La Ninfómana.
Hetero, polvazo, primera vez, voyeur, violación, sodomización, etc., etc. Nuestra protagonista cuenta su historia, larga, jugosa, prolija y nada aburrida a la doctora: como fue magreada en el metro, exhibida, "examinada" por el doctor y sus alumnos, violada en el parque... Una carrera más ajetreada que la de la misma Justine.
Verá, doctora, lo cierto es que a mis treinta y tantos años me consideraba una mujer de lo mas casta y pura. Virgen, por supuesto. Educada desde muy niña en los mas severos principios religiosos por una madre excesivamente autoritaria que nunca permitía que me concediera las mas mínimas libertades, velando en todo momento por mí.
Debido a que mi padre murió muy joven, ella debía trabajar en la parroquia, educando a jóvenes descarriados por unas pagas más bien paupérrimas. Estas, unidas al poco dinero del estado no daban para mucho, por lo que nunca he estudiado, y me limitaba a cuidar de la casa, y a coser de vez en cuando para ayudar a la magra economía familiar.
Solo salía a alguna que otra velada familiar y parroquial, siempre en compañía de mi madre, que no me quitaba ojo de encima. Por ello era la primera en ver y juzgar a los pocos hombres que se acercaban a mí y que, hasta la fecha, jamás han merecido su aprobado, pues nunca son lo suficientemente buenos para mí.
No es que no se acercaran a mí porque fuera fea, que no lo soy, es por la ropa holgada y antigua que siempre he de vestir, siguiendo los arcaicos dictados de la conciencia de mi madre. Pues ella afirma que mi abultada y firme delantera, así como mi pétreo trasero solo pueden servir para atraer malos hombres, y que he de ocultar mis encantos hasta que encuentre al adecuado. Suceso que tenia visos de no poder ocurrir jamás.
Mi único contacto con un chico databa de cuando aun iba al colegio, y el hermano picarón de una de mis amigas osó darme un beso en la boca durante el recreo. Fue algo salvaje y turbador, y mi único motivo "serio" de confesión hasta que mi madre se puso enferma, y tuve que sustituirla en sus quehaceres a petición del párroco, para que chicos no volvieran a sus malos hábitos durante su necesaria ausencia de la parroquia.
No estaba acostumbrada a utilizar el metro tan temprano, por lo que su hacinamiento a esas horas me cogió totalmente por sorpresa. Allí, apretujada entre la muchedumbre, me sentía fuera de lugar, por lo que tardé bastante rato en darme cuenta de que el avispado viejo que estaba detrás mía me estaba sobando el trasero con escaso disimulo.
Este anciano, bajito y delgado, que apenas me llegaba al hombro, usaba ambas manos para magrearme a conciencia, deslizándolas arriba y abajo por mis posaderas para no dejar ni un solo centímetro por palpar. Estaba tan sofocada por sus manejos que no sabía como reaccionar, por lo que decidí ignorar sus manoseos con la esperanza de llegar cuanto antes a mi destino. Al bajar me giré y pude ver como el muy truhán me despedía amablemente con una mano mientras me dedicaba una picara sonrisa.
Pero mucho mas osados eran los jóvenes gitanos a los que tenia que dar catequesis, y de paso buenos modales y algo de cultura, de cara a su confirmación. Eran solo ocho o nueve pequeños, y sus edades oscilaban entre los trece y los quince años, pero parecían saber de la vida mucho mas que yo. La mitad de las veces no entendía su argot, y el resto del tiempo estaba sonrojada por las ordinarieces que decían a cada momento.
Aun así no eran malos muchachos, y se portaban bastante bien conmigo, quizás por mi forma de enseñar, bastante mas amena y divertida que la de mi madre; pues de vez en cuando incluso los sacaba a pasear por la ciudad.
Durante los días siguientes no importaba que me adelantara o retrasara unos minutos, el pícaro vejete esperaba el tiempo que fuera preciso para entrar conmigo en el metro.
Allí, en vista de mi pasividad me sobaba a placer las posaderas, hasta que llegaba por fin a mi parada. Su osadía no conocía limites, por lo que pronto tomó la costumbre de bajarme la cremallera posterior de la falda, para meter sus manos bajo mis vestidos.
Me embargaban sensaciones muy raras mientras sentía sus dedos hurgando a través de la áspera tela de mis castas braguitas, deslizándose a un lado y a otro para magrear mis prietas carnes a conciencia... y a mí pesar no todas eran desagradables.
El día que empezó a introducir sus dedazos por debajo de ellas, alcanzando la sensible carne de mis nalgas inmaculadas creí que me moría de vergüenza, no solo por lo que él me hacia, sino por lo que yo sentía.
