Ella siempre decía no.
Después de una espantosa relación de cinco años, con matrimonio y biberón de dos años y ojos claros incluidos, me quedaban ganas de todo menos de vivir. Bueno, si se trataba de un vivir tranquilo y sin problemas, podría hacer un esfuerzo. Pero nada de más mujeres, de más broncas, de esa cada vez menor falta de libertad. Lo peor de los matrimonios son las secuelas. Toda esa pérdida de energía que se produce cuando firmas el día de la boda, y muchas veces el divorcio (casi siempre van unidos), lejos de remitir, aumenta inexorablemente, quedándose a vivir en tu espíritu para el resto de tu vida, y además sin pagar alquiler. Lo malo es que no tiene vuelta atrás. Conozco a un tipo, abogado de profesión, pleitista de vocación, que me retuvo, es más, me secuestró toda una noche contándome sus aventuras y desventuras con las mujeres. (Suerte la suya; yo, en temas amorosos, sólo puedo hablar de desventuras). Y como final, me soltó un rollo; parece ser que estaba en trámites para conseguir la nulidad matrimonial de la Iglesia, algo así como que le reconocieran que nunca había estado casado.
- No lo entiendo - le dije.- ¿Para qué?
- Para sentirme soltero, como si nunca hubiese estado casado. Así me podría quitar el anillo de casado. A las chicas no les gusta.
- Pues quítatelo ya. Para eso no tienes que ganar ningún juicio.
- No. No es lo mismo.
Claro que no es lo mismo. Pero aún así, ¿vas a conseguir olvidar la tediosa ceremonia de boda, con un cura viejo y fuera de onda, que repite todos los sábados la misma historia, y además de carrerilla, como si fuera una de esas rubias macizas que te venden baterías de cocina en la tele, sólo que un poco menos macizo, y bastante más virgen? ¿te vas a olvidar de la cena, con doscientos individuos que no conoces de nada (esto es positivo), uno o dos de ellos entre otras cosas porque se han colado? ¿y la cantidad de manos sudorosas que se te estrechan, y te dicen no sé qué gilipollez, para que no la olvides, y así recuerdes que estuvieron en tu boda, y no tengas más remedio que ir a la de sus hijos, o a la de sus sobrinos o nietos, o a la de alguno de sus hijos apadrinados, éstos de a 3.000 pelas que no ves en tu vida, pero que sabes que están ahí, que son hijos tuyos, y que vienen muy bien para rellenar las insufribles tertulias entre copita y copita de pacharán, y así tener que llevarles en un sobre el equivalente a lo que te vale un partido del Barca con el Madrid, en tribuna? Si consigues olvidar todo eso, dime dónde se ganan esos juicios, que me apunto.
Pero lo que te puedo asegurar es que mi noche de boda fue memorable, de un romanticismo sublime. Tan romántica que, estando yo arriba, intentando dar el do de pecho, veía cómo mi mujer contaba con los dedos durante todo el acto. Una vez acabé la exhibición, no le pregunté: «¿has disfrutado, cariño?», sino «¿cuánto hemos recolectado para el piso y las vacaciones?». Pero no creáis que soy un tipo pesimista. También me acuerdo de los buenos momentos, entre otras cosas, porque al ser tan pocos, los tengo enumerados y escritos en la parte posterior de la foto carnet que guardo de mi mujer (la única que conservo, por cierto). Y yo, que siempre me he considerado una persona vulgar y mediocre, en el fondo debería sentirme satisfecho, pues al consumir, perdón, he querido decir consumar (¡este subconsciente...!) el matrimonio, pasé a ser un digno estúpido con título, algo nada despreciable teniendo en cuenta los tiempos que corren, donde es tan difícil graduarse en algo.
Así pues, yo en esa época me encontraba en un «mírame y no me toques». Tanto que, si una mujer se me acercaba en un pub o una discoteca a pedirme fuego, yo le respondía: «no, no tengo. Ni fuego, ni dinero, ni piso, ni coche. Así que te puedes ir porque no te va a merecer la pena casarte conmigo, entre otras cosas porque yo no estoy por la labor». ¡Tonto de mí! Lo mismo sólo querían acostarse conmigo. Pero es mejor no arriesgar, no vaya a ser que luego venga doña Maruja con las rebajas de Enero.
Todo este rollo os lo cuento en plan de ilustración, y de paso aprovecho para decir que lo concibo para personas sensibles, bondadosas, amables, sinceras, fieles. Es decir, lo escribo única y exclusivamente para hombres. Si alguna mujer ha metido la pata, y lo llega a leer, cosa que me extraña, porque casi ninguna sabe leer y la que sabe prefiere que lo haga su marido por ellas, intente borrarlo de su cerebro (toma piropo), que, supongo no le será difícil (los culebrones de la tele ayudan). Así pues, hombres, si ya habéis subido y bajado las escaleras del matrimonio, y del divorcio, ¡alegrad esas caras, que la vida es bella! Bueno, supongo que de vez en cuando os atizará la soledad, pero de la otra manera os atizaba vuestra mujer, y además os cobraba por ello.
