El polvo con la fregadora.
Hetero, polvazo. El avispado profesor, privado del regular movimiento de las piernas, pero no de ninguna otra facultad, aprovecha las circunstancia para marcarse un fastuoso polvo con una fregona del colegio.
Lo cierto es que aquella mañana me había levantado con la pirula más que en posición de firmes, se parecía al palo de la bandera del colegio en el cual estoy residenciado como profesor, y lo cierto es que mis compañeras del claustro, no me hacían ni puto caso al menos en el plano sentimental y sexual, tal vez el tener como potencial compañero de dichos juegos a un medio inválido no les debía hace mucha gracia, aunque las miradas a mi bragueta a veces eran hasta un punto descaradas e impertinentes, pues mi paquete tenía unas considerables proporciones.
Mis alumnas además colaboraban más aún a enervarme mis fibras eróticas, con sus roces y aquellas inclinaciones ante mi silla, que me dejaban en ocasiones ver esos nacimientos de las tetas, las cuales también comprobaba disimuladamente con imperceptibles toques, que estoy seguro que las condenadas facilitaban.
Tenía además alguna otra alumna, de las que se sentaban delante que me cuando estaban "subidas" se abrían de piernas y me dejaban ver aquellas minúsculas braguitas, que alguna atrevidilla en una sesión más atrevida, en plena clase se atrevió a deslizar a un lado para dejarme contemplar aquellos coñitos de nacientes mujeres de dieciocho y más tacos, que pedían guerra por doquier.
Y así estaba yo, con una salidera que me traía más que loco, había intentado hacerme una paja en el baño de la sala de profesores, pero entre las entradas y salidas, y los toques de sirena para reanudar las clases me fui imposible pajearme a gusto, lo único que conseguí fue poner aún más enhiesto el mástil carnoso de entre mis tullidas piernas, pero sin llegar a escupir todo aquel líquido que me iba inflando los huevos a punto de estallar.
Me llegó el final de la tarde en el departamento pedagógico, quedándome prácticamente solo. Mis únicas compañeras en todo el edificio eran algunas fregadoras y algún guardián nocturno. Antes de irme me acerqué a resolver mis necesidades fisiológicas y de paso echar un vistazo a una revista porno que por allí tenía escondida, y así fue como dejé la silla y tomé las muletas para acercarme al minúsculo baño del departamento de filosofía, me senté en el baño y tras evacuar , empecé a darle rabucazos al mástil mientras contemplaba culos y bellos pollones darse unos buenos atracones por los aquellos lubricados agujeritos.
Estaba en plena faena de ordeñar el príapo, cuando unos ruidos de calderos me sacaron de mi ensueño, me levanté y me arreglé como pude, y salí con las muletas y la revista en la mano, cuando traspuse la puerta del baño me encontré con una jamona fregadora de unos 45 años, que del susto dio un salto que terminó conmigo en suelo, recuperada de la sorpresa me ayudó como pudo a recobrar la vertical, por lo cual me vi obligado a cogerme con fuerza aquel exuberante percherón, podía sentir y oler aquellas carnes, aquel salobre olor de chocho y sudor, no había manera de que yo pudiera recobrar la vertical, por falta de fuerza y porque no había tanta confianza como para que el abrazo fuese tan íntimo que me pudiera retornar a mi antigua posición vertical. Cierto es que aquella situación me estaba gustando y aún me hacía más el torpe, para poder gozar de aquellas abundantes y prietas carnes.
En medio de aquellos ajetreos, mi mal abrochado pantalón dejó al libre albedrío mis partes tan sólo contenidas por un minúsculo calzoncillo que aún realzaba más mi atributos, le debieron gustar a mi auxiliadora, que pasó su bonita lengua por aquellos carnosos labios. Me ayudó como pudo para poder que mis abundantes pantalones volvieran a tapar aquel rabuco paquete.
