Armonía.

Ficción. Nuestro protagonista disfruta del poder que le otorga la carnicera decidiendo la muerte de los conejos del corral y observando con deleite como los animales son ejecutados y troceados.


La cuchilla de la hachuela era enorme; al menos a mí me lo parecía. Era como una gran tabla de lavar con mango, brillante y gris.

Armonía, la carnicera, la manejaba con esa facilidad indiferente que da la repetición de los gestos mecánicos. Colocaba la mano izquierda sobre el pilón de madera y sujetaba con ella el cadáver del animal a descuartizar. Luego, blandía la herramienta en el aire y con una cara inexpresiva, fruto de años de hacerlo a diario, la dejaba caer sobre la otra mano como un rayo vengador.

Yo siempre creía, aterrorizado, que sus dedos, como cuando seccionas la cola a una lagartija, quedarían en la tabla retorciéndose independientes de su mano y saldrían reptando en todas direcciones, pero en el último milisegundo, con una fugaz retirada, los apartaba levemente y la hoja tajaba limpiamente el cuello del conejo.

Daba dos golpes más con el filo y después, con un giro de muñeca aplastaba los huesos y ablandaba la pulpa en la que se había convertido el finado.

Ver trocear a un conejo era algo que siempre me fascinaba y si el proceso era completo e incluía la muerte y el despellejo, entonces aquello para mí era lo máximo.

Nadie lo hacía tan bien como Armonía. Se lo había visto a mi abuela y también a la madre de Gildito, cada una tenía su técnica particular y todas lo hacían bien, pero la destreza y eficacia con que lo ejecutaba la carnicera no dejaba margen para las comparaciones.

Mi abuela se lo colocaba entre las piernas, los cuartos traseros sujetos entre sus muslos y la cabeza agarrada con la mano izquierda. Si la mirabas de frente semejaba un concertista de chelo y si lo hacías desde un lado parecía que lo estuviera pariendo. Entonces murmuraba lo que creo que era una oración y acto seguido tiraba de las orejas hacia atrás. Cuando el animalito descubría el gaznate, se lo rebanaba de un tajo con un pequeño cuchillo que previamente había afilado en el bordillo de la acera. Lo hacía sin ninguna emoción, aséptico y rutinario.

Sin embargo, Armonía era otra cosa. En su ritual había tempo e incluso a veces momentos de auténtica poesía. Tenía el gesto adusto del verdugo y su figura imprimía al acto de un clima de máxima tensión. Uno sabía entonces que ni un ejército de arcángeles surgiendo de los cielos con espadas flameantes, ni el mismísimo Gobernador de Texas podrían detener la ejecución.

Pero exigía estar atento. Te descuidabas un instante y todo había acabado. Sujetaba al conejo por las patas de atrás, lo elevaba como en una ofrenda y de su espalda surgía la Ira de Dios en forma de un puño gigantesco que asestaba sobre la cabeza del reo el mismísimo Apocalipsis.

Aquello no era un golpe.

Aquello era la solución final.

De repente, el conejo ya no lo era. Nadie podría afirmar que, un solo segundo antes, aquella cosa latía, comía y movía la nariz. Cuando mi abuela los degollaba, durante un tiempo y mientras la sangre fluía sobre la jofaina, temblaban como de frío, violentamente al principio, para ir decayendo en intensidad hasta quedar como peluches desmadejados. Con Armonía no. Recibían el mazazo y al instante, como en los dibujos animados, se quedaban rígidos como si les hubieran inyectado escayola.

Lo que seguía después era cirugía. Lo clavaba en un garfio de una pata, le daba cuatro tajos con la misma rapidez que El Zorro marcaba al sargento García y de un solo tirón la sacaba la piel que arrojaba en un canasto que hacía las funciones de fosa común.

A veces, me permitía sacar los ojos de las cuencas. Presionaba con un dedo y con un ¡blop! la bola saltaba fuera de su lugar. Quedaban ambas colgadas de dos hilillos y yo solo tenía que terminar de estirar.

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Los conejos son animales bastante tontos. Te miran de reojo, como sin querer y siempre están moviendo el hocico. Apenas les interesa nada que no sea la comida y el sexo (esto lo supe después). No me caían bien. Ni siquiera los gazapos. Cuando cogía a uno con las manos, podía notar su calor y al palparlo, la piel se movía y se adivinaba el esqueleto. Siempre tuve la impresión que al bicho le daba igual.

Hay animales que notas que sienten cuando los coges. Los pichones de gorrión se te acurrucan en el cuenco de la mano, los pollos se ahuecan y se acomodan y los patos, bracean, te pican e intentan escapar. Los conejos no. Siguen comiendo de tu mano y te ignoran. Definitivamente nunca me cayeron bien.

Quizás por eso no me importaba asistir al rito de su final. Primero, en el corral, ejercía el poder supremo de decidir quien viviría y quien no.

Me recreaba en la suerte, los miraba despacio sabiéndome poderoso y luego seleccionaba al que me parecía más cobarde, al más alejado o al más lento en acudir.

Esto lo hacía acercándome a la frontera de alambre con una ramita de alfalfa. Cuando los conejos olfateaban la hierba fresca, se acercaban a comer a través del enrejado. Acudían precavidos, sin prisa, haciéndome el favor de prestarme su atención y eso me cabreaba. Olisqueaban la alfalfa como quien ojea el menú del día y luego la comían con desgana. Entonces yo me vengaba de su indiferencia sentenciando al que me parecía más estúpido.

