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Relato Erótico: Jugosa Carrera

Nunca me he relacionado físicamente con personas a las que he conocido por mis relatos y de las que disfruto con la lejanía que proporciona la Red. Bueno, miento, porque tengo que exceptuar a una escritora que me regaló su libro y con la que compartí experiencias, ideas y risas. Por eso, esta podría ser la primera vez que daría un paso tan directo, a sabiendas de lo que me esperaba. Debo confesaros que releía una y otra vez su e-mail para deleitarme en su prosa y para excitarme como nunca otras cartas lo habían hecho.

Creo que es justo que vosotros deis vuestra opinión sobre sus letras, así daréis dimensión a mi creciente obsesión:

Mi querido Nío, después de recogerme donde te indico, dejándome sentar delante, daríamos una vuelta por las afueras de nuestra ciudad, con las ventanillas bajadas para que el pelo se me alborotase en la cara, y la maquillague con unos toques de picardía salvaje, como a mí me gusta y seguro que a ti también, cariño. No sé si debería juguetear con mis piernas porque vas conduciendo y al conductor no se le entretiene pero al ser una autopista estoy segura que dejarías puesta la quinta marcha y así dispondrías de tu mano derecha para nuestro disfrute. Al sentirla sobre mi pierna sé que no podría reprimir un profundo suspiro ni tampoco el relax de ambas rodillas que intentarían separarse para facilitarte el camino hacia el vértice mágico que tengo entre las piernas. A esas alturas no sabrías todavía que iba tan libre, sin telas que tapasen las palabras que de mis labios inferiores saldrían hacia ti, llamándote cada vez con más ardor. Pero, milímetro a milímetro lo descubrirías al tocar el vello que me habría dejado después de arreglarme para ti.

Un escalofrío recorrería nuestros cuerpos y al mirarnos a los ojos podrías leer en ellos con toda facilidad: “Nío, soy toda tuya, pero a cambio me vas a dejar que haga lo que quiera contigo”, y, a continuación, los cerraría para demostrarte que mi ofrecimiento iba totalmente en serio. Sin esperar a más, cogería tu dedo corazón y me lo llevaría a la boca, aunque no haría falta humedecerlo porque dentro de mí ya se notaría la sensación que deja el rocío por la mañana en flores como la mía, aún así lo haría, con la seguridad de aumentar tu excitación. Yo también me encendería, tenlo por seguro, y por ello apretaría los muslos para sentir esa divina presión en mi coño, y después la relajaría lentamente; mientras, poco a poco, con tu propio dedo, subiría mi falda hasta la línea en la que ya podrías atisbar el ángulo donde se juntan mis piernas.

El contacto de tu dedo, cabrón, haría que mi respiración se acelerase, y que en ese momento solo me interesase ese apéndice humedecido (en eso te has convertido). Abriría bien las piernas, dejando al aire los labios de mi sexo y deslizaría tu yema, arriba y abajo, abajo y arriba, dibujando la clave secreta que puede abrir mi más preciada caja fuerte (espero que hayas leído mi contraseña, y la hayas fijado en tu mente para no olvidarla nunca).

Te oiría respirar con dificultad, viéndome, de soslayo, llevando una mano hacia mi cuello. No imaginas cómo me tocaría, cómo me acariciaría en una de mis zonas más frágiles, cómo bajaría l

a mano hacia mi pecho buscando la abertura de mi camisa para deslizar las yemas hacia las tetas que suben y bajan al ritmo de mi respiración. Intentaría sintonizar con la emisora del placer, y al localizarla, apretaría dulcemente mi pezón izquierdo y el espacio del taxi se inundaría de una música naciente en todo su esplendor: “Love me tender” de Elvis Presley nos acariciaría en la autopista, aunque me dejase aún más floja, sin conciencia, sin autoridad, entregada a un placer que se desplaza a más de cien por el asfalto.

