Uno más dos (I. Lucía)
Grandes relatos. Hetero, polvazo. Vio frustrado su viaje al
Caribe, cuando se encontró sin habitación debido a un error
de la agencia de viajes. Sin embargo...
El viaje en avión se estaba desarrollando
con normalidad -si entendemos como normalidad una hora de retraso en la salida-.
Era un viaje programado a un país caribeño cuyo nombre no voy
a desvelar, que incluía seis noches de alojamiento en un hotel de 5 estrellas.
Durante las larguísimas horas que se emplean en cruzar el Atlántico,
paseé en varias ocasiones a todo lo largo del pasillo, un poco por matar
el aburrimiento, otro poco por lo del "síndrome de la clase turista"
-ya saben, embolias en las piernas inmóviles durante mucho tiempo-.
Y como no tenía otra cosa que hacer, me fijé en las mujeres que
había a bordo. Sólo cuatro o cinco merecían verdaderamente
la pena. Dos de ellas -probablemente recién casadas- departían
muy acarameladas con sus acompañantes varones. Otra, preciosa, hablaba
con una mujer mayor, sentada a su lado, que supuse su madre, lo que me confirmó
la mirada asesina que me dirigió como respuesta a mi sonrisa a su hija,
que ni se dio cuenta.
Al bajar del avión, fue como si me introdujera en una olla hirviendo.
Supuse que la temperatura no bajaría de 38º, y el grado de humedad
era tal, que mi cuerpo se humedeció inmediatamente de sudor, que corría
en regueros por mi espalda, mi frente y mi nuca.
Afortunadamente, el autocar que nos condujo al hotel, tras las formalidades
de inmigración y aduaneras, tenía aire acondicionado. No obstante,
cuando al fin me vi en el amplio vestíbulo, en lugar de acercarme al
mostrador de recepción, asaltado literalmente por mis compañeros
de viaje, me dirigí al del contiguo bar, en el que dos cervezas heladas
me aliviaron bastante.
Al terminar, toda la algarabía había cesado, y ante el mostrador
quedaban el empleado local de la agencia de viajes que nos había recibido
en el aeropuerto, y la nena del avión, sólo que sin su madre.
Aunque de lejos no entendí lo que decían, noté claramente
el enfado de la muchacha.
Cuando me acerqué más, oí claramente las palabras "intolerable"
y "reclamación". Me quedé a un lado, esperando que terminara
la "bronca" para obtener mi llave. En esto, el empleado de la agencia
de viajes, después de preguntarme mi nombre, me explicó la "movida".
Resulta que la nena en cuestión -que viajaba sola, su "madre"
era simplemente su compañera de asiento- por un "lamentable error
informático", había sido incluida en la lista como mi acompañante,
a pesar de que ambos -en su caso lo supe después- habíamos pagado
religiosamente un suplemento por ocupar habitación doble yendo solos.
Y no quedaba ninguna otra habitación libre.
"Pues no me importaría nada compartirla con ella -pensé-".
Alta, como 1,80, pelo castaño, ojos oscuros, labios carnosos y húmedos,
piel ligeramente tostada, pechos generosos y altos, buen trasero y estupendas
piernas. Y una cara preciosa de enfado. Traté desesperadamente que no
se traslucieran mis pensamientos y, en tono conciliador, le dije al sofocado
empleado:
- Bueno, independientemente de la reclamación que evidentemente voy a
cursar en cuanto llegue a Madrid, no tengo ningún inconveniente en que
me aloje en otro hotel, siempre que sea de categoría similar.
El tono rojo del rostro del empleado pasó a escarlata.
- Verá, señor, es que no hay ningún otro hotel de la misma
categoría en los alrededores...
Ahora empecé a enfadarme de verdad, pero, conteniéndome, ofrecí:
- Bien, si no es demasiada la diferencia de categoría, me resignaré,
por no causar más inconvenientes a la señorita...
Yo creí que no podría ponerse aún más encarnado
pero, no sé cómo, lo consiguió. En voz baja, dijo:
- Es que estamos en temporada alta, y no hay habitaciones en ningún otro
hotel hasta dentro de una semana. Ya había hecho la gestión, porque
advertí el error cuando recibí el listado del ordenador.
Tratando de no levantar mucho la voz, le repliqué:
- Bueno, ¿y cual es la solución que nos ofrece?. (A todo esto,
la nena parecía haber delegado en mi la reclamación, y se limitaba
a mirarme a veces, y otras, con cara iracunda, al empleado). Ahora, la respuesta
sonó como desmayada:
- Señor, no tengo ninguna alternativa que ofrecerles. (Y le temblaba
la boca al decirlo).
