Uno más dos (I. Lucía)
Grandes relatos. Hetero, polvazo. Vio frustrado su viaje al Caribe, cuando se encontró sin habitación debido a un error de la agencia de viajes. Sin embargo...


El viaje en avión se estaba desarrollando con normalidad -si entendemos como normalidad una hora de retraso en la salida-. Era un viaje programado a un país caribeño cuyo nombre no voy a desvelar, que incluía seis noches de alojamiento en un hotel de 5 estrellas.
Durante las larguísimas horas que se emplean en cruzar el Atlántico, paseé en varias ocasiones a todo lo largo del pasillo, un poco por matar el aburrimiento, otro poco por lo del "síndrome de la clase turista" -ya saben, embolias en las piernas inmóviles durante mucho tiempo-.
Y como no tenía otra cosa que hacer, me fijé en las mujeres que había a bordo. Sólo cuatro o cinco merecían verdaderamente la pena. Dos de ellas -probablemente recién casadas- departían muy acarameladas con sus acompañantes varones. Otra, preciosa, hablaba con una mujer mayor, sentada a su lado, que supuse su madre, lo que me confirmó la mirada asesina que me dirigió como respuesta a mi sonrisa a su hija, que ni se dio cuenta.
Al bajar del avión, fue como si me introdujera en una olla hirviendo. Supuse que la temperatura no bajaría de 38º, y el grado de humedad era tal, que mi cuerpo se humedeció inmediatamente de sudor, que corría en regueros por mi espalda, mi frente y mi nuca.
Afortunadamente, el autocar que nos condujo al hotel, tras las formalidades de inmigración y aduaneras, tenía aire acondicionado. No obstante, cuando al fin me vi en el amplio vestíbulo, en lugar de acercarme al mostrador de recepción, asaltado literalmente por mis compañeros de viaje, me dirigí al del contiguo bar, en el que dos cervezas heladas me aliviaron bastante.
Al terminar, toda la algarabía había cesado, y ante el mostrador quedaban el empleado local de la agencia de viajes que nos había recibido en el aeropuerto, y la nena del avión, sólo que sin su madre. Aunque de lejos no entendí lo que decían, noté claramente el enfado de la muchacha.
Cuando me acerqué más, oí claramente las palabras "intolerable" y "reclamación". Me quedé a un lado, esperando que terminara la "bronca" para obtener mi llave. En esto, el empleado de la agencia de viajes, después de preguntarme mi nombre, me explicó la "movida". Resulta que la nena en cuestión -que viajaba sola, su "madre" era simplemente su compañera de asiento- por un "lamentable error informático", había sido incluida en la lista como mi acompañante, a pesar de que ambos -en su caso lo supe después- habíamos pagado religiosamente un suplemento por ocupar habitación doble yendo solos. Y no quedaba ninguna otra habitación libre.
"Pues no me importaría nada compartirla con ella -pensé-". Alta, como 1,80, pelo castaño, ojos oscuros, labios carnosos y húmedos, piel ligeramente tostada, pechos generosos y altos, buen trasero y estupendas piernas. Y una cara preciosa de enfado. Traté desesperadamente que no se traslucieran mis pensamientos y, en tono conciliador, le dije al sofocado empleado:
- Bueno, independientemente de la reclamación que evidentemente voy a cursar en cuanto llegue a Madrid, no tengo ningún inconveniente en que me aloje en otro hotel, siempre que sea de categoría similar.
El tono rojo del rostro del empleado pasó a escarlata.
- Verá, señor, es que no hay ningún otro hotel de la misma categoría en los alrededores...
Ahora empecé a enfadarme de verdad, pero, conteniéndome, ofrecí:
- Bien, si no es demasiada la diferencia de categoría, me resignaré, por no causar más inconvenientes a la señorita...
Yo creí que no podría ponerse aún más encarnado pero, no sé cómo, lo consiguió. En voz baja, dijo:
- Es que estamos en temporada alta, y no hay habitaciones en ningún otro hotel hasta dentro de una semana. Ya había hecho la gestión, porque advertí el error cuando recibí el listado del ordenador.
