La mejor madre del mundo.
Estaba anocheciendo. Laura y su hijo David regresaban a casa después de haber dado un paseo por la ciudad. Estaban un poco desorientados. No en vano hacía poco que se habían cambiado de casa y no conocían mucho aquellas calles. Llegaron hasta una zona un poco montañosa.
-Mamá, ¿seguro que es por aquí?
-Sí, estoy convencida. Tenemos que seguir este camino durante unos cinco minutos. Enseguida divisaremos más casas.
David supuso que su madre tenía razón. Él todavía no se había tomado la molestia de estudiar el plano de la ciudad como su madre, así que supuso que ella tenía razón.
No le hacía gracia ir por aquel camino. Estaba oscureciendo, y allí no había alumbrado público. Para postre comenzó a llover.
Comenzaron a caminar más rápidamente. Todavía no llovía demasiado, pero el cielo se estaba poniendo negro, muy negro, y parecía que la cosa iba a empeorar. En apenas unos segundos comenzó a llover tan fuerte que tuvieron que pensar en encontrar un lugar donde alojarse. Con aquella lluvía podría ocurrir alguna desgracia si no hacían algo para guarecerse.
Laura tropezó y cayó al suelo. Se había hecho una pequeña herida en la rodilla. Sus medias se habían roto, y David pudo contemplar con un poco de deseo la largura de las piernas de su madre. Llevaba una blusa blanca muy bonita. Con la lluvia David llegó a descubrir que su madre no llevaba sujetador. Aquella maravillosa blusa se transparentaba con el agua, y dejaba al descubierto unos globos grandes y firmes.
-Mamá, ¿te has hecho mucho daño?
-Un poco.
David ayudó a su madre a levantarse. Le costaba un poco caminar. La cogió de la cintura y caminaron despacio, sin prisas. David tenía tan cerca a su madre... Podía oler su perfume, sentir su cabello mojado, mirar de soslayo aquellas maravillosas tetas.
-Me parece que nos hemos perdido -dijo la madre-. Ahora ya no sé donde estamos. No sé si será mejor que demos media vuelta.
-En todo caso quedaba media hora para llegar a casa, ¿no es cierto?
Estaban a punto de perder la esperanza de encontrar el camino de vuelta cuando vislumbraron no muy lejos de allí una casa.
-¡Vamos, mamá!
Fueron hacia allí. La casa parecía abandonada. Debía hacer muchos años que nadie vivía allí.
La puerta de la casa estaba abierta.
-Al fin -dijo la madre-. Esta casa está que da pena, pero al menos aquí dentro no nos mojaremos.
Estaban pensando en quitarse la ropa. ¿Qué otra cosa podían hacer? Sin embargo, hacía muchísimo frío. Tampoco podían quedarse desnudos.
-Mira hijo, en esa habitación hay una chimenea.
Con unas maderas viejas que encontraron hicieron un fuego. Cerraron la puerta de la habitación para que no entrara frío y se quitaron la ropa. Pusieron la ropa cerca del fuego para que se secara.
David no podía disimular su erección.
-Mamá, lo siento, no puedo evitarlo.
-No te preocupes, hijo, eso es algo natural. Mastúrbate tranquilo. Saldré de la habitación, ¿de acuerdo?
-Pero hace mucho frío afuera, mamá.
-Lo sé. Una madre hace por su hijo lo que sea.
Laura se dirigió hacia la puerta. Como su madre ya no lo miraba comenzó a masturbarse como un mono. Laura intentó abrir la puerta, pero no pudo. La cerradura había dejado de funcionar. Se dio media vuelta. No por ello su hijo dejó de masturbarse. Claro que no.
-Me parece que nos hemos quedado encerrados -dijo Laura.
Se sentó junto al fuego para mirarse la herida. No era grave, pero dolía un poco. Su hijo se acercó a su madre para también mirar la herida.
-Parece que no es nada, mamá.
-¿Todavía no te has masturbado?