Me dio pena el pobre diablo, previsiblemente mal pagado, que se había
encontrado con una situación que no sabía manejar. Así
es que le pregunté:
- ¿Hay alguna señora en el grupo que viaje sola?. Si es así,
yo tomaría una habitación sencilla, en lugar de la doble contratada,
para que ellas se alojaran en la única que queda. O, mire también
si hay algún hombre sólo en habitación doble...
- Si, -me respondió tras consultar el listado de ordenador-. Hay dos
señoras sin acompañante. Pero ningún caballero sólo...
- Pues, si la señorita no tiene inconveniente en compartir la habitación
con una de ellas, explíqueles el problema, y propóngaselo. Para
facilitar las cosas, no estaría de más que les ofreciera la devolución
de una parte del importe...
La chica concedió:
- Bueno, si no hay otro remedio...
La expresión del hombre pasó a "esperanzada". Inmediatamente,
pidió un teléfono, y efectuó dos llamadas. Después
de la primera, cambió a "seria", y volvió a "desesperada"
después de la segunda. Quedamente, nos explicó:
- Ninguna de las dos señoras, a no importa qué precio, quiere
compartir su habitación. Lo siento, pero la única solución
que se me ocurre es que tomen ustedes la única habitación libre...
- De ninguna manera -yo- (ya me hubiera gustado, ya).
- ¿Está usted loco? -la chica-.
- Voy a decirle que va a hacer -le dije tomándole por las solapas-. Dé
a la señorita la habitación, vaya a su oficina, y no vuelva a
ponerse delante de mí hasta que no me encuentre un alojamiento para esta
noche, y un billete de avión de vuelta para mañana. ¡Me
han arruinado ustedes las vacaciones!. ¡Largo de aquí!.
El hombre salió del hotel tambaleándose.
La chica me dirigió una mirada de las de "dama encandilada con su
caballero andante".
- Ha sido usted muy amable. Y me sabe mal que quede en ésa situación,
aunque no sea culpa mía. -Advirtió el sudor que perlaba mi cara,
y las manchas húmedas de mis axilas-.Si lo desea, puedo ofrecerle que
utilice el baño de mi habitación, mientras vuelve el empleado.
- Pues, se lo agradezco muchísimo. Si no es molestia para usted, la verdad
es que estaba soñando con ducharme y cambiarme de ropa...
- No se hable más -dijo la chica.
Yo chasqué los dedos para pedir al botones que nos subiera las maletas.
Ya en el ascensor, nos presentamos. Se llamaba Lucía, y en principio
iba a venir con una amiga, pero el fallecimiento de un familiar de ésta
le impidió a última hora viajar. Y ella, ya que lo tenía
pagado, decidió aprovechar el viaje.
La habitación era amplia, con dos camas anchas, y una terraza desde la
que se contemplaba el mar. Le ofrecí que utilizara el baño primero,
pero rehusó. Así es que abrí la maleta, tomé mis
útiles de aseo y algo de ropa, y me dirigí a la ducha.
Unos minutos después, otra vez convertido en persona, volví a
la habitación.
- Aquí ya es la hora del almuerzo -le dije a Lucía-. Puesto que
ambos estamos solos, y somos casi como compañeros de fatigas, si no tiene
inconveniente, la invito a comer.
- Con gusto -me replicó-. Sólo aguarde unos minutos a que yo también
me duche.
- Bien, pues la espero en el comedor.
Cuando, unos minutos después la vi entrar en el restaurante, me quedé
con la boca abierta. Se había puesto un vestido muy escotado, con la
espalda al aire, y sujeto con una cinta en torno a su cuello, que dejaba ver
más de la mitad de sus hermosos pechos, que claramente no estaban aprisionados
por ningún sujetador. La falda, como un palmo por encima de la rodilla,
dejaba al aire una gran porción de sus maravillosos muslos.
Según transcurría la comida, la sensación de intimidad
-al menos de mi parte- iba siendo cada vez mayor. Antes de realizar el pedido,
ya nos tuteábamos. Al iniciar el segundo plato me contó que sólo
hacía dos meses que había roto con su primer novio -por eso fue
que decidiera hacer un viaje con su amiga-. El "angelito" parece que
se follaba, o al menos lo intentaba, con todas las amigas de Lucía. Y
su cara estaba ruborizada cuando me contó todo esto con medias palabras.
