Qué dura es la vida!
Hetero, polvazo. Un paseante que admira los jardines de la Granja encuentra una insólita presencia femenina, extrañamente pasiva y con una seductora apertura de piernas...
Aquella tórrida tarde la pasé paseando por los ajardinados y frescos paseos borbónicos de la Granja, cuando al pasar al lado de uno de los bancos apostados a la sombra de un gran olmo, vi a una mujer de unos treinta años, pecosa hasta las cachas, tumbada en un banco, piernas arriba medio abiertas en medio de un acampanado vestido de flores.
La miré, y me miró con una lánguida y extraña mirada de placer, seguí mi camino y eché la vista atrás, viendo por entre el acampanado vestido que sus muslos no se juntaban, y que dejaban ver su anaranjada almejita.
Volví a mirar por si mis sentidos me habían jugado una mala pasada y allí estaba, en aquella semipenumbra del vestido, en un fresquito, que ya hubiera querido para mi pirula, aquellos acaracolados pelitos escoltado a una abundante almeja que parecía estar invitándome a saborear.
Fui hasta el final del apartado paseo, y regresé sobre mis pasos, ya desde lejos divisé a la mujer en casi idéntica postura, según me fui acercando contemplé el espectáculo de aquel chocho; me senté en el escaso banco que me dejaba la avariciosa mujer y me fui acercando como quien no quiere la cosa, a medida que se iba produciendo dicho acercamiento, la mujer se iba abriendo cada vez más hasta enseñarme en cinemascope su peludo coñito, su cara apenas si la podía ver puesto que una amplia pamela protegía su cara de unos pertinaces rayos de sol y la ponían además a recaudo del anonimato.
Me atreví a tomar uno de sus pies para colocarlo mejor, maniobra que no pareció importunar a la pecosa mujer, ello además trajo hasta mis pituitarias el conocido olor de almeja, que me dio el valor necesario para acercar mi pulgar hasta aquellos rojizos labios vulvares, que se abrieron como esporas, y sin que su dueña impidiera mis avances, aun cuando ya le había metido en avanzadilla un par de dedos y le había tanteado el negro ósculo . Ante tanto desmayo como parecía me atreví a sentarme a horcajadas en el banco, sacar mi duro cañoto y rozar con él la vagina de la interfecta, que dejaba hacer en medio de unos inaudibles suspiros.
Metí la cabeza de la polla entre aquellos dulces pliegues y pronto me avecindé a metérselo todo, aunque la postura y mis viejos jeans me impedían algunas maniobras, tapé todo con aquel amplio vestido, para que aquellas viejas beatas que se acercaban de la mano del canonjil del Palacio, no tuvieran la certeza de lo que sospechaban, cuando ya estaban a nuestra altura, no sé si porque aquello era mucho para mi mente y cuerpo, el caso es que me vine dentro de la mujer, en una larga corrida, en la cual hube de agarrarme a sus muslos, como pude antes de hacer medio inconsciente por la corrida y el calor sobre su regazo. Creo que sentí unas manos rebozar por mi cabeza, pero solo fue una sensación.
Cuando medio me recobré, y vi que medio había violado aquella mujer, que aún seguía con mi miniaturizada polla entre sus labios vaginales, ya en el último esténtor, me salí de ellas, guardé mi polla y le besé ambas rodillas en señal de agradecimiento y me fui dejándola allí en medio de la sombra del atardecer, y con las piernas un poco más recogidas para que nos mostrara tanta impudicia.
La sorpresa de tos esto, es que a la mañana siguiente en mi puerta había un policía pidiendo mi detención para una comparecencia ante la Sra. Jueza, porque parece ser que se había encontrado un cadáver de una señora en los jardines de la Granja y aparte de que había testigos que me habían visto junto a dicho cadáver, se habían encontrado restos de semen y de mis uñas en sus muslos, y había que averiguar las causas de tan extraña muerte: si había muerto a causa del polvo, o si el polvo había sido consumado con una difunta..
Y parece que a la señora jueza está muy interesada en le caso y saber al detalle y con pruebas indagatorias y probatorias la verdad, y mientras aquí me hallo en el calabozo de la Sra. Jueza.
Abelardo de Leyre
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