En lo que estábamos. Un día conocí a otra chica. Yo ya había recobrado un perfecto estado de salud mental que había perdido durante esos últimos cinco años. Lo que más me gustó de ella es que no parecía una mujer. No era mala, ni avariciosa, ni dominante; me ratifico: no parecía una mujer. Y otra cosa que me gustó de ella es que en el momento en que nos conocimos no me pidió fuego, entre otras cosas porque estábamos en la playa de Es Salinas en Ibiza, completamente desnudos. Y además en esos momentos lo único que llevaba a mano que le podría prestar era el zinganillo que me colgaba simpáticamente. A mí, la verdad, ella me gustó. No fue un flechazo, pero tampoco un martillazo. Y el hecho de que yo estuviese desnudo ayudó bastante. Me refiero a que nos conocimos de casualidad, y todo surgió de manera espontánea. Es decir, que no se pudo fijar en mi reloj, ni mi ropa, ni mi coche, ni mi piso. En nada. Como mucho, pudo haber visualizado la goma con la que yo recogía mi largo pelo, pero ni siquiera era de marca. A lo mejor se fijó en el zinganillo (éste sí es de marca). Es decir: le gusté yo (hay que ser realista). Se quedó prendada de mi simpatía, mi personalidad, mi inteligencia, mi amabilidad. Ahora, que yo le gustase una vez vestido en mi ropa barata... lo veía más difícil; pero ya se sabe que hay gente que está muy loca (y si son mujeres, no te quiero ni contar). Pero mientras, a disfrutar de ese sol que nos machacaba. De todas formas, ir a una playa nudista no tiene gracia. Las ves a allí, tan desnuditas, todas para ti, sin tener que haberlas conquistado... no tiene mérito. Te entregan toda esa desnudez sin que tú te la hayas ganado... Detesto este tipo de mujeres fáciles.
- ¿A qué te dedicas? - me preguntó.
- Trabajo en la tele.
- ¡Qué guay! ¿Qué haces allí?
- Soy el portero.
- ¡Qué punto, eres el primer hombre que conozco que trabaja en la tele!
- Y tú, ¿a qué te dedicas? - Soy pintora. No gano demasiado, pero no me muero de hambre.
«¡Qué punto, una mujer que no vive de un hombre!», pensé yo.
- ¿Estás casada?
- No. Odio el matrimonio.
- ¿No quieres tener una relación estable?
- No. Las relaciones estables me oprimen, me ahogan. Prefiero ser yo, sin dar cuentas a nadie.
- Pero algún día te vendrá la vena maternal, y querrás tener un crío.
- No te digo que no. Pero ese día obraré en consecuencia. No me da miedo la evolución, siempre que sea espontánea. No tengo una idea obsesiva de lo que debe ser mi vida. No sirve para nada. Al final es ella la que tiene una idea de lo que debes ser tú.
- No me digas que no te gustan los vestidos caros, las joyas, tener tu propio piso, tu coche, tus vacaciones al extranjero.
- No. Yo quiero pintar. Quiero ser libre. Quiero ser yo. No es bueno hipotecar tu vida. Mírame: estoy aquí de maravilla. Sin ropa, he venido andando, no necesito dinero para tomar el sol. Y estoy disfrutando de tu compañía, y ojalá tú disfrutes de la mía, pero si me apetece ahora mismo, me visto y me voy. Y si me quiero quedar a dormir en esta playa, lo hago. Soy libre, y no todo el mundo puede decir lo mismo.
¡Joder con la niña, cómo mola!
- ¿Y tú? Sólo hablamos de mí.
- Yo pienso igual que tú, pero la diferencia es que metí la pata. Me casé. Y ahora estoy divorciado. Pero por quien más lo siento es por el niño, que se va a criar sin su padre.
- Así es la vida. Está llena de meteduras de pata. Yo he tenido que luchar mucho para no acabar con ningún hombre. No sé por qué os gusta a todos alardear de que podéis vivir sin una mujer, y en cuanto os acostáis con una más de dos noches, no sabéis hacer nada sin ella. Si hay algo que me hace gracia de vosotros son esas luchas interiores con vuestro ego. Sois la mar de simpáticos.
- Pero siempre ganáis vosotras.
- Es justo que todo tenga su precio. No veas lo que disfrutáis contando vuestras aventurillas a los amiguetes. ¿O no?
- Lo mismo que vosotras.
- Puede. Pero nosotras somos más inteligentes.
