Lo que es la soledad.

Zoofilia. Un hombre que se encuentra solo en una hacienda lejos de ninguna parte traba íntima amistad con los animales que cuida.


De seguro ustedes no han pensado nunca lo que uno puede llegar hacer al encontrarse solo tras un largo período de tiempo, pues yo sí puedo decirles. Durante gran parte de mi vida trabajé en la ciudad, desde repartidor de correo privado hasta guardia de seguridad, pasando por instructor de baile y otro conjunto de diferentes oficios. Pero como me había metido en un lío de faldas, con la mujer de un traficante de drogas, decidí que lo más sensato sería el mudarme de la ciudad, para esa fecha tuve la gran suerte buena o mala de que mi padrino necesitase una persona que se encargase de una hacienda de su propiedad, yo gustoso acepté el empleo y tras una corta estadía de él conmigo en la hacienda me dejó a cargo de la misma. Lo que mi padrino no me dijo era que yo era el único ser humano en varios cientos de kilómetros a la redonda.

Rápidamente me adapté a ese nuevo estilo de vida, en muy contadas ocasiones podía llegar hasta un pequeño pueblo vecino tras cabalgar unas doce horas a lomo de caballo, para colmo de males cada vez había menos habitantes, por lo que no me resultaba práctico el hacer dicho viaje. Ustedes dirán que no hay problema, que me buscase una mujer y me la llevase a vivir conmigo a la hacienda, pero la misma estaba tan retirada que ni los peones querían trabajar en ella. Cierta mañana al levantarme me encontré con un perro Realengo, el pobre se veía muerto de hambre por lo que al darle algo de comida, se puede decir que me lo gané para toda la vida, el resto de tiempo me la pasaba cuidando las reses y un pequeño grupo de cabras que se encontraban en la hacienda.

De vez en cuando me ponía ha ojear una vieja revista de mujeres desnudas y me hacía la paja. Un día mientras chequeaba los pastos vi como un toro montaba a una de las reses, el verlo en acción me produjo una gran excitación y el resto del día sólo tenía en mi mente a ese animal montando a la vaca, en ocasiones me había pasado por la mente metérselo a cualquier vaca, o a una de las cabras pero antes de llegar a decidirme terminaba por hacérmela yo mismo.

Ese día luego de llegar a la casa vi por la ventana a una de las cabritas, sin pensarlo mucho me quité toda la ropa y me dirigí al corral donde ella se encontraba, desde ese día comencé a follarme a dicha cabra cada vez que a mí se me antojaba, hasta la había enseñado a mamármelo ya que empapaba mi verga en melaza y la condenada Blanca, que era como yo le llamaba se pegaba hasta que me hacía venir.

Pero llegó el momento en que eso ya no me excitaba, sí se lo seguía metiendo y haciendo que me lo mamase, pero era algo medio aburrido. Así que escogí a una ternera y comencé a metérselo eso me resultaba más excitante, quién sabe por qué razón, quizás sería porque era más alta o quién sabe por qué. De vez en cuando me embadurnaba la verga en melaza y me buscaba a la Blanca para que me lo mamase, en una tarde que me encontraba en el medio del corral completamente desnudo acostado en el suelo boca arriba y con las piernas completamente abiertas mientras mi cabra me lo chupaba, sentí algo húmedo y rugoso que me pasó por entre las nalgas, de momento se me cortó la inspiración y reaccioné de inmediato. Resultó ser el Realengo al parecer unas cuantas gotas de la melaza se habían corrido hasta dentro de mis nalgas y yo no le había prestado atención hasta esos momentos, pero al parecer el can sí.

Al ver mi sobresalto el chucho se retiró, pero continué acostado mientras que la Blanca me lo mamaba. Desde ese día el condenado perro no dejaba de velar cuado yo estaba con la cabra. En par de ocasiones me dio curiosidad lo que el perro me había hecho con su lengua ya que aunque muy ligeramente su lengua llegó a pasarla por sobre mi esfínter, y el sólo recordarlo me excitaba enormemente.

