La Perversión del coche fantástico.


El joven Samuel estaba impresionado. ¡Menudo coche! Nunca había visto con sus propios ojos uno igual.

-¡Mira mamá!

A Rut no le gustaba demasiado que su hijo se fijara mucho en aquellas cosas. Era la mujer del pastor de la iglesia bautista del pueblo, y trataba que su hijo no pensara en otra cosa más que en Dios. Tenía treinta y seis años, doce años más que su hijo. Tenía las ideas muy claras, pero a veces su mente divagaba y se recreaba mentalmente en cosas que no estaban nada bien. Le gustaba mucho el sexo, por ejemplo. Trataba de ser fiel a su marido, pero en numerosas ocasiones había caído en la tentación. El adulterio era uno de sus peores pecados.

Se buscaba una buena excusa para justificar varias horas de ausencia. Se iba con su coche a una población cercana, se situaba en la salida de un instituto y esperaba darme un buen revolcón con uno de aquellos chiquillos. Le gustaban tímidos, con gafas, fáciles en definitiva de manipular. Se metía con ellos en su coche y se los llevaba a un lugar apartado para hacer tranquilamente el amor.

Naturalmente, aquello formaba parte de la zona oscura de su vida. Ninguno de los feligreses de su congregación tenía la menor idea de lo que ella hacía. ¡La consideraban como una mujer de lo más respetable!

-¡Mamá, la puerta del coche está abierta! ¡Voy a entrar!

Samuel se metió dentro del coche. Rut trató de sacarlo de allí. En el intentó notó que la puerta del coche la estaba empujando. ¡Se estaba moviendo sola!

-MÉTASE AHORA MISMO EN EL COCHE, SEÑORA.

¿De dónde procedía aquella voz? Estaba tan aterrada que optó por obedecer. La puerta se cerró automáticamente.

-NO SE ASUSTE, SEÑORA. ME LLAMO KID, Y NO SOY MÁS QUE UN PROGRAMA DE ORDENADOR.

Trataron de salir, pero no pudieron. Las puertas estaban cerradas. No podían comunicarse con el exterior: ellos podían ver lo que pasaba afuera, pero la gente de afuera no les podía ver. Podían gritar, claro. ¿Pero de qué diablos serviría? Aquel coche del demonio estaba perfectamente insonorizado.

-Déjenos salir, por favor.

-LES RUEGO QUE SE ACOMODEN EN LOS ASIENTOS TRASEROS. VAMOS A DAR UN PEQUEÑO PASEO.

Kid encendió la calefacción. Rut y Samuel no podían hacer nada para apagarla. De nada les servía perdirle a Kid clemencia. La temperatura aumentaba exponencialmente. No les quedó más remedio que comenzar a quitarse la ropa y...

-HAGAN EL FAVOR DE PONER TODA SU ROPA EN EL ASIENTO DELANTERO, POR FAVOR. NO QUIERO QUE SE QUEDEN NI CON LOS CALCETINES PUESTOS.

Rut comenzó a llorar. ¡No! ¡Samuel no podía verla desnuda!

-Hijo mío, por favor, cierra los ojos. Yo también haré lo mismo. No podemos mirarnos.

Pero no pudo dejar de mirar el cuerpo desnudo de su hijo. ¡Maldición! Estaba comenzando a ponerse cachonda...

Cuando hubieron colocado todas sus prendas en el asiento delantero Kid abrió el techo y las expulsó. No tardó en hacer que bajara la temperatura. Hacía tanto frío que a madre e hijo no les quedó otra opción que abrazarse. Los dos estaban excitadísimos. La polla de Samuel parecía que iba a explotar. ¡Le encantaba sentir el contacto de las tetas de su madre! Tenían frío. Se frotaban el uno al otro para entrar en calor. Samuel se la metió a su madre y comenzó a cabalgarla. Rut no hacía nada para evitarlo.

Aquel domingo todos los miembros de la congregación recibirían un vídeo con la grabación de aquel singular acoplamiento. ¡Guau! Aquello si que sería sensacional.

El coche se detuvo y se abrieron las puertas. No se atrevían a salir al exterior. Sin embargo, la imperiosa voz de Kid les invitó a que salieran a estirar un poco las piernas.

En el exterior -estaban en el interior de una especie de laboratorio- les recibió un hombre que decía llamarse Michael Night. También estaba completamente desnudo.

-Lo hemos visto todo por el monitor. Nos alegramos de que se lo hayan pasado tan bien.

Rut estaba maravillada por el cuerpazo de aquel hombre. Sabía que acabaría de cabeza en el infierno. ¿Qué le vamos a hacer? No salió de su asombro al contemplar como su hijo comenzó a chuparle la polla al señor Night.

-¡Hijo, qué haces!

-Lo que papá me pide que le haga siempre que no estás en casa.

Night era el primer sorprendido. ¡Aquel chavalín chupaba como Dios! Le hubiera gustado llevárselo a la cama, pero Samuel tenía que preñar a su mamá, así que no era cuestión de desperdiciar tiempo y esperma.

Unas horas más tarde Samuel y Rut regresaron a su casa. No podían negar que habían disfrutado muchísimo el uno del otro. No se les había permitido lavarse, así que Rut tenía el coño repleto del semen de su hijo. Entró en el cuarto de baño para lavarse. Se quitó la ropa y...

-¡Rut!

Era Moisés, su marido. ¡No podía creer lo que contemplaba! Su mujer tenía la vagina repleta de esperma, estaba completamente sudada, llevaba ropa que no era de ella... ¡Era ropa de puta! Llevaba una minifalda negra que llegaba a la altura de sus bragas, unas medias negras, un liguero...

-¿Se puede saber que ha pasado aquí?

-¡Hola, papá!

Era Samuel. ¡Estaba vestido como su madre! Las mismas, medias, los mismos zapatos de tacón, la misma blusa, una peluca rubia...

-¿Quieres saber quién me ha follado pedazo de imbécil? ¡Tu hijo! Nunca nadie me había hecho el amor así. ¡Pronto tendré un hijo, un hijo que no será tuyo sino de tu propio hijo, que por cierto no es hijo tuyo sino de un chavalín que me follé!

¿De qué le servía decir aquellas cosas? Moisés y su hijo ya se habían liado. ¡Y de qué manera! Moisés le había agarrado por el culo y no estaba dispuesto a soltarle. Le gustaba besar los labios pintados de su pequeño...

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