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Relato Erótico: Lencería fina

Hola amigos. Los saluda Amadeo. Como les prometí, quiero compartir con ustedes otra de mis experiencias.

Mi abuela se ganaba un dinero extra vendiendo productos por catálogo (ropa interior femenina y productos de belleza, como cosméticos y demás). Ella siempre visitaba a sus clientas para tomar sus pedidos y después entregar la mercadería. Aquella tarde, mi abuela tenía algo que hacer y me pidió que fuera a dejarle unos artículos a doña Roxana, una señora que vivía en las cercanías del Cerrito del Carmen, en esta ciudad de Guatemala.

Era ella una mujer como de 55 años, divorciada, de corta estatura, amplias caderas y generoso busto. Vivía sola y su única hija, casada y con tres vástagos a su vez, no se ocupaba mucho de ella.

– Buenas tardes doña Roxana -le dije-. Le traigo un encargo de mi abuela.

Me hizo pasar a la sala y mientras yo me sentaba, ella examinó la mercadería. Yo deseaba que ella me diera el dinero que debía llevar a mi abuela y retirarme, ya que deseaba ir a casa de unos compañeros de colegio que, según decían, habían alquilado una buena película en vídeo.

– Espérame un momento, que ahora vengo- me dijo, disponiéndose a salir de la habitación-. Voy a probarme esto y a traer el dinero.

Mientras esperaba estuve observando detenidamente la sala, dándome cuenta de que todo estaba decorado con exquisito gusto. Después de unos momentos, doña Roxana volvió. Tenía puesto una transparente bata de encaje negro que le llegaba hasta las rodillas y que traslucía el resto del conjunto: un escotado brassier también rojo y un bikini de encaje igualmente rojo. Como en las modelos que había visto en las revistas, debajo del bikini llevaba un liguero que sostenía un par de delicadas medias de color igualmente rojo.

Se plantó frente a mí en forma insinuante, poniendo una pierna delante de la otra abriéndose la bata, mientras se llevaba las manos a la cintura. El cuadro era tan impresionante, que sabiendo el mal de que padezco, era imposible resistir a la acometida del deseo.

– Quisiera tu opinión. ¿Qué tal me queda? -preguntó.

Con un aire de sensualidad, se quitó la transparente bata y la arrojó sobre el respaldo de un sillón cercano. Se quedó quieta, con la mano derecha en la cintura y la izquierda levantada en el aire. Tragué saliva. La miré de pies a cabeza y pude apreciar las insinuantes sombras de sus pezones detrás del encaje del brassier.

– Bien -me dijo-, ¿qué te parece? – Es usted una mujer muy hermosa, doña Roxana -le respondí.

Sonrió, al tiempo que preguntaba:

– ¿Yo? – Claro que sí -le respondí. – Pero yo te pregunté por la lencería -observó con cierto aire de burla.

Creo que en ese momento me ruboricé. Había metido la pata. En realidad no me había fijado en las prendas. Sólo tenía ojos para ella.

– ¡Oh, perdón doña Roxana! Yo… – No te preocupes -dijo-. ¿De veras creés que soy atractiva? -preguntó con una mirada provocadora y un gesto cargado de lujuria.

Me puse de pie y ella se acercó a mí poniéndome las manos en los hombros. Aproximó su cara a la mía, ofreciéndome sus labios. Correspondí a su gesto y deposité un suave beso en su boca.

– Mi muchachito lindo… -me dijo.

Yo la tomé por la cintura y atrayéndola con fuerza hacia mí, la besé furiosamente. Al principio ella pareció sorprendida de que yo tomara aquella iniciativa, pero luego la recuperó, introduciendo su lengua en mi boca. Nos besamos y chupamos al tiempo que mis manos le acariciaban la espalda, la cintura y finalmente se apoderaron de sus nalgas, las que acaricié ya que aquella prenda, llamada brasilera, las dejaba totalmente en libertad.

– Mi muchachito lindo… -repitió.

Abalancé mis manos hacia sus pechos y los acaricié por encima del brassier. Le bajé la copa derecha y dejé al descubierto su hermoso seno, que sobé a placer y luego cubrí de besos.

Llevando sus manos hacia su espalda, le destrabé el sujetador y dejé al aire aquel par de globos de carne que inmediatamente acapararon mi atención. Aquellas tetas libres eran más grandes de lo que había pensado. No pude resistir la tentación de darles un masaje, con especial atención a los pezones.

Para no quedar en desventaja, doña Roxana comenzó a desabotonarme la camisa, deteniéndose para acariciar mi pecho. Bajó luego su mano derecha a la región de mi pubis, comprobando directamente que mi pene estaba ya completamente erecto. Se detuvo a acariciarlo y darle masaje por encima de mis pantalones. Sin perder tiempo me quité la camisa y la arrojé al sillón, junto a la bata que ella se había quitado momentos antes.

La mujer me ofreció sus labios nuevamente. La besé de nuevo en tanto ella, me acariciaba en pecho y las tetillas. Yo besaba a doña Roxana con más ganas cada vez, le apretujaba las tetas con una mano y con la otra acariciaba una de sus nalgas. De pronto, de un empellón, me tiró boca arriba en el sofá.

– ¿Me querés coger? -preguntó con la voz cargada de pasión. – Sí -respondí en un suspiro-. ¡Es lo que más deseo en este momento! – ¡Eso! Así me gusta -exclamó feliz.

Doña Roxana procedió a despojarse del resto de prendas y ya desnuda se montó en mí. Las palmas de mis manos se posaron en las tetas de la mujer, acariciándolas vigorosamente, mientras ella gemía con pasión.

– ¡Tomá tu lechita! -me dijo, al tiempo que me metía un pezón entre la boca.

