Crónicas X (I).
Textos de coña. Confesiones. Zoofilia. Un universitario virgen nos deleita con su primera experiencia sexual no exenta de ironía y buen humor. En esta primera entrega decide iniciar una relación "bestial" con Lulú, una huerfanita de dulce nombre y dulces hábitos.
Todos hemos soñado alguna vez con escribir nuestras memorias en el ocaso de la vida. Yo, conocedor de que en cuestión de memoria ando escaso, he decidido adelantar esta acción y realizarla, más o menos, a mitad de camino. Mucho he vivido en pocos años y en las páginas siguientes sólo esbozaré en líneas generales los acontecimientos que me convirtieron en lo que hoy soy: alguien que recibe cada nuevo día como la primera página del libro de un autor desconocido, sin saber qué le va a deparar y con un horizonte de expectativas limpio de velas y escollos.
El príapo fue sin duda el artífice de mi cambio, él consiguió que ahondase en mí mismo, haciéndome olvidar mis obsesiones de la forma más sencilla: saciándome de ellas hasta el hastío. Pero será mejor que comience por el principio
Hace unos años, cuando yo tenía veinte, no era más que un estudiante del montón de la facultad de Filosofía y Letras. Ni gordo ni flaco, de piel blanca cenicienta, pelo castaño y ojos marrones. Mis rasgos faciales perfilaban un perfecto retrato de borrego degollado. A estos tintes de mediocridad se le sumaban otros aspectos vergonzantes que terminaba por desbaratar cualquier intento de acercamiento al sexo contrario: tartamudeaba con sólo pensar en hablar de amor con alguna chica.
En mis fracasos amorosos en el instituto siempre me consolaba pensando que todo cambiaría con mi llegada a la universidad: "ya verás como será distinto, las chicas que hacen carrera son más maduras, no se fijan tanto en el físico; impera la persona, el espíritu". Me confundí de carrera o mi espíritu era tan pobre como mi aspecto.
Pasaron años, en que, a pesar de divertirme, el celibato era obligado. El onanismo pasó de ser un desfogue natural a instaurase como una forma de vida. Modelaba en mi mente un ser ideal y concupiscible, una Diotima platónica y perfecta con la que holgaba oníricamente en los paraísos artificiales urdidos por mi cerebro en la soledad buscada tras el pestillo de la puerta de mi cuarto; inevitablemente me alejaba de la realidad circundante. De manera casi inconsciente rompía amarras con el mundo gris y carcelario que me había tocado vivir. Finalizado ese curso académico, mis padres decidieron tomarse una quincena de vacaciones en la costa. Yo me quedé en casa, en primer lugar porque no me apetecía ir con ellos, y en segundo porque ni siquiera me lo habían preguntado. Daban por hecho que yo me quedaba estudiando las suficiencias de septiembre en casa. El mes de julio en la ciudad es insoportable, sol tórrido acompañado del continuo traqueteo del ventilador. Solamente se puede salir del piso las últimas horas de la tarde cuando declina la luz.
Esos quince días de soledad entre cuatro paredes me permitió pensar aún más de lo ordinario en mi inactividad sexual, hasta convertir el asunto en un auténtico problema que me afectaba de veras. Mi aspecto empezó a deteriorarse por la completa desidia, miraba distinto a la gata de la vecina y pensé muy seriamente en comprarme una oveja; siempre había leído que entre pastores no era tan extraño. Necesitaba entrar en algún cuerpo, sentir calor.
Ahorraba, arañando duros incluso a lo más básico, para comprarme revistas porno en el sex-shop de Paco, del que, por lo diario de mis compras durante los primeros días que me quedé solo, terminé siendo gran amigo pues, además de venderme su género, me ofrecía conversación.
-Paco, de verdad, qué mala es la soledad. Creo que voy a acabar comprándote una de esas muñecas hinchables alemanas que dices que se venden tan bien.
-Joder, mala la soledad. ¡Te regalo a mi mujer! Ja, ja. En cuanto a lo de la muñeca hinchable, y mira que va contra mi negocio, pero, hombre -me contestaba siempre que le comentaba esto-, eso es como hacerlo con un globo. Tú lo que debes hacer es irte de putas, joder. Después de "pasarte por la piedra" a la cubana de El caballo trotón verás como desaparecen todos tus problemas.
