Quiero irme una semana a Colombia a la casa de unos tíos ellos viven en Cartagena, quiero ver a una persona, te quiero contar esa historia que viví. Cuando salí de México, me fui con mis primos a un rancho de Cartagena, es un lugar bonito, donde hay muchos animales, muy verde el lugar me gusta mucho ir ahí, aunque haga muchísimo calor.
Pero pasaba mucho tiempo solo, ya que todos trabajan, platicaba con mis tíos, pero después me iba a caminar, observar a todos los trabajadores en el campo, me encantó un moreno, más bien negro el condenado, que trabajaba con los caballos, me gustó desde el primer día que lo vi, con un esplendido cuerpo, no se me quitaba de la mente, soñaba y recordaba su esplendido cuerpo y una innegable excitación que me había provocado.
Los deberes en la casa consumían todo su tiempo, y había poca oportunidad de platicar con él, pero cuando yo salía a vagar por el territorio con el único fin de verlo, a ese chico de 30 años que me había encantado. Por dos días no lo encontré. No quería preguntar abiertamente por él y me limitaba a recorrer a caballo la hacienda y los sembradíos, pero era tan extensa que el día se me iba volando sin haber dado con el paradero de Gibran. Finalmente, al cuarto día, mientras su caballo abrevaba en el río vi a un grupo de trabajadores tomando un breve descanso en la dura jornada de trabajo.
Entre ellos estaba Gibran, y lo vi caminar solo por la ribera, apartándose de los demás. Lo seguí desde la orilla opuesta, siempre ocultándome en los matorrales, hasta que Gibran, ya bastante lejos de los otros se tumbó a descansar bajo la sombra de una palmera.
A diferencia de la primera vez que lo vi, ahora en vez de mezclilla llevaba puestos unos pantalones blancos, igual que el resto de los trabajadores del rancho. Su torso ancho y fuerte relumbraba al sol cubierto de sudor, por lo que poco después, Gibran se acercó al río y probando el agua fresca y limpia se despojó de los pantalones y desnudo, se metió a bañar.
Yo sentí nuevamente la excitación correr por mis venas. Lo poco que alcancé a vislumbrar del oscuro cuerpo del muchacho antes de lanzarse al agua me hizo desear ver más y más de cerca. Regresé por mi caballo y montándolo busqué un vado no muy hondo para cruzar el río. Me acerqué entonces al sitio donde se bañaba Gibran, el cual al darse cuenta de mi presencia, humildemente bajó la mirada y permaneció quieto donde estaba.
Yo le pedí que saliera del agua y él me obedeció. Él sabía que yo era sobrino de su patrón, que podría ordenarle cualquier cosa y consciente de esto salió del agua, yo admiraba el cuerpo mojado y brillante bajo la luz del sol. Era todavía más impresionante que como lo recordaba. Mis manos temblaban cuando toqué la satinada y húmeda piel. El hombre de pie, no se atrevía ni a moverse.
Al resguardo de mis miradas yo me fui animando, atreviéndome a tocar con más familiaridad aquel cuerpo magnífico. Recorrí con mis manos las anchas espaldas, los bíceps marcados y el pecho firme y fuerte, el abdomen plano y más abajo, su anhelado sueño, la enorme y negra verga. Me extasié ante aquel enorme mástil de carne morena. El glande era del color del chocolate con leche, más claro que el tronco, que era tan oscuro como la noche.
Yo me hinqué para mirar esta vez de cerca aquel prodigioso apéndice. Lo tomé entre mis manos. Era tan largo y grueso como una serpiente. Suave y limpio. Caliente y vibrante. Lo manipulé un poco, observando su grosor y flexibilidad, pero sobre todo, deseoso de provocar alguna reacción en el hermoso miembro de Gibran. Pronto mis manipuleos dieron resultado, y la verga comenzó a hincharse bajo mis caricias persistentes empezó a crecer y crecer, a engrosarse y ponerse duro como la roca, hasta alcanzar una considerable longitud.
Maravillado, yo sobaba aquella verga de caballo, y las enormes bolas negras empezaron a hincharse de excitación. Las acaricié también, las chupé y mamé con ansias, mientras Gibran trataba de permanecer quieto a pesar del intenso placer que le estaba provocando. Cuando me cansé de sobar y manipular el enorme miembro, lo tomé con ambas manos y con inmenso deleite comencé a lamerlo.