Laura tenía la polla erecta de su hijo demsiado cerca, casi al alcance de la mano. Ella también necesitaba... Pero no, tenía que ser fuerte y luchar contra la tentación. Si hubiera sido otro chaval de catorce años -o de trece, o de doce, o de...- no lo hubiera dudado un instante, pero era su hijo por el amor de Dios. Las madres y los hijos no pueden follar, ¿verdad?
Pero, ¿por qué no?, se dijo en su interior. Era una pregunta a la que no supo encontrar respuesta.
David siguió con su masturbación, y esta vez se masturbó al lado de su madre. Lo hacía sin prisa pero sin pausa. Esperaba tardar un buen rato en eyacular. Pensaba en su madre, claro está, en el pedazo de mujer que tenía delante.
Miró los pies de su madre. Sus uñas estaban pintadas de color rojo, como a él le gustaba.
-¿Sabes mamá? -dijo David mientras se masturbaba-. Me gustaría pintarte los dedos de los pies. Tienes unos pies muy bonitos.
-¿De verdad piensas eso? Te advierto que huelen muy mal.
David se acercó un poco más a su madre. Le cogió un pie y se lo acercó a la nariz. Lo masajeó. Ya no podría aguantar mucho más.
Se corrió. No tenía previsto lo que ocurriría a continuación. No lo había planeado premeditamente.
Con el esperma salpicó a su madre. Buena parte del mismo fue a parar a su vagina. Tenía semen en el vientre, en los pechos, en el pelo...
-¡Lo siento! ¡Perdona, mamá!
-¡Vaya eyaculación! ¿Cómo quieres que me enfade contigo? Ninguno de nosotros habíamos planeado lo que nos ocurriría en el día de hoy. ¿Sabes que con lo que me has hecho me podrías dejar embarazada?
No. No lo sabía. ¡Dejar embarazada a su madre! Aquello si que sería bueno.
-¿De verdad? Si algún día tuviera que dejarte embarazada, mamá, tendría que ser por el método tradicional.
La expresión del rostro de su madre era de terror. ¡El fuego se estaba acabando! Tendría que echar combustible como fuera. No había nada en la habitación que sirviera. ¡Mierda! Pero...
Laura cogió la ropa y la tiró al fuego.
-¡Mamá! ¿Te has vuelto loca?
-Hijo, ¿no lo recuerdas? Me dan miedo los espacios cerrados y la oscuridad. Yo siempre duermo con la luz encendida.
Aquello era cierto. Sin embargo, sus ropas no tardaron en consumirse.
Laura estaba aterrorizada.
-David, por favor, ayúdame, tengo miedo.
David abrazó a su madre. Tuvo otra erección, mayor que la enterior. No en vano estaba en pleno contacto con el cuerpo desnudo de su madre.
Se abrazaban, y se acariciaban la espalda mutuamente. Las tetas de Laura estaban en contacto con el pecho de su pequeño. Sus rostros estaban cerca, demasiado cerca.
-Soy yo la que te pongo cachondo. ¿Verdad, hijo?
-Mamá, he estado toda la tarde excitadísimo por tu culpa.
-¿Sabes? No será tan mala idea que me dejes embarazada.
Terminaron de hacer el amor, pero Laura no soltaría a su hijo por nada del mundo.
-Mamá, tengo que levantarme un momento. Necesito hacer pipí.
-¡No, por favor! Cariño, por lo que más quieras, no te muevas, no te apartes de mi lado...
-Pero mamá, necesito hacer pis.
-Para hacerlo no necesitas dejar de abrazarme. Además, hace demasiado frío. Nuestra orina nos ayudará a entrar en calor.
¿Tanto terror experimantaba su madre? Suponía que sí. Tenía demasiadas ganar de ir a mear, así que fue un hijo obediente e hizo lo que su madre le dijo. Se mearon el uno encima del otro.
A la mañana siguiente, al despetar, David intentó abrir la puerta. Estaba abierta.
-Mamá, la puerta se abre.
-¿Cómo no iba a abrirse? Si ayer no se abrió fue porque yo no quise que se abriera...
El sol entraba a raudales por la ventana. Tenían más ganas de hacer el amor. No les importaba nada estar repletos de semen, sudor y orina. Salieron al exterior cogidos de la mano y caminaron por los campos como Adán y Eva.
mrhyde
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