Ese fue el motivo de que aquella mañana estuviera torpe y nerviosa, hasta tal punto que me manché la chaqueta de tinta. Por suerte mi madre siempre tenia un quitamanchas entre los utensilios del aseo, por lo que pude reparar el error. Eso sí, tuve que continuar las clases en mangas de camisa; luciendo, sin querer, mi abultado busto ante los atónitos chicos, dado que la camisa blanca que llevaba me venía bastante ajustada, y marcaba mi poderosa delantera con mucho más descaro del que yo era capaz de apreciar.
Estaba encantadísima de que me prestaran tanta atención, para variar, sin percatarme de que ésta se centraba exclusivamente en las insospechadas curvas de mi lindo cuerpo.
Ese día, a la salida de las clases, mientras hablaban de mi asombrosa anatomía, Lucían, uno de los chicos mas mayores y traviesos, apostó con sus amigos que era capaz de conseguir que todos me vieran desnuda por un cierto precio. La oferta era demasiado tentadora, por lo que todos sus compañeros se esforzaron en reunir el dinero necesario para entrar en el juego.
Esa noche mi madre se puso mucho mas enferma, por lo que tuve que pedirle al doctor que viniera a nuestra casa. A pesar de conocer al buen hombre desde hacia muchos años esta es la primera vez que nos visitaba, por lo que su sorpresa al verme en camisón fue mayúscula. Yo, acostumbrada a usarlo sin nada debajo, no podía saber que el bambolear de mis pesados senos bajo el fino tejido, o la claridad con que se transparentaban mis gruesos pezones y el oscuro pubis, pudieran ser de interés para nadie. Cuando acabó de atender a mi madre, y mientras le preparaba una infusión de té, el avispado doctor sacó a relucir hábilmente el tema de las enfermedades, metiéndome tanto miedo acerca del cáncer de mama que accedí a ir al día siguiente a su consulta privada para someterme a un reconocimiento ginecológico completo, ya que éste sería el primero de mi vida.
Cuando llegué al día siguiente a la parroquia, después de que el anciano explorara a conciencia mi trasero por debajo de las bragas, Lucían ya me estaba esperando. Me hizo saber que su madre estaba tan encantada con las clases que le estaba dando que quería regalarme algún conjunto de lencería de la corsetería que regentaba en el barrio.
Yo no lo podía consentir, pero le vi tan apenado ante mis negativas que tuve que acceder a que me hiciera un descuento en mi próxima compra. El chico estaba tan entusiasmado que me acompañó hasta la tienda directamente nada más acabar la clases.
Lo que yo no podía saber es que en la tienda solo estaría la hermana mayor del chico, compinchada con él y con el resto de sus amigos escondidos en el cuarto trastero. Allí, y gracias a un espejo falso, podían ver con total nitidez quien se cambiaba en el probador.
Éste sólo lo usaban cuando sospechaban que alguna clienta intentaba robar algo, pero ese día les iba a servir para otros fines. La hermana mayor, con mucho desparpajo, me ayudó a escoger un par de prendas algo más insinuantes de lo que acostumbro a usar.
Yo pensaba que la chica era algo torpe, pues siempre me daba las prendas algunas tallas más pequeñas de las que uso, sin saber que eso era lo que querían. Pues los chicos, extasiados, contemplaban mis stripteases encantados en la trastienda. Si jadearon al ver mis pechos desnudos no quiero ni pensar en cuales debieron ser sus soeces comentarios cuando por fin me despojé de las bragas. Entre unas cosas y otras estuve un poco más de media hora mostrándoles hasta el rincón más oculto de mi cuerpo, antes de marcharme con unas cuantas prendas interiores nuevas, y un montón de jóvenes salidos planeando como apropiarse de las ocultas maravillas que habían contemplado embelesados.
Pero fue el doctor el que les ganó por la mano, y nunca mejor dicho.
Yo había oído comentar algo de las revisiones periódicas de mamas y ginecologías, pero no sabía casi nada del tema. Por lo que aquella tarde, cuando me vi obligada a tumbarme desnuda en la camilla, cubierta tan solo por una especie de raro camisón, me sentí indefensa. La confianza que tenía en el buen medico, y su simpática conversación, fueron alejando mis inquietudes.
Aun así, cuando empezó a palpar mis senos, me sentí la mar de extraña. No dejaba de repetirme a mí misma que era una tonta, y que eso lo hacían miles de mujeres a diario, pero sus hábiles dedos, deslizándose por mi inmaculada piel me ponían muy nerviosa.