Tratando de no levantar mucho la voz, le repliqué:
- Bueno, ¿y cual es la solución que nos ofrece?. (A todo esto, la nena parecía haber delegado en mi la reclamación, y se limitaba a mirarme a veces, y otras, con cara iracunda, al empleado). Ahora, la respuesta sonó como desmayada:
- Señor, no tengo ninguna alternativa que ofrecerles. (Y le temblaba la boca al decirlo).
Me dio pena el pobre diablo, previsiblemente mal pagado, que se había encontrado con una situación que no sabía manejar. Así es que le pregunté:
- ¿Hay alguna señora en el grupo que viaje sola?. Si es así, yo tomaría una habitación sencilla, en lugar de la doble contratada, para que ellas se alojaran en la única que queda. O, mire también si hay algún hombre sólo en habitación doble...
- Si, -me respondió tras consultar el listado de ordenador-. Hay dos señoras sin acompañante. Pero ningún caballero sólo...
- Pues, si la señorita no tiene inconveniente en compartir la habitación con una de ellas, explíqueles el problema, y propóngaselo. Para facilitar las cosas, no estaría de más que les ofreciera la devolución de una parte del importe...
La chica concedió:
- Bueno, si no hay otro remedio...
La expresión del hombre pasó a "esperanzada". Inmediatamente, pidió un teléfono, y efectuó dos llamadas. Después de la primera, cambió a "seria", y volvió a "desesperada" después de la segunda. Quedamente, nos explicó:
- Ninguna de las dos señoras, a no importa qué precio, quiere compartir su habitación. Lo siento, pero la única solución que se me ocurre es que tomen ustedes la única habitación libre...
- De ninguna manera -yo- (ya me hubiera gustado, ya).
- ¿Está usted loco? -la chica-.
- Voy a decirle que va a hacer -le dije tomándole por las solapas-. Dé a la señorita la habitación, vaya a su oficina, y no vuelva a ponerse delante de mí hasta que no me encuentre un alojamiento para esta noche, y un billete de avión de vuelta para mañana. ¡Me han arruinado ustedes las vacaciones!. ¡Largo de aquí!.
El hombre salió del hotel tambaleándose.
La chica me dirigió una mirada de las de "dama encandilada con su caballero andante".
- Ha sido usted muy amable. Y me sabe mal que quede en ésa situación, aunque no sea culpa mía. -Advirtió el sudor que perlaba mi cara, y las manchas húmedas de mis axilas-.Si lo desea, puedo ofrecerle que utilice el baño de mi habitación, mientras vuelve el empleado.
- Pues, se lo agradezco muchísimo. Si no es molestia para usted, la verdad es que estaba soñando con ducharme y cambiarme de ropa...
- No se hable más -dijo la chica.
Yo chasqué los dedos para pedir al botones que nos subiera las maletas.
Ya en el ascensor, nos presentamos. Se llamaba Lucía, y en principio iba a venir con una amiga, pero el fallecimiento de un familiar de ésta le impidió a última hora viajar. Y ella, ya que lo tenía pagado, decidió aprovechar el viaje.
La habitación era amplia, con dos camas anchas, y una terraza desde la que se contemplaba el mar. Le ofrecí que utilizara el baño primero, pero rehusó. Así es que abrí la maleta, tomé mis útiles de aseo y algo de ropa, y me dirigí a la ducha.
Unos minutos después, otra vez convertido en persona, volví a la habitación.
- Aquí ya es la hora del almuerzo -le dije a Lucía-. Puesto que ambos estamos solos, y somos casi como compañeros de fatigas, si no tiene inconveniente, la invito a comer.
- Con gusto -me replicó-. Sólo aguarde unos minutos a que yo también me duche.
- Bien, pues la espero en el comedor.
Cuando, unos minutos después la vi entrar en el restaurante, me quedé con la boca abierta. Se había puesto un vestido muy escotado, con la espalda al aire, y sujeto con una cinta en torno a su cuello, que dejaba ver más de la mitad de sus hermosos pechos, que claramente no estaban aprisionados por ningún sujetador. La falda, como un palmo por encima de la rodilla, dejaba al aire una gran porción de sus maravillosos muslos.
Según transcurría la comida, la sensación de intimidad -al menos de mi parte- iba siendo cada vez mayor. Antes de realizar el pedido, ya nos tuteábamos. Al iniciar el segundo plato me contó que sólo hacía dos meses que había roto con su primer novio -por eso fue que decidiera hacer un viaje con su amiga-. El "angelito" parece que se follaba, o al menos lo intentaba, con todas las amigas de Lucía. Y su cara estaba ruborizada cuando me contó todo esto con medias palabras.
