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Relato Erótico: El precio de la prostitución

Susana era una mujer de 33 años. Esbelta, alta, con cerca del 1.73, con tez muy morena y cabello castaño oscuro lacio hasta los hombros, pero misteriosos ojos verdes, senos no muy grandes, cintura pequeña, sensual, acompañada de unas caderas prácticamente perfectas y unas piernas torneadas.

Estaba casada, aunque no demasiado felizmente. El precio por que su esposo le cubriera todas sus necesidades era la soledad. Su hijo de apenas 8 años a menudo prefería pasar más tiempo con la sirvienta o el viejo jardinero que con ella. Así pues, Susana saciaba sus ganas de atención con otros hombres, a pesar de que esto no era muy seguido.

Últimamente, los negocios de su marido no parecían ir tan bien como antes. Susana sospechaba que otro hogar recibía buena parte del dinero que antes llegaba al suyo. No le importaba demasiado a esas alturas, pero sí le incomodaba que, a últimas fechas, no tuviera mucho efectivo para comprar ropa o zapatos.

“No es que tú puedas trabajar” le dijo una amiga al platicarle la situación. “No tienes carrera y hace años que no haces nada, ¿quién te daría un buen sueldo con buen horario?” Y tenía razón. Parecía que Susana debía acostumbrarse a un estilo de vida más barato, aunque luego su amiga, inconscientemente, le dio una idea que cambiaría todo. “El único trabajo seguro con buenas ganancias para una mujer, es ser una puta”, le dijo riendo, pues, evidentemente, lo había dicho como una broma. Así lo entendió Susana también, pero esa palabra “puta” se le quedó grabada en la mente.

Su mente curiosa, combinada con su cuerpo ávido de sexo, le llevó a pensar acerca de la situación. “Yo sería puta, sólo si pudiera elegir a los clientes”, pensaba en una ocasión antes de dormir. ¿Y por qué no? Después de todo, Susana era una mujer bella y joven, y, hasta donde sabía, una buena amante.

Finalmente, más como un juego para excitarse que algo real, puso un anuncio por internet: “Mujer bella ofrece sus servicios, mil pesos la hora, no te arrepentirás; P. D. Enviar una fotografía tuya”. El anuncio incluía una imagen de Susana en tanga en la cual se veía simplemente espectacular y ardiente, y un correo electrónico que había creado para este suceso. No demoraron mucho en llegar las peticiones. Dos días después, su correo tenía cuatro clientes; sin embargo, ninguno era del gusto de Susana. O demasiado mayores, demasiado jóvenes o simplemente muy poco atractivos.

Cuando su juego parecía llegar a su final, puesto que tras cinco días no recibía peticiones, llegó un correo más. Susana lo revisó y vio que era justo lo que buscaba. Respondió y varias horas después se había puesto de acuerdo con ese hombre de nombre Ricardo.

Susana conducía su Mini Cooper, regalo de su esposo hacía tres años, rumbo a un céntrico y lujoso hotel. Aparcó en el estacionamiento techado y subió al lobby, esto, tres días después de haber conocido por internet a Ricardo. Al dar unos pasos ella vio a un hombre alto y fornido vestido de traje, quien admiraba los candelabros del hotel. Era él.

Se acercó contoneando sus caderas. Él admiró sus piernas desnudas, pues sólo un minishort beige y una blusa blanca ceñida, eran lo que cubrían el cuerpo de Susana.

”Eres más bella en persona” dijo él, tomándola de la mano y escoltándola rumbo al elevador. Ella respondió de la misma manera. Ricardo era alto, blanco, de cabello rubio oscuro, peinado hacia atrás, con ojos oscuros y penetrantes, brazos anchos y cuerpo que parecía esculpido en piedra.

Llegaron a la habitación y al entrar, Susana sintió una nalgada fuerte que disparó su excitación.

“Eres una puta muy guapa, ¿Cuánto vas a cobrarme?”

“Mil pesos, como decía el anuncio” respondió Susana sin titubear demasiado. “Una hora, sexo oral y vaginal”

“¿Y si quisiera cogerte durante tres horas y culearte varias veces, cuánto subiría el precio?” preguntó él, apretando las nalgas de Susana, haciendo que ésta se intimidara, pero a la vez, se calentara más.

“Lo dejaríamos en dos mil, ¿te parece?” Susana no sabía de esos precios, sólo dijo algo para subir la cantidad. En realidad, lo que quería, era ver a Ricardo desnudo.

Al acordar el precio, pronto Ricardo dejó en tanga a Susana. No dejaba de tocar sus nalgas, parecía tener una fijación en ellas, y no era para menos. Susana fue mandada por su cliente para desnudarlo. Al retirarle su pantalón, vio con morbo y a la vez miedo, la enorme verga de Ricardo; pero continuó y lo dejó sin ropa finalmente.

“Come, zorra” mandó él. A Susana no era que le excitara mucho ser maltratada o insultada durante el sexo, pero el hecho de que ese hombre se había ganado tal derecho al pagarle, la encendía. Empezó a lamer el miembro y a chupar su cabeza mientras acariciaba los testículos. Su lengua fue un momento a estos últimos, pero luego regresó al grueso y largo pene. “Sí que sabes hacerlo, puta”. La lengua y labios de Susana jugaban con la verga de Ricardo, quien tras un poco de placer, retiró a la mujer de ahí, “lo haces muy bien, y no quiero venirme tan pronto”.

Con su fuerza, la colocó rápidamente de espaldas a la pared y sin piedad, la penetró con fuerza. No sufrió Susana, estaba demasiado mojada y soportó las embestidas brutales de Ricardo quien la nalgueaba una y otra vez, “¡Eres mía durante las próximas tres horas! ¿Comprendes?” Ella sólo asintió, porque era cierto. Luego fue llevada a la cama, se acostó boca arriba, al filo del colchón, y él de pie siguió sus entradas, haciendo gritar a la chica, quien había deseado una cogida semejante durante mucho tiempo.

De nuevo, Susana sintió ser volteada, y mientras era cogida de perrito, su ano estaba siendo dilatado por dedos mojados. Sin darse cuenta, Susana deseaba ser penetrada por ese orificio, pero no podía pedirlo, era una puta, y su único placer, debería ser el dinero, así que aguantó los deseos de gritar. Cuando el culito de Susana estuvo lo suficientemente lubricado y abierto, Ricardo, sin contemplaciones, empezó a cogerla brutalmente por ahí.

Susana sentía algo de dolor, pero la excitación era demasiada y no pudo evitar correrse. Afortunadamente para ella, Ricardo también terminó en ese instante, inundándole de semen el ano.

La regadera y el jacuzzi serían los siguientes en recibir a esta nueva puta y su cliente en esa noche. Al terminar, no fueron dos mil, sino tres mil pesos los que Susana recibió, y por una sesión de sexo que disfrutó como pocas en la vida.

No pasó mucho tiempo antes de que Susana se divorciara y se dedicara de lleno a su vida de prostituta. Aunque siguió eligiendo a los clientes, pronto se volvió menos exigente, sobre todo con políticos y empresarios que le pagaban cantidades enormes sólo por una noche de sexo. Susana eligió entrar al tabú y dejar su vida “normal”.

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