Además, por ser la primera vez el doctor me palpaba con mucho cuidado, explorando centímetro a centímetro mis senos desnudos. Mi respiración se convirtió en entrecortado jadeo cuando sus dedos se centraron en los gruesos pezones, pues como los tengo muy sensibles ya estaban rígidos como piedras antes de que empezara a revisarlos. Estaba tan llena de nuevas sensaciones que creí que era normal que el doctor pellizcara suavemente mis fresones entre sus hábiles dedos, o que apretara dulcemente mis agradecidas mamas con ambas manos durante largos y maravillosos minutos.
Tanto es así que cuando dejo de hacerlo estuve tentada de suplicarle que continuara. Estaba tan turbada por mi reacción que coloqué los pies en los estribos bajo sus ordenes sin pensar realmente en lo que hacía. Cuando quise reaccionar el buen doctor ya había desaparecido, oculto por el camisón de mi vista. Pero pronto empecé a sentir sus dedos hurgando en mi virginidad. Tuve que aferrarme a la camilla y morderme los labios para que no escuchara los gemidos que pugnaban por surgir de mi garganta cada vez que rozaba una zona de mi húmeda cavidad. Porque podía oír claramente el chapoteo que producían sus dedos al introducirse una y otra vez en mi interior. El rítmico penetrar me estaba volviendo loca de placer, logrando que mis caderas se menearan cada vez mas en un alocado vaivén. Cuando ya creía que el gozo me iba a matar el hábil doctor pellizcó alguna parte de mi sedosa cavidad logrando que me invadiera un fuerte orgasmo, el primero de mi vida, que me hizo rugir de placer.
Luego, mientras me recuperaba del mismo, avergonzada como pocas veces había estado en mi vida, sentí como algo húmedo y cálido se deslizaba suavemente por mi abertura, produciendo nuevos espasmos de placer. Aunque sospechaba lo que me había hecho no terminaba de creérmelo, por lo que mientras me vestía no podía dejar de pensar en que algo extraño y maravilloso me había pasado.
Esa noche no pude pegar ojo, pasaban por mi mente las mas irreales y calenturientas fantasías, haciendo que mi cuerpo ardiera de ganas y deseo como hacia muchísimos años que no me pasaba.
A la mañana siguiente iba tan cansada y confusa a la parroquia que casi puedo decir que no era yo. O al menos no era consciente de lo que hacia. La primera prueba de lo que digo esta en que no solo no me sentí ofendida por los habituales manoseos del viejo en el metro, sino que separé un poco mis piernas, lo justo para que sus hábiles dedos recorrieran a placer el estrecho canal que separa mis blancas medias lunas.
Y la segunda fue el despiste y la pasividad que tenía aquel día en clase. Los chicos, aún no se como, fueron llevando hábilmente la conversación hasta que terminamos hablando de primeros auxilios. Ellos ya sabían por anteriores conversaciones que yo había recibido algunos cursillos en mi juventud, y me enredaron de tal forma que terminé por acceder a darles algunos consejos sobre el tema. Estuvieron de lo mas atentos y modélicos durante la consiguiente charla, dejando que me ensimismara con la materia hasta que llegamos a la reanimación cardiopulmonar. Como no teníamos maniquí, y la teoría no parecía bastarles terminé por pedir voluntarios para hacer una practica.
Enseguida me vi desbordada y rodeada de casi toda la clase. Me emocionó tanto su interés que accedí a hacer de conejillo de indias en vista de que no había mas chicas y ellos no parecían muy dispuestos a hacerlo entre sí. Nada mas tumbarme sobre la mesa me rodearon como aves de presa dispuestas a darse un festín.
Aún no había acabado mis últimos consejos cuando Lucían ya estaba incrustando su ávida boca sobre la mía, succionando mis labios mientras su lengua se enroscaba con la mía. El chico ponía mucha voluntad, pero era muy torpe, pues más que darme aire me quitaba el poco que me quedaba. Pero más torpes eran sus compañeros, que apoyaban sus manos en todas partes menos donde debían. Cuando me cansé de sentir sus manos empujando y estrujando mis mullidos pechos decidí dar por terminada la clase, antes de que alguno me asfixiara. Al ponerme en pie y colocarme bien el vestido fue cuando reparé en que no solo me habían abierto la chaqueta sino que habían soltado bastantes botones de mi camisa, dejando mi casto sujetador prácticamente al descubierto.
Esa noche volví a tener sueños húmedos, tantos que ni tan siquiera una ducha fría pudo mitigar, teniendo que recurrir finalmente a mis suaves manos para calmar el fuego que ardía en mi interior. Mis inexpertos dedos se ensañaron con mi húmeda gruta sin piedad, entrando y saliendo una y otra vez hasta arrancar un frenético orgasmo que me permitió dormir con una cierta tranquilidad, a pesar de recordarme una y otra vez que al día siguiente volvería a la consulta del simpático doctor.