Después del café y las copas, me decidí:
- No sé cuando tardará el empleado de la agencia en solucionar mi problema. Así es que, como aún es pronto, te propongo tomar unos combinados en la piscina del hotel. Dejaré recado en recepción de que me busquen ahí.
- De acuerdo -concedió ella-.
Al llegar a la habitación, nos esperaba una sorpresa: nuestro equipaje, que había quedado sobre la cama, había desaparecido. No sé por qué, antes de llamar a seguridad, se me ocurrió abrir el armario. En nuestra ausencia, la camarera había deshecho las maletas, y la ropa de ambos estaba perfectamente ordenada en sus cajones y colgadores.
Me volví, mientras decía para mí:
- Es como si todo se confabulara para que compartamos la habitación...
Pero lo había dicho en voz alta.
- Lo siento -continué-. Voy a hacer de nuevo las maletas, y te dejaré sola. Me gustas mucho, y te aseguro que nada me agradaría más que quedarme contigo, pero soy un desconocido para ti, y ya entiendo que tu no querrás...
Sentí la voz de Lucía, muy queda:
- No me mires, por favor, que me da mucho reparo decírtelo. Eres un hombre encantador, me gustas, y te has portado muy bien conmigo. No te conozco, pero si me prometes no hacer nada que yo no desee, daremos gusto a todos quedándonos juntos. Podemos... dormir cada uno en una cama.
Estaba toda encendida, y con los ojos bajos.
- Tu me has gustado desde que te vi en el avión -le respondí-. Ten la completa seguridad de que me portaré contigo como te mereces.
"Pero de dormir separados, nada, monada -pensé-".
Nos pusimos los bañadores por turno en el aseo. Al bajar, me quedé mirando unos folletos mientras ella entregaba la llave en recepción. En esto, se me acerca el empleado de la agencia con cara de triunfo:
- Señor, ha habido mucha suerte. Hay varias habitaciones en remodelación en éste hotel. El director ha convenido en que usted ocupe la que está más acabada, si no le importa que haya una pared del baño sin baldosines, y que las paredes estén a medio pintar, aunque el resto estará en orden esta noche, y me ha prometido -su cara cambió a astuta- aunque me ha costado 25 dólares, que en dos días tendrá usted otra habitación totalmente terminada.
No sé qué vio en mi cara, porque cambió su expresión a "espantada". Me acerqué y le dije muy bajito, mientras le metía un billete de 50 en el bolsillo superior de su arrugada chaqueta:
- Lárguese de aquí a toda prisa, antes de que le vea la señorita, y no vuelva a ponérseme delante. Y no se preocupe, que daré muy buenos informes de usted cuando llegue a Madrid.
Le vi alejarse lentamente, rascándose la calva, mientras murmuraba algo como "no hay quién entienda a los turistas".
La tarde transcurrió apaciblemente, entre baños y agradable conversación. Ya oscurecido, bajamos a cenar al lujuriante jardín que rodeaba la piscina -nuevamente nos duchamos y vestimos separados, aunque ahora la idea de la noche me producía sofocos, y un hormigueo en el bajo vientre-.
Finalizada la cena, varias parejas salieron a bailar al son de una orquesta que había estado tocando todo el rato. La tomé de la mano, y le propuse bailar conmigo. Al principio, me mantuve convenientemente apartado. La segunda pieza era lenta. Me atreví a ceñirle más fuertemente la cintura, con lo que quedamos muy cerca, la cara de ella en mi hombro, mejilla contra mejilla, su pelo rozándome la boca, embriagándome con su olor. Hubo dos piezas rápidas, que bailamos separados, y después, de nuevo otra lenta. Ahora me arriesgué a abrazarla por la cintura, con las dos manos en su espalda desnuda, mucho más que "muy juntos", sin que ella opusiera resistencia. Tras unos segundos así, ella se quedó mirándome fijamente, los ojos muy brillantes. Decidí "echar el resto" y besé suavemente sus labios, apenas una caricia. Ante mi sorpresa, ahora fue ella la que se abrazó fuertemente a mi cuello, e inició un largo beso, que yo hubiera deseado que no terminara nunca.
