LA LECTORA DE RELATOS
ERÓTICOS
Cyber, hetero, infidelidad. Tras escribir unos cuentos
eróticos recibió un mensaje muy halagador de una lectora.
Por casualidad, tropecé un día, mientras navegaba por Internet,
con varias páginas de relatos eróticos. Estuve leyendo algunos,
pero aquello era una porquería. La mayoría estaban mal escritos,
denotando claramente la falta de preparación del autor o autora. Incluso,
algunos tenían flagrantes faltas de ortografía. Muchos de ellos,
constaban de un par de párrafos -aunque ocupaban más de tres páginas-
sin puntos y aparte, con pocas comas puestas de forma incorrecta, muy difíciles
de leer.
Luego, estaban los temas. Había cosas verdaderamente desagradables, al
menos para mí. Tríos en los que un hombre lo hacía con
otro, mientras éste último se "beneficiaba" a la mujer
del primero. Hermanos con hermanas. Y muchos jugos que chorreaban, y mucho semen
tragado ávidamente. ¡Hombre!. No he nacido ayer, ni soy virgen.
Pero creo que ciertas cosas deben tratarse con un poco más de delicadeza.
Pensé que yo podía hacerlo mejor. Y casi por juego, escribí
una historia dividida en tres partes -como sus tres protagonistas, un hombre
y dos mujeres- y la envié a uno de aquellos sitios, que contenía
pocos cuentos, pero de algo mejor calidad y un tanto más cuidados que
en las otras páginas que había visitado.
Al otro día, revisé la página. Mis relatos no aparecían
en ella. Esperé dos días más, y entré de nuevo.
Nada.
Tampoco nada a la semana siguiente. Por fin, más de diez días
después de haberlos remitido, aparecieron como novedades en la página
de marras. Sentí una cierta sensación de orgullo, al ver mi trabajo
publicado... hasta que advertí que allí aparecía mi dirección
de correo electrónico. ¡Maldición!. Rogué por que
nadie conocido entrara en ésa Web, y reconociera mi "e-mail".
Me daba muchísima vergüenza que pudiera leer mis fantasías
sexuales, aunque fueran más bien discretas, y no tuvieran secreciones
a granel.
Poco a poco, me fui olvidando de aquello. No sentí nunca más la
tentación de entrar en ninguna de aquellas páginas, ni siquiera
en la que contenía mis primeros escarceos como escritor de cuentos eróticos.
Habían pasado como dos meses, cuando recibí un correo electrónico
de una remitente absolutamente desconocida. Me da "repelús",
en la era de los virus, recibir uno de estos mensajes, pero el antivirus no
había detectado nada en él, así es que después de
dudar si borrarlo directamente, finalmente pudo más la curiosidad, y
lo abrí. No tenía ningún archivo adjunto, que hubiera podido
ocultar un programa malicioso:
"He leído tus tres relatos en la página xxxx y me han parecido
muy buenos.
¿Tienes intención de continuar el cuento con una cuarta parte?.
Me gustaría leer más.
Saludos cordiales. Julia."
Pues no, no había pensado continuarlo. Pero me llenó de satisfacción
que alguien hubiera apreciado el producto de mi imaginación, así
es que aquella misma tarde, escribí un nuevo capítulo, de un par
de páginas. Después de revisarlo cuidadosamente, de eliminar palabras
redundantes, corregir algunas frases, y revisar cuidadosamente la ortografía,
lo envié al mismo "site" que los anteriores.
Luego, pensé que merecía alguna atención por mi parte,
como premio a su amabilidad, y se lo remití como "adjunto"
en un mensaje de correo, en el que escribí:
"Gracias, Julia, por tu bondadosa opinión. Eres la primera y única
persona que me ha felicitado, así es que, en agradecimiento, acompaño
la continuación del relato, que en la página no se pondrá
hasta dentro de dos semanas.
Muchas gracias, y un saludo".