Empecé por la base, bajé al pubis de apretados rizos negros y continué hacia arriba, recorriendo las marcadas venas que se marcaban y que me llevaron finalmente a su punta gruesa e hinchada. El glande de chocolate y leche me llenó de placer. Mamé la cabeza, tratando de meterla toda en mi boca, mientras mis manos apretaban los huevos duros y suaves al mismo tiempo. Gibran, no hablaba y nada me decía, pero él no se resistía, yo no se si le gustaba, yo seguía mamando sin saber que haría si el placer llegaba a tal extremo que tuviera que venirse en mi boca que tanto placer le brindaba.
Yo por el contrario, ansiaba ese momento, y no descansé hasta lograr que la verga se hinchara hasta tal punto que un torrente de leche, cálida y mucosa me inundó la boca. Le saqué hasta la última gota, sin dejar de chupar y de mamar y me aferraba a la enorme manguera hasta que la dejé seca y limpia, casi me ahogaba con la boca llena de leche, fueron enormes cantidades, que tuve que escupirlo todo, viendo como salía de mi boca en forma abundante y pegajosa, pero satisfecho por lo que había logrado con aquel portento de hombre.
Después de aquella sesión, le pedí a Gibran visitar diariamente aquel paraje en su tiempo de descanso y Gibran, por supuesto, obedeció. Cada día yo aprovechaba que todos mis primos y tíos estaban en sus labores para escaparme al río y disfrutar del negrote. Las mamadas durante tres días terminaron gustándole mucho al enorme negro, que casi siempre lo esperaba ya con una enorme erección. Yo desmontaba del caballo en cuanto llegaba, y como si fuera una droga, me empinaba sobre aquel cuerpo de dios, y me tragaba la soberbia herramienta de Gibran hasta donde me fuera posible. El miembro era tan grande que mi boca no alcanzaba a darle cabida y aquellos centímetros desperdiciados me molestaban.
En ninguna de esas ocasiones, Gibran se atrevió a tocarme, cuando yo besaba su cuerpo, sus orejas, su boca gruesa y caliente que me encantaba besar, siempre correspondía con entrega A mis besos, me abrazaba y me besaba con mucha pasión, yo mordía sus gruesos labios y jugaba con su lengua, tan caliente y tan sabrosa tenía unos dientes blanquísimos y sus portentosas nalgas que me encantaba tocar.
Permanecía quieto y mudo a sus deseos, siempre dejándole a él cualquier iniciativa. Llegó el momento en que naturalmente Gibran quiso más. Un día me desnudé frente a Gibran y yo iba preparado siempre, porque sabía que ese día iba a llegar, saqué el condón y con mucha ternura lo coloqué en la prieta cabeza de la verga de Gibran, después me puse en cuatro patas, dándole la espalda.
Él miró mi pálida desnudez, y creo lo encontró deseable, yo lo observaba porque su verga se puso más dura que nunca cuando al tener el condón puesto yo le ordené que me montara como si yo fuera una de esas perras en celo. Gibran sintió mis blancas nalgas rozando su verga y ésta latió ansiosa por entrar en aquel rosado agujerito. Me pregunté si aquel reducido espacio podría darle cabida a semejante monstruo, y nos lanzamos a averiguarlo.
No fue fácil. La gorda cabeza presionaba sobre mi apretado esfínter..., pero no lograba traspasar su entrada. Gibran tragaba saliva, pero decidido a salirse con la suya, obediente empujaba. Después de muchos intentos, el glande de chocolate reventó la entrada y conquistó gloriosamente mi interior. Mis dolores se perdieron en el torbellino de sensaciones y lentamente el resto de la deseada verga comenzó a introducirse en mi cuerpo.
Se necesitaron dos penetradas para que mi culito aprendiera a darle cabida al enorme mástil negro en su totalidad, porque la verdad que si me dolía, era demasiado larga y muy gruesa, me estiraba mi esfínter en su totalidad y sentía ardor a la hora en que me la metía, tardaba un poco mi agujero en adaptarse a tenerla a dentro y los movimientos se daban poco a poco, para no lastimarme, pero finalmente lo logré. Ninguno de los dos sabía explicarse cómo era posible que en aquel angosto pasaje cupiera la enorme verga oscura e hinchada, pero así era. Yo llegaba a la casa exhausto, adolorido y maltratado, pero mi hambriento culito siempre volvía al día siguiente por más.
