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Relato Erótico: Comiéndosela a un extraño

Quiero compartir con ustedes la primera experiencia que tuvimos mi mujer y yo con un tercero. Algo inolvidable, porque nunca imaginé que mi esposa iba a aceptarlo. Fue una tarde en la playa del Morro, en Acapulco. Mi mujer se trepó a una de las enormes rocas que están junto al mar. El plan era tomarle unas fotos cachondas, algo que ha sido una constante en nuestro matrimonio desde el día que nos casamos. Para el efecto, iba directa. No llevaba nada debajo de la falda.

Se acomodó sentada, elevando las rodillas y abriendo un poco las piernas. La falda la ajustó al borde las rodillas, por lo que su tremendo peludo quedó expuesto totalmente. Hice tres tomas de diferente ángulo y luego le pedí otra posición. Que abriera las piernas y descansara sus brazos en las rodillas. La calentura me tenía con una erección al tope. Con las piernas abiertas, el jugoso cocho abrió también sus carnosos labios húmedos. Fue una excitación brutal ver sus labios vaginales, de color rosa vivo, lucir esplendorosos en medio del inmenso follaje que los cubre. Si de algo estoy orgulloso de Evelyn, es de la tupida pelambrera que tiene en la entrepierna. No es una brochita o pincelito cualquiera, el clásico triangulito de la mayoría de las mujeres. No. Evelyn tiene un señor paquete. Un espeso manojo de vello que parece una tuza en el rincón de sus muslos. A estas alturas ya estaba totalmente mojado. Y creo que Evelyn también. Seguía tomándole fotos como desesperado y, de pronto, se me ocurre ver hacia arriba. Sorpresa. En lo alto de las rocas, asomando medio cuerpo apenas, veo a un muchacho que disfrutaba la sesión.

Alcancé a ver cómo movía el hombro y brazo derechos. Como si le temblaran. Un movimiento repetido y seguidito. Por supuesto que se la estaba chaqueteando (haciéndose una paja, dirían en España), excitado por la escena. Aunque desde arriba no podía ver nada de la panocha de Evelyn, era obvio que se había calentado con lo que estábamos haciendo. ¿Que hubo?, le dije. Entonces se alzó detrás de la roca y se subió en ella. ¿No quiere que yo tome las fotos?, preguntó con intempestivo atrevimiento. Esa pregunta me excitó endiabladamente. Una de mis mayores fantasías era precisamente que otros vieran el conejo de Evelyn.

Se me hacía un crimen que otros no pudieran disfrutar aunque fuera con la vista- de esa hermosura de panocha que tiene mi mujer. Y si bien es cierto que ya había experimentado estupendas calentadas mostrando fotos de Evelyn desnuda a algunos amigos, nunca se había dado el caso que la vieran en vivo y a todo color. En ese momento se oyeron unos gritos y unas carcajadas. Sin darnos cuenta, ya estaban cerca de nosotros cuatro muchachos de tipo costeño. No sé si vieron a Evelyn con la falda arriba y las piernas abiertas, pero sí se dieron cuenta que teníamos una cachondísima sesión de fotos. Saludaron y de inmediato me dijeron que sabían de lugares solitarios donde podía retratar a gusto y cómo quisiera a Evelyn. En ese momento no acepté y les dije que se me habían acabado los rollos fotográficos. Es más, ya me iba…, les dije.

Hoy, a la distancia, me arrepiento. Hubiera sido fabuloso retratar a Evelyn con esos cuatro, todos desnudos. Ahora fantaseo con imágenes diversas de lo que pudo haber sido. Evelyn recostada boca arriba, totalmente desnuda y ellos hincados a su alrededor, también desnudos, con las vergas tensas y firmes. También imagino a Evelyn hincada y a los muchachos de pie, apuntándole con sus vergas al rostro. Otra fantasía que ahora se me ocurre y me lamento de no haberla realizado es ver a Evelyn masturbar a cada uno de los muchachos hasta dejarles sus vergas soberbias y potentes en flácidos y blandengues gusanillos. Cómo me arrepiento de no haberme atrevido entonces. Por cierto, durante el diálogo, no me di cuenta que uno de ellos se apartó del grupo, rodeó las rocas por el mar y apareció detrás de Evelyn. Le chistó y al voltear Evelyn vio cómo el tipo pulsaba una gruesa y templada verga que le ofrecía desvergonzadamente. Vámonos que nos están esperando, le dije a Evelyn. Le ayu

dé a bajar y disimuladamente le dije a Rodolfo que lo esperábamos en la playa de la Condesa.