Firmé rápidamente la cuenta, y subimos a la habitación, besándonos apasionadamente en el ascensor. Una vez cerrada la puerta, nos enlazamos nuevamente, y empecé a besar suavemente sus párpados, la comisura de su maravillosa boca, atrapando de vez en cuando uno de sus labios entre los míos, con lo que empezó a gemir muy quedo.
Me decidí a desabrochar la presilla del único tirante de su vestido, mientras besaba el hueco de su hombro. Después, fui descendiendo lentamente con mis caricias, hasta llegar al maravilloso canal que había entre sus dos pechos. Ahora estaba con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, sus manos tomando dos puñados de mi cabello. Lentamente, fui bajando la delantera del vestido, hasta que uno de sus senos quedó totalmente al descubierto. Besé suavemente su aréola encendida, hasta llegar al pezón, que se endureció inmediatamente entre mis labios.
Me apartó sin brusquedad, la cara encendida, y me pidió con voz ronca que la permitiera entrar al aseo un momento. Sentí correr la ducha. Mientras, mi erección había llegado al máximo. Me atreví, y toque con los nudillos en la puerta del baño.
- No deseo forzarte a nada, como te prometí, pero me gustaría ducharme contigo -le dije a través de la puerta-. Tras unos momentos de duda, consintió:
- Pasa, pero no me mires.
Abrí la puerta. Su figura se entreveía a través de la mampara translúcida. En tres tirones, me despojé de toda mi ropa, y abrí un poco la puerta de cristal. Estaba parada bajo la ducha, la cara encarnada, con las manos tapando su sexo. Permití que recorriera mi cuerpo con la mirada -que se detuvo más de la cuenta en mi pene erecto- y después me introduje bajo el chorro de agua.
- Date la vuelta, y te enjabonaré la espalda -le dije-.
Llené mis manos de gel de baño, y comencé a masajearle suavemente el cuello, la espalda y las axilas -apenas rozando el extremo de sus pechos henchidos-. Luego descendí poco a poco por su cintura, su trasero... Había comenzado nuevamente a gemir, y sus manos se habían apartado de su pubis, y ahora estaban en torno a mis caderas. Poco a poco, llegué a sus muslos, y fui descendiendo por sus torneadas piernas. Luego, me incorporé y, totalmente pegado a ella, mi pene entre sus glúteos, inicié el enjabonado de sus senos, su vientre liso, su vello púbico, para continuar por la cara interior de sus muslos, rozando su vulva. Ahora, sus gemidos eran estertores de placer.
Se decidió a volverse, y nos besamos largamente, mi mano entre sus piernas, una de las suyas abarcando parte de mi pene y los testículos hinchados de deseo. La besé largamente en la boca, y después volví al juego que había iniciado en la habitación. Esta vez, mis besos descendieron por su vientre, deteniéndose en su ombligo, y llegando a sus ingles y la cara interior de sus muslos. En éste punto, sus caderas ya se estremecían de anticipación. Tomé una de sus piernas, poniéndola en torno a mi cintura. Lentamente, comencé a rozar con mi glande los labios de su sexo, guiándome a tientas con una mano, mientras la otra mantenía su pierna en alto. De cuando en cuando, le introducía apenas unos centímetros en su vagina, para volver después al juego de acariciarla con mi verga. Tras unos instantes, noté como sentía un intenso orgasmo, que se prolongó muchos segundos, mientras yo continuaba con mis caricias.
Después, fue ella la que me enjabonó todo el cuerpo. Al llegar al pene, se detuvo más de la cuenta, pero noté su vacilación en hacer algo más con él. Le dije al oído:
- Vamos a secarnos, que aún no he terminado contigo.
Nos secamos mutuamente, apenas acariciándonos con las toallas. En un momento determinado, probé a sorber las gotas de agua sobre su vientre y sus muslos, previendo un posible rechazo a lo que me proponía hacer a continuación, que no se produjo.
