MIEDO A LA TORMENTA Con la lengua me apliqué a abrirle el sexo y saborear, su cuerpo se había arqueado hacia atrás mientras de su boca solo salían sonidos


Trabajo en una compañía financiera y, tras mi reciente divorcio, me he animado a relacionarme más con mis compañeras de trabajo. Hace unos días acepté la invitación de una compañera, mucho más joven que yo, para ir a cenar a su casa. No penséis que yo suponía alguna intención sexual en la invitación ya que ya habíamos salido alguna vez a tomar copas y la invitación era algo que me había sugerido hacía algún tiempo.

Nuestra relación era lo bastante franca y directa como para considerarnos algo más que compañeros sin llegar a ser amigos íntimos. Yo pensé que tal vez con la cena daríamos ese paso. La velada fue agradable, ella vestía como habitualmente, nada especial, un pantalón de suave tela y colores pastel que marcaba su delgadez (y su tanga) y un jersey con escote en pico sin otra cosa debajo que su sujetador y que mostraba un cuerpo moreno y suave. Conforme fue avanzando la velada pudimos oír que fuera empezaba a llover con bastantes ganas.

Cuando terminamos y nos sentamos en el sofá con nuestros cafés frente a la tele oímos el primer trueno. Susana, ese es su nombre, se estremeció y me contó que desde niña tiene un miedo terrible a las tormentas. Para remarcar sus palabras sonó un trueno con tal intensidad que parecía haber caído apenas a unos metros de su casa. Ella me dijo que, por favor, no le dejara sola hasta que la tormenta amainase un poco. Seguimos charlando un rato, sacamos unas copitas de licor, y se fue haciendo un poco tarde.

Serían más de las dos de la madrugada y la tormenta no parecía decaer. Periódicamente otro trueno caía y Susana me miraba suplicante. Por mi parte yo empezaba a sentirme un poco desinhibido (soy algo introvertido y el alcohol me ayuda a ser más parlanchín) y ayudaba bastante que Susana se había ido sentando en el sofá de una forma bastante sexy.

Estaba ligeramente enroscada con las piernas recogidas por sus manos en dirección contraria a donde yo estaba dejando entrever la parte superior de su tanga y a la vez remarcando sus senos en el jersey. Ella insistía en que no la dejara con ese tormentón encima. Ya eran casi las tres y le dije que ya era hora de acostarse. Eso, y el alcohol, me animaron a decirle que, si quería, me quedaba a dormir.

Me metí al baño y me pregunté qué hacía. Yo no tenía pijama y ella no me había ofrecido nada así que, con la naturalidad que da el estar un poco contento, me desnudé y me quedé solamente con el slip. Tras terminar en el baño, salí y vi que ella se había acostado ya y había apagado la luz principal dejando sólo la de su mesilla de noche. Discretamente se había dado la vuelta y miraba en dirección contraria al baño.

Fui corriendo (hacía algo de frío) hasta la cama y me metí dentro. Me acerqué a ella y le di un casto beso de buenas noches. Ella me dio las gracias y me dijo: hasta mañana. Yo no sabía qué hacer. A pesar de los ánimos que me daba el alcohol yo no veía que Susana tuviese ninguna intención de hacer nada conmigo. Decidí que era mejor intentar dormirme y, tal vez al día siguiente las cosas cambiasen.

Estaba pensando en todo ello cuando la tormenta volvió a hacer de las suyas (siempre me han gustado, pero desde entonces las adoro). Un enorme relámpago iluminó la habitación y, apenas dos segundos después, un trueno hizo retumbar las paredes y lanzó a Susana en mis brazos. Tras un instante de achuche, se separó de mí con una tímida disculpa, se volvió a dar media vuelta y me pidió que la abrazase desde atrás.

Esto ya fue demasiado para mí. Pasé mi brazo izquierdo por debajo de su cuerpo hasta tocar con mi mano su estómago y con mi brazo y mi mano derecha agarré sus manos a la altura de sus pechos. Mi cuerpo estaba pegado al suyo y mi slip estaba rozando (o más que rozando) su braguita ya que la camiseta se le había subido un poco al acostarse.

Mi pene estaba a esas alturas más que despierto y estoy seguro de que ella estaba empezando a notar que algo buscaba su lugar natural. Sin saber cómo mi mano izquierda estaba empezando a acariciar distraídamente su ombligo y ella no hacía el menor movimiento de retirarse. De hecho se estaba quedando muy quieta e incluso las manos que habían entrelazado mi mano derecha se habían quedado flojas. Mi mano derecha se separó y, distraídamente, se metió por debajo de su camiseta acariciándole su tripa y subiendo suavemente. A estas alturas yo ya notaba que su trasero estaba presionando mi slip y que más que notar mi pene parecía estar pidiendo que lo liberara de su encierro.

Mi mano llegó a la altura de sus pechos y acarició suavemente la curva inferior de su seno derecho, avanzó los dedos por la curva hasta llegar a rodearlo y apretó suavemente. Susana gimió suavemente y noté que su mano derecha estaba tanteando mi slip. El resto lo recuerdo como si hubiese ocurrido a gran velocidad. Mis dos manos bajaron hasta su braga y la empujaron hasta abajo hasta sacarla con un poco de su ayuda. Luego fue el turno de mi slip que me quité rápidamente mientras Susana se sacaba su camiseta por encima de los hombros.

Un nuevo relámpago me encontró consolándola y besando sus pezones endurecidos y gruesos. Fui bajando mientras le besaba su estómago, su ombligo, y ahí me demoré un poco ya que noté que le hacía retorcerse de placer (si algo he aprendido con las mujeres es que hay que estar muy atento a lo que más les gusta) y seguí bajando hasta llegar a su sexo. Se notaba caliente y rápidamente pude notar que su clítoris estaba deseando que le dieran unos cuantos lametones. A estas alturas Susana gemía cada vez con mayor velocidad y no le importaba que los truenos y los relámpagos siguieran llenando la noche de ruido y luz.

Con la lengua me apliqué a abrirle el sexo y saborear, su cuerpo se había arqueado hacia atrás mientras de su boca solo salían sonidos y bufs inconexos. Su cuerpo de cintura para abajo oprimía mi pene sincronizadamente con mis movimientos. Al cabo de unos pocos segundos más se había desplomado sobre mí y parecía un ser inanimado. Inanimado, pero con una diferencia, si yo aceleraba el ritmo de mete-saca ella dejaba escapar un gritito de placer. Yo aceleré aún más el ritmo y me corrí en su interior mientras la acariciaba y le apretaba el culo para sentir las paredes de su coño alrededor de mi miembro.

Fue memorable. Nos quedamos abrazados durante unos largos minutos y luego volvimos a hacer el amor varias veces esa noche y otras que no relataré para no aburriros. Desde entonces suelo mirar la televisión cuando dan el tiempo de mi ciudad. Nunca se sabe si ese día puede ser un buen día para aceptar invitaciones.

Autor: Chupa Chochos

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