Un largo y profundo Uhmmm, se me escaparía cuando tu dedo se introdujese dentro de mi coño y empezase a describir una danza que me empujase hacia el cielo:”Love me tender, love me sweet, never let me go. You have made my life complete, and I love you so” se escucharía envolviendo la escena. Tu dedo sería el detonante de mis sensaciones y poco a poco, mi excitación iría creciendo como la erupción de un volcán que primero se anuncia con temblores y después, explotando en las entrañas, rompería todo lo que hay por encima para que la calentura que encierra salga al exterior. Me sentiría así, por tu culpa, y sé que no vas a parar hasta hacerme tuya, pero no olvides que soy ya la que maneja la fantasía y que también soy yo la que no va a detenerse hasta que seas mío. Mi jadeante excitación te encendería aún más, pero sobre todo el fuerte tirón que te daría cuando quisieses retirar tu mano de entre mis piernas, soy yo la que manda y tienes que adaptarte a ello y no me abandonarías hasta que la lava de mi volcán inundase el asiento de tu vehículo.

Seguirías buscando dentro de mí esas zonas que nadie ha tocado, esas tierras vírgenes que tengo reservadas para ti, para convertirte en su pionero descubridor. Al sentir ese contacto primigenio explotaría en un orgasmo ya anunciado, y no podría evitar deslizar mi cuerpo hacia delante, hacia ti, y jadeando, como un animal que ha corrido detrás de su presa hasta darle alcance, descubrir tu arma, mi dulce Nío, que tan bien he sabido convertir en acero….

Y ahí finalizó el inacabado (intencionado) correo de Vanessa, al que acompañó una foto que bien podría ser suya. Ufff, como podréis suponer me había excitado con sus intenciones y cada vez que llegaba al final de su lectura sentía unas ganas tremendas de llevar en el taxi a esa mujer, para que concluyese la escena. Era una tentación tan irresistible como cercana…

Hasta que un día de debilidad di el paso. Siguiendo sus instrucciones:

-¿Ha pedido usted un taxi, señorita? -dije desempeñando un papel que me era fácil, a pesar del atuendo de enfermera que llevaba Vanessa.

-Sí, aunque nunca pensé que los taxistas de las tardes tuviesen el porte que tú tienes -pensó en voz alta y me pareció demasiado directo pero seguí con el juego.

-Pues ya ve, no sólo la noche va a tener magia, ¿no? -fui mi aportación al glamour del encuentro.

-Sabes, tienes unos labios tan apetitosos que me gustaría… -Joderrr, la jovencita atacaba derecho por lo que no tuve más remedio que estar a la altura.

-Creo que si sintieses mis labios en tu piel, te temblarían tanto las piernas de excitación que tendrías que sentarte para no caerte – y lo creía verdaderamente porque imaginaba la escena con un mujer tan caliente ella.

A partir de ahí, Vanessa montó en el taxi, delante, como anunciaba en sus correos, y todo se disparó, pero antes de nada le dejé muy claro quien mandaba en ese vehículo, que a mí me gustaba, a diferencia del taxista de su relato, llevar las riendas. Le dije que mis indicaciones vendrían en cuanto nos bajásemos en el lugar que tenía pensado. Aceptó, claro está, en sus ojos descubrí una sumisión no exenta de interés, un sometimiento que le proporcionaría ardientes réditos.

Cuando llegamos al lugar elegido, natural y deshabitado (o deshabitado, naturalmente) noté que le entraron ciertas dudas. Lógico, no sabía con quién iba allí, yo podría ser un perverso psicópata. Intenté tranquilizarla diciéndole que era para que nadie entorpeciese el placentero juego que buscaba. Se fió de mí, dijo que tenía una corazonada y que estaba segura que iba a compensar el riesgo con el placer que esperaba obtener. Supongo que estaba ya bastante excitada y yo n

o le había dado ningún signo por el que preocuparse. Me dijo también que en mis ojos oscuros había leído que nada debía temer. Era toda una poetisa.