Una vez en la cama, la tendí boca abajo, y de nuevo cubrí de besos cada centímetro de su piel, con lo que inició de nuevo sus jadeos. Como ya hiciera en la ducha, se volvió rápidamente, me tumbó boca arriba, y ahora fue ella la que recorrió mi cuerpo con pequeños besos, mientras se estremecía de anticipación, y sus suspiros eran cada vez más audibles. Yo, en el colmo de la excitación, anhelaba que tomara mi pene entre sus labios, pero esta vez, tampoco se atrevió. Me di la vuelta, empujándola suavemente sobre la cama, y poniéndome a horcajadas sobre sus rodillas. Cubrí de nuevo todo su cuerpo de besos, hasta llegar a su pubis. Ella se mantenía con las piernas muy juntas, impidiéndome ver la delicia que adivinaba entre ellas. Probé a separar sus piernas, a lo que opuso cierta resistencia, mientras su rostro se tornaba como la grana. Finalmente, echó la cabeza atrás con los ojos cerrados y las abrió, flexionándolas, con lo que, al fin, tuve una deliciosa visión de su sexo, sus labios turgentes, que separé con mis manos, contemplándola así durante unos segundos.
Después, muy despacio, comencé a cubrir de besos la vulva que se me ofrecía, para después empezar a lamerla lentamente. Aún hubo otro intento de rechazo, que previsiblemente venció el indudable placer que mis caricias húmedas la proporcionaban. De cuando en cuando, probaba a introducir la lengua en su orificio. Unos segundos después, alcanzaba nuevamente otro ruidoso orgasmo, que la hacía estremecer de pies a cabeza, moviendo sus caderas de modo que me era casi imposible lamerla de seguido.
Tumbados uno al lado del otro, besándonos tiernamente, pasamos unos segundos. Luego, ella se decidió con la cara nuevamente ruborosa, y me dijo:
- Quiero recompensarte por lo que me acabas de dar. Pero no tengo ninguna experiencia. No te enfades conmigo.
E incorporándose, tomó mi pene entre sus manos, y después de muchas vacilaciones, probó tentativamente a lamerlo. Finalmente, se decidió, se tumbó sobre mis piernas, y se lo introdujo en la boca apenas unos centímetros, metiendolo y sacándolo inexpertamente de su jugosa boca. No me importó que no supiera muy bien que hacer con mi verga, porque a esas alturas, yo estaba ya en un tremendo estado de excitación, a punto de eyacular. La separé suavemente, y dos movimientos más de su mano hicieron que mi semen saliera proyectado, manchando su pecho, su vientre y la cama.
Nuevamente en la bañera, nos lavamos mutuamente, besándonos de tanto en tanto con dulzura.
Otra vez en la cama, tumbados de costado frente a frente, intercambiamos suaves caricias, mientras hablábamos no me acuerdo muy bien de qué.
Como aún no recuperaba la erección, decidí iniciar otra sesión de besos por todo su cuerpo, que terminaron nuevamente en lametazos en su sexo -que ahora me ofreció, separando las piernas sin vacilación alguna-. Poco a poco, sus gemidos se convirtieron de nuevo en jadeos descontrolados, alcanzando un nuevo orgasmo.
Sin ningún rubor ésta vez, volvió a introducirse en la boca mi pene, que poco a poco empezaba a recobrar la verticalidad, pero en esta ocasión, lo metió todo lo profundamente que pudo, iniciando un rítmico movimiento arriba y abajo, sacándolo casi totalmente, para luego volver a absorberlo profundamente. Después de unos momentos, lo sacó del todo, y empezó a recorrer el glande hinchado con su lengua, primero casi como con precaución, después de forma más decidida, con lo que consiguió ponerme "a punto" en poco tiempo.
Tomando ella la iniciativa, se puso a horcajadas sobre mis caderas, y guió con una de sus manos mi verga totalmente erecta, recibiéndola en su vagina, y empezó a botar sobre mí, introduciéndolo y casi sacándolo alternativamente de su húmedo y caliente alojamiento. Sus hermosos pechos se bamboleaban con sus movimientos, aumentando mi excitación cada vez más.
Tomándola de los hombros, la forcé a tumbarse completamente sobre mí. Tremendamente excitados los dos, intercambiábamos besos que casi eran mordiscos, mientras mis manos apresaban fuertemente sus pechos, y las suyas recorrían mis costados, arañándome a veces en el paroxismo de sus incontrolables convulsiones. Alcanzamos el orgasmo al unísono, entre jadeos de pasión.
Nos dormimos abrazados, mientras las manos de cada uno de nosotros acariciaban tiernamente el cuerpo del otro.