La Whiskería El caballo trotón era un bar de alterne que estaba dos números más arriba en la misma calle. Cuando pasaba por delante de su puerta veía cómo entraban desdentados viejos verdes a tomar una copa con Fátima, pues ese era el nombre poco apropiado de la puta cubana del garito.
-Francamente, Paco, soy un poco escrupuloso. Irme de putas me da un poco de asco -le dije y, tras pagarle las nuevas revistas, me fui.
Continué con mi depresión hundiéndome, sin terminar por decantarme entre la mansa oveja o la muñeca hinchable de labios provistos de mecanismo de succión.
Atenazado por la sensación de frustración que acompañaba a mi virginidad, caminaba cabizbajo hacia casa. Al pasar por delante del escaparate de una lencería me quedé pegado a la luna de vidrio. Bajo un cartel marrón con grandes letras "offset" blancas que rezaba 'TALLAS ESPECIALES' había unas bragas de un tamaño indecible. Sobre ellas se encontraba un sujetador descomunal, el cual acaparó al instante toda mi atención. Las yemas de mis dedos resbalaban poco a poco por el cristal produciendo un desagradable ruido que estremecía mi columna vertebral. Necesitaba hacerme con ese sujetador, soñaba con encasquetarme una de sus copas en la cabeza y olismear la otra mientras me masturbara con las revistas nuevas.
Metí la mano en el bolsillo del pantalón, sí, todavía me quedaba dinero. Estaba seguro de que la compra de ese sostén era algo ineludible para el normal curso de mi vida. Debía ser mío, costara lo que costase. Me acerqué hasta la puerta, pero ahí me quedé clavado; a la altura de los ojos había un papel con la siguiente nota escrita en mayúsculas 'REGALO PERROS POR IMPOSIBILIDAD DE CUIDARLOS'. Entré, la adquisición del sujetador había pasado a un segundo plano.
La tienda era pequeña y algo oscura, iluminada por un pequeño fluorescente tostado que emanaba luz amarillenta. Me fijé en la gran caja registradora gris, ya no quedaban muchas de ésas, accionadas por una manivela en un costado.
- Buenas tardes, ¿qué desea? -me preguntó la dependienta, una señora mayor y seca en carnes. - Hola, buenas. He visto el cartelito de los perros y - ¡Ah! Muy bien joven. ¿Le gustan los perros? -se le veía ahora más sonriente. Quizá en un principio le había extrañado mi irrupción en una tienda de lencería femenina, temiendo que viniese a robarle. - Pues, sí, mucho -mentí-. Sobre todo si es perra y está crecidita. - ¿Eh? -pareció no comprender. Había hablado más de la cuenta- ¿Por qué? - Ejem -carraspeé mientras pensaba con qué excusa podía solucionar mi metedura de pata-. Es que quiero cruzar mi doverman, que ya está en edad de merecer, ¿Sabe? Por eso me interesaría que fuese hembra. - Claro, claro. Muy bien. Lulú es la ideal - ¿Cariñosa? - Sí, mucho. Pero ¿Qué más dará? -dijo levantando algo el timbre de voz - Es por mi perro, que es algo vergonzoso. - ¿Pero no me ha dicho que tenía un doverman? -cada vez me miraba con mayor extrañeza. Estaba acorralado, debía pensar rápidamente otra cosa. - Sí, el perro ha salido a su madre en lo referente a la raza, pero su padre era un caniche ¿Comprende? Y ha sacado el carácter de él. - No se preocupe. Lulú es muy cariñosa. Voy a traerla, la tengo en la trastienda. Espere un momento.
Llegaron a mis oídos las chorradas ñoñas que le decía la vieja a la perra. Al cabo de un instante apareció acompañada por un pedazo de animal que casi me llegaba a la altura de la cadera. Miré a Lulú, me miró, creo que una química especial se estableció entre nosotros a primera vista.
