con mis pantalones y cinturón, y pronto los tenía ya bajados hasta las pantorrillas. Me quedé sólo con mis blancos calzones, único punto de claridad en esa penumbra, y mi descomunal erección elevándolos como a una tienda de campaña.

Escuché el sonido de la cremallera de sus pantalones y supe que estaba a punto de enfrentarme con ese pene adulto que no conocía. Él me tomó de los hombros y me empujó hacia abajo, hacia su pene y mi fantasía.

Antes de sentirlo o tocarlo, lo olí. Su olor, característico y penetrante me llenó las fosas nasales y ya no dudé. Lo tomé en mi mano, lo acaricié por unos breves segundos, reconociéndolo como un viejo amigo del metro y los baños públicos de un café, y como amigo que era, lo tomé en mi boca. El sabor aún no olvidado de su líquido seminal me llenó la boca, y no sólo el sabor la llenó, también su grueso glande y una buena mitad del duro tronco entró también.

Mamé la verga del desconocido, la chupé y la lamí como si a eso me hubiera dedicado toda mi vida. Como si de eso dependiera seguir viviendo, y él no fuera el dueño de esa polla, sino un simple espectador que pasaba casualmente por allí.

No supe cuentos minutos pasaron, pero los que hayan sido seguramente los disfruté a fondo, llenándome la boca con esa verga dura y suave al mismo tiempo, saboreándola, reteniéndola en mi boca y mi memoria, sin saber si sería la única vez que la tendría o si habría mas. No había nada en el mundo oscuro y silencioso de esta oficina, mas que ese pedazo de carne entrando en mi boca.

Pero terminó. El tipo retiró su verga de mi boca y me sentí como un chiquillo al que le quitan un caramelo. El desconocido tenía otros planes. Me puso de pie nuevamente y me dio la vuelta, apoyando mis manos en el mueble de madera, dándole la espalda.

Allí, con mis blancos calzones cubriéndome el trasero, pude sentirlo nuevamente repegándose a mí, justo como lo hacía en el metro. Esta vez sólo una delgada tela me separaba de su miembro, y pude sentir todo su calor y su insistencia.

Me bajó los calzones y mis nalgas quedaron desnudas frente a él. Un extraño temblor me recorrió el cuerpo. Sabía lo que seguiría, sabía que sería doloroso, pero algo dentro de mí quería ese dolor. Sabía que aún podía detenerlo, pero también sabía que no lo haría. Solo me quedaba esperar. Y no esperé mucho.

Esperaba sentir la dureza de su miembro, pero en vez de eso, su lengua húmeda y cálida me tomó totalmente por sorpresa y contuve la respiración. Jamás había sentido algo así, un contacto tan íntimo y privado, y mucho menos por parte de otro hombre.

Él jadeaba quedamente, mientras me separaba las nalgas con sus dos manos y las mantenía totalmente abiertas para lamerme el ano y chupetear mis glúteos como si fueran parte de su desayuno. Mi culo se fue calentando y humedeciendo, parecía reblandecerse al contacto con su boca y comencé a masturbarme mientras él me comía el culo.

Mientras me lamía el ano, acariciaba mis muslos, apretaba mis huevos y pellizcaba mis nalgas. También las mordió suavemente y algunas veces no tan suavemente. Yo no hacía nada, lo dejaba a cargo de todo y disfrutaba con la sensación de someterme a su deseo.

Después de algunos minutos así, se puso de pie detrás de mí y acercó su pene enhiesto y preparado a mi culo, ya totalmente humedecido y lubricado con su saliva. Ahora si, sabía que me cogería y un último espasmo de razón trató de hacerme entender que aquello no estaba bien y que mejor sería echar a correr antes de que sucediera lo que iba a suceder. Pero no hice nada. Permanecí en aquella oscuridad, con las nalgas abiertas y los ojos cerrados. Vulnerable por primera vez, y ansioso de saber.

La punta de su verga entró en contacto con mi culo y empezó a empujar para penetrarme. Mi ano comenzó a dilatarse más, y más, y cada vez más. Sentí que ya había llegado a mi máximo de dilatación y contuve la respiración para aguantar el dolor. Me equivocaba, mi culo todavía se estiró un poco más y el glande hinchado del desconocido entró en mi cuerpo. No pude evitar quejarme con más fuerza, y él me tapó la boca con una de sus manos, mientras con la otra me rodeaba la cintura y me sostenía para meterme el resto de su gruesa verga.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y mi culo se llenó de verga.