A la mañana siguiente, y como quiera que ese día iba a llevar a los chicos al planetario como les había prometido, me puse uno de mis trajes mas veraniegos. Este, que apenas me cubría las rodillas, estaba provisto de una larga cremallera posterior, de la que no me acordé hasta que el avispado viejo empezó a bajármela en el metro.
Algo extrañó me estaba ocurriendo pues a pesar de mi intenso rubor, separé las piernas nada más sentir sus dedos sobre mi piel desnuda. Supongo que le di demasiadas facilidades al afortunado individuo, porque pronto pude notar como sus dos manos hurgaban bajo mis castas bragas.
Una de ellas se apodero enseguida de mi intimidad, explorándola como sólo éste sabia hacer, mientras la otra vagaba ociosa por mi estrecho canal posterior, jugueteando con mi orificio más oscuro. Sus hábiles caricias pronto me llevaron al borde del orgasmo, obligándome a agachar la cabeza y morderme los labios para que nadie se diera cuenta de lo que me pasaba. Mi respiración se hizo entrecortada mientras me aproximaba al final, aferrándome a la barra para que las piernas no me fallaran en el ultimo momento.
Y cuando ya rozaba el clímax el pícaro viejo me sorprendió de nuevo. Con un rápido y hábil movimiento saco uno de sus dedos empapados en mis fluidos y lo sepultó de un solo golpe en mi estrecho agujerito posterior. Sus hábiles caricias y la inminencia del orgasmo me lo habían dilatado tanto que penetró hasta el nudillo a la primera.
Este insospechado asalto me provocó un violento e inesperado orgasmo que a duras penas pude disimular. Pues además de muy intenso se hizo interminable, con su largo dedo nudoso meneándose alocadamente en mi sensible cavidad. Fue todo tan inesperado que cuando salió su dedo de mi interior aún no me había recuperado. Tardé aún un par de paradas en salir de mi aturdimiento, y entonces me di cuenta no solo de que me había pasado la mía, sino de que varios hombres me miraban con inusitado interés.
El bochorno y vergüenza que tenía me obligaron a bajarme allí mismo, teniendo que recorrer varias calles antes de llegar a la parroquia. Mi último apuro fue comprobar que el viejo no se había molestado en subirme la cremallera, por lo que hasta que no reparé en ello estuve mostrando a todo aquel que se interesara la blancura de mis bragas.
Ese día fue el último que coincidí con el anciano en el metro. Aún no sé el motivo por el que no volví a verlo más, pues muchas veces lo he echado de menos.
Como podrán suponer mi estado de animo no era el más adecuado para llevar a los chicos a ninguna parte, pero estaban tan entusiasmados con la idea de la excursión que no tuve corazón para negarme a ir. Eso si, estaba espesa y abotargada como pocas veces había estado en mi vida. Y los chicos, como no, supieron sacar provecho de ello.
Había demasiada gente en el planetario como para que pudiéramos sentarnos todos juntos, por lo que tuve que acceder a quedarme de pie con ellos en el fondo de la sala como era su deseo. Era tan ingenua que me conmociono ver como se arrimaron a mí en cuanto se apagaron las luces de la sala, emocionándome como una boba al sentirlos tan apelotonados a mi alrededor. Pues creía que lo hacían por temor a la oscuridad o respeto al silencio de la sala y a lo que en ella se proyectaba.
Debía de hacerles mucha gracia escuchar mis susurros de calma y tranquilidad mientras ellos luchaban en silencio por ocupar el lugar más idóneo cerca de mi cuerpo. Yo, con los brazos abiertos, trataba de poner orden en el caos que me rodeaba, más atenta a lo que sucedía en la pantalla que a lo que acontecía a mi alrededor.
En eso me diferenciaba de los muchachos, que pasaban olímpicamente de todo lo que no fuera rozarse con mi cuerpo. Como aún los consideraba unos chiquillos no le daba importancia a las manos que me apretujaban y sobaban sin descanso. La chaquetilla de mi vestido les venía de perlas, pues les servía como parapeto bajo el cual cobijarse, alcanzando así con mas discreción mis senos indefensos. Apenas acababa de darme cuenta de que tenía algunos chicos cobijados bajo la holgada prenda cuando sus hábiles manos terminaron de soltarme los botones de la camisa. No tuve tiempo ni de quejarme, pues enseguida se deshicieron de mi sujetador, simplemente subiéndomelo para arriba.
No sabía qué hacer, pues mientras mi cerebro me gritaba que debía pararlos cuanto antes, mi cuerpo se mostraba excitado al máximo. Y no era para menos, pues las tres o cuatro bocas hambrientas que me devoraban sin piedad me estaban volviendo loca.