Después del café y las copas, me decidí:
- No sé cuando tardará el empleado de la agencia en solucionar
mi problema. Así es que, como aún es pronto, te propongo tomar
unos combinados en la piscina del hotel. Dejaré recado en recepción
de que me busquen ahí.
- De acuerdo -concedió ella-.
Al llegar a la habitación, nos esperaba una sorpresa: nuestro equipaje,
que había quedado sobre la cama, había desaparecido. No sé
por qué, antes de llamar a seguridad, se me ocurrió abrir el armario.
En nuestra ausencia, la camarera había deshecho las maletas, y la ropa
de ambos estaba perfectamente ordenada en sus cajones y colgadores.
Me volví, mientras decía para mí:
- Es como si todo se confabulara para que compartamos la habitación...
Pero lo había dicho en voz alta.
- Lo siento -continué-. Voy a hacer de nuevo las maletas, y te dejaré
sola. Me gustas mucho, y te aseguro que nada me agradaría más
que quedarme contigo, pero soy un desconocido para ti, y ya entiendo que tu
no querrás...
Sentí la voz de Lucía, muy queda:
- No me mires, por favor, que me da mucho reparo decírtelo. Eres un hombre
encantador, me gustas, y te has portado muy bien conmigo. No te conozco, pero
si me prometes no hacer nada que yo no desee, daremos gusto a todos quedándonos
juntos. Podemos... dormir cada uno en una cama.
Estaba toda encendida, y con los ojos bajos.
- Tu me has gustado desde que te vi en el avión -le respondí-.
Ten la completa seguridad de que me portaré contigo como te mereces.
"Pero de dormir separados, nada, monada -pensé-".
Nos pusimos los bañadores por turno en el aseo. Al bajar, me quedé
mirando unos folletos mientras ella entregaba la llave en recepción.
En esto, se me acerca el empleado de la agencia con cara de triunfo:
- Señor, ha habido mucha suerte. Hay varias habitaciones en remodelación
en éste hotel. El director ha convenido en que usted ocupe la que está
más acabada, si no le importa que haya una pared del baño sin
baldosines, y que las paredes estén a medio pintar, aunque el resto estará
en orden esta noche, y me ha prometido -su cara cambió a astuta- aunque
me ha costado 25 dólares, que en dos días tendrá usted
otra habitación totalmente terminada.
No sé qué vio en mi cara, porque cambió su expresión
a "espantada". Me acerqué y le dije muy bajito, mientras le
metía un billete de 50 en el bolsillo superior de su arrugada chaqueta:
- Lárguese de aquí a toda prisa, antes de que le vea la señorita,
y no vuelva a ponérseme delante. Y no se preocupe, que daré muy
buenos informes de usted cuando llegue a Madrid.
Le vi alejarse lentamente, rascándose la calva, mientras murmuraba algo
como "no hay quién entienda a los turistas".
La tarde transcurrió apaciblemente, entre baños y agradable conversación.
Ya oscurecido, bajamos a cenar al lujuriante jardín que rodeaba la piscina
-nuevamente nos duchamos y vestimos separados, aunque ahora la idea de la noche
me producía sofocos, y un hormigueo en el bajo vientre-.
Finalizada la cena, varias parejas salieron a bailar al son de una orquesta
que había estado tocando todo el rato. La tomé de la mano, y le
propuse bailar conmigo. Al principio, me mantuve convenientemente apartado.
La segunda pieza era lenta. Me atreví a ceñirle más fuertemente
la cintura, con lo que quedamos muy cerca, la cara de ella en mi hombro, mejilla
contra mejilla, su pelo rozándome la boca, embriagándome con su
olor. Hubo dos piezas rápidas, que bailamos separados, y después,
de nuevo otra lenta. Ahora me arriesgué a abrazarla por la cintura, con
las dos manos en su espalda desnuda, mucho más que "muy juntos",
sin que ella opusiera resistencia. Tras unos segundos así, ella se quedó
mirándome fijamente, los ojos muy brillantes. Decidí "echar
el resto" y besé suavemente sus labios, apenas una caricia. Ante
mi sorpresa, ahora fue ella la que se abrazó fuertemente a mi cuello,
e inició un largo beso, que yo hubiera deseado que no terminara nunca.
