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Relato Erótico: Las amigas de mi prima

Me llamo Sonia. Soy una chica de veinticinco años y la historia que les voy a contar me empezó a ocurrir hace unos meses.

Hacía tiempo que no tomaba café con mi prima Eva. Quiero mucho a Eva. Es mi amiga de la infancia. Tiene la misma edad que yo, unos meses más pequeña y tras la ruptura con mi novio, Fernando, no se me ocurrió nadie mejor que me pudiera servir de pañuelo que mi prima Eva. Quedamos en la cafetería “Niza”.

Vivo en un pueblo del sur. Les dejo con la duda sobre cuál es. Es un sitio que con sus treinta mil habitantes, no ha perdido el sabor a pueblo. Desde hacía tiempo no tenía una conversación seria con mi prima. La veía en la calle, nos saludábamos, le daba recuerdos y nos prometíamos llamarnos para tomar café. Lo bueno de las buenas amistades es que no se pierden con el tiempo.

Eva vino a mi cita vestida muy sport, con unos vaqueros ajustados y un chaquetón de pieles, debajo del que llevaba un short muy ajustado. Era morena y de labios gruesos y generalmente pintados de rojo. Pestañas largas y ojos almendrados, mirada penetrante que parece que te estudia mientras deja salir el humo de su cigarrillo por su boca entreabierta.

Parece que Eva intuía que había cortado con Fernando… O tal vez se había hecho eco de un cotilleo, que tan frecuentes son y que corren como la pólvora.- ¿Y Fernando?.-

-He roto con él. -¿Para siempre?.- Es lógico que Eva me hiciera esa pregunta. Había roto otras veces con ese sinvergüenza y había vuelto con él muchas más. Cuesta romper siete años de noviazgo. -Sí.

-¿De verdad?

Me puse a contarle una retahíla de motivos que justificaban mi ruptura con Fernando y cuando acabé, agotada, guardamos silencio. . -No me explico por qué no has roto antes.-

Otra vez empecé a contarle mil argumentos por los que había alargado mi relación. Ahora, después de hablar con Eva, estaba segura que no volvería con Fernando. Hablamos de nuestras cosas, de la familia, de la tía Nuria y de la prima Berta. En esto, entró una mujer de cuarenta años, muy conocida en nuestra ciudad.

La señora, muy emperifollada, como exige su rancio abolengo, para mi sorpresa saludó muy amablemente a Eva. Estuvieron hablando y me parecieron muy amigas. Me intrigó como mi prima, que como yo procede de una familia media, muy media, hubiera hecho amistad con la Marquesa de los Torcuatos, Doña Úrsula. Ursita para mi prima.

-¡Oye! ¡Que bien te relacionas! -¡Va! Cosas del trabajo.-

Mi prima es fotógrafa. Le pedí que me explicara cómo había conocido a aquella dama de porte elegante, de figura juvenil a pesar de sus cuarenta años y de rasgos morunos y árabes.

– Verás… le gusta hacerse unas fotos muy especiales.- Insistí más en que me explicara lo que no estaba dispuesta a explicarme. Casi me enfado con ella pero no me quiso explicar nada más.

La llamé por teléfono para quedar otra vez a tomar café. Quedamos después del trabajo y le pedí que me introdujera en su círculo de amistades. Una mujer como doña Úrsula puede abrir muchas puertas. Una llamada suya a un amigo te puede suponer un trabajo. Así se lo expliqué a Eva.

– Mira Sonia, es que no te va a ir su rollo.- – ¿Cómo lo sabes?.- Eva no me lo quería confesar por temor a lo que pudiera pensar de ella misma. – Es que es “torti”.-

Me quedé pensando intrigada. Lo que Eva me confesaba, evidentemente suponía que de una manera o de otra, mi prima estaba en los ambientes “raros”. A pesar de todo, yo ilusa de mí, insistí en que me presentara a Doña Úrsula.

-Si quieres que te presente a Doña Ursula, tienes que pertenecer a nuestro club y te aseguro que si no estás dispuesta a pasar por la piedra es mejor que desistas de la idea. -No creo que sea como tu dices… Además, Eva, Si a ti te gusta… ¿por qué no me iba a gustar a mí?

La verdad es que pensaba que me las apañaría para bandeármelas sola si

n tener necesidad de caer tan bajo como mi prima Eva.

– Bien…Vamos a hacer una prueba…Sígueme.-

Seguí a Eva hasta el servicio del pubs en que nos tomábamos la última copa. Eva cerró y me pidió que me bajara el pantalón.

