El Rapto de Sor Visitación.

Dominación, filial-padre-hija, primera vez. Una monjita va de viaje. Pero desgraciadamente pierde su autobús y un distinguido caballero se ofrece a llevarla en su coche. Pero resultará ser su raptor, su dominador, su desvirgador y ¡su padre!.


La Hermana Visitación, era una novicia que recién y había tomado sus primeros votos, realmente era bastante joven, inexperta inmadura y hasta por qué no decirlo, inocente. En esos momentos apenas y contaba con diecinueve años de edad, era delgada no muy alta, de tez blanca, y de cabello castaño claro, que en raras ocasiones y se le podían observar bajo el velo y la cofia, de su oscuro y cerrado traje de religiosa.

La Superiora de su Orden le había encomendado que se trasladase, a un retirado poblado para que prestase los servicios que acostumbraba su Congregación. Con apenas una pequeña cantidad de dinero y un par de maletas, Sor Visitación, temprano, una vez que terminó la misa, se despidió de el resto de sus hermanas y se dirigió a la estación de autobuses, lo que la demoró un poco.

Al llegar a la estación, se dio cuenta de que su autobús había partido hacía unos veinte minutos, y tras lamentarse se enteró que el próximo autobús que se dirigía a ese pueblo salía en doce horas. Aunque se lamentó por la tardanza, no tuvo más remedio que resignarse a esperar, ya que el poco dinero que tenía no quería gastarlo en un viaje de vuelta a su congregación.

Ya se había terminado de acomodar en un pequeño asiento hecho a base de fibra de vidrio, de color anaranjado, cuando a su lado se paró un caballero que se identificó así mismo como Don Miguel, un hombre corpulento sin ser gordo, con una gran barba que al igual que su cabellera que aparte de estar muy bien recortada y peinada presentaba una gran cantidad de canas, dándole una apariencia de suma respetabilidad. Su traje de punta en blanco, se encontraba impecablemente planchado. Un gran reloj de oro, se destacaba en su gruesa muñeca izquierda, en fin Don Miguel, era todo un personaje.

Muy caballerosamente entabló conversación con la joven hermana, haciéndole saber que por casualidades de la vida, o porque así lo había querido ¨El Señor¨, él no había podido evitar el enterarse de la situación por la que atravesaba la joven Monja. Sor Visitación a todo lo que comentaba Don Miguel, movía su cabeza de manera afirmativa al igual que él lo hacía cada vez que le hacía una pregunta. Finalmente el Don, le informó que él terminaba de dejar a una pariente suya, que se dirigía al otro lado del país, y que él de inmediato regresaría a su hacienda, la cual para sorpresa de la Hermana, se encontraba cercana al pueblo donde ella se dirigía.

Sin más Don Miguel le ofreció llevarla de gratis, pero la joven monja, quiso aportar algo para que por lo menos le echase gasolina a su auto Don Miguel. Al llegar al estacionamiento, se encontró con la sorpresa de que se trataba de un gran auto de color negro, con asientos en piel, y un magnifico sistema de aire acondicionado como nunca antes había visto ella, eso sin contar con el tremendo equipo de música, los cristales del auto subían y bajaban por medio de botones, los asientos se ajustaban a la altura que la persona desease, en fin al auto lo que le faltaba era hablar pensaba la hermana, hasta que se sorprendió al escuchar una voz que les indicaba que se ajustasen los cinturones de seguridad. Sor Visitación provenía de una familia humilde, y semejantes adelantos jamás los había disfrutado con anterioridad.

Durante el trayecto, debido a la música clásica que escuchaban poco conversaron, hasta que tras tres horas de viaje, Don Miguel hizo una parada técnica, por decirlo de alguna manera, para comer y visitar el servicio sanitario. En el restaurante en el cual se detuvieron, tanto Don Miguel como Sor Visitación comieron y compartieron tranquilamente, llegó el momento de continuar y Don Miguel se deshacía en atenciones para con la joven religiosa, cuando ella en cierta ocasión regresó del servicio sanitario, el caballeroso hombre le había encargado una gran batida a base de frutas naturales, la cual se tomó por completo la monja.