Después de hacerlo en el piso, le pedí que me la metiera de frente, colgando mis piernas de los anchos hombros morenos y sin perder de vista las cinceladas facciones de Melquíades que apretando los blancos dientes me penetraba despacio para no causarme mayores estragos. A veces lo quería a mis espaldas, mientras aferrado a una palmera le ofrecía mis nalgas y sostenía los embates decididos del negro apretándome fuertemente del tronco.
O le pedía que se acostara boca arriba, y mientras Melquíades veía el cielo azul cubrirse de nubes, yo me sentaba lentamente sobre su verga firme, clavándome con deleite, sentándome sobre aquél grueso pivote de carne dura hasta que lo sentía latir en mis entrañas y entonces comenzaba a deslizarme sobre aquel largo apéndice, llenándome de verga hasta el cansancio.
Las cosas parecían mejorar con cada día que pasaba, pero yo tenía que regresar mis padres me esperaban en Caracas, llevaba más de diez días, de la semana que me había propuesto pasar con mis tíos y si no hubiera estado tan embebido con el placer que el negro me proporcionaba, podía ser peligroso, porque ya empezaban a notar mis ausencias y todos murmuraban, que yo enamoraba a una chica del lugar, y en esa posición los mantuve, pero sabía que me podían descubrir, hasta que un día mi primo Jeremías, salió a buscarme.
No le costó nada averiguar mi rumbo, después le dijeron que diario pasaba rumbo al río y eso fue suficiente. Siguió la serpenteante orilla hasta escuchar el relincho del caballo que yo traía, mi caballo había detectado su presencia. Desmontó y sigilosamente se acercó al claro, tratando de descubrir en qué lío andaba metido. La escena lo dejó mudo de sorpresa primero, y rabia después.
El empleado de confianza estaba desnudo, de pie en medio del claro con el enorme miembro erecto, y entre sus poderosas y fuertes piernas, su primo Bruno, también desnudo, se lo chupaba. Jeremías se quedó petrificado. No alcanzó a salir de su asombro cuando me saqué de la boca la verga del negro, saqué de mi mochila el paquete de condones, se lo coloqué en su dura verga y girándome me acomodé a gatas y el negro sin más demora me enterró aquel gigantesco pito entre mis blancas y calientes nalgas.
El asombro de Jeremías fue mayúsculo, al comprobar como desaparecía la gruesa cachiporra del negro en mi rosado culo. Aquello era inaudito, inaceptable, pero de algún modo, también era excitante. La forma en que la poderosa verga entraba y salía de mi pequeño trasero era increíble y extrañamente sensual, y la atropellada mente de Jeremías no daba crédito a lo que veía.
Finalmente le ganó el orgullo de hombre herido y furioso salió de su escondite. Nos quedamos petrificados, me quiso agarrar a golpes maldiciéndome y diciendo mil sandeces y logró que Melquíades retirara el hinchado miembro de su apretado escondite y hecho un ovillo se protegió la cabeza, en señal de vergüenza mientras los insultos continuaban. Yo por mi parte comencé a vestirme, no sin antes recibir un tremendo golpe que me cruzó las nalgas y dejó en mi blanca piel un trazo rojo y violento. Mis primos eran muy agresivos y cabrones, Melquíades salió huyendo.
Después me fui a la casa, no sabía lo que pasaría, pero no me importaba, mi madre sabe lo que soy, de mi padre pues esperar lo que fuera. Esa noche, Jeremías entró a mi habitación y se me quedó viendo sin decirme nada. Allí tendido, él me bajó los pantalones de dormir de un manotazo y poniéndome boca abajo me auscultó el trasero. La marca del golpe estaba muy marcada y atravesaba ambas nalgas y los dedos de Jeremías siguieron su recto camino sobre la piel. Después de eso, Jeremías me separó las nalgas, dejando al descubierto el agujero de mi culo.
Mi pequeño y rosado agujerito se veía tan normal como el de cualquiera y Jeremías, estoy seguro que volvió a sentir un ramalazo de excitación al acercar un dedo y probar la resistencia de mi esfínter para aceptarlo. El dedo fue engullido sin mayores problemas y entonces probó con dos dedos y también entraron sin ningún esfuerzo. Para entonces ya me había excitado también y goloso abrí las nalgas para permitir que mi primo me metiera todo lo que quisiera.