-¡Vamos! ¡A qué esperas!

Me bajé los vaqueros y un poco avergonzada le enseñé mis muslos que hacía unas semanas no me depilaba y mis bragas decentes, casi de cateta cincuentona. Me inquietaba como me miraba mi prima, estudiando mi anatomía.

-Ahora… bájate las bragas… ¡Venga, Sonia!… si no eres capaz de hacer esto…como vas a entrar en el club.

Me bajé las bragas sin atreverme a ver la expresión de Eva. Al final me dijo:- ¡Vaya! Lo tienes en estado salvaje… Pero creo que le gustarás a Doña Úrsula.-

La conversación siguió en la mesa del pub – De hecho.,Ursita me llamó el otro día para preguntarme quien era la chic tan mona que tomaba café conmigo en el Niza.- Eva parecía ahora un poco nerviosa.

– Sí, se interesó por ti.- Me decía hablando entre dientes mientras sostenía el cigarrillo que intentaba encender.

Para mí era un inmenso honor y me llenó de alegría. No comprendo muy bien por qué las mujeres somos tan vulnerables a la posición social de nuestros pretendientes, y perdonamos físico, edad… hasta el sexo, en este caso.

– Pero claro, antes de presentarte te tengo que limar un poco… ya sabes… ropa interior de clase, piernas depiladas, un poco de ejercicio… Claro, si no te importa. -¡Cómo tú quieras, Eva. -Empezaremos mañana. Ya verás como en dos semanas estás hecha un bombón.-

A las seis de la tarde del día siguiente, Eva tocaba a la puerta para que me fuera con ella al gimnasio. Entró y me preguntó.- ¿A ver que te vas a poner?

Llevaba un chándal de esos que se ponen las mujeres mayores para irse a andar. Era de color azul marino con cremallera. En realidad, no hacía ejercicio desde el instituto y me quedaba un poco estrecho.

– ¡Qué barbaridad! ¡Es que quieres que se rían de ti?. Menos mal que he sido previsora y te he traído ropa mía. -Espera, me lo voy a poner. -¡Ni hablar, vamos a llegar tarde!.- Me agarró de la mano y tiró de mí hacia su coche, un renault 106 nuevo.

Al entrar en el vestuario me sorprendió la forma en que venían vestidas las otras chicas, con las mayas ajustadas. Una chaqueta, una rebeca alrededor de la cintura disimulaban su figura atrevida, pero al entrar, se veían sus tipos de ágiles amazonas. Me sentí avergonzada por llevar aquel inocente e insulso chándal. Entramos al vestuario. Mi prima comenzó a desnudarse y luego a vestirse. Las chicas pululaban por los bancos medio desnudas, unas poniéndose la ropa de deporte, otras recién duchadas. Yo creía que todas las chicas me miraban. Creo que incluso me puse colorada.

Eva tenía un culo muy bonito y las tetas muy firmes. Al verme desnuda y compararme con los cuerpos que miraba de reojo, me di cuenta que, a pesar de mi pelo rubio que llamaba siempre la atención, mi cara redonda y mi nariz respingona, mis labios carnosos, como mi prima, estaba muy dejada. Me veía un poco flácida, sin estar gorda y sin depilarme. Me puse la malla rápidamente y sin quitarme el sujetador, me enfundé la camiseta que me había dado Eva.

Eva me presentó a la dueña del gimnasio y monitora de aerobics, Luisa. Luisa tenía unos treinta años y me sonrió de una manera extraña al verme. Eva le explicó que quería ponerme a punto. Luisa pareció entenderlo todo y la clase comenzó.

-Uno, dos tres, cuatro, unos dos tres cuatro.- Intentaba hacer lo que me decían, pero lo hacía lento, sin agilidad y sólo a medias. Luisa me miraba amablemente y luego miraba a mi prima con una sonrisa de complicidad y de comprensión. Me prestaba atención. Se ponía a mi lado y me cogía de los brazos o las caderas para que perfeccionara el movimiento. Era extraño sentirse tan protegida por una mujer. Una chica maciza algo más baja que yo pero cuya fortaleza era evidente.

Yo estaba dispuesta a cambiarme sin ducharme, pero Eva se puso pesada. Me tuve que duchar allí misma, secándome con su misma toalla, creyéndome observada por todas. Me puse colorada al salir de la ducha con la toalla enredada en el cuerpo y toparme con Luisa que me sonreía de una forma inquietante. Me metí las bragas en

tre la toalla y las piernas y terminé de ducharme intentando ocultar mi cuerpo de miradas extrañas, aunque femeninas. Eva me dejo- Mañana te vienes aunque yo no venga.- Asentí con la cabeza.