Como todo un caballero, y para reafirmar su confianza, fui a abrirle la puerta para que saliese. Eso sí, nada más salir, cerré la puerta y con brusquedad la empujé contra el coche, con su culo hacia fuera. La apreté contra la chapa del taxi para que supiese quién mandaba y que ahí se hacía lo que yo quería, aunque también, para tranquilizarla susurré en su oído un “No te arrepentirás”. Me agaché a sus espaldas mientras iba deslizando mis manos a lo largo de sus preciosas y sinuosas caderas hasta llegar, pronto, al fin de su bata blanca. La fui subiendo lentamente hasta descubrir ese pequeño hilo que llevaba separando sus nalgas y que se escondía buscando sus entradas más apetitosas. Con mis pulgares abrí su prieto culito para ver por dónde se le está metiendo la tela, me gusta ver eso, y seguidamente empujé sus muslos, ambos, hacia afuera, para que abriese las piernas mientras le decía:

-Putita, abre las piernas que quiero ver lo que guardas para mí, porque sé que estás deseando ofrecerme tu humedad.

Lo hizo y a la vista quedaron, desde atrás, sus labios, los de su coñito. Se inclinó hacia el coche para sacar hacia fuera su precioso culito, ese gesto le delataba, me lo daba para que hiciese lo que quisiera con él. Lo que yo decidiera bien estaría, ese era su pensamiento, sabía que estaba en buenas manos y que justo esas, mis manos, estaban separando sus babosos y húmedos labios. Ella no podía ver pero a cambio disfrutaba de todas las sensaciones, ahí mismo, en el centro de su coño, desde atrás.

¡Aggggggggghhhhhhh!, lanzó un fuerte suspiro, casi un pequeño grito al notar los dos pulgares a la vez dentro de ella, los dos jugando a encontrarse, como si de un escondite en su mismísima cueva se tratase. Empezó a necesitar la boca para respirar.

-Joderrr, nunca…. Nunca, me han hecho esto… aggggggggghhhhhhh, al aire libre, ¡Eres un cabronazo que no me dejas moverme!

Me sentí como si fuese un animal salvaje atacando a mi presa, estaba empezando a perder el control y no quise que mi botín se moviese, me podía enfadar y devorarla viva allí mismo. Sentí un poder supremo sobre ella.

Vanessa empezó a notar como sus labios se abrían con presión, dejando su coño expuesto a todo, su pozo deseoso. Desde mi posición vi el interior de esas sonrosadas paredes y, ya por fuera, más arriba, el anillo que me atraía con fuerza. Sentí que esa tarde iba a ser mío, cosa que ella empezó a sospechar cuando una presión húmeda pero supongo infinitamente agradable hizo que su esfínter cediese suavemente. Ella notó mi lengua, que con toda la saliva que había podido recoger de mi boca de diablo, penetró con firmeza y empujó hacia los lados como si de un hábil dedo se tratase. Joderrr, estoy seguro que ella volvió a sentir otra sensación única, esa puerta suele ser de salida y ahora alguien llamaba, con firmeza y ardor.

Como le reté antes de subir al taxi, sin poderlos evitar sus piernas empezaron a temblar ligeramente, ufff, resopló sobre el techo del coche, y empezó a nombrarme con voz grave y muy excitada: Nío, Nío, por favor, fóllame, no me martirices así, fóllame, cabrónnnnn. Pero en el plan de mi rica tortura ese acto aún no debía de hacer aparición, quería que se corriera sin volverse, como si un ajeno, alguien sin identidad le atacase, sintiendo a la vez estremecimientos por cosas desconocidas y que nunca antes habían explotado en ella. Supongo, que con su mente, y con sus imágenes, intentó acelerar su orgasmo, lo que hizo que sus piernas describiesen un baile tan descompensado como absolutamente excitante; yo también estaba muy subido pero no quise ceder a esa zorrita todavía, que supiese dónde se había metido.