La ansiedad con que succionaban mis gruesos y sensibles pezones, unida a las febriles manos que me estrujaban el resto de las colinas debilitaban mis escasas defensas. Los demás, en vista de mi sorprendente pasividad pronto empezaron a pelearse con los pioneros para arrebatarles su idónea posición. En el frenesí del combate pronto hubo algunos espabilados jovencitos que recordaron que había otras interesantes zonas por explorar, por lo que pronto empecé a sentir como algunas manos ascendían por mis muslos, a la búsqueda de lo que ocultaban mis castas braguitas.
El tener que estar con las piernas separadas para mantener el equilibrio facilitó que estas manos alcanzaran mi intimidad con notable facilidad. Nada mas sentir como un dedo inquieto hurgaba en mi interior me produjo mi primer orgasmo.
Fue el primero, pero no el ultimo, pues durante la siguiente media hora alcancé tres o cuatro más a manos de mis adorables alumnos, y nunca mejor dicho. Estos, para mi pesar, se olvidaron de mi agujerito posterior, limitándose a estrujar mis nalgas mientras lidiaban entre sí por meter los dedos en mi encharcada gruta. Moliéndose a codazos por el privilegio de apoderarse de algún pezón para chupar o mordisquear. Contentándose, el resto, con amasarlos desde lejos, a la espera de su oportunidad
Cuando por fin se encendieron las luces de la sala me apresuré a refugiarme en el aseo, no solo para adecentar mi ropa y mi aspecto, sino para huir de las miradas irónicas y viciosas de mis condiscípulos. Los cuales, mientras volvíamos de regreso a la parroquia, sonreían de oreja a oreja, supongo que tramando ya nuevas picardías.
Después de un almuerzo bastante frugal y de una ducha interminable me sentí lo suficientemente relajada como para regresar a la consulta del doctor.
Éste, como la vez anterior, me obligó a desnudarme y tumbarme en la camilla, con la excusa de que algunas pruebas no le habían terminado de convencer. Y, para mi vergüenza, la multitud de chupetones y moratones que empezaban a aflorar en mi nívea piel parecían darle la razón. Por ello no me extraño nada que los examinara a conciencia, sobre todo los pezones, que además de su tono violáceo por las succiones interminables, volvían a estar rígidos debido a las hábiles caricias del doctor.
Mi respiración pronto se hizo agitada mientras me empezaban a llegar olas de placer. Placer que se hizo insoportable cuando después de un largo rato de inspeccionar mis pechos empezó a hurgar en mi sensible intimidad, amparado de nuevo por mi camisón de enferma, mientras mis pies empezaban a temblar en los estribos, anunciándome el orgasmo inminente que iba a tener si sus dedos seguían pellizcando mi sensible clítoris.
Por eso, cuando le vi levantarse, estuve a punto de suplicarle que continuase con su exploración. Pero no me dio tiempo, pues enseguida noté algo rígido y cálido apoyado en la entrada de mi cuevecita. Enseguida el duro ariete arremetió contra mi virginidad, rasgándola dolorosamente mientras el medico se aferraba a mis generosas caderas para facilitar el empuje del buen doctor.
Aun no había incrustado el esforzado medico ni la mitad de su enorme apéndice cuando me sobrevino el primer orgasmo. Tan fuerte y violento que casi lo expulso fuera de mi interior debido a los fuertes espasmos de placer. Como quiera que el doctor sabia hacer bien su trabajo los aprovechó para incrustarse a fondo, llenándome por completo con su ardiente humanidad.
Me cabalgó frenéticamente, estrujando mis agradecidos senos un buen rato, logrando así que alcanzara dos nuevos orgasmos, el último coincidiendo con el suyo, tan cálido y abundante que creí que me saldría semen hasta por las orejas. Al final se desmoronó sobre mi cuerpo, chupándome los agradecidos pezones como un bebe satisfecho antes de dejarme vestir y salir... después de darme una nueva cita.
Aproveché que el párroco me había pagado más de lo estipulado, por mi entrega a los estudiantes (frase que me hizo ruborizar), y que empezaba el fin de semana para renovar un poco mi vestuario, comprándome algunos vestidos mas ligeros para soportar mejor el calor. Sin importarme, por primera vez en mi vida, que los hombres se fijaran en mi cuerpo. Es más, cada vez me sentía más orgullosa de que lo hicieran.
Supongo que pequé de ingenua quedándome tanto tiempo en aquel parque de las afueras, pero me encantaba ver las miradas que me echaban los hombres que pasaban por allí, aunque fueran acompañados de sus esposas. Por ello, cuando por fin me marché, ya estaba aquel grupo de jovenzuelos esperándome.