EL teléfono sonó temprano a la mañana siguiente. Había dormido como un lirón por el cansancio de la sesión de aerobics. Era Eva.- Mira, tienes que ir a la esteticista. Tienes que ir a las cinco. Luego te vas al gimnasio. La esteticista es Helena, la de la calle del Sol. Ella ya sabe lo que tiene que hacer.-

Llegué a una casa de una planta en la que había una peluquería y esteticista. Llamé tras esperar a que pasaran cinco minutos de las cinco.- ¿Sonia? Tu prima me ha dicho lo que necesitas. Tú tranquila.-

Helena era una chica delgada, morenita de pelo lacio que no le llegaba a los hombros. Era de cara alargada y labios delgados. SU nariz era recta, larga y afilada. Era bajita y menuda. Llevaba una bata blanca y al rato me di cuenta de que debajo de esta bata sólo llevaba la ropa interior, que consistía en un sujetador que contenía su pecho menudo y unas bragas juveniles, pues la muchacha debía tener veinte años.

Helena me hizo la manicura, arreglándome las uñas, cogiéndome mis manos con sus manitas de dedos finos. Luego también me arregló la de los pies, tras convencerme para que me quitara los zapatos y las medias. Me puso una crema en la cara y me arregló las puntas del cabello. Me quité la camisa. Y consentí que me depilara el sobaco y después, me quité la falda para que me depilara las piernas.

Helena era de conversación agradable y voz fina, penetrante. Se ganaba mi confianza. Los tirones que me daba arrancándome el vello no me hacían daño. Sus ojos negros me agradaban. No le costó demasiado convencerme de que me quitara las bragas y me abrí de piernas para que me recortara primero con unas tijerillas los pelos de mi sexo y luego, extendiendo una suave crema sobre él, con una brocha que me hacía cosquillas, comenzó a pasar una maquinilla que iba despojándome de mi pelo.

Al sentirme desnuda, al sentir las suaves yemas de sus dedos posarse en mis ingles o en mis muslos, confieso que me sentí excitada por primera vez, y al ver aquella frente limpia, recta, dulce tan cerca de mi sexo, pensé que tal vez me besaría. Un olor tenue me parecía que inundaba el aire de la habitación y deseaba que pasara imperceptible ante Helena. Mi cuerpo me traicionaba.

Helena continuó hasta dejar mi sexo imberbe. Sólo entonces mojó una toalla en agua tibia y la colocó entre mis muslos y encima del vientre. Me tuvo así unos minutos y luego trajo una toalla nueva, más suave. Comenzó entonces a secarme. Movía la toalla lentamente entre mis muslos y me miraba a la cara. La rehuía, pero me agradaba la forma en que me secaba. Me estuve quieta mientras ella restregaba la toalla en mi sexo con más fuerza.

La toalla fue desapareciendo. La cara de Helena ya no me miraba, sino que se apoyaba sobre mi pecho y se posaba sobre mi seno que momentos antes había permitido que me dejara libre de la copa del sostén bajándome un tirante. Su boca quemaba en mi pezón.

Su mano se deslizaba suavemente entre mis muslos y se tropezaba con mi clítoris. Mi novio me había masturbado a veces, pero aquellas manitas no tenían nada que ver con la rudeza y tozudez de las de Fernando. Me rozaba con sus deditos y me electrizaba. Me hincó un dedo levemente en la raja y a los pocos segundos me estaba corriendo, avergonzada por una parte, y por otra liberándome de muchas inhibiciones.

Ese día, la sesión de aeróbics fue un poco más dura. Sudaba mucho y Luisa disfrutaba viéndome esforzarme. Eva no había venido y mi desnudez en el vestuario parecía mucho mayor que el día anterior. Me fijé en las braguitas de las chicas. Eran escotadas, atrevidas. Las mías eran catetas y ordinarias. Me sentía cohibida frente a aquellas figuras hedonistas.

AL llegar a casa, Eva me llamó y me preguntó que tal con Helena. -¡Muy bien!.- Eva seguro que sabía todo lo ocurrido pero me engañaba pensando que Helena guardaría nuestro secreto.