- Estoy de acuerdo.
Y con conversaciones de este tipo estuvimos toda la tarde. Cuando el sol empezaba a alejarse, le pregunté:
- Se empieza a hacer tarde. ¿A qué hora tienes pensado irte?
- Creo que me voy a quedar a dormir aquí. Ya lo he hecho alguna que otra vez y se está de maravilla. Quiero disfrutar de la libertad que te brinda La Naturaleza.
- ¿Puedo quedarme contigo?
- Sí, si quieres.
Y me quedé. Me quedé... satisfecho. Tres. De una hora cada uno. ¡Qué máquina! Yo nunca había visto un tigre en la playa, y mucho menos encima de mí. Cuando acabamos el primero, le pregunté lo típico: «¿Qué tal?», y ella me dijo: «demasiado corto», y se subió otra vez en el columpio, sin importarle que yo estuviera en baja forma porque llevaba una temporadita sin jugar.
Y ya por la mañana, a primera hora, mientras me vestía para irme, le pregunté:
- Por cierto, ¿cómo te llamas?
- Laura, ¿y tú?
- Manuel.
- Bueno Lolo, ha sido un placer conocerte.
- No, por favor, no me llames Lolo, odio ese nombre.
- De acuerdo, ¿cómo quieres que te llame?
- Llámame, umm… llámame por teléfono, a la tele, donde trabajo yo. ¿Vale?
- De acuerdo. Te llamaré.
Y me llamó. Una historia de las buenas. Sin compromisos, sin exclusividad, sin broncas, sin ataduras; todo muy liberal. Ella se columpiaba un par de veces a la semana, y no más. Se pagaba sus caprichos, y yo los míos. ¿A que mola? Yo creo que sí.
Ayer tuve una bronca de las buenas. Lo típico: que no me ocupo de ella, que hago lo que me parece, que no nos vamos de vacaciones, que nunca le hago regalos, que está harto de este piso viejo, y que necesita más dinero para los pañales del pequeño, y los libros de texto de la mayor. Un poco de paciencia, que aún no he acabado: que nunca vamos a ver a sus padres, que le gustaría tener un coche pequeñito, que ganas muy poco en el trabajo, que eres muy bestia haciendo el amor, que has cambiado.
Bueno, ¿qué os parece? ¿Lo habéis escuchado alguna vez? ¿verdad que sí? Así, que para seguir con más tópicos, después de la trifulca, me tumbo en el mismo sofá en el que está ella, y mientras no le quita ojo al "Quién sabe dónde", me empiezo a poner cariñoso; o sea, le empiezo a meter mano. Ella me mira con cara de mala leche, y me dice «déjame en paz». Vosotros, queridos lectores, sois inteligentes. Me consta, porque disfrutáis de mi escritura, y eso lo demuestra. Pues bien, sabéis que una misma frase puede significar cosas diferentes según el contexto, y según como se diga. Me acuerdo que siendo un niño había en la escuela un chaval gordo y torpe que se sentaba junto a mí, y cada vez que me apetecía, le daba un capón. Y él me decía: «déjame en paz», que significaba: «por favor, no me pegues. Ya sé que soy tonto, y no me entero de nada, pero intenta no agravar más mis problemas». Sin embargo el «déjame en paz» de mi mujer significaba: «que me dejes. No quieres dar tu brazo a torcer, pues no hay sexo. Ni lo va a haber hasta que yo consiga lo que quiero. Y mientras, si te pica, ya sabes lo que tienes que hacer. Por cierto, que esta noche duermes en el sofá. Pon la cabeza en la parte donde no está la mancha que dejó el perro después de mearse encima. ¡Ah, y el desayuno te lo haces tú!». Yo, que me veo derrotado, pongo carita angelical, y la miro, queriendo decir: «Laura, no seas así».
Y al final, duermo en el sofá...
La verdad, no me quejo. Me gusta mi vida. Tengo una casa que, aunque vieja, está limpia y es confortable. Dos hijos adorables con mi segunda esposa, un perro precioso, un trabajo estable, una mujer que cuando no se pone bruta es un encanto, y unos vecinos, que como siempre se están poniendo los cuernos mutuamente, son de lo más entretenidos.
Pero si hay algo que me fastidia, me repatea, me indigna, me corroe, me amarga, me deprime, me horroriza, me enoja, me exaspera, me encrespa, me cabrea, me encoleriza, me disgusta, me harta, me inoportuna, me apena, me entristece, me aflige, me incordia, me cansa y me provoca unas ganas locas de mandarlo todo a tomar por culo, es que antes... ella siempre decía no.
* Dedicado a mi mujer, si es que un día la conozco, y me caso con ella.
Datos del autor:
MORRISVAN® 1998
E-mail: morrisvan@ctv.es
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