La falta de costumbre hizo que me sonrojara y bajara la cabeza ante sus groseras ordinarieces. Supongo que fue eso, unido a mi espectacular cuerpo, lo que despertó sus instintos animales. Porque antes de que acertara a reaccionar ya me habían tapado la boca, y me arrastraban a una salida de aguas cercana.
Allí, protegidos por la vegetación, me violaron... si es que puede llamarse así . Ya que mi agradecido cuerpo, mucho más sensible que yo, enseguida respondió a sus rudas y burdas caricias, excitándose mucho antes que ellos. Tanto mis rígidos pezones como mi encharcada cueva les facilitaron las cosas, logrando que el primero de ellos me penetrara antes de que hubiera terminado de hacerme a la idea. Y ya dio lo mismo, pues enseguida me inundó el placer, anticipándome el fuerte orgasmo que no tardo en llegar.
Este me dejo tan feliz y floja que dejé de oponer resistencia, dejando que terminaran de desnudarme con toda comodidad. Como ya no tenían que sujetarme uno de ellos se apresuró a arrodillarse a mi lado, liberando un grueso miembro para que se lo chupara.
Mis continuos gemidos de placer restaron fuerza a mi oposición, por lo que pronto tuve el largo cilindro incrustado en mi boca. Para mi sorpresa no solo no era tan asqueroso y desagradable como había supuesto sino que era algo delicioso el sentir esa cálida y dura cosa viva luchando contra mi lengua. Su raro sabor, entre ácido y amargo, me gustó tantísimo que pronto me puse a succionarlo con avidez.
Tanta entrega tuvo su recompensa y en el momento más inesperado el chico me inundó de esperma, logrando que me atragantara ante la inusitada avalancha de néctar. No hizo falta que sujetara mi cabeza para que lamiera con deleite hasta las ultimas gotas del desconocido manjar, sorprendiéndoles a todos con mi frenética voracidad.
Por suerte los tres jóvenes eran fuertes y ardientes y la velada pudo prolongarse por un par de horas más en el tranquilo rincón del parque. Pronto aprendí como debía menear las caderas para que ambos obtuviéramos más placer, y como debía usar mi boca con sus instrumentos para que jadearan de gozo. Aunque ellos sabían mucho mas que yo sobre el tema, y conseguían que empalmara un orgasmo detrás de otro casi de seguido, haciéndome rugir de placer una y otra vez, hasta que perdí la cuenta de cuantos llevaba ya.
Al final tuvieron la amabilidad no solo de ayudarme a vestir, a pesar de que mi ropa interior estaba tan estropeada que hubo que tirarla, sino incluso de acompañarme hasta mi barrio, no fuera que alguien me diera un disgusto a unas horas tan intempestivas.
Ese domingo el párroco me contempló de modo extraño durante la misa, supongo que por ser la primera vez que me veía con unas ropas tan livianas. Pero mi ingenuidad, y las enseñanzas recibidas, hicieron que creyera que de algún modo se veía escrita en mi cara las malas acciones que había estado realizando.
Al acabar la misa decidí acudir en confesión al párroco, pues creí que era mi deber y mi obligación, no sólo como buena cristiana sino porque él era quien nos pagaba el sueldo a mi madre y a mí ahora. Así que acudí a su despacho y, arrodillándome ante él, le pedí confesión. Supongo que mi acción le sobresaltó, pero permaneció sentado en su silla y el buen cura accedió a que le contara lo que me pasaba.
Empecé por contarle mi aventura con el viejito del metro, y para cuando le conté lo del doctor ya tenia a tan solo un palmo de mi cara una elocuente muestra de cuanto afectaba al párroco mi relato. Pues el enorme bulto que veía en su sotana sólo podía deberse a lo que ya supondrá. Así que decidí saltarme por el momento lo de los alumnos y pasé a relatar lo sucedido en el parque, describiéndole con tantos detalles lo acaecido que el pobre hombre termino por desabrocharse la sotana, pidiéndome una demostración.
Yo, que ya llevaba un ratito deseándolo no me lo hice repetir dos veces, y me abalancé sobre su pantalón en cuanto lo tuve a la vista. No era tan grande como había supuesto... pero sí tan sabroso, por lo que me di un buen atracón a su salud.
El párroco, disfrutando casi tanto como yo con lo que estaba pasando, me dejó completa libertad de acción, dedicándose a liberar uno de mis pechos de su encierro para acariciarlo ansiosamente mientras yo seguía chupando y lamiendo con frenesí.
Tanta devoción tuvo su recompensa, y pronto pude saborear su espesa miel, tragándola con un hambre feroz. Lamiéndola a continuación con tantas ganas que logre su pronta recuperación para su satisfacción... y la mía.
El párroco decidió darme su penitencia particular, y llevándome ante su reclinatorio me hizo permanecer de rodillas e inclinada, situándose a mi espalda después de despojarme de las bragas y de alzarme la falda todo lo posible.