Al día siguiente, al recibir mi correo electrónico a primera hora
de la mañana, encontré un nuevo mensaje Agradezco mucho que me
hayas concedido la primicia. Es mejor aún que los anteriores.
¿Sería posible que nos conociéramos?. Vivo en x (nombre
de otra ciudad).
Un abrazo. Julia".
Estuve pensando un rato en aquella oferta. Alguna vez había tenido que
viajar a x, por motivos profesionales. Pero, soy un hombre casado, y no quería
"líos de faldas". Además, me parecía que una
mujer que de aquella forma pretendía establecer relación con un
desconocido, sin duda debería tener algún problema de relación.
O era mayor, o poco atractiva. Y no es que crea que sólo las jovencitas,
y las muy guapas, tienen derecho a la vida, pero yo tengo mis gustos. Contesté:
"Lo lamento, Julia, pero eso no es factible". Entre otras cosas, porque
yo no vivo en x.
Gracias por tu amabilidad y un saludo".
Después de releer el texto, borré "saludo" y lo sustituí
por "abrazo". Luego pensé "¡Qué demonios!.
Voy a darle alguna satisfacción por su ofrecimiento". Borré
"abrazo", lo sustituí por "beso", y envié
el mensaje.
A primera hora de la tarde, me conecté de nuevo con el servidor de correo.
Había tres mensajes, uno de ellos de Julia:
"Al menos, no te importará hablar conmigo por teléfono. Mi
número es el 9xx xxx xxx.
Espero tu llamada. Muchos besos".
¡Caramba!. Esto se estaba poniendo cada vez más íntimo.
Después de pensarlo largamente, traté de convencerme a mí
mismo de que aquello no me comprometía a nada, y quizá, podría
saciar mi curiosidad acerca de la chica. La dificultad era encontrar el momento
propicio. En casa ni pensarlo, y en el trabajo, mi secretaria podía perfectamente
escuchar la conversación. Decidí olvidarme de ello.
Pero no pude evitar estar dándole vueltas al tema todo el día
siguiente. Por un lado, aquello no conducía a nada. Aunque fuera la mujer
más deseable del mundo -y yo lo dudaba- y salvadas las dificultades debidas
a la distancia, no me atrevería nunca a conocerla, y menos a tener una
aventura con ella, que era el único motivo por el que podría decidirme
a hacerlo. Soy ya mayorcito para meterme en problemas. Por otra parte, la idea
de "echar una cana al aire", aunque no fuera de inmediato, me producía
cierto cosquilleo en el bajo vientre...
Al otro día, recibí un correo de juliar@etc. que tenía
un archivo gráfico adjunto. Lo abrí. Era la foto digitalizada
de una chica morena, ojos oscuros -aunque en la foto no se distinguía
el color- y bonita cara. Estaba en bikini, con un fondo de olas y arena de playa.
Tenía unos pechos llenos, cintura proporcionada, estupendas caderas,
y unos muslos incitantes.
"¡No te lo crees ni tú! -pensé-. ¿Para qué
demonios va a necesitar un bombón así tener una aventura a ciegas,
a través de la Red?. Esta foto es de una conocida, o de su hermana pequeña".
El texto decía:
"Esa soy yo. ¡Anímate a llamarme!. Quiero oír tu voz.
Muchos besos. Julia".
Sin detenerme a pensarlo, elegí una foto en la que yo estaba solo, de
cuerpo entero, y en bañador, tomada en las últimas vacaciones.
La pasé por el "scanner", y se la envié como acompañamiento
de un nuevo mensaje de correo:
"Pues, ésta es una imagen de quasimodo -mi dirección electrónica
es quasimodo@xxxx-. No sé que idea te habrás hecho de mí,
pero como podrás ver, no soy precisamente Arnold S..
Besos".
Esa noche me quedé sólo en casa. Mi mujer tenía una cena
con los compañeros de la oficina, y me dijo que volvería algo
tarde. Y mi hijo lleva algún tiempo estudiando en Estados Unidos.