De regreso al camino, Don Miguel comenzó hablar hasta por los codos, pero Sor Visitación sintió algo de sueño, el cual la venció a los pocos minutos de abandonar el restaurante. Cuando Sor Visitación se despertó sintió un ligero dolor de cabeza, se sentía algo mareada, y aunque el lugar donde se encontraba no había nada de luz, se percató que estaba acostada en una camilla que de seguro era de acero inoxidable, luego se dio cuenta que se encontraba restringida por sus cuatro extremidades, y por un momento pensó asustada que de seguro habían tenido un accidente automovilístico, y temió por la vida de su benefactor. Luego sintió mucho frío y sintió que estaba sin nada de ropa, cosa que le extraño al igual que estuviera restringida pero pensó que quizás la sabana que la debía cubrir se encontraba tirada en el piso y que las cuatro correas que le restringían sus movimientos debían haber sido puestas de seguro por su propio bien, tras esperar por unos instantes decidió llamar a la enfermera, o a quien estuviese a cargo.

Tras llamar en voz alta a una enfermera, sintió unos pasos que presurosos se dirigían en la dirección en que ella se encontraba, una puerta se abrió y apenas pudo divisar un enorme cuerpo, que cerró la puerta tras de sí. Sor Visitación comenzó a preguntar quién se encontraba ahí, y de repente se prendieron una gran cantidad de luces, lo que hizo que por unos instantes quedase encandilada, cuando finalmente sus ojos se acostumbraron a la fuerte luz, pudo ver con asombro que se encontraba en una pequeña habitación que más bien parecía un pequeño quirófano, por la cantidad de artículos médicos que había a su alrededor, pero lo que más la sorprendió fue el ver a Don Miguel, sano y salvo a su lado.

Extrañada y algo asustada la joven monja le preguntó al Don qué había sucedido y que si la podía soltar, el hombre le respondió que sencillamente él la había raptado para hacerla temporalmente su mujer y que ella se diera cuenta de lo que se estaba perdiendo. Al escuchar esas palabras la joven religiosa, entró en pánico y comenzó a gritar como una desesperada, pidiendo ayuda hasta que Don Miguel le dio una fuerte cachetada que la hizo quedarse callada por temor a ser nuevamente golpeada, el hombre se dirigió a ella diciéndole, puedes gritar todo lo que quieras, pero déjame decirte, que sólo vas a conseguir quedarte ronca, el poblado más cercano queda a unas tres horas de aquí en auto, y nadie entra a mi propiedad a menos que yo la invite o la traiga como en tu caso. Tras escucharlo sumamente asustada, la religiosa comenzó a rogarle que la dejase en libertad, que estaba a punto de cometer una abominación un pecado carnal, del que luego viviría arrepentido el resto de su vida y perdería su alma inmortal. Don Miguel no le presto mucha atención y la dejó acostada en la camilla mientras él se retiraba de la habitación.

Inútilmente Sor Visitación trató de soltarse de las correas que la sujetaban, por lo que pasado un buen rato desistió de su intento de liberarse, por un rato observó detenidamente lo que en un principio creyó que era una habitación, todas las paredes se encontraban revestidas de losas de color blanco como si fuera un quirófano, desde la camilla alcanzaba a ver unos tanques, uno de color verde que supuso era oxigeno y otro que supuso que era gas anestésico, de una de las paredes colgaba una gran manguera con un pistero con un raro diseño, además podía observar otros artículos que no podía identificar. Un poco más tarde nuevamente escuchó los mismos pasos que se acercaban en su dirección.