Yo pensé que el hombre era bastante inexperto, pues a pesar de estar tan encharcada, y de tener su herramienta tan resbaladiza por mis lameteos no era capaz de acertar en tan ansiosa diana... pero me equivocaba.
En cuanto logró encontrar mi diminuto y virginal orificio posterior, el buen padre hizo acopio de toda su experiencia para que la punta de su herramienta se incrustara en ella, no sin algunos esfuerzos y dolores iniciales. Luego todo fue cuestión de perseverancia y entusiasmo, aferrándose a mis hombros o a mis pechos desnudos para meter centímetro a centímetro todo aquello en mi interior.
Tanto arduo trabajo tuvo su recompensa y pronto el dolor dio paso a unos orgasmos tan intensos como largos. Cuando después de muchísimo tiempo el buen cura eyaculó en mi culito estaba tan agotada y feliz que no me importó que se quedara con mi ropa interior de recuerdo... pues sabía que este era el principio de innumerables confesiones.
Supongo que el cambio en mi comportamiento fue tan evidente para todos como mi liviano vestuario, salvo para mi pobre madre que seguía en la cama.
Después de los últimos acontecimientos había decidido que ya iba siendo hora de que empezara a tomar la iniciativa en estos agradables encuentros, pues hasta ahora siempre habían sido los hombres los que habían dado los primeros "pasos". Así que empecé por los que ya conocía. Y fueron, como no, mis propios alumnos. No sé qué les sorprendió más aquel lunes, si la liviana ropa veraniega que ya empezaba a usar como algo habitual, o mi desparpajo al dar las clases.
Sabiendo ya lo que querían de mí, y suponiendo que sus inquietas mentes estarían ya tramando la mejor forma de acceder a mi cuerpo decidí adelantarme a ellos. Y lo que hice fue "premiar" sus conocimientos conmigo misma. Al primero que acertó la respuesta a una de mis preguntas en el encerado le permití asomarse a mi generoso escote... y el resto de la clase empezó a devorar los libros de estudio con un ansia que ni sus padres ni el párroco podían comprender.
Pero yo si, porque durante los días siguientes fui mostrándoles a los más destacados las partes de mi cuerpo mas deseables. Cuando la mera visión de mis pechos o de mi almeja empezaba a ser ya rutinaria les permití tocarlas como recompensa, renovando de nuevo su interés en los libros... y en mi cuerpo. Supongo que era algo cruel por mi parte dejarlos tan "encendidos" con estos premios, pero era un justo castigo por la osadía que habían tenido conmigo en el planetario.
Yo, por mi parte, por la tarde calmaba los fuegos que los avispados chicos encendían en mi interior con mi adorable medico y mi no menos entrañable cura. Ambos recibían mis visitas con tanto placer como me daban... por lo que estas eran ya algo cotidiano.
Lo malo es que me acostumbre enseguida a esta maravillosa rutina diaria, y al llegar el fin de semana me sentí mas sola y desamparada que nunca. Afortunadamente mi ángel de la guarda hizo que se estropeara el desagüe, y que no me quedara mas remedio que llamar a un fontanero.
El hombre vino de seguida, por lo que me encontró todavía con la camisa mojada por el inútil esfuerzo que había realizado un rato antes para tratar de detener la fuga de agua. Me di cuenta enseguida de cómo su ardiente mirada se clavaba en mis pechos, y no era para menos, porque al no llevar sujetador estos se marcaban casi como si estuvieran desnudos. A pesar de ser un hombre ya cuarentón y de aspecto zafio decidí que esta era una buena forma de recompensar su pronta llegada, por lo que permanecí a su lado todo el tiempo que duro la reparación, fingiendo no darme cuenta de su tremendo interés.
Pero si había algo tremendo en la cocina era el enorme bulto que se le estaba formando en el mono de trabajo, y que yo no podía dejar de contemplar con respeto y admiración. Supongo que nuestra admiración mutua debía ser algo demasiado evidente para un tipo tan veterano como él. Pues al acabar la faena, y sin decirme lo mas mínimo, se limpio las manos sucias de grasa en un trapo y a continuación las metió debajo de mi camiseta, adueñándose con toda confianza de mis abultados y agradecidos senos.
No quise permanecer pasiva, y pronto me arrodillé para liberar de su encierro al trasto más grande que había visto hasta la fecha. Tuve que usar ambas manos para controlar aquella cosa inmensa, y no ahogarme con su grosor mientras la devoraba, y aun así casi me asfixio cuando el bestia ese me sujetó por la cabeza y me obligó a tragarme más de la mitad mientras eyaculaba directamente en mi garganta.