Lo estuve pensando mucho, hasta que al final me decidí, pensando que
no habría mejor ocasión de hacer la llamada. Me senté ante
el ordenador, con la foto de la chica en pantalla. Tomé el teléfono
móvil de mi hijo -es de tarjeta, por lo que no habría huella en
ninguna factura- y marqué el número del mensaje del día
anterior.
Tras dos señales, oí una bonita voz de mujer:
- Diga...
- Quiero hablar con Julia.
- Soy Julia. ¿Quién llama?.
- Quasimodo.
- ¡Hola quasimodo!. Bueno Alberto. Me encanta que al final te hayas decidido
a llamarme. He visto tu foto. No eres tan feo como indica tu apodo.
"¡Rayos!. ¿De dónde habrá sacado mi nombre?.
¡Estúpido de mí!, de los mensajes de correo".
- No. Me vino el personaje a la cabeza cuando estaba buscando un identificador.
Hubo una pausa.
- Los cuentos son experiencias o fantasías?.
Dudé un momento.
- Fantasías. ¡Ojala lo hubiera vivido de verdad!.
- Eres muy sincero. Otro en tu lugar, habría presumido de habérselo
"montado" con dos chicas a la vez.
- He leído que la gente se hace pasar por quien no es en Internet, y
no quiero engañar a nadie. ¿Tu foto es actual?.
Ella rió brevemente:
- Tengo 28 años. Soy morena, ojos castaños, mido 81-60-83 y 1,75
de alta. Los que me conocen, me dicen que estoy muy bien, aunque me esté
mal decirlo. Y la foto es del año pasado.
"¡Y un cuerno!. Una mujer así debe tener los pretendientes
a patadas. No me necesita a mí para nada".
Decidí desanimarla, diciéndole la pura verdad:
- Mi foto es reciente, de las últimas vacaciones. Tengo 51 años.
1,80 de estatura. Ojos verdes. Estoy casado, y tengo un hijo mayor. No me conservo
mal, pero, aunque tengo pocas canas, he echado un poco de barriga, como habrás
podido ver. Eso sí, no estoy jorobado. Vivo en Barcelona.
- ¡Qué casualidad!. El miércoles de la semana próxima
tengo que ir a Barcelona. Me alojaré en el hotel X (un hotel de 5 estrellas,
en el centro de la ciudad).
No creo en las casualidades. Seguro que mentía. Pero me halagaba que
la chica estuviera dispuesta a hacer un viaje tan largo solo por verme. Y, sin
embargo, le había salido el nombre del hotel sin pensarlo...
Hubo una pausa de unos segundos. Luego, volví a oír su voz:
- O me estas engañando de una forma muy rara, o es la primera vez que
encuentro a alguien sincero en Internet. Tienes razón en lo que decías.
En el chat, los hombres son siempre solteros y sin compromiso, guapos como Adonis,
de fuertes brazos, y cuerpo de culturista. Todos son unos verdaderos sementales,
capaces de satisfacer a varias mujeres, una detrás de otra. -Cambió
el tono, a otro más cálido-. Tienes una voz muy interesante...
- Te he dicho la pura verdad.
- ¿Que piensas de la infidelidad?.
Medité un poco la respuesta.
- Tan solo una vez tuve un lío con una compañera de trabajo, en
el transcurso de un viaje de negocios. No se lo he contado a mi mujer, y aun
me siento culpable cada vez que lo recuerdo. -Hice una pausa-. ¿Es una
proposición?.
- ¡Creía que te habías negado a verme! -oí su risa
cristalina-.
- Era broma. ¿Cómo estás segura de que es ésa mi
foto?.
- Porque, después de tu sinceridad, no tengo duda de que la foto es de
verdad.
Me quedé callado. No sabía qué decir. Ella pensó
que se había cortado la comunicación:
- ¡Oye, Alberto!. ¿Estás aún ahí?.
- Si -respondí-.
- ¿Estás sólo?. -Su voz era un susurro-.
- Sí. ¿Y tu?.