Yo me prendí de el, y mamé como un recién nacido. Con la otra mano le acaricié fuertemente la otra teta, haciéndola gemir. Continué luego sobándole las redondas nalgas con mis labios aún pegados a sus pezones que, alternativamente, recibían la atención de mi boca.

La señora, sin perder tiempo, deslizó mi calzoncillo hasta los tobillos y viendo las dimensiones de mi aparato erecto, se vio acometida por el deseo de sentirse penetrada. Se montó nuevamente en mí. Acerqué el glande a la entrada de su vagina y ella con un movimiento de caderas, descendió tragándoselo por completo. Empezamos a movernos con rapidez y ella estaba tan caliente y mojada que pronto supe que no aguantaríamos mucho antes de llegar a la máxima cumbre del placer.

– ¡Qué delicia! -exclamé, sin poder contener el chorro de semen con que inundé su cavidad.

La señora sintió el chorro caliente e hizo un mohín de disgusto, ya que ella aún no estaba lista para terminar y deseaba seguir sintiéndole sabor a aquel encuentro de nuestros cuerpos.

– Papito lindo -me dijo en son de reclamo-, ¿por qué no te aguantaste otro rato? – Perdóneme doña Roxana -respondí avergonzado-. Pero trataré de seguir complaciéndola.

Ella rió satisfecha, dándose cuenta de que yo no la dejaría en el arranque. Siempre he podido tirarme, al menos dos polvos al hilo, así que sin sacársela, seguí moviéndome, excitándola con mis caricias, con el pene aún duro, buscando hacerla llegar.

– ¡Esperá! -exclamó desensartándose-. Cambiemos de posición.

Me puse de pie al tiempo que ella se acostaba en el sofá y tomándola por las caderas, la levanté para permitir que mi verga entrara mejor, hasta lo más profundo de su vagina, al tiempo que ella emitía un largo suspiro de voluptuosidad y placer. Como dos animales en celo, nos movíamos rítmicamente, y a cada embate la penetraba más profundamente, haciéndola emitir roncos gemidos y jadeos que a cada momento se hacían más veloces e intensos. La señora comenzó de pronto a gritar:

– ¡Yaaaa! ¡Yaaaa! ¡Ya me vengo, muñeco divino!

Un orgasmo arrollador la acometió. Sus líquidos salían abundantemente de su vagina y ella terminó como una yegua en celo. Pero yo no logré terminar, por lo cual no me detuve y seguí con más ímpetu.

– Ayyy papito -me dijo-, pará que me vas a matar. – Por favor… -supliqué -quiero terminar.

Una chispa de picardía iluminó su mirada. Me pidió que le sacara la verga y poniéndose de pie, se arrodilló sobre el sofá, poniendo ante mis ojos su abundante trasero.

– Dale -me dijo-. Date gusto y penetrame por detrás.

Desconcertado, no supe qué hacer por un momento. Fue ella quien me dirigió. Me hizo colocar mi pene mojado y goteante con sus propios líquidos a la entrada de ese negro orificio en medio de sus nalgas. ¡Por primera vez iba a practicar el coito anal en una mujer!

– Le puede doler -dije considerado.- No -respondió con la voz ya cargada de deseo-, metémela despacito.

Resuelto a complacerla, empujé mi ariete hacia el interior de su orificio.

– ¡Ooohhhh! -exclamó al sentir el ingreso de la verga.

Se la fui metiendo con delicadeza, con suavidad, ayudado por la humedad de sus propios jugos. El esfínter se expandió y poco a poco fue dando paso al caliente intruso. Sentir aquel ano apretado alrededor de mi príapo fue algo realmente delicioso.

Lentamente comencé un movimiento de mete-saca perforándole el ano de manera exquisita. A medida que el anillo se dilataba, las embestidas fueron adquiriendo mayor fuerza y velocidad. Doña Roxana comenzó a pujar y sus pujidos fueron convirtiéndose en genuinos gritos de placer. Mi ariete bombeaba cada vez con más ímpetu, hasta que de pronto, como un volcán en erupción, comencé a eyacular recios borbotones de esperma que inundaron el recto de doña Roxana.

La señora sintió la explosión de mi pene, y sin poder contenerse, se vino de nuevo en un bestial orgasmo que la hizo emitir un potente grito que debe de haberse escuchado en todo el vecindario.
Doña Roxana cayó bocabajo en el sofá, con la cara sobre un cojín y yo fui arrastrado por el pene a caer encima de ella. Fue hasta que mi verga empezó a desinflarse, que nos pudimos desconectar. La mujer tardó bastante en recuperar el ritmo normal de su respiración.

– Caramba doña Roxana -dije cuando pude hablar nuevamente-, qué rica es usted. – Papito… -me dijo buscando mi boca para besarla. Me miró con ternura y agregó, -La próxima vez tenemos que volver a hacerlo por detrás.

¡Eso significaba que habría una próxima vez! Me sentí lleno de júbilo y la besé nuevamente.

– Papito, ¿cuándo vas a venir a verme de nuevo? -preguntó ansiosa. – ¡Mañana! -me apresuré a responder, pensando anticipadamente en las delicias de una nueva sesión de sexo.

Ella me miró con tristeza y dijo:

– Mañana no puedo. Tengo que ir al rezo del rosario con tu abuela.

No pude evitar un mohín de decepción.

– Mi muñeco… -dijo acariciándome la mejilla-. ¡Está bien! Me excusaré con tu abuela y te estaré esperando.

Al regresar a casa dije a mi abuela:

– Abuela, cuando desees que vaya a entregar algún producto, decímelo. Lo haré con mucho gusto.

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