Era Don Miguel, empujando una pequeña mesa con ruedas, sobre la que traía varias cosas, como unos cuantos tubos que parecían ser de pasta dental, una gran cantidad de pequeñas toallas blancas, otros envases y unas cuantas rasuradoras desechables. A medida que se fue acercando a ella, el hombre comenzó a pasar sus grandes dedos, desde la punta del pie derecho de Sor Visitación, pasando por sus peludas piernas, hasta llegar al abdomen de la joven. Nuevamente la monja trató inútilmente de convencerlo de que desistiese de esa idea, pero fue en vano él no le prestaba la menor atención a lo que ella le decía. Como si se tratase de una labor cotidiana, Don Miguel enganchó unos artefactos metálicos a los lados de la camilla, era los mismos que usaban los médicos cuando una mujer va a parir o cuando van hacerle un examen ginecológico, cosa que jamás en su vida la hermana Sor Visitación se había hecho por no considerar que fuese necesario.

Una vez que colocados dichas piezas, le soltó una de las piernas a la religiosa, y aunque ella opuso bastante resistencia, con gran facilidad él la colocó en el soporte metálico y luego la volvió asegurar con otras correas, continuó de inmediato con la otra pierna, y una vez asegurada retiró de la camilla la plancha metálica donde momentos antes habían descansado las piernas de ella. La hermana se sentía indignada, pero más aun se encontraba asustada, jamás en la congregación le comentaron la posibilidad de que fuese a ser violada, si había escuchado que en algunos países donde existían las guerrillas habían violado a una monja y que en otros tras torturarlas las habían matado y eventualmente el Vaticano las debió convertir en mártires, pero jamás pasó por su mente que eso le pudiera pasar a ella.

Debido al frío producido por el aire acondicionado, y el largo tiempo que había pasado desde que fue al sanitario por última vez, Sor Visitación de momento le dieron unas grandes ganas de orinar, y a pesar de lo mal que se sentía por la situación que estaba atravesando y la manera en que se encontraba, le pidió Don Miguel que la dejase ir al sanitario a orinar, a lo que él le respondió que si tenía tantas ganas como decía que lo hiciera en ese mismo lugar, y que si tenía ganas de cagar que lo hiciera, que él personalmente se encargaría de limpiarla, lo que indignó más todavía a la joven religiosa.

Don Miguel continuó con su plan, había decidido depilarla por completo, pero antes comenzó a pasar su mano por sobre la parte interna de los muslos de la hermana, ella reaccionó con mayor indignación, mientras que él rápidamente con sus dedos índice y pulgar le dio un jalón a unos cuantos vellos de ella, Sor Visitación dio un corto grito de dolor, mientras que Don Miguel riéndose se llevó los vellos hasta su nariz y los olió como si estuviera identificar un aroma particular, finalmente comentó en tono de broma, mujer joven, monja, virgen y no es de esta comarca.

De inmediato continuó con su plan de eliminar todo vello que estuviese en el cuerpo de su victima, y a tal fin comenzó a untarle una crema que sacaba de uno de los numerosos tubos que se encontraban sobre la pequeña mesa, comenzando por parte inferior de las piernas fue regando la crema por casi todo el cuerpo de la Hermana, justo antes de llegar al área genital, ya Sor Visitación no pudo contener más las ganas de orinar y a pesar de lo cortada que se encontraba por la presencia de Don Miguel, dejó salir un fuerte chorro dorado de orín, de inmediato el hombre le colocó un recipiente donde cayó casi todo el líquido dorado.

Posteriormente retiró algo de la crema que tenía entre sus dedos con una de las pequeñas toallas, y luego introdujo su dedo índice en el recipiente donde había recogido el orín de la monja, y ante la vista de ella lo sacó todo mojado del caliente liquido y acto seguido se lo introdujo en la boca, lo que aparte de sorprender a la hermana le causó asco, cómo era posible que una persona hiciera eso. Don Miguel no tan sólo se limitó a chuparse el dedo sino que sacó su lengua y la pasó por sobre su dedo como si disfrutase del sabor. Luego de lo cual continuó embadurnando a la joven religiosa con esa extraña crema que tenía un olor tan penetrante a azufre.