Firmé rápidamente la cuenta, y subimos a la habitación,
besándonos apasionadamente en el ascensor. Una vez cerrada la puerta,
nos enlazamos nuevamente, y empecé a besar suavemente sus párpados,
la comisura de su maravillosa boca, atrapando de vez en cuando uno de sus labios
entre los míos, con lo que empezó a gemir muy quedo.
Me decidí a desabrochar la presilla del único tirante de su vestido,
mientras besaba el hueco de su hombro. Después, fui descendiendo lentamente
con mis caricias, hasta llegar al maravilloso canal que había entre sus
dos pechos. Ahora estaba con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás,
sus manos tomando dos puñados de mi cabello. Lentamente, fui bajando
la delantera del vestido, hasta que uno de sus senos quedó totalmente
al descubierto. Besé suavemente su aréola encendida, hasta llegar
al pezón, que se endureció inmediatamente entre mis labios.
Me apartó sin brusquedad, la cara encendida, y me pidió con voz
ronca que la permitiera entrar al aseo un momento. Sentí correr la ducha.
Mientras, mi erección había llegado al máximo. Me atreví,
y toque con los nudillos en la puerta del baño.
- No deseo forzarte a nada, como te prometí, pero me gustaría
ducharme contigo -le dije a través de la puerta-. Tras unos momentos
de duda, consintió:
- Pasa, pero no me mires.
Abrí la puerta. Su figura se entreveía a través de la mampara
translúcida. En tres tirones, me despojé de toda mi ropa, y abrí
un poco la puerta de cristal. Estaba parada bajo la ducha, la cara encarnada,
con las manos tapando su sexo. Permití que recorriera mi cuerpo con la
mirada -que se detuvo más de la cuenta en mi pene erecto- y después
me introduje bajo el chorro de agua.
- Date la vuelta, y te enjabonaré la espalda -le dije-.
Llené mis manos de gel de baño, y comencé a masajearle
suavemente el cuello, la espalda y las axilas -apenas rozando el extremo de
sus pechos henchidos-. Luego descendí poco a poco por su cintura, su
trasero... Había comenzado nuevamente a gemir, y sus manos se habían
apartado de su pubis, y ahora estaban en torno a mis caderas. Poco a poco, llegué
a sus muslos, y fui descendiendo por sus torneadas piernas. Luego, me incorporé
y, totalmente pegado a ella, mi pene entre sus glúteos, inicié
el enjabonado de sus senos, su vientre liso, su vello púbico, para continuar
por la cara interior de sus muslos, rozando su vulva. Ahora, sus gemidos eran
estertores de placer.
Se decidió a volverse, y nos besamos largamente, mi mano entre sus piernas,
una de las suyas abarcando parte de mi pene y los testículos hinchados
de deseo. La besé largamente en la boca, y después volví
al juego que había iniciado en la habitación. Esta vez, mis besos
descendieron por su vientre, deteniéndose en su ombligo, y llegando a
sus ingles y la cara interior de sus muslos. En éste punto, sus caderas
ya se estremecían de anticipación. Tomé una de sus piernas,
poniéndola en torno a mi cintura. Lentamente, comencé a rozar
con mi glande los labios de su sexo, guiándome a tientas con una mano,
mientras la otra mantenía su pierna en alto. De cuando en cuando, le
introducía apenas unos centímetros en su vagina, para volver después
al juego de acariciarla con mi verga. Tras unos instantes, noté como
sentía un intenso orgasmo, que se prolongó muchos segundos, mientras
yo continuaba con mis caricias.
Después, fue ella la que me enjabonó todo el cuerpo. Al llegar
al pene, se detuvo más de la cuenta, pero noté su vacilación
en hacer algo más con él. Le dije al oído:
- Vamos a secarnos, que aún no he terminado contigo.
Nos secamos mutuamente, apenas acariciándonos con las toallas. En un
momento determinado, probé a sorber las gotas de agua sobre su vientre
y sus muslos, previendo un posible rechazo a lo que me proponía hacer
a continuación, que no se produjo.
Una vez en la cama, la tendí boca abajo, y de nuevo cubrí de besos
cada centímetro de su piel, con lo que inició de nuevo sus jadeos.
Como ya hiciera en la ducha, se volvió rápidamente, me tumbó
boca arriba, y ahora fue ella la que recorrió mi cuerpo con pequeños
besos, mientras se estremecía de anticipación, y sus suspiros
eran cada vez más audibles. Yo, en el colmo de la excitación,
anhelaba que tomara mi pene entre sus labios, pero esta vez, tampoco se atrevió.