– Mañana tienes que ir a “Guest” a comprarte unas cuantas bragas. – Pero… ¡Cómo voy a pagar!. – No te preocupes, pichoncito. Tengo crédito, Doña Julia es amiga mía.-

“Guest” era la tienda más cara de la ciudad. Era una tienda de alta costura. El capricho de una joven

viuda terrateniente. Doña Julia, Julita como la llamaba mi prima, era la mujer más rica de la ciudad a la que todos los solteros querían casar. Pero ella se mantenía fiel a la memoria de su marido.

Doña Julia era una rubia delgada y alta, de ojos azules y pelo rubia. Su cara alargada y la expresión seria de su cara la hacían parecer mayor de sus treinta y tres años, pero al acercarse a ella, su aspecto se mejoraba considerablemente, especialmente cuando con un poco de confianza, sonreía y se la trataba, pues era una mujer muy amable.

-Hola. Vengo de parte de Eva.- Eso fue lo único que tuve que decir. Julita dio orden a la dependienta de que no nos molestaran y subió a una habitación que tenía la tienda arriba, un reservado lujosamente decorado, en el que abundaban los espejos y el fieltro. Ante mí se desplegaba los más excitantes diseños, los más atrevidos… y caros. Julita empezó a decidir por mí.

-Estás, para los aerobics. Estás, para estar por casa. Esta, para esa ocasión especial.-

Eran unas bragas para una ocasión especial. Valían veinte mil pesetas. Eran unas bragas de una delicadeza y un atrevimiento exquisito.- ¡Venga!¡Pruébatelas!.-

A la segunda vez que me lo pidió, mis pantalones vaqueros desgastados rodaron por mis piernas abajo. Me sentía vulgar con aquellas bragas de trescientas pesetas. Menos mal que al menos estaba depilada y la gimnasia hacía que mis muslos estuvieran un poquito más contorneados. Fui a ponerme las braguitas carísimas encima de las mías pero Doña Julia intervino. -¡Oh no! ¡Eso es como mezclar un rioja con un valdepeñas de tetrabricks, póntelas sobre ti.-

-Es que son muy caras. -¡Pero si te están bien seguro!. -Pero no quiero que Eva me pague algo tan caro. -¡No! Estas te las voy a regalar yo.-

Me quité las bragas que salieron liadas de mis piernas. Mi sexo quedó desnudo y a merced de las miradas indiscretas de Doña Julia que fingía no prestarme atención. Al final me coloqué aquella delicia. En los cristales veía reflejado mi culo que parecía un bombón. Ahora si me miraba doña Julia, con aires profesionales. Comenzó a introducir sus largos y huesudos dedos entre las costuras y mi carne, para terminar de ponérmelas bien. Otra vez mi cuerpo me traicionaba. Como iba a pasar desapercibido el olor de mi sexo ante aquella mujer con nariz afilada.

Parece que a ti también te gustan ¿No?- Me dijo acercándose a mí más de lo normal, invadiendo mi espacio y turbándome con aquel perfume penetrante y delicioso. Puso sus manos sobre mi trasero, sobre aquellas nalgas que estando vestidas por las bragas más caras de la tienda, permanecía casi totalmente desnudas. Sus dedos se clavaban en mis nalgas y sus ojos en los míos. Sus labios buscaron los míos. Los encontraron.

Doña Julia introdujo su mano entre mis muslos elogiando la suavidad de la tela de la prenda íntima que le había servido de excusa para comenzar a tocarme. La suavidad de la prenda fue una excusa para comenzar a masturbarme mientras me apoyaba sobre su hombro, cubierto por aquella negra camisa que anunciaba a todo el mundo un luto que le servía para esconder su pasión hacia la lencería bien puesta.

Ponía una mano sobre mi espalda mientras su otra mano se apoderaba de mi sexo, mal cubierto por unas bragas que ya no le parecía tan importante que no estuviera bien colocada. Me llevó hasta un sillón y me tiró sobre el y arrodillándose, me obligó a quitarme las bragas, que tiró a un lado, sin importarle su precio. Mi sexo apareció desnudo, depilado, oloroso y mojado. Su boca sabía apreciar todas estas cualidades.

Doña Julia separaba con sus manos los labios de mi sexo y me lamía el clítoris, provocando que mi almeja se contrajera y que la sangre se agolpara en ella, excitada y caliente. Aquella viuda triste parecía ahora juguetona y feliz entre mis piernas. Su lengua, cada vez más atrevida, atacaba mi sexo ahora directamente y se estrellaba entre mis labios, consiguiendo penetrarme sólo cuando movía al lengua a lo largo de mi sexo.

