Juguete de las cincuentonas

(Capítulo II: Ojo por ojo, polvo por polvo).


Nuestra casa en Galicia seguía en obras, que yo casi demoraba, pues de esta manera parte de la familia y mi querida esposa Amelia cada vez se acercaban con menos ganas a la casa, lo cual me dejaba el campo libre, para mis ensoñaciones y rebuscados planes y más desde el encuentro con mi suegra y la cincuentona de la Sra. Erncarna.

Las dos señoras habían trabado tal amistad, que Doña Carmelita, planteaba que puesto que costeaba gran parte de toda aquella adquisición restauración bien podría instalarse en aquella especie de pazo y dejar su piso de Ourense, ayundándonos a levantar todo aquel emporio, y emplazando a su hija seguir con su trabajo de diseñadora en la ciudad, mientras se buscaba una solución a todo aquello y yo construía el estudio de mi mujercita, Doña Carmelita prometía con enorme solemnidad que ella se encargaría de cuidarme y tenerme atendido.

Amelia, no desconfió aunque puso el reparo de la separación semanal que sufríamos y todo eso..., pero yo ya estaba pensando en otros planes, y aconsejaba a mi mujer que todo aquello pronto pasaría y tendríamos una casa "superguay"...

Vigilaba a las dos cincuentonas, y la ocasión para poder tirármelas, pero ellas no parecían muy conformes con mis intenciones y planes, y como yo aún no estaba muy seguro de mí mismo, creo que dejaba escapar por indecisión algún que otro plan e invitación ...

Cierto día, tras una pequeña tormenta de verano, me subí al tejado con intención de retejar y evitar alguna gotera, al fondo se veían las tierras y las huertas que rodeaban la casa; cuando estaba medio enfrascado en la tarea de las tejas, rompiendo más que arreglando, oí un pequeño barullo proveniente de la huerta norte, subí hasta el cumbral, y allí a bajo estaba la Sra. Carmelita sentada pelando judías mientras haciendo compañía a la Encarna, que reñía a su fiel Argimiro, un bello burrito de amplias ancas y bello porte.

Este porfiaba, mientras, la mujerona regaba la huerta pies desnudos y falda arremangada, en meter su hocico bajo su falda, y a eso jugaban; Encarna le reñía y él corría y cuando el ama se agachaba e volvía a querer hundir el hocico en aquellas oquedades faldunas. Doña Carmelita parecía por los gestos decirle a la Encarna que le dejara hacer al burro. En esto que la Encarna cogió al burro y tras un leve masajeo le sacó el trabuco al animal y le enseñó a su señora, lo que tenía entre las patas Argimiro, de un tamaño más que respetable. Que pesar de la distancia y la altura, aquello impresionaba. Doña Carmelita miraba ahora al burro sin salir del asombro y un tanto abrumada y azorada

Aquél tema del burro queriendo meterse bajo la falda de la Encarna, me abrió no solo el apetito de echar un polvo serrano, sino de vigilar a hortelana, pues creía que algún tejemaneje se traía con él aquel jamelgo y con alguno de sus perros.

Cayó pues la tarde y cada uno volvió a su palomar, nosotros a nuestra gran casona y la encarna a una casita no muy alejada del patio trasero de nuestra mansión; una vez hube vigilado que Doña Carmelita se dedicaba a las labores de la cena y demás me dediqué a vigilar a la Encarna, el espionaje se me iba haciendo largo, por lo cual busqué a uno de los podencos, que no estaba muy alejado y medio le masejeé el trabuco, cuando ya asomaba, rasqué la puerta de la Encarna, como si fuera el perro; no tardó ésta pues en acudir a abrir la puerta, para ver lo que sucedía. El podenco se alzó de patas sobre la dueña y le dio dos lametazos a las manos que le sujetaban.

"Hay canciño, mira que eres malo, - echóle pues la mano bajo la barriga y comentaba- mira que eres o demo, armado todo el día ...mira te voy a dar de comer y tras venir de fregar los platiños a los amos, te doy una alegría.... e bonitiño mío...