Jeremías se sintió tentado a sacar su miembro y meterlo en aquel dulce agujero, pero la idea parecía que le resultaba espantosa y antes de sucumbir ante ella le propinó una tremenda nalgada a aquel culo pernicioso y salió furioso de la habitación antes que reconocer ante mí lo excitado que se sentía. En su despacho, la erección no cedió, y caliente como un animal en celo mandó ensillar el caballo y salió a la fresca noche buscando un alivio a su tormento.
Sin proponérselo conscientemente enfiló a las casuchas donde dormían los trabajadores tal vez para buscar a Melquíades. Después de aquella noche, Jeremías sintió la tentación de regresar de nuevo con Melquíades y tratar de partirle tal vez la madre, pero se sentía rebajado por lo que tuvo que descubrir y más con alguien de su familia, lo mataba el coraje o los celos, ellos eran familia de dinero y toda la vida han tenido gente a su disposición y a nuestra familia la quieren mucho, pero de pronto descubrir que su primo el médico, educado e inteligente lo encuentra mamándole la verga a uno de sus trabajadores y luego negro, para él era como haberme encontrado ponchando con un perro…
No pude dormir hasta que vi que regresó ya entrada la noche, lo estuve espiando por la ventana, iba subiendo una de las escaleras de madera, frente al cuarto donde yo dormía, jamás me había fijado en él como hombre, pude apreciar su esbelto cuerpo, es un hombre de 38 años, alto, de ojos claros, lo podía ver sensual y atractivo, nalgón el cabrón, me había descubierto ya, sabía lo que yo era y le dolía porque crecimos como hermanos, yo era un hombrecito para él, cuando éramos más jóvenes salíamos a vacilar con las muchachas, me contaba sus cosas y luego enterarse de repente de esto, pues a lo mejor era una desilusión, ver que su primo estaba mamándole la verga a un negro, a lo mejor sintió pena y repugnancia, tu y yo lo vemos normal, pero hay que entender que ellos no.
Pero yo no me podía imaginar ponchando con él, nacía en mí el descaro y el cinismo, ya no me importaba que lo supieran en toda esa casa y toda la familia, pero hasta ese momento el no había dicho nada. Nuestros padres son hermanos y creo que era el momento de regresar, seguí viéndolo por la ventana, eran bonitas sus nalgas y caminaba erguido y muy varonil. No pude evitar pensar en el como hombre, deseando tenerlo, y en la forma en que metió sus dedos en mi culo.
En el día siguiente ya no pude salir a ver a Melquíades, me la pasé en la casa platicando con la tía, pero esa noche durante la cena me saludó, pero no me dijo nada. Cuando todos se acostaron a dormir, entró al cuarto y me dijo que mi conducta en la mesa era inexcusable.
Yo no había entendido qué falta había cometido, pero temeroso de que pudiera delatarme mejor me quedé callado. Se me acercó y me bajó otra vez los pantalones de dormir, para ver como iba el daño causado, y comprobó que mi blanca piel ya casi se había recuperado del golpe que me había dado, acarició con la mano la pálida superficie, sintiendo entre las piernas crecer su ya incontenible excitación. De nueva cuenta probó la elasticidad de mi culito, y éste aceptó de muy buen grado el sondeo de mi primo. Mis nalgas se abrieron para él, y Jeremías se demoró en la silenciosa habitación, metiéndome uno, luego dos y hasta tres dedos en mi caliente agujero.
Cuando se puso de pie, en la cama yo lo miraba aceptando cualquier cosa que él quisiera hacer. La mano temblorosa de Jeremías liberó su miembro, que grueso y excitado emergió entre sus ropas. Con un poco de temor, yo me acerqué a aquel vello órgano, y mi primo dejó que me acercara y cuando mi boca hizo contacto, dejó que lo lamiera y lo chupara. Por fin encontraba alivio a su excitación, y mi lengua cálida lo llenó de un placer indescriptible. Yo, ya con más confianza, me metí toda la gruesa verga en mi boca, algo que difícilmente habría podido hacer con mi añorado Melquíades, y me deleité de placer al sentir los rubios vellos del pubis de mi primo rozándole la nariz.
Entonces me bajé lamiendo hasta sus huevos, y a diferencia de los del negro, encontré que éstos estaban cubiertos de suave vello amarillo, y los lamí complacido también. Las gordas bolas terminaron húmedas de mi saliva y Jeremías sintió su deseo de llegar a cimas desconocidas.