La agarré de sus largos y lacios pelos rubios, aproximé su cara contra mí, sentí el calor de su aliento en mi sexo y comencé a correrme, conteniendo mis gemidos para que la dependienta que había quedado abajo no nos oyera.

Doña Julia me puso todas las bragas en una bolsa, hasta la que había utilizado para seducirme,

Tomó nota de mi talla y se despidió de mí, delante de la dependienta con un discreto beso en la mejilla. Apuntó algo en una libreta. – Es tu talla. Te tengo que hacer un regalo por la compra tan buena que me has hecho.-

Me iba acostumbrando a los aerobics. Unas veces iba con Eva, otras sola. Luisa estaba muy pendiente de mí y me agradaba. Al cuarto día, sin Eva, sufrí una sobrecarga muscular. Al menos eso me dijo Luisa que insistió en que al final de la clase, ya la última del día, se quedara para que me sometiera a una sesión de masajes. Acepté. A una persona con la personalidad de Luisa cuesta decirle que no.

Luisa me amasaba la espalda mientras los vestuarios iban quedando vacíos y als chicas, con las bolsas de deporte a las espaldas pasaban cerca de nosotras. El gimnasio quedó vacío y Luisa empezó a dejar mi espalda desnuda, subiendo la camiseta. Sus manos sobre la piel transmitían una energía agradable. Sin darme explicaciones me desabrochó el sostén para prodigarme unos fuertes masajes por todo la espalda.

-¿No te dueles los abductores pectorales?. -¿Los que?. -¡Esto de aquí.- Y se echó mano a los sobacos.

Realmente me dolían, así que seguí sus instrucciones de darme la vuelta y tras deshacerse de mi camiseta y del sostén, comenzó a darme unos masajes en los hombros y el antebrazo que hacía que todos mis senos, desnudos, se movieran.

Se le escapaban los dedos y me rozaban los senos. Y me excitaba. No me delataba esta vez el olor de mi sexo, pero sí el tamaño de mis pezones. Me daba cuenta por que Luisa los miraba con hambre. Los masajes seguían y yo aguantaba agradada lo que Luisa deseara hacer conmigo.

Sus manos me acariciaban descaradamente, el único propósito del masaje era excitar mis senos, hacer estallar mis pezones. No importaba si para ello Luisa me los lamía y si para evitar que me incorporara, me agarraba de los pelos. Una mano se introdujo en mi malla y agarrando las bragas, hizo que estas, se incrustaran en mi raja, dando un tirón. Grité tibiamente.- Ahhhh.-

Luisa se subió la camiseta y empezó ella misma a frotar sus senos contra los míos, aunque la trayectoria de sus pechos era impredecible, y tan pronto tenía esos pechos de pezones amplios y difusos sobre mi cara, animándome a mamar, como los sentía tropezarse contra mis pezones. Volvió a tirarme del pelo, sin brusquedad pero con fuerza. Puso un pecho definitivamente en mi boca y metió mano debajo de las bragas, y me corrí mientras mamaba del pecho de aquella mujer que me daba una seguridad que no tenía nada que ver con una sensación maternal

Ese día no me duché en el gimnasio. Salí disparada. Asustada por lo fácil que era seducirme. Era la tercera vez en cuatro días. Y sabía que al llegar a casa, Eva me llamaría. Se estaba tomando todo más en serio que yo. Tal vez debido al interés mostrado por Doña Ursula.

Desde ese día empecé a rehuir a Luisa. En realidad me había proporcionado una sensación muy agradable, pero no deseaba repetirlo. Eva me exigía que fuera al gimnasio todos los días. Un día me convenció para que probáramos la sauna. Era mi segunda semana. El caso es que cuando llegó nuestro turno no apareció, pues llamó al gimnasio. Luisa me extendió el teléfono y Eva me decía que le había ocurrido un imprevisto y que no podía venir. Me metí en la sauna por no causar un perjuicio. Era la primera vez que lo hacía. El calor era asfixiante, me quitaba fuerzas, me adormilaba. Pasé así unos minutos,

Estaba desnuda, sólo cubierta por una toalla, cubierta en sudor. De repente, la puerta se abrió. Vi entrar una figura femenina en la neblina. Se acercó y mi corazón palpitó al descubrir que se trataba de Luisa, poderosa como una diana cazadora, que se colocaba a mi lado.