Sor Visitación, en silenció oraba y le pedía a todos los Santos a las once mil Vírgenes, y al mismo Dios que hicieran algo para que ese suplicio terminase de una vez. Don Miguel comenzó con sus grandes dedos a untarle la crema por el área genital de la monja, sin llegar a penetrarla tan sólo se limitó a esparcir la crema de manera abundante sobre el castaño monte de Venus de la religiosa, a medida que él hacía eso Sor Visitación aparte de rezar en silencio, cerraba sus ojos con fuerza y se mordía los labios con el fin de distraer su mente, pero estaba comenzando a sentir algo nuevo que jamás ni nunca había sentido, era una rara sensación agradable, cada vez que los dedos de ese hombre pasaban rozando sus labios vaginales sentía un gran placer. Tal era su confusión que al tiempo que le pedía a Dios que eso terminase, casi al mismo tiempo se reprochaba el que eso le agradase tanto, para Don Miguel era evidente que la monjita estaba comenzando a disfrutar de los placeres de la carne, y con mayor cuidado se dedicó acariciarle la parte externa del coño, ya Sor Visitación gemía de placer, y como un acto reflejo había comenzado a mover sin ella misma darse cuenta sus caderas.

A todas estas Don Miguel se encontraba sumamente excitado, pero se había trazado un plan el cual estaba dispuesto a llevar al pie de la letra, por lo que dejó de acariciarle el peludo coño a la joven, su atención se centró por un corto tiempo en los inflamados pezones de la mujer que yacía sobre la camilla con sus piernas levantadas y abiertas de par en par, con sus grandes dedos los acarició y la monja reaccionó de inmediato abriendo sus ojos y mirando con rabia a Don Miguel, el que sonriéndose le dijo, así es mejor que tengas coraje. Dicho eso continuó untándole la condenada crema en el resto del blanco y pálido cuerpo de la monja, en particular en sus axilas lo que en cierto grado le produjo algo de cosquillas a ella y entre sus duras y bien formadas nalgas.

Una vez que Don Miguel hubo terminado de embadurnar todo el cuerpo de la Sor, se retiró mientras que ella con un llanto apagado se arrepentía de haber disfrutado de esas caricias tan particulares, no es que jamás hubiera pensado en los hombres pero desde muy niña fue entregada a la congregación por sus padres, por lo que lo poco que sabía de los hombres era lo que en algún momento le habían comunicado sus hermanas de la orden religiosa.

Sor Visitación pasó un largo rato a solas, arrepentida de esas raras sensaciones que hasta esos momentos habían sido desconocidas para ella, se disponía a rezar de nuevo cuando entró Don Miguel, él se dirigió directamente a la manguera que se encontraba pegada a la pared, la tomó en sus manos y con una pequeña paleta de madera a medida que mojaba el cuerpo de la religiosa se la pasaba por sobre la piel, haciendo que todos sus vellos se fueran desprendiendo del cuerpo, nuevamente Sor Visitación sintió esa rara y sabrosa sensación cuando la atención de ese hombre se centró nuevamente sobre su coño, asombrada vio cómo los pelos de su axila la que nunca se había depilado al igual que los de su área genital, al tocarlos el agua y la pequeña paleta de madera se desprendían de su cuerpo sin producirle molestia alguna, una vez terminada su labor Don Miguel tomó otro envase del cual salió una especie de jabón liquido y concienzudamente se dio a la tarea de lavar todo el delgado cuerpo de la monja, inmediatamente la secó bien, durante todo el proceso Sor Visitación rezaba en silencio, ocasionalmente se dirigía a Don Miguel pidiéndole que se arrepintiese, pero él actuaba como que si no fuera con él, antes de salir la arropó con una frisa y se retiró de la habitación.

