El Descubrimiento.

Ciencia ficción.


Qué puedo hacer. Mi cerebro está embotado, no tengo la mente clara. Mis pensamientos divagan sin rumbo y mi tiempo se termina. Aunque siempre fui un optimista, ahora empiezo a ver el final del camino, y está muy cerca. Todo comenzó con un flechazo amoroso y todo terminará con un fracaso profesional. No entiendo todavía qué falló, y es posiblemente el tema recurrente en mis pesadillas. Qué falló. Supongo que pienso así porque estoy profundamente socializado. Racionalmente creo que no hay fallas, culpables, delitos, ni penas, pero mi socialización me impide pensar, solo sentir. Cuando debo llorar, lloro amargamente. Cuando debo reír, río. Cuando debo enojarme me descontrolo. Cuando debo buscar venganza, solo vivo para eso. Pero ahora estoy llegando al final, y es porque las ásperas contradicciones de mi vida golpean sobre mi desprotegido cerebro, y no tengo reacción alguna. Todo lo que observo a mi alrededor me confunde más, no encuentro un solo momento de alivio, ni siquiera cuando duermo. El dolor corporal se suma a todo ésto. Mi cuerpo físico tampoco está resistiendo. No soporto ni el calor, ni el frío, ni el paso del tiempo, ni el ruido, ni el sueño y el cansancio. Estoy realmente adolorido, y no es solo una queja. El grito de dolor está aún guardado en mi interior, pero solo porque lo retengo, mi amor propio lo retiene. Hace varios años intente seguir mi instinto, no porque lo tuviera, sino porque se supone que debería tenerlo, y atravesé una puerta. La luz cálidamente amarilla me inundó el espíritu y mi certeza de que ese momento estaba predestinado aumentó y me llenó de éxtasis místico. Inmediatamente observé mi objetivo, era ella. Estaba sentada tras un escritorio hermosamente decorado con objetos delicadamente elegidos para expresar eficiencia. Yo no la conocía, la había visto en la calle y la había seguido hasta esta oficina. Me acerqué con confianza al principio, pero al darme cuenta de que no sabía siquiera donde estaba, perdí súbitamente el control de mis piernas, y estas quedaron varadas en medio de la habitación. Ella, con total normalidad me recibió amablemente. - Buenas tardes señor... ¿Desea ser recibido por el Doctor Gramante?, ¿Tiene cita?.

Muy sorprendido por la pregunta y con la lengua en parálisis crónica moví la cabeza afirmativamente, pero fue el segundo error. - Ah, ¿cuál es su nombre?.

Quedé en silencio por unos segundos mientras mi mente buscaba una alternativa de evasión eficaz, y pronto entré en colapso absoluto, pero mi enorme capacidad de actuar sin necesidad de contar para nada con mi cerebro me liberó la lengua... - Mario Abbaró, vengo a ver al Doctor Gramante,... ¿cuál es su nombre?.

Ella, sin tomar en cuenta mi pregunta, hizo una búsqueda en la lista de citas, y pronto respondió sin mucha sorpresa. - Lo siento, no lo tengo en la lista, ¿cuándo hizo usted la cita?. - Hace dos meses, me sorprende no estar en la lista, pero no importa, puedo hacer otra cita, no tengo apuro... porque... - Lo siento mucho, es muy raro que haya pasado esto. Generalmente no tenemos una gran lista de citas. Pero si es importante el asunto que lo trae le preguntaré al Doctor si tiene tiempo, puede que sea recibido de todos modos...

En ese momento me di cuenta de que la hermosa mujer no se fijaba en mi sorpresa, ni en mi extremo intento de evitar que levantara el comunicador, ni... - Doctor, el señor Mario Abbaró desea verlo... No... Está bien. Señor Abbaró, el Doctor tiene unos minutos para usted, pase por favor.

Y el tercer error se abatía sobre mí inexorablemente, porque mis piernas funcionaron sin mi autorización y dirigieron mi cuerpo hasta la puerta que la bella dama señalaba con su blanca y delicada mano derecha. No existía posibilidad alguna de que parara y explicara toda esta situación a la señorita, no lo haría, porque la verdad era muy cruel, y ésta era que soy un idiota. Abrí la puerta con fingida seguridad e ingresé rápidamente al despacho del Doctor Gramante. Lo vi inmediatamente. Era un hombre de aspecto afable, de unos 60 años. Vestía un traje oscuro y sencillo. Se puso de pie cuando entré. Me tendió la mano amablemente y me saludó con mucha cordialidad. Mi mente estaba absolutamente absorta tratando de no perder detalle de la situación, tratando de obtener datos importantes, como por ejemplo, el Doctor Gramante era doctor ¿en qué?. ¿Cómo podía comenzar la discusión?. ¿Cuál sería mi motivo para estar allí?. Y si todo salía mal, ¿cómo excusarme y mantener mi orgullo?. El Doctor Gramante me eximió del paso inicial, el de comenzar la discusión, pero no me brindó datos sobre su profesión. - Amigo mío, es muy amable en visitarme, ¿Es usted periodista?, ¿Desea hacerme algunas preguntas?. Por favor, siéntese.