El perro como si lo hubiera entendido se bajo y quedó allí a la los pies de la casa esperando aquella alegría, mientras yo me salía de mi escondite y planeaba el espionaje para poder contemplar la alegría a la que se refería la Encarna

Tras la cena con las dos cincuentonas, éstas pronto resolvieron irse a sus distintas faenas, Doña Carmelita se disponía a coser unas ropas y ver la televisión y la Encarna se fue para su casa; cuando mi suegra acabó de darme la charleta salí escopeteado para ver si cazaba a la Encarna en plena faena.

Rodeé la casa y apenas por las distintas ventanas se veía vida, salvo el interior de un pequeño establo y en el cual se veía a la Encarna en plena conyunta tiple al podenco que dirección opuesta a la Encarna, tiraba de su trabuco para liberarlo de aquella prisión a la cual le sometía la señora, que sujetaba con una mano bajo su barriga la cebolleta del perro, para que el instrumento no se le saliera y siguiera borboteando semen y placer a su dueña y a Argimiro con toda la tranca fuera que era masejeada por la inmensas tetas de la gallega.

La situación aunque estaba a punto de concluir, pronto puso mi arma en posición de firmes, me adentré en el establo y llegué hasta donde aún la Encarna susurraba de placer: "No te vayas canciño, que aún falta lo mejor..." tiré suavemente del perro que se dejó hacer y con aquélla grupa en pompa y aquella oscuridad rosácea pidiendo guerra después de que su vecino, el cocho se llevara toda la cosecha, aticé a la desconsolada Encarna, que se vio sorprendida, por aquel bastonazo y pronto quería abandonar gritando: " No señorito, no por favor dejeme usted, que eso es pecado y asqueroso... a la par que se revolvía para descabalgarme-Esto querida amiga, esto es diente por diente, no fuiste tú la que me dio me violaste el otro día, pues toma cipote y hasta la bandera, y si no te gusta te jodes, y ahora muévete para que me corra..." Lo cierto es que me estaba costando un huevo aunque vino en mi ayuda el buenazo del can, pues estaba encalomando a la Encarna tipo luchador de sumo, con las patas abiertas y levantando la grupa de la gallegona, cuando el canciño, me dio un par de lamidas a los huevos y el fruto que por ellos corría, y ya el orgasmo y la corrida fue todo uno.

Luego hice a la Encarna, que me enseñara como se lo hacía con Argimiro, a quien empezó a sorbetear todos los jugos de su inmensa polla equina, cuando ya la tenía bien engrasada puso una pequeña banqueta debajo y empezó a pasarse la inmensa polla por la raja... , arrancánquele pues la promesa de que dentro de dos días debería repetir la escena con Argimiro a eso de las 11 de la noche, sino deseaba que fuese con la historia ... con cuentos a quien ella sabía...

Preparé pues todo mi plan para los días siguientes, recordándole y mortificando a la vez a la Encarna y poniéndole a tono a Doña Carmelita, pues dejaba por doquier mis distintas lecturas eróticas Kiss, los libros de Don Peluquín, Sonrisa Vertical, X libris, Cartas Privadas del PEN, que ella leía con suma avidez a escondidas.

Ante tanta artillería erótica, mi suegra y Encarna ya estaban que se salían de madre; Encarna, ya lanzada quería echarme un polvo en cualquier lugar, y mi cincuentona suegra, fui a espiarla a un rincón del desván donde arrebujada se hacía interminable paja con una revista erótica en la mano, e intentando darse placer con una zanahoria medio cocida y embadurnada de vaselina, mientras ojeaba aquellas enorme pollas de la revista.

Llegado el día, cenamos todos juntos en nuestra casa; antes de despedirnos invité a ambas mujeres tomar unas copillas de "orujo de herbas" que bien se lo merecían por su dedicación y cuidados... Antes de salir para su casa, a Encarna le recordé su promesa y que debería ser puntual.