Endurecí mi lengua y le forma de lanza hasta meterla tan dentro de su culito que supongo no la distinguió de uno de mis dedos. Vanessa se quejó, intentó zafarse pero no le dejé, la volví a empujar contra el coche sin dejar de taladrarle con mis dos pulgares su maltratado coñito, que ya fluía sin control y dejando escapar más de alguna gota de su flujo por sus muslos. Me encantó pode

r extraer todo eso de ella, era la mejor señal de cómo la tenía.

Se pegó al coche para no caerse pero metió el culo hacia dentro y no era eso lo que yo quería, tiré de ella hacia fuera, para que me ofreciese lo que me había ganado, lo mío, aunque le dejé recostar sus brazos en el capó del taxi, estaría más cómoda y se ofrecería mejor. Ya fuera de ella, porque mis pulgares salieron de su chochito para regalarle caricias intensas a su clítoris, me brindó su culito casi en ángulo recto, pidiéndome, mientras hacía círculos con sus nalgas, que le follase el culo, que quería mi polla ahí dentro, en el lugar que tan bien había sabido preparar. No, faltaría más, no iba a ser cuando ella lo necesitase, todavía debía temblar más. Al ver que no entraba en ella, decidió acercar una de sus manos al coño para masturbarte como una perra delante de mí, no la dejé hacerlo y la castigué por ello con un más sonoro que doloroso azote en una de sus nalgas.

-¿Por qué intentas nada sin mi consentimiento? ¿Te he dicho acaso que puedes tocarte el coño, zorrita? -grité en su oído, de manera ligeramente teatral.

En vez de enfadarse, noté que se excitó más aún y sus piernas recibieron tal descarga que los temblores empezaron a hacerse notorios, tanto que pensé iban a hacer que fuese imposible sujetarse y acabase hincándose de rodillas en el mullido suelo de hierba.

Desde atrás, llevó una mano hacia su babeante coño y metió mi pulgar hasta el fondo mientras con los dedos acarició con intensidad su monte de Venus, y su clítoris. Era eso lo que necesitaba, exclamó, que por qué no lo había dejado antes ahí si la veía morirse de gusto. Le contesté que lo había sacado porque era un cabrón, pero que a la vista estaba que la mataba de placer, que todo lo que la hacía le gustaba. Entonces, solicitó: “Níooo, cariño, puuuedddooo, tocarmeee, aggggggggghhhhhhh, mis durossss, me matas, mis duros pezones, mira cómo los tengo” y me enseñó las tetas, prietas, redondas y coronadas por unos pezones oscuros a punto de estallar. Cómo no iba a dejarla, pero antes los humedecí con mis manos y sus propios jugos, extraídos de dentro de ella.

Me dispuse a jugar en serio con ella, seguí con mi mano y decidí meter primero uno de los dedos en su coño, después dos, y hasta tres, estaba muy abierta de piernas y su coño lo agradecía, abrazaba mi mano y la absorbía, era una putita de primera, sabía cómo hacer que un hombre perdiese el control. Moví mis dedos dentro de ella, primero pausadamente, después, y a petición suya, cada vez más rápido hasta llegar a un fregado frenético. Pero no me dejé engañar, quería correrse, y aflojar así su tensión, por lo que después de unos momentos, que seguro le parecieron microsegundos, saqué la mano, toda pringada y le di a probar sus propios jugos que limpió y lamió con avidez.

