Mi Patrona.
Hetero, polvazo, zoo. Un joven se aloja en una casa particular donde viven solamente una viuda madurita y su perrito faldero. Impresionado por la anatomía de la hembra, tiene su oportunidad de ver como ella se satisface con el chucho y él mismo participa de la fiesta.
Llegué a aquel solariego pueblo andaluz, una tarde de verano e ignoraba qué hacer si alojarme en un hotel o mejor en una de las innumerables ofertas de alojamiento en casa particulares que se ofrecían a modo de fonda. Lo cierto es que me iba a quedar casi seis meses en la zona, y no apetecía estar en un sitio un tanto impersonal. Por lo cual me incliné por una sugerencia de un amable taxista, que me indicó la posibilidad de alojarme en casa de una viuda, limpia y muy campechana, aunque muy suya...
Ante la perspectiva de un alojamiento impersonal, y compartirlo con un viuda , tener toda una casa para mí y el reto de ver quién reinaba en aquella en la fonda de la viuda, me incliné por esta última posibilidad. Y allí me fui maleta en mano.
Lo primero que me sorprendió la enorme casa, luego la viuda, yo me esperaba una vieja refunfuñona y lo que encontré fue una mujer de unas 45 años, gordita de pero carnes prietas y de tintes arábigo-andalusí, de mediana estatura, pelo negro, velludita y de generosa proporciones: buen tetamen a punto del desborde, de fina cintura pero con unas caderas y un nalgatorio que daba pavor solo en pensar verlo moverse desnudo.
O sea que ni me importó el precio del alojamiento, ni las condiciones, ni el puñetero perro faldero que mordía los bajos de pantalones, quedé encandilado con aquel cuerpo y sus donaires.
Una vez instalado en la casa, pronto pude observar la rontudidad de aquellos volúmenes, sobremanera a la hora de la siesta, cuando la dueña de la casa Pepa, de desmadejaba en una hamaca situada en el patio jardín de la casa, y que quedaba al pie de mi ventana, más de una vez en aquel dormitar me dejó ver el perverso túnel de sus muslos, aquellas nalgas en pompa, encima de las que a veces dormitaba su perro faldero, para envidia mía.
Hubo un fin de semana que me fui a pasarlo fuera, pero una inoportuna rotura del coche me hizo volver inesperadamente a mi fonda del alma, ya era de noche entrada cuando al subir las escaleras de la casa, oí al perrillo en un lastimero ladrido, a la vez que era reprendido por su dueña.
Entré silencioso y mientras me acercaba a la pureta entreabierta pude contemplar un bello espectáculo, mi jamona patrona tumbada en el enorme futón que tenía por cama, totalmente desnuda enseñando aquel gran florón que tenía por chocho perlado de una larga y negra pelambrera, de la cual sobresalían como a punto de estallar unos rabiosísimos e inflamados labios vaginales rojo carmesí, entre sus manos pude vislumbrar una zanahoria de buen tamaño, que se iba desmenuzando en sus manos pues el continuo vaivén de la cocida zanahoria en aquel rojizo chocho y aquellos aprensivos muslos, iban haciendo polvo el vegetal, del cual a base de mordisquitos del enloquecido pero faldero, que iba sorbiendo y lengüeteando aquellos caldos, se iba convirtiendo aquella zona en una en una rica ensalada anaranjada, que merecía más de una lamida perruna.
Diose vuelta la Pepa, poniéndose de rodillas y levantando el nalgatorio para que la zanahoria pudiese entrarle mejor y facilitar, supongo la tarea de su lazarillo, que pronto vio la puerta trasera abierta para su capricho, le lanzó el animalillo y como pudo se encaramó al nalgatorio de un salto introduciendo su fino vergajillo, que pronto fue tomando consistencia, hasta que coger un cierto volumen para mi sorpresa, dejando como una especie de cebolleta se iba agrandando en la frontera del culo, medio queriendo ser expulsada, medio siendo engullida por el goloso ojete de Pepa.
No tardó el perrillo en dejar que sus humores inundaran a la Pepa, sino que además estos fueron cayendo del ojete hacia la hambruna vagina de mi patrona que presentaba un aspecto de melaza anaranjada.
El perrillo se iba espalda abajo dejando bien visible su herramienta allí presa, mientras una mano de Pepa buscaba que la mediana herramienta no se le fuera y la dejara a medio orgasmo, ver aquella mano allí empujando el trabuquillo y la otra haciendo huevo en el chocho, fue un espectáculo que pronto hizo que terminara de tirar mis calzoncillos en el pasillo y polla en ristre le insertara un pollonazo a la Pepa, que fue todo un bombazo, el perro de susto se reblingó en el ojete, mi patrona al verse inesperadamente asaetada se abrió aún más y dejó irse al priapillo del faldero que ya presentaba un aspecto amoratado.
Polloneé cuanto puede, obligando a la Pepa a seguir de rodillas y comerse mi polla que pasaba de suma facilidad, gracias al perejil del perrillo, del culo al chocho; los orgasmos fueron bravos, pues como adorno teníamos al falderillo que cuando lamía mis huevos, cuando el nacimiento del chocho, allí donde mi sable entraba a toda velocidad y que bien limpiaba el perrillo, para gusto de todos.
Fue una violación en toda regla que pronto pasó a ser un juego de tres almas en busca de placer que les iré contando en otras ocasiones.
Abelardo de Leire
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