A eso de las diez y cuarto de la noche, invité a mi suegra a dar una vuelta por los alrededores de la a y finca para enseñarle un estupendo espectáculo nocturno, y allí nos fuimos dando una vuelta y estrujándola alguna que otra vez y recordándole lo que había disfrutado conmigo hacía unos días, para así ponerla a tono, sobrepasada la hora fijada y mi suegra me pedía ver el famoso espectáculo, le vendé los ojos y la llevé hasta el pequeño establo.

Y allí estaba Encarna en el establo embadurnándose el chocho de melaza y haciéndole señas para que "Argimiro" se acercase. Este obedeció dócilmente y comenzó lamiendo toda aquella, mezcla de jugos y mieles, pasando su larga lengua desde el culo hasta la barriga y comenzando con las primeras maniobras de querer montar a su dueña. En ello estaba cuando solté la venda a Carmelita, ésta quedó sorprendida por el repentino latigazo de luz pero también por el escenario y espectáculo que ante ella se presentaba.

Se arrimó pues a al ventanuco y a través de los mugrientos visillos, controlaba apoyada en el alcéifar de la ventana, las evoluciones de su amiga, ésta una vez medio dejada montar por Argimiro que ya había sacado toda su bravura y dimensión al aire, cogió uno de aquellos preparados bancos; la Encarna debía estar acostumbrada a tales maniobras, pues apenas miró para la herramienta que se iba a meter pal cuerpo. Y así mientras nosotros la observábamos, y ella era consciente de ser observada, evolucionó lentamente, pues Argimiro había desflorado toda su pasión y de dejaba hacer en medio de suaves rebuznos de placer.

Encarna puso el banco inclinado bajo el animal y se echó en el bajo la panza del animal, y levantando toda su grupa nos fue enseñando como todo aquél instrumento iba repasando todo su felpudo, cuando su peludísimo chocho ya estaba más que lubricadísimo, poco a poco aquellos enormes labios rojos iban tragando aquel mostrenco de polla equina la incógnita era saber si toda aquella polla de Argimiro que veíamos entre sus patas sería la Encarna capaz de auto- encalomársela, y poco a poco entre la melaza, el semen y los salivazos de la interfecta, la gran almeja de la gallega se tragó una buena porción de aquella polla para sorpresa de todos y en especial de Carmelita.

Lo cierto es que todos estabamos no solo empisiadísmos con la cabalgada que se estaba dando la Encarna, sino que nuestros respectivos cuerpos nos pedían guerra, mi polla tras ver como aquél émbolo entraba y salía del felpudo de la gallega, se me disparó y pedía que se ordeñara adecuadamente; la Sra. Carmelita seguía sin perder detalle de lo que sucedía en la habitación y apoyada en la ventana, ósea que me dispuse detrás de ella y remangándole muy despacio la amplia falda, llegué a unas blancas y abundantes bragas que me entusiasmaron, metí por entre las tirillas y llegué con un dedo al "unto" de la Carmelita que estaba a punto de ebullición y además ésta al sentir el dedo se movía para que éste le entrara mejor.

No lo dudé un minuto, la Encarna sacaba y metía aquél negro instrumento de Argimiro mientras el can apañaba como podía los caldos de su ama y del burro, que aún bramaba más pues sentir su polla en aquella suave almeja, unas manos que le ordeñaban el resto de la tranca y perro que le enfriaba el émbolo, era para el burrito Argimiro, delicia de cielo, y en ese ínterin del orgasmo de aquel tiplete irracional, me bajé los pantalones y el calzoncillo y con el arma ya en posición le bajé las bragas a mi querida suegra y busqué de modo certero su hueco, pues los caldos enseguida llevaron mi polla a su sitio, Carmelita al sentirse penetrada por su yerno, medio le daba reparo, pero entre la salidera que tenía por el espectáculo De la Encarna y que yo la tenía medio atrapada en aquella posición, se dejó hacer, al echar más para atrás aquella grupa para que no se perdiera ni un centímetro de polla.

Y así llegamos a un orgasmo que no pudimos contener entre borbotones de leche y espasmos mezclados de gritos, que hizo que rodáramos por el establo y que Encarna asomara su cabeza de entre las patas del burro y nos invitara a gozar con ella y de ella de sus excelentes amigos

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