Casi nunca había visto a una mujer tan excitada con ella, parecía dispuesta a cualquier cosa, y aunque me hubiese gustado seguir haciéndola sufrir no pude más. Tuve que sujetarla porque en un par de veces sus rodillas se doblaron y casi se fue al suelo; se la veía muy frágil pero disfrutando a muerte. Había llegado el momento, su momento. Reconozco que me apetecía mucho follarme su culito, pero tan apretado estoy seguro que no iba a aguantar todo lo que yo quería, por eso lo dejé para después, cuando ella volviese a subirse a ese pre-climax tan loco y arrebatador. Me bajé los pantalones y el slip CK que llevaba y puse la casi amoratada cabeza de mi polla, en su puerta, volví a separar sus labios con mis pulgares, abriendo así su puerta para mí, y muy lentamente empecé a entrar, acariciando cada milímetro de sus paredes, oscilando de un lado a otro, haciendo que todo en mí describiese un baile que ella no debía saber cuando acabaría. Me dijo que se sentía llena, que no podía moverse, porque me había tensado dentro de esa tan preciosa como viciosa mujer; además, su cabeza sobre la chapa, sus resoplidos, sus frágiles piernas, sus jugos desatados, todo era una prueba de lo que está empezando a crearse en su interior y pretendía salir, explotando a través del cr

áter que era ahora su coño perforado por mi polla.

Al ir sacándola, milímetro a milímetro de su acogedora vagina, noté como llevaba sus caderas hacia mí, no quería que me saliese, aunque no era esa mi intención. Entonces, de una estocada, acompañada por un grito de ella, mezcla de ligero dolor y mayor placer, se la hundí hasta el techo de su caverna. Y fue sólo el primero de una serie de empujes bestiales, ataques encadenados, de golpes de mi cadera contra sus nalgas que sonaban cada vez más húmedos. Sus temblores empezaron a contagiarse a mi cuerpo, estertores de placer, sin ritmo: ¡Ahgg, Ahgg, ahgg!, gritaba cadenciosamente cada vez que chocaba con ella, dejando salir mi polla hasta la mismísima cabeza para enterrarla buscando el centro de sus salvajes pantanos.

Ella no sabía exactamente de dónde le venía, pero sí que le estaba inundando, era su explosión un premio con una antesala de lujo, una meseta de reina, mientras el macho seguía follando su coño sin descanso. Plaffss, plaffss, sonaba en ese inhóspito paisaje, por lo que ella no se cortó y empezó a gritar, a insultar, a empujar su culo hacia mí, no quería perder la sensación de presión para cuando se corriese; y Vanessa inició el consabido camino sin retorno. Como si fuese el primer cohete de los fuegos de artificio: poummm, algo se rompió en su interior y comenzó a inundarle de placer y temblores, joderrr, estaba tan excitada, se estaba empezando a correr tan despreocupadamente que a la vez perdió el control de su cuerpo y no pudo evitar que su vejiga abriera también su compuerta soltando el preciado líquido amarillo. Se meó sin darte cuenta, plácidamente, mientras sus jugos se mezclan con ese regalo que me hizo pensar que nunca se había corrido así, meándose a la vez; después se avergonzó pero en esos momentos fue mi putita dulce y perversa, esa diablilla que se corre tan a gusto que se orina encima, con mi polla dentro y el dorado líquido aprovechando cada una de mis retiradas para poder escapar al exterior con mayor facilidad, que maravilla.

Casi sin darme cuenta y sin que pudiera hacer nada para evitarlo, se cayó al suelo, fue demasiado para ella, su corazón volaba a mil kilómetros por hora y su vagina tuvo espasmos que le hicieron encogerse en el suelo. No podía dejarme así, aunque tuviese el aspecto de una niña que casi dormía por haber descubierto el placer infinito y se olvida del sujeto de ese placer. Como no hacía nada, levanté en pompa su precioso culo, con las rodillas en el suelo y su cabeza apoyada en la hierba, y yo desde arriba, dirigí mi estaca pétrea a la entrada flanqueada por sus nalgas. Pensaba que como castigo, debía recibirme por ahí, por no haber sido capaz de sostenerse hasta que yo hubiese vaciado mi carga dentro de ella y hubiese regado su preciosa cara de niña caliente y sus pechos con mi semen; tenía pensado castigarla por eso, aunque dudo que para ella fuese un castigo.

