El Descubrimiento (II: El asesino encubierto).
Ciencia ficción.
Sentía frío en esa habitación tan vacía en la que me dejaron los policías luego de mi arresto. Lo recuerdo perfectamente, la soledad era opresiva. La sala no me ofrecía muchas distracciones visuales, pero mi mente estaba tan ocupada recreando una y otra vez todo lo que había pasado hasta ese momento que solo me fijaba inconscientemente en la blanca y limpia pared frente a mí. No sé cuanto tiempo estuve allí.
Un policía entró silenciosamente unas horas después, y me llevó a otra habitación, con las paredes pintadas de amarillo, pero igualmente vacía. Mis piernas estaban abrumadoramente cansadas, pero seguía en pie.
Mucho más tarde volvieron a mudarme de habitación, esta vez se trataba de una habitación posiblemente anaranjada, vacía y fría. Y por último fui llevado, luego de un tiempo extenso, a una habitación con las paredes rosadas. Allí quede unas horas nuevamente.
Un hombre de traje oscuro y gafas de sol ingresó a la sala y se presentó ante mí como el investigador Marnéz. Me hizo preguntas rutinarias, nombre, fecha y lugar de nacimiento, lugar de residencia, profesión, etc. No habló sobre el asesinato en ningún momento. Yo respondía con total prolijidad, sin nerviosismo, u olvidos. Todo estaba en la punta de mi lengua, y hasta me sorprendía la diligencia con que respondía.
En esta sala continué bastante tiempo. Pero el cansancio me venció y tuve que sentarme en el piso. Este, además de 'duro' estaba frío como el hielo, y brillante, extremadamente pulido. Me recosté mirando al techo rosa. No tardé en dormirme.
Fui despertado por un sonido indefinido, muy agudo, que duro pocos segundos. Estaba muy relajado, y descansado. Me puse en pie, y miré a mi alrededor, perdí por unos instantes la noción de ubicación, aunque me repuse cuando vi entrar al investigador Marnéz nuevamente.
- Señor Abbaró, qué me puede decir sobre el atentado al Doctor Gramante.
- Estaba hablando con el Doctor Gramante y de pronto vi en su rostro una expresión de sorpresa por algo que estaba observando y que parecía estaba detrás de mí. Pero al intentar girar la cabeza, fui sujetado por el pelo con firmeza, luego escuché estruendos, y cuando fui liberado, no había nada en la sala que explicara esa situación. El Doctor Gramante había sido asesinado...
- Notó usted si era una mano la que lo sujetaba.
- Sentí claramente los dedos de una mano.
- Cuantos disparos escuchó.
- Tres. - cuando dije eso sentí un malestar intenso y llevé una mano al estómago y otra a la boca intentando detener el inminente vómito.
- Está seguro.
- Uno. - dije con mucha dificultad, y el malestar cesó en pocos segundos.
- Pero, porqué dijo tres, qué le hizo pensar que fueran tres los disparos.
- Mi inmovilidad forzada multiplicó mi miedo a la situación, mi rostro estaba dirigido en un ángulo que me impedía ver. El sonido estrepitoso hizo eco en mi cerebro, y creí escuchar tres disparos - Mi sorpresa por decir algo que concientemente no sabía, pero que brotaba de mis labios como miel escurridiza me dejó paralizado. Sentía mi pelo erizado de temor.
- Y al ser liberado, cuanto tiempo tardó en girar para intentar ver al agresor.
- 24 milisegundos - Y quedé boquiabierto. Era imposible que digiera conscientemente semejante cosa.
- Qué vio.
- Nada que pudiera indicarme una posible fuente para semejante suceso. - - La puerta estaba cerrada, los objetos no parecían haberse movido, la alfombra no tenía marcas de pisadas que pudiera asociar a una tercera persona dentro de la habitación luego de mi ingreso. El techo no tenía aberturas, no habían puertas secundarias. - Y luego giró y observó al Doctor Gramante, qué vio.
- El Doctor tenía una gran herida en el pecho, diez centímetros de diámetro. Su sillón se encontraba movido para atrás, según su posición inicial, cuatro centímetros - Y mi voz empezó a hacerse más confusa, como arrastrada. Aunque continué con mucho empeño:
- Sus brazos estaban caídos a los lados del sillón. Las ventanas estaban cerradas. Los papeles sobre el escritorio no se habían movid... - Y sufrí un severo dolor de cabeza, que literalmente me dejó paralizado. Mi respiración se había detenido, y el pánico de morir asfixiado me inundó.
- Siga, qué tiene que decir sobre los papeles. - El investigador pareció enfadarse súbitamente, ignorando mi condición delicada. - Vamos, dígalo, qué pasó con los papeles...
- Fueron movidos. - Respondí con dificultad, y con mucho dolor. - Faltaban dos carpetas de...
Y caí desplomado sobre el 'duro' piso. Lo último que escuché fue: - ¡Maldita sea!.
Parte 3
El tiempo es...
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