Me di la vuelta, empujándola suavemente sobre la cama, y poniéndome
a horcajadas sobre sus rodillas. Cubrí de nuevo todo su cuerpo de besos,
hasta llegar a su pubis. Ella se mantenía con las piernas muy juntas,
impidiéndome ver la delicia que adivinaba entre ellas. Probé a
separar sus piernas, a lo que opuso cierta resistencia, mientras su rostro se
tornaba como la grana. Finalmente, echó la cabeza atrás con los
ojos cerrados y las abrió, flexionándolas, con lo que, al fin,
tuve una deliciosa visión de su sexo, sus labios turgentes, que separé
con mis manos, contemplándola así durante unos segundos.
Después, muy despacio, comencé a cubrir de besos la vulva que
se me ofrecía, para después empezar a lamerla lentamente. Aún
hubo otro intento de rechazo, que previsiblemente venció el indudable
placer que mis caricias húmedas la proporcionaban. De cuando en cuando,
probaba a introducir la lengua en su orificio. Unos segundos después,
alcanzaba nuevamente otro ruidoso orgasmo, que la hacía estremecer de
pies a cabeza, moviendo sus caderas de modo que me era casi imposible lamerla
de seguido.
Tumbados uno al lado del otro, besándonos tiernamente, pasamos unos segundos.
Luego, ella se decidió con la cara nuevamente ruborosa, y me dijo:
- Quiero recompensarte por lo que me acabas de dar. Pero no tengo ninguna experiencia.
No te enfades conmigo.
E incorporándose, tomó mi pene entre sus manos, y después
de muchas vacilaciones, probó tentativamente a lamerlo. Finalmente, se
decidió, se tumbó sobre mis piernas, y se lo introdujo en la boca
apenas unos centímetros, metiendolo y sacándolo inexpertamente
de su jugosa boca. No me importó que no supiera muy bien que hacer con
mi verga, porque a esas alturas, yo estaba ya en un tremendo estado de excitación,
a punto de eyacular. La separé suavemente, y dos movimientos más
de su mano hicieron que mi semen saliera proyectado, manchando su pecho, su
vientre y la cama.
Nuevamente en la bañera, nos lavamos mutuamente, besándonos de
tanto en tanto con dulzura.
Otra vez en la cama, tumbados de costado frente a frente, intercambiamos suaves
caricias, mientras hablábamos no me acuerdo muy bien de qué.
Como aún no recuperaba la erección, decidí iniciar otra
sesión de besos por todo su cuerpo, que terminaron nuevamente en lametazos
en su sexo -que ahora me ofreció, separando las piernas sin vacilación
alguna-. Poco a poco, sus gemidos se convirtieron de nuevo en jadeos descontrolados,
alcanzando un nuevo orgasmo.
Sin ningún rubor ésta vez, volvió a introducirse en la
boca mi pene, que poco a poco empezaba a recobrar la verticalidad, pero en esta
ocasión, lo metió todo lo profundamente que pudo, iniciando un
rítmico movimiento arriba y abajo, sacándolo casi totalmente,
para luego volver a absorberlo profundamente. Después de unos momentos,
lo sacó del todo, y empezó a recorrer el glande hinchado con su
lengua, primero casi como con precaución, después de forma más
decidida, con lo que consiguió ponerme "a punto" en poco tiempo.
Tomando ella la iniciativa, se puso a horcajadas sobre mis caderas, y guió
con una de sus manos mi verga totalmente erecta, recibiéndola en su vagina,
y empezó a botar sobre mí, introduciéndolo y casi sacándolo
alternativamente de su húmedo y caliente alojamiento. Sus hermosos pechos
se bamboleaban con sus movimientos, aumentando mi excitación cada vez
más.
Tomándola de los hombros, la forcé a tumbarse completamente sobre
mí. Tremendamente excitados los dos, intercambiábamos besos que
casi eran mordiscos, mientras mis manos apresaban fuertemente sus pechos, y
las suyas recorrían mis costados, arañándome a veces en
el paroxismo de sus incontrolables convulsiones. Alcanzamos el orgasmo al unísono,
entre jadeos de pasión.
Nos dormimos abrazados, mientras las manos de cada uno de nosotros acariciaban
tiernamente el cuerpo del otro.