¤ ¤ ¤
A la mañana siguiente, desperté muy pronto, sin tener cabal idea del lugar en que me encontraba, todavía medio atontado por el cambio de hora. Lo recordé rápidamente, al contemplar a Lucía, completamente desnuda a mi lado, su pelo extendido sobre la almohada, que parecía dormir profundamente. La visión de su hermoso cuerpo me produjo una erección. Primero, para no despertarla, empecé a masturbarme arrodillado ante ella, pero al cabo decidí que era absurdo darme placer a mí mismo, teniendo aquella gloria de mujer a mi disposición. Le separé las piernas con mucha delicadeza, me arrodillé entre ellas y, tomándola por sus maravillosos glúteos, la elevé lo suficiente para conseguir que mi pene volviera a entrar en el maravilloso conducto que ya conocía. Lucía gimió suavemente, todavía en sueños.
Empecé a entrar y salir de ella muy despacio, mientras apenas rozaba sus pezones con la punta de los dedos. Noté que se ponían erectos bajo mis caricias.
Finalmente, abrió despacio los ojos, tardando unos segundos en advertir que estaba siendo casi violada por mí. Pero no le importó, sino todo lo contrario, porque abrazó mi cintura con sus piernas, y empezó a participar muy activamente en aquel maravilloso coito, que terminó poco tiempo después con otro orgasmo compartido.
Después de una nueva ducha en común, bajamos a desayunar, tras de lo cual dimos un largo paseo por los alrededores del hotel. A aquella hora, y bajo las frondosas palmeras, la temperatura era soportable. Descalzos y enlazados de las manos, anduvimos mucho tiempo por la playa, lamiendo nuestros tobillos las olas que se acercaban a besar la arena, del mismo modo que nuestros labios se unían de tarde en tarde. Cuando el calor empezó a hacerse presente de nuevo, huimos al frescor de nuestra habitación del hotel.
Acabábamos de ponernos los bañadores, desnudándonos uno frente al otro sin ningún pudor, cuando llamaron a la puerta. Fue Lucía la que abrió, y observé que se quedaba parada, la boca abierta de estupor, y los ojos desorbitados. Me acerqué, comprobando que lo que tanto le sorprendía era la visión de una hermosa rubia, de estatura poco menor que la suya, preciosa cara, pechos pequeños pero bien formados, vestida con una camiseta que dejaba adivinar claramente que no había nada debajo, y una minifalda ajustada, que dejaba al descubierto algo más de la mitad de sus muslos de piel tostada por el sol.
La rubia entonces se percató de mi presencia:
- ¿He interrumpido algo? -preguntó con una sonrisa pícara-.
- No. Sí. Bueno, verás, no es lo que parece -balbuceó Lucía cortadísima-.
- Bueno, ¿me vais a invitar a pasar, o me dejáis en el pasillo todo el día? -dijo la rubia-.
- Si, perdona, por supuesto -Lucía se apartó para dejarla entrar, cerrando la puerta tras ella-. Luego se volvió hacia mí: Te presento a Marga, la amiga que iba a acompañarme en éste viaje. Marga, éste es Alberto, nos hemos conocido aquí.
- Mucho gusto -dijo Marga, mientras me besaba en las mejillas-. Resulta que, al final, me decidí a venir para apartarme del duelo de mi familia, que me asfixiaba. En la agencia no pusieron inconveniente, siempre y cuando me pagara el billete de ida. Y después, con sonrisa traviesa, dirigiéndose a Lucía: Parece que has aprovechado bien el tiempo...
En pocas palabras, todavía ruborizada, ésta le contó los incidentes del día anterior, causados por el error de la agencia de viajes.
- El problema -terminó Lucía- es que tú ahora tampoco tienes habitación...
Marga, sin responder, recorrió con una mirada descarada mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose más de lo que la decencia aconsejaba en la protuberancia que abultaba la entrepierna de mi breve "slip" de baño. Después, se sentó en la cama más cercana, su pequeña falda arremangada por la postura en torno a sus caderas, los muslos provocativamente separados, ofreciéndome una sofocante visión de su pubis apenas velado por una braguita de encaje blanca:
- Bueno, si están así las cosas, no tendré más remedio que compartir la habitación con vosotros, si no tenéis inconveniente. Espacio hay de sobra...
(Continuará...)
Comentarios: donnar@wanadoo.es
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