El verla aguantar estoicamente el calor me hacía sentir yo más agobio. De repente, empezó a sobarme los muslos. No tenía fuerzas para negarme. La dejé. Dejé que me quitara la toalla y que me abriera las piernas, tras recostarme sobre le banquillo. Desnuda, Luisa era aún más hermosa. Me abrió las piernas y se las puso sobre los hombros y me hizo suya…

Me abandoné vencida por el calor. Su reina recorrió mi sexo como un caballo por una dehesa, trotando caprichosamente. Me corrí sin moverme, sentada en el banco, sin reaccionar. Pero Luisa no se

conformaba con poco. Su secreto profesional, el de su éxito estaba en exigir siempre un poco más de esfuerzo de lo que una estaba dispuesta a dar por las buenas, por eso, se empeñó en sacarme un segundo orgasmo, más sudado, intenso, húmedo y duradero que el anterior; Y aunque estaba rendida, esta vez si que me moví sobre su boca golosa.

Eva me pidió que participara en una sesión fotográfica de las que ella hacía. Sería bueno para mi presentación a la marquesa. Tenía que ir a una tienda de seguridad a comprar unas cosas.

Fui a una tienda donde vendían cerraduras y sistemas de alarmas. Me atendía una chica morena, de ojos azules, algo bajita y gordita, pero de un aspecto muy agradable y pulcro. Iba vestida con un uniforme azul marino. Le extendí la lista de cosas que Eva pedía y que no me había molestado en leer.

Esperé a que empezara a traer las cosas, que guardaba en un almacén en la trastienda. Me asusté al verla aparecer con unas esposas y unos grilletes que debían de ser para los pies…

– ¿Seguro que esto era lo que pedía?.- Le pregunté. – ¿Eva la fotógrafo? sí. – La verdad es que no pensaba que estas cosas se pudieran vender.- -Todo producto tiene su mercado. No es nuestro negocio principal, pero tenemos alguna cosa de esta.-

La señora debió de ver mi interés por que me invitó a entrar a que viera los inventarios, y tras cerrar la puerta y colgar un cartel de “Estoy desayunando. Vuelvo en cinco minutos”, me llevó a un pequeño cuartito con unos armarios en los que se veían los extraños utensilios para inmovilizar y subyugar a una persona, impresos en las portadas de los embalajes.

– Mira, estas esposas son las policiales. Y estas otras las utilizan para el “Bondage”. – ¿Eso que es? – ¿Nunca has jugado a la puta y la policía mala? – ¡No!-

La señora se acercó a mí y sin darme tiempo a reaccionar ni a favor ni en contra enganchó uno de los lados de las esposas a mi muñeca y no le costó ningún esfuerzo tomar mi otra mano y engancharla tras mi espalda a mí otra mano, esposadas.

-Mira. Con este pañuelo de seda te voy a tapar la boca, para que no te escuche tu abogado… y estos grilletes con esta barra dentro los dos es para atarte los pies y que te quedes abierta de piernas.-

Yo dejaba que la señora, que luego me enteré que se llamaba Beatriz y que era tan amiga de mi prima que le prestaba aquellos artículos a cambio de que le dejara alguna de las fotos que hacía con ellos para hacer un especial catálogo de venta.

Tras inmovilizarme, estaba de pie, con las piernas abiertas. La señora comenzó a “cachearme”, Me desabrochó la camisa y me la bajó hasta la altura del codo. Luego se deshizo de mi sujetador. Me pellizcó los pezones. Lo hacía cada vez con más intensidad aunque no llegó a hacerme daño realmente. Me repetía que si me portaba bien, hablaría con el sheriff para que me rebajaran la pena y otras chorradas sacadas de las películas que a mí me estaban poniendo cachondísima.

Se puso a devorarme las tetas. Se las metía en la boca y me mordisqueaba los pezones mientras a tientas me desabrochaba la falda vaquera. Los botones se desanudaban y la falda terminó cayendo y dejándome con una de esas bragas de trescientas pesetas que aún me resistía a dejar de usar.

– Muñeca. Estas bragas no te van.- Y tras decirme esto, la señora dio un tirón que desgarraron mis bragas. Luego dio otro tirón con lo que consiguió quedarse con mis bragas en su mano. Las olió. -Hueles a zorrita con ganas de marcha. ¡Ahora verás!.-

La señora se agachó y puso su boca en mi sexo desprotegido y desnudo. Posó sus labios contra los míos y presionó con ellos para dejar libre mi clítoris, entonces lo absorbió entre sus labios y lo mordisqueó durante largo rato, hasta que me sintió super excitada. Solo entonces se levantó, metió su pierna entre las mías y levantándose la falda, sentí sus medias en mi sexo. Comenzó a hincar su rodilla mientras me agarraba las nalgas fuertemente, tan fuertemente que uno de sus dedos se hincaba un poco en mi ano.