Había aprendido a cogerlos por las orejas y el elegido colgaba despreocupado de mi mano con las patas delanteras juntas sin parar de roer. Me daba rabia ese fatalismo en dejarse hacer y no comprendía porque no intuían su futuro inmediato y trataban de escapar. Sin embargo, en una ocasión, uno de ellos lo hizo. Me costó atraparlo y cuando lo logré, lo tomé del pescuezo y lo icé en el aire. El bicho comenzó a retorcerse frenéticamente y con las patas traseras, en una contorsión suprema, me alcanzó con un zarpazo que me dejó un surco rojizo en la cara. Di un grito, lo solté asustado y salió como un lebrel en dirección a un montón de leña en donde se perdió.

Por ser él valiente o yo cobarde, el caso es que lo indulté, pero al poco tiempo dejé de verlo por el corral. Seguramente el marido de Armonía no hacía distinciones en cuanto al carácter y se guiaba mas bien por el tamaño y el peso, de modo que imagino que tuvo el mismo final que los demás.

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Armonía, la carnicera, era una mujer excesiva.

La recuerdo gigantesca, sudorosa y sonrosada.

Su cara, su cuello, sus brazos y sus piernas parecían como rellenas de la misma cosa con la que hacía los embutidos. Su piel era blanquinosa y tersa y cuando la besaba o la abrazaba, allí donde mi boca o mis dedos ejercían una mínima presión, perduraba durante un tiempo una huella como de vaho.

Era como una Walquiria de los tebeos del Príncipe Valiente, pero con el pelo negro.

Ella debía ser rubia. De hecho, tenía las cejas y las pestañas rubias, pero le gustaba tintarse de negro. Siempre parecía que acababa de salir de la pelu. Mi madre, especulaba siempre con la cantidad de horas que consumiría a diario para peinarse de ese modo.

Se hacía una especie de casco homogéneo. Era como un trabajo de cestería, como los capullos de los gusanos de seda o como los nidos de los tejedores.

Tenía el pelo fino, como ese azúcar hilado que venden en las ferias, etéreo y pegajoso, pero negro, de un negro falso de rotulador. Ni un solo cabello rompía la formación y uno estaba seguro de que aquella estructura era eterna y sobreviviría a las pirámides.

Pero a mí me gustaba.

Usaba un delantal almidonado, bordeado de un encaje de puntillas afiladas como carámbanos y salpicado por una galaxia de estrellas rojas, que nacían a la vida como consecuencia del big-bang que producía los tajos de su cuchilla.

Hablaba como era, enorme. Reía como un trueno y daba alaridos de alegría cuando mi madre y yo entrábamos en su colmado.

Ella y su marido no eran mayores.

En aquella época, yo no sabía ubicar la edad de las personas, así que lo simplificaba en niños, mayores y viejos. A los bebés los ignoraba, los niños debían de ser más o menos como yo y el resto de la gente eran mayores o viejos.

De manera que, como no la encontraba vieja, la tenía clasificada como mayor.

Estaba casada con Decoroso el matarife y no tenían hijos.

Yo me consideraba su preferido y me habría disputado el puesto con violencia si alguien se hubiese atrevido a cuestionarlo. Ella también hacia lo posible por que yo así lo creyera.

Todos los días, esperaba impaciente el momento de ir a la carnicería. Apremiaba a mi madre para que me peinara y me rebelaba cuando la raya de mi cabeza no era empíricamente perfecta.

Caminaba de su mano y cuando se distinguía ya el rótulo de la carnicería, tiraba de ella con excitación. Durante el trayecto, me recreaba repasando mentalmente lo que iba a ocurrir y era capaz de reproducirlo foto a foto, anticipadamente, hasta el menor de los detalles.

El local, tenía una de esas cortinas de canutillo que sirven para que no entren las moscas y antes de apartarla para entrar, componía la figura, se me encendía la cara y me preparaba para lo que seguía, gozoso y feliz.

Cuando cruzaba la frontera de varillas y mis ojos trataban de acostumbrarse a la penumbra, la intuía, inmensa, ocupando todo el campo de visión, entre cadáveres de pelo y pluma colgando de ganchos boca abajo.

Ella, lanzaba un grito agudo e interminable y, rodeando el mostrador, ignoraba a la parroquia que se apartaba a su paso y avanzaba hacia mí como una visión del mas allá salpicada en sangre, con su casco negro. Primero me enterraba entre la inmensidad de sus pechos, después me besaba en la cara y en la frente con unos chupletones ruidosos como si sorbiera sopa, para terminar alzándome por los hombros hasta casi el techo.

Las primeras veces me asustaba un poco, bueno, en realidad me asustaba mucho, pero llegaba ya a esa edad en que no se te está permitido llorar, así que me dejaba hacer esperando que se dispersara el humo de su efusión.

Luego, poco a poco, me acostumbré y disfrutaba con el ritual, me quedaba flojo y deshuesado y se me apoderaba una risa convulsiva e histérica que acababa siempre en un golpe de tos. Entonces, Armonía, ponía cara de espanto, me daba unos golpecitos en la espalda y me decía cosas como "mi rey, mi vida, mi amor, ven conmigo Cargable, que pareces un Cargable de guapoqueres"

Entonces, me llevaba en sus brazos hasta el corral para que eligiese un conejo y así, de ese modo, era como se me otorgaba el poder de decidir sobre el destino de algunos seres vivos, que yo ejercía orgulloso y feliz, sin rastro alguno de compasión.

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