La mujer dijo que había tenido suerte, pues Lulú estaba entonces en época de celo. Yo observaba embelesado a la perra. Sacó la dueña una bolsa de magdalenas, que, según me contó, reservaba para cuando venían las amigas a pasar la tarde en la tienda haciéndole compañía. Después pasó a narrarme por qué vendía los perros. La razón era que se había jubilado no-sé-quién, que regentaba la casquería del mercadillo de esa calle. Por lo visto el fulano le regalaba los desperdicios del género, por lo que a la mujer no le costaba nada mantener a sus doce perros.
Llevaba hora y media hablando sin parar. No podía aguantar ya la conversación, ni pasar más magdalenas sin beber nada. Ardía en deseos de estar solo con Lulú. Me disculpé cortando su disertación y me despedí.
- Adiós. Cuídela. Sobre todo, no deje nada dulce a su alcance, es muy golosa- Me advirtió en la puerta. Cruzando el parquecito que hay delante de mi casa, un perrazo enorme se lanzó contra nosotros al galope. A pesar de mis sueños lúbricos, yo siempre les he tenido un miedo enorme a los perros. Se puso a olerle el culo de Lulú insistentemente. Yo tiraba de la correa pero ella se resistía a andar. De pronto montó los cuartos delanteros sobre la espalda de mi perra. En ese momento se me encendió la sangre y descargué el puño con furia sobre el hocico del animal extraño. Éste comenzó a ladrar como un loco y escuché los gritos de su amo increpándome a mi espalda. Decidí echarme a correr remolcando a Lulú hasta alcanzar el portal. Dentro del ascensor se refrotó contra mis piernas consiguiendo que me olvidase del reciente susto y que exclusivamente me fijara en ella. Entramos finalmente en casa. Lo primero que debía hacer era asearla. La metí dentro de la bañera. La dueña no me había engañado en lo referente a su docilidad, sin embargo dudaba de cómo reaccionaría ante el agua. Puse el tapón en el desagüe y abrí el grifo de la ducha. Se sacudió un poco intentando secarse, pero no excesivamente. A medida que pasaba la mano por su lomo se apaciguó paulatinamente. Buscaba con su hocico mi cara. Reconozco que soy un poco escrupuloso, de manera que, viendo que me iba a empezar a dar lametones me dirigí al cubilete de los cepillos de dientes y cogí el de mi padre. Deposité bastante cantidad de dentífrico sobre las cerdas antes de meterlo en la boca de Lulú. No le debía gustar mucho el sabor a clorofila, aunque tras algún ladridito también se dejó. Me impresionaron sus hileras de afilados dientes engastados sobre las obscuras encías. Me desnudé a la vez que acariciaba el suave pelo de su cuello. Levanté la pierna para superar el borde de la bañera ya llena de agua y Lulú recorrió con su lengua cálida la parte interior de mi muslo hasta la base de los testículos. La sensación recibida hizo que rechinaran los dientes. Me coloqué detrás de ella y palpé los negros pliegues externos de su vagina al aplicarle una buena ración de jabón. Comencé a limpiar por fuera, pero a medida que se la frotaba, se iba agrandando hasta que empecé a meter y sacar dos de mis dedos extendidos. No ladraba, parecía aullar bajo, en algún momento, de manera prácticamente inaudible.
La lujuria gobernaba mis actos. Recordé la imagen del perro que poco antes casi acaba copulando con Lulú; me dispuse a emularle. Puse las palmas de mis manos sobre su lomo y flexionando un poco las piernas situé mi prepucio en la dilatada entrada de su coño animal. Ella empezó a recular hundiendo por sí misma mi polla en sus intestinos de perra. El movimiento de sus patas hizo que su abertura se frunciese a mí lo bastante para que descapullase en la penetración. Sentí en las ingles el pelo corto y fuerte de su trasero. Su rabo levantado me hacía cosquillas en el abdomen. Quería que durase siempre esa impresión de calor húmedo enfundando a mi pene, pero aún más deseaba descargar ese semen que llevaba esperado años anegar húmedas cavidades femeninas. Inicié un trote que acabó en acelerado martilleo. Cada vez elevaba más Lulú el volumen de sus aullidos que difícilmente se podían escuchar por debajo de mis gritos y gemidos.