Sor Visitación, en momentos rezaba y en momentos procuraba no pensar en las nuevas sensaciones que a pesar de los pesares tanto gusto le habían dado, por sus estudios tenía una ligera y errada idea de lo que era un acto sexual, pensaba que básicamente era un acto estrictamente mecánico sumamente doloroso para la mujer, por lo que había escuchado de su maestra de ciencias naturales, Sor Inés, una hermana que debía tener no menos de sesenta años cuando le dio la clase. De momento acudían a su mente esas nuevas y raras sensaciones, es verdad que una noche sintió algo semejante mientras dormía, y muy apresurada y nerviosa se lo contó a la Hermana Superiora de la Congregación, que la despachó diciéndole que eso había sido una tentación, que el Diablo trató de engañarla y la refirió a su guía espiritual el Padre Jacinto, un anciano casi sordo de una cantidad indescifrable de años, el cual le mandó como penitencia aparte de rezar un sin fin de Rosarios y no sé cuántos actos de contrición, que limpiase cada uno de los viejos ladrillos de la iglesia, cada vez que tuviera esos pensamientos, lo cual hizo Sor Visitación en dos ocasiones más, luego quedaba tan agotada que en ocasiones se dormía en el piso de la iglesia.

Nuevamente tras haber pasado un largo rato a solas, la Hermana escuchó los pasos por el pasillo el terror se apoderó de ella, lloraba de tan sólo pensar el calvario de dolor que en cualquier momento sentiría y del pecado carnal del que ella iba a ser participe aún en contra de su voluntad. Al llegar nuevamente el hombre a la habitación, la Hermana había caído en un fuerte ataque de pánico estaba histérica daba fuertes gritos pidiéndole perdón ¨al Señor¨, se había defecado y orinado a causa del terror que sentía, por su boca salía gran cantidad de saliva, sus ojos se encontraban parcialmente en blanco.

Fue necesario que Don Miguel le diese unas cuantas cachetadas para sacarla de ese estado, finalmente la monja perdió el sentido, momento que aprovechó su raptor para limpiarla nuevamente, pero con mayor detenimiento tomó la manguera y con ayuda de las pequeñas toallas blancas y algo más de jabón le limpió el culo a la religiosa, el cual se lo había embarrado de mierda, luego con sumo cuidado comenzó a limpiarle el depilado coño de ella, con un especulo le abrió delicadamente su vulva, con un tibio y suave chorro de agua proveniente de la manguera, irrigó la vagina de ella, pudo observar con detenimiento el rosado himen de ella y su clítoris semi oculto entre sus labios vaginales.

Una vez que terminó dudó por unos instantes continuar con la meta que se había propuesto, pero decidió esperar que ella volviese en sí para tomar una decisión con respecto a eso, por lo que permaneció al lado de la camilla hasta que la religiosa despertó nuevamente. Cuando Don Miguel vio que ella comenzaba a reaccionar, suavemente colocó una de sus manos sobre la vulva de ella, y con suavidad comenzó acariciarla sobre su clítoris y parte de los labios de su vagina, Sor Visitación sintió esa agradable sensación nuevamente, y procuró comenzar a rezar y controlarse para no perder el sentido otra vez, al levantar su vista encontró frente a sus abiertas piernas ese desgraciado hombre que la estaba haciendo pasar los peores momentos de su vida a la vez que la hacía sentir algo tan sabroso con su mano metida entre las piernas de ella.

Ella lo miró con gran odio, pero a la vez el placer sentido la hacía entornar los ojos, a medida que esa mano con sus grandes y gruesos dedos la acariciaban y la hacían sentir un cosquilleo por todo su cuerpo, la monja procuró comenzar a rezar, pero francamente no podía concentrarse, a su mente no acudían las oraciones que en tantas ocasiones había rezado de memoria, su cuerpo se cimbreaba sobre la camilla, su cadera involuntariamente se comenzaba a mover hacía el frente y hacía atrás, su vulva se estaba humedeciendo con gran rapidez, y todo eso en contra de su voluntad.