La seda de la media causaba en mi sexo una sensación muy excitante. El verme subyugada, maltratada, poseída por aquella seudo policía, hizo que comenzara a cabalgar sobre el muslo de aquella señora, que se afanaba en arranca

rme un orgasmo restregando su muslo. Ella se esforzaba en arquear la espalda, de manera que me comía de nuevo los pezones, tirando de ellos como una ternera de la teta de una vaca.

El pañuelo de seda me impedía gritar y gemir por el orgasmo que aquella mujer me arrancaba, pero no por ello pudo evitar el orgasmo en sí mismo. Me corrí en el muslo de mi captora. La señora no me soltó enseguida. Me retuvo un rato, humillándome obligándome a bajar la cabeza. Regañándome por un robo que no había hecho. Me parecía que estaba chalada. Pero a mí me excitaba. De vez en cuando, se pasaba por detrás de mí y me pegaba un cachete en el culo.

-¡Ala! ¡Te voy a soltar! ¡Pero no vuelvas a entrar al almacén a robar.!.-

Me vestí, miré mis bragas inservibles, y salí casi corriendo de aquella tienda con aquel paquete que contenía objetos tan comprometedores. Al día siguiente me presenté en el estudio de Eva. Era una pequeña nave de un polígono. Llevaba aquellos objetos que había recogido en la tienda.

-¡Ah, eso! No nos va a servir, tengo otro encargo.-

Vaya, parecía que había dejado que aquella mujer me masturbara y me dijera aquellas horribles cosas excitantes para nada.

-Ponte esto.- Eran unas mallas como las de aerobics, pero con tirantes y todo, pero como si fuera de piel de leopardo, con ese tipo de manchas. – A ver si viene la modelo. ¿Conoces a Sara? Es una chica excitante.-

Me coloqué aquello sobre la piel desnuda. Parecía realmente un animal. Me veía como una hembra muy apetecible. A los diez minutos vino la sensualidad en persona. Era mujer con mi edad, veinticinco. Morena de pelo y de piel muy tostada, de ojos grandes, negros y expresivos, de pechos generosos, cintura estrecha y anchas caderas. Tenía un culo respingón y unos muslos gorditos que se estrechaban en las rodillas hasta desembocar en un pié pequeño y delicioso.

Sara se vistió. Tomaba el sol en top less. Se puso un traje plateado, escotado por delante por una cremallera y por debajo eran unos pantalones cortos. Eva me puso un collar de esos de cuero que se los ponen a los perros para llevarlos de paseo y una cadena. Sara me llevaba y yo tenía que hacer poses de gato salvaje. Eva me dirigía y hacía un montón de fotos. Luego ordenó a Sara que empezara ya con “lo grueso”.

Sara me agarró muy corto y me acercó mucho a ella. Nuestras caras estaban muy juntas. Me besó, lentamente, para que diera tiempo a hacer varias fotos y luego con profundidad. Entonces tuve que ponerme a cuatro patas, sobre sus rodillas, tumbada bajo sus pies. El resultado fue una ristra de fotos con un gran contenido fetichista.

Eva se despidió.- Bueno. Yo me voy que tengo prisa. Cerrad el estudio. Tú, Sonia, me traes las llaves a casa luego, ¿Vale?.-

-¡Vale!.-Le contesté.

Sara se desnudaba y yo casi a su ritmo.

– ¿Sabes, gatita?.- Me dijo cuando estábamos las dos desnudas.- Me has puesto tan caliente que me tienes que comer el coño ahora mismo.-

Me cogió del pelo mientras se sentaba en un sillón y separando sus piernas, me obligó a llevar mi cara hasta su sexo. -¡Vamos, mámame el botoncito!.-

Era la primera vez que lo hacía y no sabía por donde empezar. Su sexo estaba depilado, como el mío. Tomé su clítoris entre mis labios y lo lamí con la lengua. Estuve un rato. Luego busqué aquel néctar que su fruta abierta me ofrecía y me dediqué a lamerlo mientras ella extendía sus brazos delgados y largos e intentaba ordeñar mis pechos. Comencé a sentirla moverse y gemía diciendo.- ¡Me viene!…¡Me viene!…¡Si! …¡Siiiiii!.-