Unté mis manos en la sopa que tenía entre sus piernas, metí de un golpe uno de mis dedos en su culo y sentí como todavía se estaba contrayendo, será posible que aún se esté corriendo, pensé. Mejor para ella. Escupí en el mismísimo agujero de su culo, me unté la polla con sus jugos y poco a poco, no soy un cabrón, le enterré el miembro en su recto; su anillo fue cediendo y seguro que casi ni se dio cuenta, salvo un hondo quejido que dejó escapar por la comisura de su boca, tal era su excitación y entrega, era una zorrita sumisa que estaba casi a lo suyo. Se notaba apretada, el interior de su culo era una impresionante funda para encerrar mi herramienta de forma maravillosa; esto, unido a mis vaivenes me hacía pensar que no iba a aguantar mucho más; me dije que como ella ya se había ido me podía permitir ser un egoísta y solo procurar darme placer. Vanessa empezó a recuperarse y, para mi bien, se entregó a la misma tarea, darme placer. Llevó sus manos a su culito, separando sus nalgas para tocarme mi polla y hacerle más fácil mi trabajo. Jodeerrr, en esa postura se la veía pletórica y maravillosamente mía, por lo que la follé, la follé, la follé por el culo hasta sentir como uno de los orgasmos más terriblemente potentes creció en la base de mis huevos y pugnó por ir subiendo por el tronco enterrado en ella.

La enfermera se dio cuenta y me pidió que no se l

a echase dentro, le gustaba ver salir la leche de un hombre al que había puesto a mil, que además estaba muy cachonda y que sólo le apetecía hacer lo más guarro que a mi se me ocurra, ese era su deseo, sentirse sucia, anhelando recibir la polla que estaba a punto de escupir mis íntimos jugos directamente en su boca desde el interior de sus entrañas, sin intermediarios, sin limpiezas, al natural, como una putita que es ahora como se sentía, aunque sólo lo fuera conmigo.

Así, separó su culo cuando yo le di la señal con una dulce azotaina, aunque esperé bastante, quería que fuesen las apretadas paredes de su culo las que me llevasen a correrme en su boca, no de otra manera, yo también estaba cerdo y animal, y sólo me importaban sus agujeros, porque eso es lo que ella era, agujeros para saltar de uno a otro, y ella lo sabía. Di un bramido de bestia, y en el camino desde su culito hasta la boca se me escapó el primer chorro que cayó sobre una de sus tetas, como si fuese una medalla ganada por estar tan caliente, por ser tan perra. No perdí más tiempo y el siguiente chorro ya se estrelló contra el fondo de su garganta, porque la quiso ahí, en el fondo; y mientras, yo extendí, con una mano, la primera andanada de semen en su pecho, y con la otra apretaba su cabeza hacia mí. Ella fue apurando mi corrida hasta sentir que la intensidad de mis espasmos en la base de la polla, la que incluso llegaba a rodear a veces con sus labios, fue disminuyendo. Entonces, con sus ojos me pidió permiso para sacarla y seguir exprimiéndome contra sus preciosas tetas, apretándome con ellas de un modo tan diferente que rubricó mi orgasmo como nunca antes lo había hecho otra mujer. Mis últimos chorros de lefa cayeron allí, entre sus tetas, mientras mucha de mi carga y todo mi sabor se mantenía en su boca, esperando una orden mía, que con el último temblor se materializó.

-“Vanessa, ven, bésame y comparte conmigo el tesoro que me has robado, putita ladrona, aggggggggghhhhhhh.”

La silenciosa vuelta fue la rúbrica de una de las carreras en mi taxi que más me han satisfecho. Nunca pensé que una cita propiciada por algo tan abstracto como un relato pudiera darme tan morbosas y reales sensaciones como las que sentí con Vanessa. Pero, como suele pasar en las relaciones pasionales, una vez conseguido concluir su relato, ella dejó de retarme a través de sus correos electrónicos y yo tuve que hacerme a la idea que tras esa última cita, nunca más volvería a subirse a mi taxi.

Esta vez tengo especial interés en saber qué habéis sentido al leer esta experiencia, porque sé que en algún lugar, algún día, alguien la leerá como suya.

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