- Estoy en mi dormitorio. -Ahora era insinuante-. Sólo tengo puestas
unas braguitas...
Noté el principio de una erección.
- Yo estoy sentado ante el ordenador. Y estoy vestido.
- Quítate poco a poco la ropa. Y, cuéntamelo mientras lo haces
-dijo ella-.
"¡Joder con la niña!. Ahora quiere teléfono erótico
gratuito".
- Me estoy quitando los pantalones -dije yo-. Pero era mentira.
- ¿Estás... -vaciló- empalmado?.
- Estoy viento tu fotografía en el monitor. Te imagino casi desnuda,
y se me ha puesto muy tiesa. -Y ésa vez no mentía-.
- Tengo tu foto también delante de mí, en la mesilla. Estoy acariciándome
los pechos con la otra mano. Quítate la camisa.
Dejé transcurrir unos segundos, antes de responder, siguiendo su juego:
- Tengo el torso desnudo.
- Me estoy acariciando la... "rajita". Estoy muy mojada... Quítate
los calzoncillos.
Mi erección era tremenda. Opté por abrir la cremallera, y dejar
que mi pene saliera fuera del pantalón. Respondí:
- Ya lo he hecho. Estoy muy excitado.
- Me estoy quitando las braguitas... -Y, tras una pausa, continuó-:
- Estoy completamente desnuda sobre la cama. Tengo las piernas abiertas, y me
gustaría que tú estuvieras mirando...
Casi sin darme cuenta, empecé a masturbarme. No lo había hecho
en muchos años. Decidí continuar el juego.
- Yo también estoy desnudo, y me estoy... masturbando. -Seguía
vestido, sólo lo último era verdad-.
- Mmmm.
"Pues, si quieres teléfono erótico, lo vas a tener".
- Imagínate ahora que me subo en tu cama. Siente mi aliento sobre tu
sexo. Piensa que te estoy chupando lentamente el coñito.
- Mmmm, mmmm.
- Ahora, estoy tomando tu clítoris entre los labios, y lo estoy lamiendo
con la punta de la lengua. Imagina que la introduzco ahora en tu vagina, y la
muevo dentro de ella. Nota como te acaricia por dentro...
- Mmmmm. Tengo dos dedos en mi... agujerito. Yo también me estoy masturbando...
Dime que sientes.
- Estoy a punto de explotar. No tardaré en correrme.
Continué el excitante juego:
- Me he subido sobre ti. Estoy acariciando tu vulva con mi pene.
- Ahhhhh, mmmmmm.
- ¿Sientes como te estoy penetrando?.
- Ahhhhh, ohhhhh.
- Me estoy moviendo sobre ti. ¿Notas como mi pene entra profundamente
en tu vagina?.
- Me estoy... mmmmmm "viniendo". -Su voz era ahora jadeante-. ¡Ahhhh!,
¡ahhhh!, ¡¡¡¡¡ahhhhhhhhhhhhhhh!!!!!.
Hubo un largo silencio, en el transcurso del cual, eyaculé, manchando
mis pantalones y el suelo. Mis suspiros se habían debido sentir también
a través de la línea, porque dijo:
- ¿Te has... corrido?.
- Si, -repliqué-.
- Yo también, pero necesito más. Tengo que verte.
- No puedo -dije yo con infinita frustración-.
- Ven el miércoles a mi hotel -contestó ella-. Estaré esperándote,
sola, desde las cinco de la tarde.
- De veras que es imposible -pero yo estaba ya cavilando el modo de acudir a
la cita-.
- Solo un ratito... -dijo ella melosa-.
Me decidí:
- No sé como lo voy a arreglar, pero iré. No puedo decirte a qué
hora...
- Te esperaré impaciente, mi amor. Un beso en tu... "cosita".
Colgué.
Limpié como pude los restos de mi aventura telefónica, rogando
para que no quedaran manchas en la prenda. Estuve mucho rato pensando en la
experiencia. Finalmente, me decidí con un encogimiento de hombros:
"¡Qué diablos!. Sólo se vive una vez. Y si, al final,
resulta que la foto no es suya, pues la dejo plantada, y que le den... Se lo
tendría merecido, por embustera".