Ya fuera de control, me empezó a agasajar, besando todo mi cuello, dando mordidas en mis orejas, era una enorme excitación la que sentía, nuestras bocas se unieron en forma desenfrenada, mordiendo mis labios, en besos apasionados, era un agasajo fenomenal, nuestras lenguas se juntaron y nuestros besos se volvieron frenéticos en fuertes chupadas de boca, yo estaba al borde de la locura, acariciaba todo su cuerpo, sus duras nalgas, me volteó y me besó toda la espalda, mordió mis nalgas y besó mi culo, lo ensalivó todo de arriba a abajo, metió no se cuantas veces sus lengua, taladrando mi agujerito, todo era brutal y con su verga bien parada, de su pantalón sacó un enorme condón que con facilidad se colocó, después me arrancó las ropas, y una vez que estuve desnudo me ordenó que me pusiera a gatas sobre la cama.
A la memoria le vino entonces la imagen de cuando me encontró en esa misma posición, esperando que el enorme miembro de Melquíades me sodomizara, y ciego de furia y deseo me arrimó la verga al trasero deseando que me la comiera igual como me había comido la del negro. Yo por supuesto cooperé, jamás en la vida pude haberme imaginado en esa posición y con mi primo, era algo increíble para mí.
Abrí las piernas y las nalgas, permitiendo que la cabeza del pito de mi primo tocara la íntima calidez de mi pequeño ano. Mi culo estaba muy lubricado por la dura mamada recibida, que su verga fácilmente entró, a pesar de ser muy grande y gruesa, me penetró totalmente.
Yo, con todo y el entrenamiento que había tenido con Melquíades sentí que me partían el culo en dos. La verga de Jeremías era extremadamente gruesa, y me dilató el ano hasta un límite indecible de soportar. Pero ambos estábamos ya demasiado calientes para detenernos. Jeremías tomó el control de la situación, e inmovilizándome por la cintura, me obligó a aceptar la totalidad de su congestionado miembro por el culo.
Yo me sentí llenó hasta el tope, empalado y vigorosamente zarandeado por mi primo, disfruté de cada una de sus embestidas, y me sentí feliz cuando los sedosos pelos de su pubis tocaron mis nalgas, señal de que toda la verga de mi primo estaba dentro de mí. Minutos después Jeremías explotaba con firmes y furiosas embestidas que yo aguanté sin rechistar y rápidamente se marchó cerrando la puerta silenciosamente.
Yo, sudoroso y satisfecho Me acaricié la verga hasta obtener un orgasmo y después me dormí plácidamente. Los tormentos de esa noche fueron tal vez para Jeremías, que arrepentido por lo que había hecho daba vueltas y vueltas en su cama sin poder conciliar el sueño.
Por dos días se mantuvo alejado de mí, sin siquiera dirigirme la palabra durante la comida. Sin embargo yo sabía que le había gustado, su esposa es linda y sus hijos me quieren mucho, viven en la misma hacienda, y se que él seguía deseándome. Al ver que ya nada pasaba, yo provoqué su enojo hablando en la cena de lo trabajador y amable que era el negro Melquíades a propósito, y esa misma noche entró en mi habitación para administrarme el castigo. Esta vez yo estaba preparado.
Estaba en el baño cuando Jeremías llegó, así que me encontró ya desnudo y después de regañarme me llevó hasta la cama y me atravesó sobre sus piernas para darme una sacudida. Mis blancas nalgas pronto se pusieron rojas con los manotazos y cuando Jeremías consideró que ya tenía suficiente, sin que él me lo pidiera me puse a gatas y buscando entre sus ropas extraje su verga, dura y turgente. Se lo chupé hasta casi hacerlo venirse en mi boca, y lo empujé suavemente sobre la cama, me monté sobre su gruesa reata y lentamente me senté en su verga, haciéndola desaparecer en mis entrañas.
Jeremías maravillado con aquella técnica observó como mi cuerpo consumía su verga hasta tenerla profundamente enterrada en mi pequeño culo, que como un forro justo y exacto abrazaba toda su hombría hasta hacerlo enloquecer. Después de esa noche, hubo varias más. Siempre sintiéndose culpable, pero siempre volviendo para buscar más.