Mi mente se relajó absolutamente, en lo único que podía pensar en ese momento era en lo cerca que estuve de hacer el mayor ridículo de mi vida. De todas maneras seguía cavilando posibles profesiones para aquel hombre. ¿Y si el Doctor Gramante fuera un ginecólogo?, Yo sería un marido preocupado. ¿Un abogado?, Pues que quería consejos legales sobre mi empresa (realmente los necesitaba.). ¿Un médico?, Tendría dolor de cabeza. ¿Un dentista?, Estaría en grandes problemas. Por el momento el Doctor me había dado una profesión, la más flexible del mundo, y era la salvación perfecta. Y aunque no tenía nada para las anotaciones, y no tenía preguntas, ni sabía todavía con quién estaba, ya no sentía el apremio de unos segundos atrás. - Así es Doctor Gramante - dije, al mismo tiempo tomé asiento y me acomodé un poco. - ¿Qué desea saber?.

Quedé callado unos segundos, ya que no sabía qué quería saber. Mi corazón apresuró la marcha al ver que el Doctor no continuaba, y en este punto de la conversación eso era esencial. Traté de ganar tiempo, y me arriesgué peligrosamente. - Sobre su vida, saber quién es usted, qué hace. El público quiere saber.

Esta última oración la dije con convicción, pero me arrepentí totalmente un segundo después de haberla dicho, ya que era un cliché absurdo, no tenía bases sólidas para afirmarlo. Debí haber recordado que no sabía quién era aquella persona, así que no sabía si su trabajo podría interesarle a algún mortal. Pero algo me impulsó a decirlo, tal vez el hecho de que me hubiera confundido con un periodista. Yo notaba mi arrepentimiento gracias a una gruesa gota de sudor que recorrió mi espalda. El Doctor Gramante no pareció molestarse o extrañarse, solo respondió con normalidad. - Gracias señor Abbaró, pero yo no creo que éste sea el caso.

Y nuevamente el silencio atroz. Estaba empezando a tensarme, me sentía extenuado por el esfuerzo mental que estaba haciendo. El Doctor Gramante dejó pasar unos segundos eternos y luego continuó. - Poseo esta oficina para recibir a algunos colegas, y aquí discutimos algunos temas que nos interesan. No en todos los casos sobre las investigaciones que estoy llevando actualmente. En el Centro Nacional de Investigación y Desarrollo estamos realizando los experimentos a los que dedico la mayor parte de mi tiempo. Pero como no hemos obtenido muchos resultados, de hecho ninguno, no creo que sea de interés para el público aún, aunque sí para los teóricos del país y el exterior. Nuestra labor se extiende exclusivamente al nivel subatómico...

Y de pronto mi mente explotó con información, el hombre que estaba sentado frente a mí era el Doctor Manuel Gramante Espinosa. ¡Pues fue muy humilde al decir que al público no le interesaba su trabajo, porque en general a la mayoría le interesaba!. Yo estaba en el sector no interesado, pero escuchaba muy esporádicamente alguna noticia científica sobre este hombre y su entorno. Aunque conocía poco su trabajo, el sentimiento de reverencia que me inundó era incontrolable. Estaba frente a un hombre notable del país, un científico mundialmente conocido y muy respetado. Mi seguridad tambaleó peligrosamente, trataba de reponerme lo antes posible del impacto que me había producido recordarlo todo de pronto. Sentí como mis ojos se llenaron de lágrimas, que traté de disimular cerrando los párpados fuertemente y abriéndolos un par de veces. El Doctor Gramante seguía hablando y yo había perdido parte de la conversación por haber estado absorto en otros pensamientos. Pronto volví en mi y seguí atentamente el final de su charla. - ...pero nuestros resultados son muy poco válidos aún. Esperamos tener suerte este fin de semana, porque como verá, necesitamos algunos éxitos muy pronto, o el gobierno y las empresas que nos financian perderán el interés. La energía eterna puede ser útil para revertir el fracaso aparatoso de todos nuestros intentos de colonización planetaria. Lo siento, yo la llamo así, pero mis colegas quieren que la llame energía H, como usted y otros la conocen.

El Doctor calló un instante. Yo intentaba fabricar alguna pregunta ingeniosa que me diera pie a un digno final de esta fingida entrevista. Solo se me ocurrió hacerle preguntas banales, como ¿Cuántas horas por día trabajaba?, ¿En qué universidad había estudiado?, ¿Viajaba con frecuencia al extranjero?. Todas estas preguntas eran buenas, ya que yo no conocía exactamente el trabajo del Doctor, y por lo tanto era fácil que preguntara una tontería. - Y como verá señor Abbaró, la cantidad de trabajo que tenemos semanalmente es muy grande, viajes, entrevistas y seminarios. - Fue usted muy amable Doctor, gracias por haberme dado estos minutos, y ahora voy a dejarlo trabaj...

En ese instante me fije en la cara del Doctor Gramante, estaba atónito, miraba alguna cosa que estaba detrás mío, esto me sobresaltó un segundo, pero cuando traté de mirar también, algo estiró fuertemente de mi pelo, jalándome la cabeza muy duramente e impidiéndome ver lo que era. En instantes escuché dos tremendos estrépitos que me aturdieron profundamente. Luego sentí un objeto frío cayendo en mi mano derecha, que estaba intentando alcanzar a lo que sea que estuviera dañándome. Instintivamente sujeté con fuerza el objeto y luego lo dejé caer. Como una ráfaga fui liberado e inmediatamente miré para atrás, pero no había nada, en absoluto. Giré para observar al Doctor, y éste se encontraba en su silla, con el pecho destrozado, los ojos abiertos, y el rostro con la expresión de terror. Sin que me diera cuenta, entraron a la habitación tres guardias del edificio, y la secretaria. Me sujetaron inmediatamente. Estaba tan impresionado que no opuse la más mínima resistencia.

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