Estuve nervioso y desasosegado el resto de la semana. El miércoles siguiente,
después de comer, llamé a mi mujer, diciéndole que tenía
una reunión a las siete -lo cual me dejaba tiempo de margen para volver
a casa a las nueve o las diez-. Como esto no era desacostumbrado, ella sólo
me dijo que viniera pronto, y colgó.
A las cuatro y media, me marché de la oficina, diciéndole a mi
secretaria que tenía una reunión en casa de un cliente -sin especificar-.
Como a las cinco y diez, tras una parada para comprar un ramo de flores, y a
pesar del intenso tráfico, logré estacionar el coche en el parking
del hotel. En recepción, averigüé el número de su
habitación, después de que el empleado me preguntara mi nombre,
y llamara a Julia. Subí de dos en dos los escalones hasta el segundo
piso, "pasando" del ascensor, aunque estaba detenido en la planta
baja.
Repiqueteé con los nudillos. Entre la carrera, y la excitación
del momento, mi corazón saltaba en el pecho. Y tenía una erección
más que regular.
Se abrió la puerta, y me quedé de piedra. ¡Era tal y como
se veía en la foto!, solo que más deseable al natural. Llevaba
un vestido amplio, de una sola pieza. Era bastante escotado, y sus altos pechos
-que claramente no estaban ceñidos por ningún sujetador- pugnaban
por escaparse de la fina tela. La falda, muy cortita, dejaba ver unas piernas
preciosas, a las que no había hecho justicia la cámara, o eso
me pareció. Tenía la piel ligeramente tostada, y sonreía
ampliamente.
- Pasa. No estaba segura de que al final vinieras...
- Eres preciosa -dije, mientras cerraba la puerta a mi espalda-.
Se apretó contra mi, y me besó sin más preámbulos,
introduciendo su lengua entre mis labios, sus manos en torno a mi cuello. Yo
la abracé estrechamente por la cintura, las manos en sus nalgas, y correspondí
al beso. Tras unos segundos enlazados, se apartó:
-¿Quieres beber algo?.
- No. -Me lancé-. Sólo quiero tu boca, y ese maravilloso cuerpo
tuyo.
Me precedió, entrando en el dormitorio, y se sentó sonriente sobre
una de las dos camas, la falda arremangada por la postura hasta muy arriba,
las piernas separadas, permitiéndome ver la entrepierna de sus braguitas
blancas. Fue ella la que rompió el silencio, juguetona:
- Si tus ojos pudieran moverse solos, los tendría debajo de la falda.
- Mis ojos no. Pero mis manos sí -respondí-.
Me acerqué, sentándome junto a ella, y comencé a acariciar
sus muslos, mientras la besaba largamente. Luego, introduje la otra mano por
su escote, y acaricié sus dos suaves y firmes pechos. Los pezones se
endurecieron inmediatamente con el contacto. La mano que yo tenía entre
sus piernas, acariciaba ahora su vulva por encima de la tela.
Tuve una idea repentina. Me levanté, y me senté en una pequeña
butaca que había frente a ella. Empecé a desprenderme lentamente
de la camisa, mientras decía:
- Tengo el torso desnudo...
Ella, que se había quedado momentáneamente parada, comprendió
inmediatamente el juego, sonriente. Deslizó los tirantes de su vestido
por los brazos, muy despacio, dejando al aire sus dos hermosos senos, erguidos
sin necesidad alguna de sujetador, mientras decía:
- Me he bajado la pechera del vestido. Tengo los pechos al aire.
Su mano se introdujo bajo la cinturilla de la braguita, y vi moverse sus dedos,
acariciándose por debajo de la prenda. Prosiguió:
- Tengo un dedo metido en la vagina. Me estoy masturbando.
