Los viajes de Gulliver X.
Carmen paseaba con su hijo Sergio por la pequeña playa de Liliput. Caminaban descalzos, y cogidos de la mano. Les hubiera gustado llevar bañador para poder quitarse toda aquella ropa que llevaban y poder darse un buen chapuzón.
-Mamá, ¿por qué no volvemos a casa para buscar el bañador?
-Cariño, sabes que no tenemos tiempo. Si hubiéramos sabido que haría tan buen día...
Carmen era muy guapa. Acababa de cumplir treinta y nueve años, y estaba en la flor de la vida. Era viuda, y le hubiera gustado gozar de una vida sexual mucho más activa. Necesitaba una buena polla. De hecho, las buenas pollas eran su obsesión. Soñaba con ellas y las veía en todas partes. Estaba segura de que si su hijo hubiera tenido una polla como las que a ella le gusta se lo hubiera follado allí mismo.
Necesitaba una gran polla. Sabía de leyendas que hablaban de hombres con pollas de entre quince y veinte centímetros. Las pollas de los liliputiénses no daban para tanto, por desgracia. Pero ella no perdía la esperanza.
Carmen estaba sumida en estos pensamientos cuando escuchó a su hijo decir:
-¡Mira, mamá, un gigante!
-Hijo, no digas tonte...
No pudo acabar la frase. Era verdad. Sobre la arena de la playa de Liliput había un gigante inmenso. Estaba inconsciente, o al menos eso parecía. Carmen pensaba en apartarse del gigante -tal vez fuera peligroso- cuando un poderoso pensamiento llegó a su mente. Aquel pensamiento tenía demasiada fuerza, y no podía echarse atrás.
Miró a su hijo. Sabía que necesitaba de su ayuda.
-Mamá, mira. ¡Es gigantesco!
-Hijo mío, escucha, tengo que hablarte muy seriamente. Esto es algo que he tratado de mantener en secreto, pero eres mi único hijo, la única persona que quiero en el mundo, y no veo por qué no has de saberlo. Ya eres todo un hombre. Acabas de cumplir once años.
Carmen señaló al gigante. Le dijo a su hijo que se tenían que acercar a él.
-¿De verdad podemos, mamá? ¿No nos pasará nada?
-Claro que no, hijo.
Carmen esperaba que así fuera. No lo hacía ninguna gracia arriesgar su vida y la vida de su hijo. Pero aquella era la oportunidad de su vida. Estaba segura de que una oportunidad así no volvería a presentarse jamás. Además, el gigante podía recuperar la conciencia de un momento a otro. Tenían que darse prisa.
-¡Corre Sergio, corre!
Aprovecharon un cordón del zapato del gigante para subirse a él. Avanzaron lentamente. No querían despertarlo. Se detuvieron en su entrepierna.
-Bueno hijo, ya hemos llegado... Venga, ayúdame a desabrochar la bragueta del gigante.
No era fácil. Tenían que usar de la fuerza y de la astucia para desabrochar la bragueta del pantalón. El gigante no llevaba calzoncillos. Aquello les facilitó la tarea. La magnitud de su instrumento no era nada despreciable. Al menos eso le parecía a Carmen.
-Ya hemos hecho la mitad del trabajo. Sergio, cariño, lo que vamos a hacer ahora tal vez no te vaya a gustar y te resulte desagradable. Pero te pido que lo hagas, y que lo hagas por mí. Estoy a punto de cumplir el sueño de mi vida. ¿Harás todo lo que yo te diga? Prometo que te recompensaré.
Sergio asintió.
-Desnudate, por favor.
Sergio no comprendía nada. ¿Por qué le pedía eso su madre? No lo entendía. Su madre se quitó la ropa en cinco segundos. Estaba preciosa, y parecía fuera de sí. Hizo con su ropa una bola y la lanzó sobre la arena de la playa.
¡Oh, Dios! ¡Su madre estaba buenísima! Le estaba poniendo a cien. La dureza de su polla daba testimonio de ello.
Carmen no podía más. ¡Sergio no se había quedado ni una sola prenda! Se acercó a su hijo para ayudarle a quitarse la ropa. Si Sergio hubiera tenido el valor suficiente hubiera tocado las tetas de su madre.
Carmen también hizo una bola con la ropa de su hijo y la tiró a la arena de la playa. No le pasó inadvertido el hecho de que su inocente hijito tenía la polla erecta...
-Ahora Sergio te explicares lo que debes hacer. ¿Ves ese pedazo de... esa pichulina? Debes abrazarla, besarla, lamerla, restregarte contra ella... Yo haré lo mismo. Hemos de conseguir que se ponga dura como una bola de cañón.
Aquello dio resultado. Habían conseguido una erección que no tenía desperdicio. Sergio se dedicó a chupar el glande como si de un caramelo de fresa se tratara. Carmen enseñó a su hijo a subir arriba y abajo la piel de aquella polla.
-Vamos, ayacula, ayacula de una vez...
El gigante eyaculó. ¡Vaya si lo hizo! El semen salió con mucha fuerza y les inundó por completo.
-¿Qué es esto, mamá? ¡Está rico!
-Es... ya te lo explicaré más tarde.
No había un rincón de su piel estuviera cubierto por aquella substancia. Cayeron en la cuenta de que una gran multitud se estaba aproximando. ¡Era la gente del pueblo! Tenían que poner pies en polvorosa en seguida.
El cuerpo del gigante les sirvió de parapeto. No pudieron recuperar la ropa. Había subido la marea, y la marea se la había llevado.
-¿Qué hacemos ahora, mamá?
-Ya se nos ocurrirá algo. ¡Corre!
Se ocultaron en el bosque. Carmen decidió que esperarían a que anocheciera para regresar a casa. Sería más fácil así volver sin llamar la atención. Se alejaron todo lo que pudieron de la playa.
Cuando se hubieron alejado lo suficiente se sentaron para descansar. Carmen sabía que había un pequeño río en los alrededores. Podían meterse en él para lavarse.
Al observar la erección de su hijo se le ocurrió algo mejor, mucho mejor.
-Escucha Sergio. Cuando regresemos al pueblo, si nos descubren, podremos decir que unos bandidos nos han robado y nos han quitado la ropa. Pero, ¿cómo podremos explicar que estamos cubiertos de esperma masculino?
-Es verdad. Podríamos lavarnos.
-Pero dónde, hijo. Esa es la cuestión. Me temo que sólo nos queda una salida...
Carmen comenzó a lamer la piel de su hijo y a beberse el semen del gigante. Le chupó sus pequeños pechos con pasión y le masajeó sensualmente la espalda. Sergio no podía más. Su madre era consciente de ello.
-Tu madre te ha puesto cachonda, ¿no es eso? Tu también puedes chuparme. Si quieres, claro...
Sergio se abalanzó sobre las tetas de su madre, y sobre su boca... Se dieron un apasionado beso en los labios. Carmen dirigió la polla de su hijo hacia su vagina. Le encantaba el cuerpo de su madre, sus tetas, su culo, su boca, todo...
El chaval se corrió en seguida. Aquella había sido lo mejor que le había pasado. Estuvieron el resto del día haciendo el amor.
mrhyde
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