Me metió el pito hasta el fondo y me sentí ensartado como un insecto en la mesa de disección. Comprendí que no debía moverme hasta que esa sensación de estar dolorosamente atravesado se me disipara un poco.

Pero él no tenía paciencia. No esperó. Apenas si había entrado hasta el tope cuando ya se retiraba, para volver a empujar con igual fuerza. Como hombre, lo comprendí, cuando uno la mete, lo único que quiere es seguir y seguir hasta que el placer nos obligue a detenernos. Pero nunca había estado del otro lado, y por más que deseaba que se detuviera por un momento, en el fondo sabía que él no lo haría.

Así que me recosté resignado contra el mueble de madera y traté de que mi cuerpo no pensara en el dolor, lo cual no sucedía, y menos con semejante bruto bombeando dentro de mí como si yo fuera su meta y su destino.

Sus manos buscaron mis pezones y comenzaron a retorcerlos, mientras me besaba la espalda y la nuca. Comencé a relajarme con esas sensaciones y su verga empezó a rozarme por dentro de una forma que hacía que mi propia verga se endureciera también de una forma placentera y dolorosa al mismo tiempo. Aún así, el dolor seguía presente y yo vagaba entre la incomodidad y el abandono.

Entonces se hizo la luz.

El desconocido había abierto las pesadas cortinas, sin necesidad de separarse de mí, porque el dichoso mueble de madera sobre el que me apoyaba no era otra cosa sino el antepecho de un enorme ventanal.

De pronto me sorprendí con la vista desde un vigésimo piso, a la fuerte luz del mediodía y con un apuesto tipo profundamente empotrado entre mis nalgas.

Para terminar de sorprenderme, el despacho en el que estábamos estaba prácticamente cubierto de espejos en todas sus paredes, y la imagen de mí mismo me dejó con la boca abierta.

Allí estaba yo, casi totalmente desnudo, si no contamos que tenía los pantalones hechos un ovillo en mis pantorrillas, con las manos crispadas sosteniendo mi peso y el de ese hombre pegado a mi espalda, que con infinito placer estaba metiendo y sacando su enorme verga de entre mis nalgas. Esa visión, tan erótica como inesperada logró que me olvidara del dolor y la incomodidad.

Me vi a mí mismo como nunca me había visto antes. Me vi sometido y dominado. Me vi dando placer a otro hombre con una parte de mi cuerpo jamás utilizada, y vi a ese otro hombre tan concentrado en mi cuerpo y lo que este le daba. Vi que disfrutaba y entonces comencé a disfrutar también.

Su bombeo se intensificó, aparentemente también excitado por la visión, y no importó que bombeara con más fuerza. Entendí su deseo y me acoplé con él. Lo recibí, como deben recibir los buenos y buenas amantes, y me uní a su intención y a su búsqueda. Lo sentía cerca y deseaba su orgasmo tanto como deseaba los míos cuando sucedían. Así que menee el trasero y gemí con verdadera pasión, logrando que su pulso se acelerara y que su orgasmo llegara con fuerza y decisión.

Cuando sudoroso y jadeante se retiró de mí, no habíamos cruzado aún ninguna palabra, y comprendí que era mejor así. Que para ambos era lo correcto y pude aceptar su abrazo y su silencioso beso sin necesidad de decirnos nada.

Él trató de masturbarme pero yo le alejé las manos, rechazando su oferta. No quería venirme. No quería perder la pasión sentida mediante la gratificación del orgasmo. Quería llevármela a casa y rememorarla más tarde, cuando estuviera solo y pudiera entender todo lo vivido.

Nos vestimos entonces. Anudando corbatas y recomponiendo una fachada, que en mi caso, seguramente nunca volvería a ser la misma.

La siguiente vez que me topé en el metro con él, junto con una de esas miradas suyas, vino el asomo de una sonrisa que me dio a entender, o al menos eso quiero creer, que esta historia aún no ha terminado.

¿Tú que crees?

Como siempre quedo en aguardo de vuestro voto...

Autor: Altair7

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