Tuvo una idea para poder auparme y fue que dado que tenía mucha fuerza en las piernas me cogiera a su cuello por la espalda, como se lleva a los niños, y a borrico me llevaría hasta la silla, y así fue se puso en cuclillas, rebalgándose la bata de trabajo, para poder agacharse bien y hasta su espalda me fui arrastrando, me cogí a ella como un naufrago y masajeé toda su espalda a capricho y aquel naciente culo del cual me subían ricos efluvios, cuando ya me había cogido a su cuello, aquella potente grúa humana, me fue aupando a la vez que quedaba firmemente pegado a su costillar, lo cual hizo que mi estilla quedara incrustada en medio de aquel nalgatorio. Sentir el mástil en aquel incrustarse en el nacimiento y desencadenarse todo un respingo fue todo uno.
Con gran esfuerzo me fue acercando hasta la silla de ruedas mientras mi cañoto le culebreaba por entre la regaña, y así llegamos hasta la silla se dio media vuelta y allí me dejó, llevándomela yo conmigo en la sentada y quedando encima del pollón que debía pinchar como un cactus, se avino a quedarse encima de mí para recobrar el aliento, momento que aproveché para entre los botones de la bata, la mano y hacerme con aquellas sudosas tetas. Los pezones estaban que se salían de las cazoletas del sujetador y las aureolas estaban suaves y tersas, se dejaba abrazar y manosear, pues el manoseo fue el desencadenante orgiástico. Seguí dándole vueltas y pellizquillos aquellos pezones, que a su vez iba humedeciendo a base de chuparme la punta de los dedos.
Tan entregada estaba que fui bajando una mano, por el prominente estómago, mientras que con la otra la ponía a cien, dándole un buen sobeo a los pezones. Llegué a la abundante mata de pelo, húmedo y sudoso, allí me entretuve hasta que su mano me empujó hasta su pringosa almeja. Me entró un dedo, dos, tres y casi media mano. Ella empujaba para meterse cuanto pudiera en el chichi de mi mano. Cuando la saqué y le di a mis dedos una buena lamida, y se los pasé con su amplia boca, se convirtió en toda una lujuria carnosa.
Se dio vuelta, me sacó el dolorido miembro del elástico estuche y allí en cuclillas me fue midiendo bucalmente el príapo, que aún creció más entre aquellos lengüetazos que dejaron como un flan a punto de caramelo. Cerré los ojos y dejé que la cabrona me ordeñara a su gusto, aunque me resistía al escupitazo, un experto dedo bajo mis huevos hizo que pronto la leche subiera hasta la cabezota del capullo. Con una rapidez inaudita se puso encima de mí pero boca con boca. Y dejó que el fluido, subiera entre los dos llegando desde el bajo vientre hasta las tetas. La lechada era inmensa lo cual le vino de perlas para frotarse a conciencia. Creí que me vendría abajo como en otras ocasiones, tras la corrida, pero no fue así, y lo que le gustaba a mi hermosa fregona era no lo tieso, sino la morcillez pringosa de una polla encabritada, y así tras finos manoseos alternados con especiales pellizcos, se embutió el pollón en el chichi.
Mi polla embadurnada hasta los huevos, el olor que aquello emanaba, y la dulce calidez del aquel chochazo en continuo sube y baja, y la lengua de aquella cabrona que amenazaba llegarme hasta el esternón y aquellas tetas ya abandonadas a mis caricias, hicieron que el polvo fuese sublime, algo grandioso y que cuando de nuevo estaba a punto de venirme de nuevo, sentí que me quedaba fuera aquél enfebrecido estuche, para ser alojado de nuevo ahora en otro estuche más estrechito que me trabajó a las mil maravillas, y que me dejó más seco que una higuera.
Y así fue como tuve una buena y agradecida compañera de juegos, que estaba dispuesta a hacer de un medio tullido como yo un objeto de deseo y una herramienta de placer que se ha prolongado durante algunos años, y donde intervinieron algunos otros compañeros/as en mil y un juegos.
Abelardo de Leire Aleyre@latinmail.com
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