¤ ¤ ¤
A la mañana siguiente, desperté muy pronto, sin tener cabal idea
del lugar en que me encontraba, todavía medio atontado por el cambio
de hora. Lo recordé rápidamente, al contemplar a Lucía,
completamente desnuda a mi lado, su pelo extendido sobre la almohada, que parecía
dormir profundamente. La visión de su hermoso cuerpo me produjo una erección.
Primero, para no despertarla, empecé a masturbarme arrodillado ante ella,
pero al cabo decidí que era absurdo darme placer a mí mismo, teniendo
aquella gloria de mujer a mi disposición. Le separé las piernas
con mucha delicadeza, me arrodillé entre ellas y, tomándola por
sus maravillosos glúteos, la elevé lo suficiente para conseguir
que mi pene volviera a entrar en el maravilloso conducto que ya conocía.
Lucía gimió suavemente, todavía en sueños.
Empecé a entrar y salir de ella muy despacio, mientras apenas rozaba
sus pezones con la punta de los dedos. Noté que se ponían erectos
bajo mis caricias.
Finalmente, abrió despacio los ojos, tardando unos segundos en advertir
que estaba siendo casi violada por mí. Pero no le importó, sino
todo lo contrario, porque abrazó mi cintura con sus piernas, y empezó
a participar muy activamente en aquel maravilloso coito, que terminó
poco tiempo después con otro orgasmo compartido.
Después de una nueva ducha en común, bajamos a desayunar, tras
de lo cual dimos un largo paseo por los alrededores del hotel. A aquella hora,
y bajo las frondosas palmeras, la temperatura era soportable. Descalzos y enlazados
de las manos, anduvimos mucho tiempo por la playa, lamiendo nuestros tobillos
las olas que se acercaban a besar la arena, del mismo modo que nuestros labios
se unían de tarde en tarde. Cuando el calor empezó a hacerse presente
de nuevo, huimos al frescor de nuestra habitación del hotel.
Acabábamos de ponernos los bañadores, desnudándonos uno
frente al otro sin ningún pudor, cuando llamaron a la puerta. Fue Lucía
la que abrió, y observé que se quedaba parada, la boca abierta
de estupor, y los ojos desorbitados. Me acerqué, comprobando que lo que
tanto le sorprendía era la visión de una hermosa rubia, de estatura
poco menor que la suya, preciosa cara, pechos pequeños pero bien formados,
vestida con una camiseta que dejaba adivinar claramente que no había
nada debajo, y una minifalda ajustada, que dejaba al descubierto algo más
de la mitad de sus muslos de piel tostada por el sol.
La rubia entonces se percató de mi presencia:
- ¿He interrumpido algo? -preguntó con una sonrisa pícara-.
- No. Sí. Bueno, verás, no es lo que parece -balbuceó Lucía
cortadísima-.
- Bueno, ¿me vais a invitar a pasar, o me dejáis en el pasillo
todo el día? -dijo la rubia-.
- Si, perdona, por supuesto -Lucía se apartó para dejarla entrar,
cerrando la puerta tras ella-. Luego se volvió hacia mí: Te presento
a Marga, la amiga que iba a acompañarme en éste viaje. Marga,
éste es Alberto, nos hemos conocido aquí.
- Mucho gusto -dijo Marga, mientras me besaba en las mejillas-. Resulta que,
al final, me decidí a venir para apartarme del duelo de mi familia, que
me asfixiaba. En la agencia no pusieron inconveniente, siempre y cuando me pagara
el billete de ida. Y después, con sonrisa traviesa, dirigiéndose
a Lucía: Parece que has aprovechado bien el tiempo...
En pocas palabras, todavía ruborizada, ésta le contó los
incidentes del día anterior, causados por el error de la agencia de viajes.
- El problema -terminó Lucía- es que tú ahora tampoco tienes
habitación...
Marga, sin responder, recorrió con una mirada descarada mi cuerpo de
arriba abajo, deteniéndose más de lo que la decencia aconsejaba
en la protuberancia que abultaba la entrepierna de mi breve "slip"
de baño. Después, se sentó en la cama más cercana,
su pequeña falda arremangada por la postura en torno a sus caderas, los
muslos provocativamente separados, ofreciéndome una sofocante visión
de su pubis apenas velado por una braguita de encaje blanca:
- Bueno, si están así las cosas, no tendré más remedio
que compartir la habitación con vosotros, si no tenéis inconveniente.
Espacio hay de sobra...
(Continuará...)
Comentarios: donnar@wanadoo.es
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a los que, evidentemente no he podido responder. Por favor, colabora a evitar
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