La gruesa voz de Don Miguel en parte la volvió a la realidad, le preguntó sencillamente si ella era la hija de Isabel la lavandera del poblado de San José, y entre dientes mientras él continuaba metiendo su mano dentro de su cuerpo, Sor Visitación le respondió que sí, fue cuando el hombre rodó un pequeño taburete metálico y tras sentarse acercó su rostro al área donde su manos estaba trabajando, comentó ¡ya estas casi lista! Y acto seguido con su lengua comenzó a lamerle el inflamado clítoris a la monja, ella hasta esos momentos no se había fijado que él se había sentado frente a sus piernas abiertas mucho menos se había dado cuenta hasta ese momentos que la cara de él se encontraba frente a frente a su vergüenza como era que ella se refería a su vulva, (vayan ustedes a saber el por qué de ese nombre).

A la Hermana sí le extrañó, la pregunta pero envuelta en esa tan agradable sensación, no podía ni quería pensar en otra cosa, de momentos trataba de arrancar con un Dios te salve... Pero en su estado no podía terminar la oración, Don Miguel ya no tan sólo le estaba lamiendo su ya colorado clítoris con la lengua sino que se lo chupaba con gran suavidad, sus manos habían comenzado acariciar los muslos de la Hermana, y lentamente se dirigían a los pequeños pero bien formados pechos de ella, con suavidad los comenzó a tocar, y los pequeños pezones de la monja se pusieron duros, con sus dedos medio índice y pulgar los rozaba como si se tratasen delicados sintonizadores de radio, a todas estas Sor Visitación comenzaba a mover con mayor fuerza sus caderas y restregaba su depilado coño contra el rostro de ese barbudo hombre, ella podía sentir cómo esa masa de pelos invadía su ser, cómo la lengua de él la acariciaba prácticamente por dentro.

Ya la Hermana no procuraba rezar, sólo se alcanzaba a escuchar sus gemidos de placer, y en una que otra ocasión decir ¡Oh Dios Mío! ¡Qué divino! Fue cuando llegó su primer orgasmo real, era como si en su cerebro estallasen mil luces multicolores, se sintió en la Gloria, sus ojos quedaron en blanco por el placer sentido, y unas lagrimas de felicidad bajaron por sus mejillas. Cuando Don Miguel se dio cuenta del estado de la monja, con suavidad retiró su rostro del coño de ella, y se fue irguiendo al tiempo que sus manos iban bajando el pantalón, su miembro estaba más que erecto, era de buenas proporciones sin llegar a ser un fenómeno de circo, lentamente se lo fue introduciendo parcialmente dentro de la húmeda vulva de la monja, y de la misma forma o manera lo sacaba, su poder de concentración era tremendo, otro en su lugar se lo habría empujado de una sola vez a la Hermana y probablemente hubiera acabado antes de terminar de desvirgarla, pero la intención de Don Miguel era que ella disfrutase tanto o más que él.

A la vez que el hombre continuaba con ese trabajo de forma tan meticulosa, con sus manos le fue soltando las correas que le sujetaban las muñecas a la religiosa, aunque recién y había gozado de un intenso orgasmo, el cuero de la Hermana continuaba pidiendo más, y fue ella quien continuó moviendo sus caderas hacía el frente, en cierto momento sintió una ligera y hasta por qué no decirlo sabrosa molestia, para esos momentos ya todo el miembro de Don Miguel se encontraba introducido dentro de la vulva de la joven religiosa, sus testículos chocaban contra la piel de las blancas pálidas y suaves nalgas de ella, en cierto momento él también le soltó las correas que sujetaba a ella las piernas, y los dos cuerpos se fundieron en uno solo por un largo momento de placer, nuevamente Sor Visitación comenzó a de nuevo a sentirse en la Gloria, pero en esta ocasión era una emoción que embargaba todo su cuerpo, todos y cada uno de los poros de su piel los podía sentir, en contacto con los de la piel de ese extraño hombre que la había llevado a descubrir algo tan bueno que no tenía palabras para describirlo, nuevamente sus ojos se llenaron de lagrimas de alegría, en esos momentos no pasaba por su mente nada que no fuera el gozo que sentía.