Por suerte para mí el hombretón era tan viril como salvaje, por lo que para cuando me tumbó sobre la mesa de la cocina, prácticamente arrancándome las bragas de un tirón, y sin molestarse siquiera en quitarme la falda, ya estaba otra vez "dispuesto".
Gracias a Dios que mi almejita estaba encharcada, porque aun así pensé que me partiría en dos cuando su gigantesca tranca se metió dentro hasta los mismísimos testículos.
¿Qué les puedo decir?. Las dos o tres horas siguientes fueron algo realmente salvaje. El tipo eyaculó otras dos veces más, y me dejó tan escocida y dolorida que no pude ni ir a misa al día siguiente, permaneciendo en casa para poderme recuperar de la reparación.
A partir del lunes considere que mis alumnos ya habían "sufrido" bastante por su mala acción del planetario, por lo que empecé a ocuparme también de sus "cositas". Como las llamaba mentalmente cuando las comparaba con la descomunal herramienta de mi rudo fontanero, el cual, por suerte, me visitaba cada dos o tres días para "desatascar" mis "tuberías" (porque aunque me costó horrores, al final también me acostumbre a recibirlo en mi agujerito, para asombro mutuo).
Así que ahora la recompensa final para el muchacho más listo solía ser una pajita, o una buena mamada si ese día me encontraba de buenas. El resto se tenia que conformar con ver o tocar mi cuerpo, por lo que tampoco podían quejarse.
Nunca aceptaba dinero de mis cada vez mas numerosos amantes, pero no me negaba a que el párroco me subiera generosamente el sueldo, al ver el progreso y la mejoría más que notable en los estudios de mis alumnos. También me acostumbré a que mi amigo el doctor me regalara cositas, la mayoría de las cuales eran zapatos o prendas de ropa que solía ponerme cuando le iba a visitar, casi a diario. Estas, con el paso de las semanas, eran cada vez mas escandalosas, pero me sentía muy cómoda con ellas, y me encantaba ver como los hombres me dedicaban por la calle sus miradas mas ardientes... y sus piropos mas soeces.
Y no solo en la calle, porque incluso en mi bloque de viviendas me encontré con que mis vecinos, solteros o casados, me dedicaban una atención casi continua. Los había que me esperaban en el ascensor, que me acompañaban a tender la ropa, o que me espiaban descaradamente por las ventanas del patio interior. A todos ellos les dejaba ver porciones cada vez más generosas de mi cuerpo, con lo que al final el vecino que no había contemplado mis generosos pechos o mi culito es porque no se había molestado en hacerlo.
De ver a tocar solo hay un paso, y el día que permití que uno de ellos me sobara en el ascensor senté un precedente que culminó, como ya imaginaran, con la mayoría de ellos haciendo cola para venir de visita a mi casa. Rara era la velada que no pasaban por mi alcoba dos o tres... cuando no los "atendía" en el comedor... e incluso en el recibidor.
Cuando mi madre empezó a dar muestras de mejoría empecé a suspender estas visitas, yendo yo a sus casas cuando no estaban sus esposas o novias. Pero pronto me di cuenta de que esto no solo no era bastante, sino que se estaba volviendo algo aburrido, por lo que empecé a frecuentar los pubs y discotecas para encontrar "amigos" nuevos.
De esa etapa tengo multitud de recuerdos felices, a pesar de que se resintiera mi labor con los muchachos debido al enorme cansancio acumulado por las mañanas. Pero estos no se quejaban lo mas mínimo, porque a cambio de su silencio y comprensión permitía que metieran sus "cositas" por el agujero que mas les apeteciera.
Por aquel entonces me hice muy asidua a fiestas "raras" donde lo mas normal es que lo hiciera con dos o tres tipos a la vez... lo cual era la mar de divertido. Incluso en una ocasión permití que la esposa de uno de ellos "jugara" conmigo, pero no me hizo gracia la experiencia y no la repetí nunca más.
A veces, cuando me aburría, me iba a los cines porno, donde los afortunados de turno pasaban una velada inolvidable en mi compañía. Si eran demasiados me dejaban tan exhausta que a menudo me tenían que acompañar dos o tres hasta mi casa.
Hasta la otra noche, en que mi madre se presentó de improviso en mi habitación y me sorprendió con cuatro simpáticos marines negros que estaban compartiendo mi cama.
No entiendo su enfado, doctora, ni el motivo de que me haya traído a esta clínica... y aun entiendo menos eso que dice usted que padezco...
¿Ninfomanía ha dicho?.
Datos del autor/a:
Nick: Peli.
E-mail: yopeli@teleline.es
[Indice general] - [Sexo] - [linux] - [humor] - [hard] - [miscelanea] - [Novedades] -
![]()