-¿Has cerrado bien?.- Me dijo Eva al recibir las llaves del estudio con la mano abierta. -Sí- Era tarde. Habíamos salido un poco tarde, entretenidas Sara y yo en comernos alternativamente la una a la otra. -¡Hueles a tigre!.- Me dijo Eva con sarcasmo, recordándome el disfraz que había llevado durante la sesión fotográfica. – Anda, dúchate.-

Me quité la ropa y fui a la ducha. Estaba enjabonándome cuando sentí la puerta del servicio.- ¿Eva?.- Sí-

La cortina de la ducha se abrió. Eva entraba desnuda al baño y acercándose a mí me dijo. -Me han dicho que comes los coños la mar de bien.-

Antes de que pudiera hacer nada, Eva me besaba apasionadamente y me acariciaba mis senos enjabonados. Nunca había pensado sexualmente en mi prima, y aún ahora no lo hací

a. Simplemente me dejaba llevar por ella. Sus manos recorrían mi cuerpo respetando aún los secretos más íntimos de mi fisonomía. Yo me asía a su cintura. Coloco una mano detrás de mi cuello y empezó a tirar de mi cuello hacia abajo, obligándome e arrodillarme delante de ella y colocando una de sus piernas encima del borde de la bañera me ofreció su sexo, esperando que le demostrara si era verdad lo que de mí decía aquella sensual modelo.

EL sexo de Eva era delicioso. Húmedo y generoso en sus extremos y en su longitud me entretuve en lamerla mientras ella descansaba sobre la pared de la bañera. El agua se deslizaba por su vientre y me mojaba los labios. Su clítoris se engrandecía. Eva tenía el sexo recortado y cuidado, aunque no depilado. Yo lo prefería a la maraña de pelos que cubrían el sexo de Sara, la modelo, que tanto me habían entorpecido llegar hasta su piel.

Eva cogió el mango de la ducha y lo aproximó a su vientre, disfrutando de la agradable sensación del agua y del cosquilleo. Yo aguanté la caída de las gotas en la cara, sobre mis labios, que sentían electrizarse su clítoris por el doble estímulo de mi boca y la caída del agua. De repente, sentí que Eva comenzaba a agitarse y agarrándome del cuello con las dos manos, soltando la manguera, me hundió la cara contra su vientre y comenzó a correrse, de manera sincera, amplia y sonora. Gemía débil pero decididamente.

Me levanté y nos abrazamos, besándonos. Nos secamos la una a la otra lentamente con la toalla. No podía huir de Eva como había huido de la dueña del Gimnasio, Luisa, o de la señora de la tienda de artículos de seguridad, Renata, como me enteré que se llamaba, o como había huido de Julia, la dueña de la tienda de lencería o de la chica esteticista, Helena.

Me llevó hasta la cama. Una cama que no entendía por que era tan ancha. Me tumbó y ella sobre mí y comenzó a hacerme el amor, besándome en la boca mientras me sobaba los senos y me metía la rodilla entre los muslos y la mano.

Comenzó a lamerme los senos, después de un largo periplo por mis orejas y mi cuello, mientras seguía hincándome la rodilla. Me tomó las manos mientras mordisqueaba mis pezones y me tenía inmovilizada a sus caprichos.

– Pon las manos cogidas a los barrotes del cabecero y no las separes… Obedece, aún tengo las esposas que me prestó Renata.-

Coloqué las manos en el cabecero de la cama y no las separé de ahí mientras veía que su boca recorría una trayectoria descendiente hacia mi sexo. Se puso de rodillas entre mis piernas. Sus labios pronto se fundieron con mi sexo. Se esforzaba en abrirme de piernas y cuando se cercioró de que no podía estar más abierta, extendió sus manos para acariciarme los pechos y los pezones.

Me encontraba excitada y acalorada. Eva movía ahora sus manos con movimientos cortos pero rápidos, y como tenía mis pezones entre sus dedos, mis pechos se meneaban de una forma que me hacía sentir extrañamente reconfortada. El movimiento de su lengua era similar, y a veces, era su boca la que se movía de aquella manera, luchando contra los labios de mi sexo y provocando un movimiento similar en mi clítoris.

Me separó los labios del sexo con sus hábiles dedos e introdujo la lengua dentro de mí todo lo que pudo, comenzando a agitarla. El movimiento de mis caderas parecía animarla a continuar torturándome de aquella manera y yo, a pesar de que hubiera deseado que la tortura durara indefinidamente, me corrí sin osar separar las manos del cabecero de la cama.

Quedamos las dos abrazadas durmiendo. A la mañana siguiente, mientras desayunamos me prometió que en esa semana me presentaría a Doña Úrsula.

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