Caminamos hasta la playa de la Condesa donde hay una cañada con rocas, oculta a la vista de la gente. No pasó mucho tiempo para que llegara Rodolfo. ¿Le tomo otras fotos?, me preguntó. Por supuesto, le respondí. Le di la cámara y Evelyn se sentó frente a nosotros. Se subió la falda, mostró el tremendo peludo y Rodolfo tomó la primera y única foto. La sesión acabó porque ya teníamos tres mirones a unos cuantos metros. De regreso a la playa del Morro, un poco antes, Rodolfo pidió tomar otras fotos. Evelyn se sentó en la playa, abrió las piernas y se subió la falda a las rodillas. Rodolfo se recostó en la arena y así, tirado, enfocó para hacer unas seis tomas donde Evelyn aparecía de cuerpo entero exhibiendo el suculento penacho.

Caía la tarde y para el turismo era temporada baja. La playa estaba solitaria. Rodolfo, ya muy caliente, se atreve: ¿le puedo mamar una chichita? Me dio risa. Que si te puede mamar una chichita, le dije a Evelyn. Por respuesta mi mujer sonrió. Señal de aceptación. Orale, le dije a Rodolfo. Se acercó a donde estaba sentada, le desabotonó la blusa y le sacó un seno que le mamó un buen rato ante la feliz complacencia de mi mujer, que me tenía sorprendido por su disposición.

Encarrerado, Rodolfo voltea y me pregunta, ¿le puedo dar una mamada a su panochita? Como yo vi a Evelyn relajada y dispuesta, alcé los hombros y con un movimiento de cabeza di luz verde a Rodolfo. El muchacho se tiró en la arena y se arrastró entre las piernas y bajo la falda de Evelyn. Yo ardía en mi propia calentura. Y más cuando vi a Evelyn apoyar las manos en la arena y arquear la cintura para ofrecerle a plenitud su jugosa panocha al fogoso chamaco. Otro latigazo de calentura me cimbró cuando Evelyn abre los ojos sorprendida y me dice ¡Este sí sabe Y es que como me contaría luego, pensó que Rodolfo, por su edad, se limitaría a besarle superficialmente el vello.

Frente al hotel y por la misma calentura, se me vino una idea. Ya era de noche y un reflector iluminaba la playa. Nos paramos frente al mar y de repente le subía la falda a mi mujer y le acariciaba las nalgas. Era notorio que muchos veían la escena. Especialmente un tipo que pasaba corriendo por la playa en ida y vuelta por el sitio donde estábamos. Cuando venía lejos le tenía levantada la falda a Evelyn mostrando su generoso trasero, y cuando estaba cerca, la soltaba. Así pasó un buen rato. De repente, el tipo deja de correr y se dirige hacia nosotros.

Amigo, aquellos están viendo lo que le está haciendo a su mujer. Como si no lo supiera, me mostré sorprendido ¡¿A poco se ve? !Por supuesto.

La luz es suficiente y se ve perfectamente ¿Tú viste?, le pregunto ¡Claro! A ver, ¿de qué color son sus pantaletas? No trae, amigo. Se le ve todo y le aseguro que ya tiene a esos tipos bien calientes y se arriesga a que traten de hacerles algo. Se me ocurrió, entonces, que podíamos divertirnos un rato con el fulano ¿Y a poco tú no te calentaste, compadre? Titubeó, pero terminó aceptando. ¡Claro, hombre! ¿Quién no se va a calentar con ese culo tan bueno que tiene tu mujer? ¿Te gustaría tocarlo? ¿No te molestaría? Por supuesto que no. Palpa lo que tiene mi mujer adelante. Te llevarás una sorpresa.

A ver… El tipo metió la mano bajo la falda y se encontró con un cocho más que mojado, totalmente inundado, Esta mujer es fabulosa.

Evelyn, que a esas alturas ya había perdido toda inhibición, le dice. Bueno, ya me tocaste, ¿y tú qué?, ¿cómo lo tienes? ¿Quieres ver? Enséñamelo. El tipo sacó un vergón de gran tamaño -más de veinte centímetros, juraría después Evelyn- y se lo acercó a mi mujer.

Evelyn lo tomó a dos manos y se lo empezó a frotar…

A punto de venirse, el tipo se lo sacó ¿Por qué me lo quitas?, protestó Evelyn…

Porque casi me vengo ¿Y?

El tipo tomó de la nuca a Evelyn y la inclinó hacia su verga. Sorprendido ante la disposición de mi mujer, vi cómo se hincó. Le acarició los huevos y la verga y empezó a lamerle la punta hasta meterse buena parte de aquel palo en la boca. No pude más. Mientras veía cómo Evelyn chupaba la verga de aquel desconocido, apenas tuve tiempo de sacar mi instrumento para lanzar mi venida al mar.

Fue un

viaje inolvidable y de regreso a casa, tan solo con recordar lo que vivimos, damos unas cogidas tremendas.

Espero comentarios de gente con similares o parecidas experiencias.

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