Yo estaba también tocando el enorme bulto de mi entrepierna. Me puse
en pie, quitándome rápidamente los pantalones y los zapatos, y
metí también la mano debajo del slip.
- Yo también me estoy dando placer con la mano.
Pero tenía la mano quieta. No quería, por segunda vez, manchar
estérilmente el piso. Estaba muy excitado, mis testículos hinchados,
mi pene erecto intentando escapar de la breve prenda que me quedaba.
Ella se puso también en pie, dejando deslizar el vestido hasta el suelo.
Luego, volvió a sentarse sobre la cama, las piernas abiertas y encogidas,
mientras seguía acariciándose. Su respiración era jadeante:
- Estoy muy caliente...
Me quité el slip, quedando totalmente desnudo. Ella se despojó
también de las braguitas, volviendo después a su posición
anterior, los labios de su vulva presionados arriba y abajo con los movimientos
de su mano.
No tenía ningún sentido contarle, como a través del teléfono,
lo que le estaba haciendo. Me subí en la cama. Ella continuó con
las piernas abiertas, su sexo turgente totalmente a la vista Sus dos manos se
enlazaron tras mi cuello, mientras jadeaba profundamente, expectante.
Separé los abultados labios, y lamí los pliegues internos, ahora
expuestos. Al poco tiempo, apretó mi cabeza contra ella, estremeciéndose
en un intenso orgasmo.
Ahora, empecé a besar suavemente sus párpados, las aletas de su
nariz, sus pómulos. Deposité un largo beso en su boca entreabierta,
nuestras lenguas en contacto. Después, continué con sus pequeñas
orejas, su cuello. Mordisqueé sus enhiestos pezones, lamiendo después
las aréolas oscuras. Luego, uno tras otro, los succioné, mientras
los recorría con la lengua.
Ella, que había empezado a calmarse, volvió a iniciar sus jadeos.
Continué besando su vientre. Después, lamí el botoncito
de su ombligo, descendiendo hasta su pubis, y besando la suave cara interior
de sus muslos, y sus ingles. Estaba contorsionándose, los ojos cerrados,
y sus manos competían con las mías por masajear sus pechos.
Cuando, al fin, puse otra vez mi boca en su sexo, me dediqué a presionar
el clítoris entre mis labios entreabiertos, la punta de mi lengua acariciándolo
suavemente. Tuve que sujetarla por las caderas. Sus estremecimientos eran de
tal magnitud que me impedían gozar de su ardiente feminidad.
Introduje la punta de mi lengua en su vagina, y la lamí con movimientos
circulares. Su cuerpo se estremecía, como si sufriera convulsiones. Me
tomó del pelo, y sus gritos me indicaron que estaba disfrutando de un
nuevo orgasmo.
Hice el propósito de dejarla descansar, pero yo estaba ya fuera de mí.
Introduje mi pene profundamente dentro de ella, y me moví, con suaves
embestidas, mientras la besaba por toda la cara, mis manos pellizcando suavemente
sus pezones. Sentí que iba a acabar inmediatamente, por lo que me contuve,
mi falo agradablemente alojado en su interior, volviendo a cubrir su cara de
suaves besos.
Ella estaba ahora intentando recuperar el ritmo normal de su respiración,
sus manos acariciando mis nalgas.
Tras unos instantes, volví a moverme, muy despacio. Quería prolongar
lo más posible la sensación de mi pene entrando y retirándose
de su húmeda concavidad. De nuevo, noté su respiración
acelerada, y sus manos engarfiadas en mi trasero. Me detuve otra vez, mordiendo
suavemente sus pechos, mientras su aliento volvía a convertirse en jadeante.
No me pude contener más. Arremetí contra ella con desesperación,
gimiendo roncamente, eyaculando casi de inmediato dentro de su vientre. A los
pocos segundos, mientras yo continuaba con mis movimientos, ella consiguió
un nuevo y convulso orgasmo, que duró muchos segundos.
Estuvimos mucho rato abrazados en la cama, besándonos dulcemente, sin
hablar. Sólo mirándonos a los ojos.