Para las navidades me dirigí al pequeño pueblo, y me sorprendió verlo casi vacío. Me la pasé toda la noche bebiendo acompañado por un par de viejos y de madrugada me retiré a la hacienda cargado de una gran cantidad de botellas de ron y cerveza. Al llegar de inmediato me quité la ropa y me dirigí donde Blanca, pero antes me embadurné de melaza para que me lo mamase, en esos momentos voluntariamente me pasé la mano por entre mis nalgas y busqué a la cabra. Al verme de inmediato se me acercó y con su lengua comenzó a lamerme la polla, quizás por estar de ocioso o quién sabe por qué pero me puse de manera que mi hueco quedase al alcance de la lengua de Blanca, y al sentir ese lengua rozando mi esfínter, descubrí una nueva sensación.

Mi rutina había cambiado desde esos momentos me ponía más cantidad de melaza entre mis nalgas que la que me ponía en mi verga para finalmente únicamente embadurnarme mi hueco para sentir la lengua de mi cabra hurgándome de manera bien sabrosa. Pero la Blanca era medio melindrosa luego de un corto rato se cansaba y en ocasiones yo mismo me continuaba acariciando con mis propios dedos, para masturbarme después.

Cansado de la poca colaboración de la Blanca a meter su lengua dentro de mi culo, cierto día me armé de valor y dejé que el Realengo se me acercase mientras que me embadurnaba mi hueco con la melaza, el perro no perdió tiempo y apenas me había acostado con las piernas bien abiertas sobre un pequeño banco de madera sentí nuevamente su húmeda lengua y frío hocico entre mi culo, nuevamente el placer fue algo inmenso, era como si hubiera estado entrenado para ello, el condenado perro hundía su trompa dentro de mi culo mientras que yo me masturbaba como vuelto loco.

Eso lo hice un sin numero de ocasiones, y cada vez como que sentía que su lengua entraba más y más dentro de mi culo. Cierta noche mientras me encontraba embadurnándome el culo con la melaza me acosté boca abajo sobre el banco, y dejé que el Realengo me comenzase a lamer a su gusto y gana, por un largo rato me hizo disfrutar de una tremenda lamida de culo, yo había acabado y me encontraba cansado casi sin fuerzas como para levantarme, cuando de momento lo sentí sobre mi espalda y algo duro y caliente chocando contra mi hueco recién lamido, el sólo pensar que el perro estaba a punto de follarme me excitó bárbaramente, no pensé en más nada ni en el dolor que prontamente soportaría.

La verga del Realengo comenzó a abrirse camino entre mi culo, sentí un dolor punzante y fuerte en mi culo mientras que las patas del can me sujetaban con fuerza, creo que algunas de sus uñas me rasguñaron la espalda, pero eso era lo menos que me importaba en esos momentos, el vástago del perro se fue introduciendo más y más a medida que él se movía para adelante y para atrás sobre mí, el dolor punzante le fue dando paso a un placer desconocido por mí hasta esos momentos.

Cuando apenas me estaba acostumbrando al placer de ser penetrado por Realengo, comencé a sentir algo increíble como si él continuase metiéndose dentro de mí, yo no lo sabía o sí lo sabía realmente no me acordaba de que los perros y las perras se quedan abotonados, sencillamente fue un dolor divino lo que sentí en mi culo nuevamente, y mientras Realengo me usaba como si yo fuera su perra, nuevamente me comencé a masturbar hasta que finalmente me vine nuevamente.

Realengo permaneció un largo rato sobre mi espalda y luego se bajó pero permaneciendo pegado a mi culo por otro largo rato, sentí como su semen se chorreaba por mis muslos, y disfruté cada instante que permanecí de esa manera desnudo en medio del patio trasero de la casa. Finalmente Realengo se despegó produciéndome un gran alivio a la fuerte presión que sentía dentro de mí.

Hoy en día ya me encuentro de regreso en la ciudad, el traficante de drogas fue muerto por algún competidor que se llevó a su mujer, yo con el dinero que pude ahorrar en mi trabajo en la hacienda monté un negocio de cuido de animales, y desde luego Realengo aun me hace compañía en mis momentos de soledad.

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