Jeremías gozó de mí, hasta que tuve que retirarme a Caracas, llevaba más de 20 días y ya reconciliados y aceptándonos tal como éramos me preguntó que, qué quería de regalo antes de irme, Yo después de mil vueltas y rodeos, le dije que quería ver una vez más a Melquíades. Jeremías montó en cólera, lleno de celos y de recuerdos amargos, pero su propia naturaleza libidinosa terminó convenciéndole, y cediendo, me autorizó para que por única vez estuviera con Melquíades, pero con la condición de que él estuviera presente. Yo acepté, para no provocarlo más y excitado ya por la perspectiva me ofrecí a él con una de las mejores sesiones de sexo que hubieran tenido jamás. Al día siguiente, Jeremías me mandó a una casita alejada que él tenía en las montañas a la cual le gustaba retirarse de vez en cuando, con instrucciones de esperar allí a que llegara él con su regalo.
Esa vez me fui en un coche. Más tarde, Jeremías pasó por Melquíades a los sembradíos y él lleno de miedo obedeció al instante, siguiendo el trote del caballo de Jeremías hasta la ribera del río. Allí, Jeremías le ordenó que se bañara, y Melquíades rápidamente se desnudó y se metió al agua.
Cuando estuvo bañado le arrojó los pantalones blancos que se usaban en la hacienda, y una vez que se los puso echó a andar, indicándole que lo siguiera. Me cansé de esperar y salí a buscarlos, los encontré sudorosos nuevamente, pero Jeremías me pidió que subiera con él al caballo. Melquíades, extrañado se quedó parado y yo me fui con el hacia el monte que daba a la playa, lo sujeté por la cintura mientras el caballo reanudaba la marcha.
Minutos después, el roce de la montura y el calor de Jeremías me excitaron. Las fuertes nalgas de Jeremías rozando mi entrepierna me habían provocado una buena erección. Sin decirle una sola palabra, mi mano con la que me sostenía de él subió por el torso desnudo para acariciarle los fenomenales pechos. Las oscuras y anchas tetillas recibieron sus toscas caricias, mientras más abajo, la cabezota de mi verga ya intentaba encontrar un camino hasta el agujero de Jeremías.
Él solo se cubría con una toalla, yo sabía que él me deseaba y quería que lo penetrara, era el momento, la toalla era un estorbo, y en aquellas soledades no pensaba encontrarse con nadie, así que decidido se la jalé de un tirón, dejando a Jeremías completamente desnudo sobre el caballo. Sus piernas separadas sobre la montura dejaban su ano expuesto y abierto. Yo solo necesité empujarlo hacia delante y abrirme los pantalones, para entonces enterrarle el miembro casi hasta la mitad.
Jeremías no pudo impedir que un gemido de dolor se le escapara, y lo fue recibiendo, sus nalgas eran muy suaves y de piel fina, él había aceptado mi osadía y yo sabía que empezaba a quererme y se preocupaba por mí. El trote sereno del caballo hizo que el resto de la verga le entrara hasta el fondo, sin necesidad de que Jeremías hiciera el menor movimiento. Yo no podía bombear en aquella posición, así que me contenté con viajar con el pito profundamente enterrado en el apretadísimo culo de Jeremías, disfrutando de su apretado contacto y por varios kilómetros me tuvo que soportar aquella situación.
Lo fruncido de su agujero me provocaba fuertes sensaciones, que sentía fuertes convulsiones en mis bolas y también en mi culo, era un placer enorme, que los dos estábamos disfrutando al máximo, por tan rica experiencia, para mi inolvidable. Finalmente hice un alto bajo un enorme árbol, y allí, sin desmontar siquiera goce de él apoyando mi peso en su espalda, nos vimos de frente y nos empezamos a agasajar con mucha vehemencia y desesperación, en besos calientes, cargados de pasión y deseo, hasta conseguir en breves embestidas el tan postergado alivio del orgasmo.
Siempre supe que el también estaba reprimido, en su sexualidad, que bueno que me tocó a mí despertarlo, y hacerlo gozar mucho. De allí en adelante, adolorido y bien cogido, Jeremías viajó a pie hasta que la cabaña apareció y ahí estaba Melquíades esperando, él nos miró y una notoria erección ensanchó su corto short. Jeremías nos ordenó a ambos entrar y al cerrar la puerta decidió dejar afuera cualquier sentimiento de culpa por lo que iba a suceder. En medio de la habitación, después de haber descansado y cenado, los tres nos miramos sin decir palabra.