Finalmente ella quedó agotada por el orgasmo, y Don Miguel la penetró con algo más de fuerza, Mónica que era el verdadero nombre de la religiosa Hermana Sor Visitación, sintió algo sabroso y caliente dentro de ella, su rostro reflejaba paz y alegría se encontraba ebria de placer. Luego Don Miguel fue quedándose también tranquilo, y finalmente sacó su verga del ex-virginal coño de la mujer que yacía sobre la camilla, con las piernas bien abiertas mostrando un coño casi de color púrpura, él la observó detenidamente y tomó nuevamente la manguera, y con suavidad la comenzó a lavar aplicando un liquido espermicida, a medida que él le lavaba el coño a Mónica volvió a dirigirse a ella y le preguntó nuevamente si era la hija de Isabel la lavandera, a lo que ella con sus ojos entre abiertos, respondió un lánguido sí.

En esos momentos Don Miguel le llamó hija, al principio Mónica pensó que se lo decía por la diferencia de edades, pero al él continuar le dijo, yo conocí a tu madre hace ya más o menos veintiún años atrás, era la lavandera de otra de mis haciendas, Gregorio su marido se había marchado a las minas a probar suerte, yo estaba solo y ella también, nos hicimos compañía y pasó lo que tenía que pasar, a todas estas Mónica no podía dar crédito a lo que sus oídos escuchaban estaba estupefacta. Don Miguel continuó diciendo, ella quedó embarazada, pero no me dijo nada hasta el año pasado cuando murió el Gregorio, el que tú pensabas que era tu padre.

Tú te preguntaras el por qué yo hice esto y no me presenté ante ti como tu padre, ¿verdad? Sencillamente porque de seguro seguirías siendo monja, de esta manera te he dado a probar lo sabrosa que puede ser la vida, y todavía me faltan otras cosas por enseñarte, aparte de decirte que eres mi única heredera, y que estas más buena que tu madre y eso es mucho que decir.

Al terminar de hablar Miguel la tomó en sus brazos, mientras que Mónica permanecía en silencio, una tormenta de ideas bullía dentro de su cabeza, no se dio cuenta cuando la colocó sobre una gran cama, ella vino a reaccionar cuando los labios de él se pusieron en contacto con los de ella, por unos instantes la joven mujer trató de separarse del cuerpo de ese hombre que momentos antes la había hecho disfrutar de dos tremendos orgasmos como luego se enteró que esa sensación se llamaba, y que a la vez le decía que era su padre, pero tal era su confusión que se entregó en los brazos de él sin mayores reproches, nuevamente los dos cuerpos estuvieron en contacto, por un largo rato se besaron y abrazaron, hasta que Miguel comenzó nuevamente a buscar el coño de ella con su boca, Mónica como un acto reflejo abrió sus piernas y se tiró de espaldas sobre la cama, pero a diferencia de la vez anterior la verga de Miguel se encontraba a pocos centímetros de su propio rostro, era la primera vez que realmente tenía tan cerca de sus ojos algo semejante, de inmediato comenzó a sentir el placer que su padre le proporcionaba con la boca y ella quiso retribuirle de igual manera comenzando a lamer primero la enorme verga, para finalmente seguir chupándola como una desesperada, al tiempo que eso pasaba Miguel se dio a la tarea de comenzar lamerle el colorado esfínter de su hija, la reacción inicial de ella fue cerrar las nalgas pero la lengua del hombre en esos menesteres tenía una gran experiencia, y rápidamente Mónica cedió tras la lengua comenzaron los dedos de él acariciar oscuro hueco de ella, y con calma lo fue dilatando preparando el camino para que su miembro fuera introducido por el ano de su hija.

Llegó el momento en que él consideró que el terreno estaba listo para ser sembrado, y con calma se fue colocando tras ella, al principio Mónica sintió un aberrante dolor pero debido a la experiencia de su padre rápidamente se fue transformando en un placer diferente a los ya experimentados.

Hoy en día ya Mónica no es religiosa, mandó el hábito por correo, gracias a su padre continuó estudios en comercio, él le enseñó todo lo que podía enseñarle sobre sexo y algo más, próximamente ella se va a casar pero la relación con su padre no ha terminado todavía.

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