Sus pezuñas patinaban en el fondo de la bañera mientras ladraba gozosa. Aferré su culo con las dos manos al sentir los incontrolables ríos de leche escupidos por mi polla. La cabeza de Lulú acabó bajo el agua, incapaz de soportar el ritmo de batán que impuse al coito. Saqué a la perra del pequeño estanque blanco casero y caímos ambos agotados en el suelo de azulejo del cuarto de baño. Ella me miraba con ojos cansados no exentos de afecto. Había sido mi primera vez. Fue una experiencia maravillosa, sin reproches, sin tapujos, bestial.
Tras esa tarde vinieron otras. Dividíamos nuestro tiempo entre jornadas de sexo hasta la extenuación y vespertinos paseos por el parque. Sin duda me estaba enamorando. Me azoraba pensar en que quedaban tres días para regreso de mis padres. Qué pensarían ellos de Lulú, cómo explicarles lo nuestro. No sabía si entenderían esa relación sincera, falta de perjuicios.
Llevábamos una semana de vida de pareja. Yo hojeaba con envidia las fotos de las revistas porno donde aparecían felaciones. Deseaba tanto que Lulú accediera a chupármela. Ya lo había intentado pero siempre se cansaba al poco rato y, tras unas pocas lametadas, se negaba a continuar. La vieja dueña me había dicho que le gustaba mucho el dulce, por lo que inventé una artimaña para conseguir mis propósitos.
Bajé a una tienda de golosinas y frutos secos para comprar un par de grandes bastones de caramelo como los que se cuelgan de los árboles de Navidad. Me senté enfrente de mi perra y, agarrando el dulce por el mango corvo, puse la parte recta delante de su hocico. No tardó un instante en sacar su lengua. Después de una primera lengüetada recelosa, comenzó a pasar rítmicamente su áspera manta húmeda por toda la extensión del caramelo. Apenas podía reprimir la excitación que sentía imaginando que esa pegajosa espiral blanca y roja era mi polla. Sin embargo pronto Lulú se cansó de chupar y le arreó un mordisco, quedándose con parte del dulce en la boca. No pude contener una mueca de dolor. Golpeé a la perra en todo el morro para indicarle que eso estaba mal. Todavía no había olvidado algunas de las nociones de la filosofía de primero de carrera. Paulov había conseguido alterar la conducta de sus perros con un timbre, yo lo haría a base de hostias en la cabeza hasta que tomase las golosinas sin morder.
Con sólo unos cuantos manotazos suaves en la testuz conseguí que acabase el segundo bastón de caramelo sin que le hincara el diente. Pensé que ya estaba preparada. Esa noche tapé sus ojos con un pañuelo de lino. Intentó quitárselo, pero nuevamente mis caricias la hicieron avenirse a mis deseos. Me bajé el pantalón, estaba totalmente empalmado. Mi glande amoratado reflejaba un grado máximo de erección. Abrí uno de los sobres de caramelo líquido que había sacado de una caja de flan chino en polvo, derramando su contenido sobre mi pene. Acerqué mi estaca de carne hasta situarla delante del hocico de Lulú. Ella olisqueó un poco, para pasar luego a lamer con delectación. Cada vez lo hacía más rápido, metiéndose todo el instrumento en sus fauces, la baba resbalaba por las comisuras de su boca. Yo me mordía el labio inferior intentando reprimir los jadeos que agolpaban en mi garganta. El trabajo de Lulú estaba siendo estupendo, los testículos se me quedaron pronto insensibles, anunciando el orgasmo inmediato. Cuando los chorros de leche salieron disparados, no pude evitar gritar de gozo. Lulú sorprendida por el inesperado alarido cerró los dientes, pillándome en medio la polla. ¡Qué daño! La muy perra hija de perra. Ciego de dolor, le puse el collar al cuello y, tirando de él la devolví a su anterior dueña.
-¿Qué ha sucedido? -dijo la señora al verme entrar en la tienda con la cara desencajada y andando como un funambulista sobre la cuerda. -Nada. Tome su perra. No me interesa. Llámeme cuando se quede sin dientes..
Muchas veces después de ese momento me he arrepentido de haber actuado tan impulsivamente deshaciéndome de Lulú. No podría contar con los dedos de mis manos las ocasiones en que he permanecido durante largos minutos delante de la luna de la mercería esperando atisbar, por entre la selva de bragas y refajos del escaparate, el hocico de mi querida perra.
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