Después, ella me condujo al cuarto de baño. Abrió el grifo,
ofreciéndome al inclinarse una maravillosa visión de su espalda
-que aún no había tenido ocasión de contemplar- y de sus
redondas nalgas, su vulva y su ano mostrándose desde atrás.
Se introdujo bajo el agua, y me tomó de la mano, haciéndome entrar
con ella. Lenta, morosamente, estuvimos enjabonándonos los dos, uno al
otro. Cuando metí mi mano entre sus piernas, me entretuve, masajeando
con mis dedos lubricados por el jabón entre los hinchados labios de su
sexo.
Luego, introduje un dedo en su vagina, que moví dentro y fuera, como
si fuera un pequeño pene, la palma de mi mano acariciando al mismo tiempo
el resto de su vulva. Tras unos segundos, apretó los muslos contra mi
mano, estremeciéndose con un nuevo orgasmo.
Nos secamos muy despacio, y volvimos a la cama. Ahora fue ella la que se inclinó
sobre mí, tomando mi pene entre sus labios, y lamiéndolo suavemente,
mientras sus manos acariciaban todo mi cuerpo.
Noté el principio de una nueva erección. Ella continuó
un rato, pasando de vez en cuando su boca de mi pene a los testículos,
mientras yo, a mi vez, volvía a acariciar su vulva húmeda, y no
sólo por la reciente ducha. De nuevo, introduje dos dedos en su vagina,
y los moví muy despacio dentro y fuera de ella.
Los dos jadeábamos fuertemente, yo con la maravillosa sensación
de sus labios en torno a mi verga, su lengua lamiendo mi glande. Sentí
que iba a correrme en su boca. Ante su desilusión, la aparté.
Pero su cara se tornó en gozosa, los ojos cerrados, las mejillas muy
encendidas, cuando volvió a sentirme dentro de ella...
Muy poco después, ambos nos estremecimos, con un intenso orgasmo compartido...
Plenamente saciados, estuvimos un rato acariciándonos cariñosamente,
tendidos frente a frente en la cama. A pesar de sus nada velados intentos, no
le di ningún dato más sobre mi. Ella, sin embargo, me contó
innumerables cosas sobre su vida y sus proyectos.
En algún momento, advertí que había oscurecido, y que la
habitación sólo estaba iluminada por la lámpara de su mesilla.
Las manecillas de mi reloj indicaban las 9:20. Me levanté muy despacio,
deshaciendo el abrazo, y comencé a vestirme. Oí su voz decepcionada:
- ¿Tienes que marcharte ya?.
- Lo siento, mi amor, pero no tengo más remedio. Nada me gustaría
más que dormir ésta noche entre tus brazos. Pero, no es posible.
- ¿Volveré a verte? -preguntó ella-.
Y gruesas lágrimas corrían por sus mejillas, con un llanto silencioso.
- No. Tenemos que ser sensatos. Vivimos separados por más de 500 km.
Yo casi te doblo la edad; hasta podrías ser mi hija. No tenemos ningún
futuro, y sólo podemos causarnos daño a nosotros mismos y a otros,
si seguimos adelante con esto. Imagina que ha sido un maravilloso sueño,
producto de la lectura de un relato erótico. Aunque sea el tópico
de todo marido infiel, es mucho mejor para ti.
Me volví, saliendo de la habitación. No podía soportar
la visión de su llanto, ni seguir contemplando ni un momento más
su maravilloso cuerpo desnudo sobre la cama.
-o-O-o-
No me ha enviado ningún mensaje. No sabe dónde vivo, ni conoce
mi número de teléfono porque, aunque tiene mi nombre y apellidos,
no aparezco en la guía. Y es prácticamente imposible que alguna
vez nos encontremos, en una de mis espaciadas visitas a su ciudad.
Y, mi preciosa Julia, si lees estas líneas, no intentes ponerte en de
nuevo en contacto conmigo. Todavía me duele mucho tu recuerdo...
qasimodo@navegalia.com
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