Jeremías encendió un puro y se sentó a observar en silencio. Yo me puse delante del negro fornido y lentamente lo desnudé. El magnífico gigante negro relucía bajo la luz de queroseno y yo me extasié ante la vista de la enorme verga erecta apuntando directamente hacia mí. Como en trance, me desnudé y me hinqué después frente a la verga de Melquíades, metiéndola en mi boca frente a la atenta mirada de mi primo, yo sentía hervir mi sangre por todo aquello.
Mi cabello acariciaba el vientre de Melquíades mientras le chupaba con ímpetu su enorme miembro. Jeremías observó maravillado mi afanoso trabajo hasta que yo loco de deseo me di la vuelta ofreciéndole las nalgas al negro. Melquíades miró a su patrón, y con imperceptible movimiento éste le hizo una señal para que continuara, mientras se acercaba para ver de cerca todo lo que ocurriera.
Como en un sueño, Melquíades sabía que tenía que ponerse el protector, que agarró del paquete que estaba sobre la pequeña mesa y se lo colocó en la enorme verga oscura y la acercó a mi culo. Jeremías estaba a escasos centímetros, su cara casi descansaba sobre mi espalda tensa y cuando la punta lustrosa empujó para entrar, Jeremías pudo observar cómo mi esfínter se abría lentamente, dilatándose hasta darle cabida al grueso miembro y la temible espada negra entraba casi en su totalidad en mi adolorido y gozado culo.
Como si eso fuera poco, el miembro se puso en movimiento, y con lentas y controladas embestidas, comenzó a cogerme en una forma tan rica y suave. Para Jeremías eso fue demasiado. Se quitó las ropas también y se unió a nosotros, buscando dónde acomodar su miembro, tan hinchado y duro como nunca antes. Mi boca lo recibió contento, lamiendo la gorda punta, saboreando la excitada cabeza mientras de vez en cuando lengüeteaba también los pesados y rubios testículos.
Melquíades incrementó la fuerza de sus embestidas, impulsándome hacia el frente, obligándome a acoger en la boca la totalidad del hinchado miembro de mi primo. Necesitado de más acción, Jeremías me sacó el pito de la boca y rápido se puso el protector y le buscó acomodo entre las suculentas y prietas nalgas de Melquíades, que esta vez se dejó montar sin mayor inconveniente, perdido en las sensaciones que mi culito le estaba proporcionando.
El culo del negro le ajustaba en la verga de una forma deliciosa, pero con cada vez mayor ansiedad empezó a desear mi culo, que justo en esos momentos llevaba a Melquíades al clímax, exprimiéndole la verga hasta dejarlo seco. Entonces el negro se retiró, y Jeremías se agachó entre mis nalgas y me las abrió de par en par. Se coloco el condón y colocó su robusta verga en mi perforado túnel trasero, y preso de una salvaje excitación, Jeremías selló con su verga embravecida la salida, proyectándose dentro de mí con un violento empujón hasta la empuñadura, ya que el negro me había dejado bien lubricado.
Así, mi culo se vio lleno de nuevo, sin haber tenido el menor respiro, y el cuerpo saturado ya de sensaciones, explotó con aquella nueva intromisión, obligándome con sus estertores a que la verga de mi primo también escupiera su carga de leche al mismo tiempo. Jadeantes y sudorosos, los tres hombres dormimos esa noche juntos en la misma cama, y por una sola vez en la vida, Jeremías hizo a un lado sus viejas costumbres para permitir que el negro durmiera en el mismo sitio que él.
En la madrugada, el calor de nuestros cuerpos encontró nuevas oportunidades de dar rienda suelta a las oscuras fantasías que nos alimentaba, dos días después salí para Caracas. Fue algo tan bonito, me encantó vivirlo y deseo que se reviva todo eso, por eso antes de regresar a México quiero ir de nuevo a ese Rancho y estar con ese guapo negro y con Jeremías, que terminó gustándome mucho el cabrón, me ha llamado por teléfono y dice que me espera y que me tiene una sorpresota, no se que será, tal vez que él también le dio el culo a Melquíades, sería sensacional, me quedó el orgullo de haberle roto el culito a mi primo, eso me hace adorarlo.
Deseo revivir, lo que juntos experimentamos, espero que pronto se me cumpla... Me encantaría gozar nuevamente a ese negro más ardiente y fenomenal.
Autor: Jordy
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