PRISCILLA
Cyber. La unión
entre ellos había sido muy fuerte, necesitaba verla y estar con ella de
nuevo, con lo que decidió buscarla a través de Internet.
Autor: Soy95
Priscilla
se apareció un día en mi trabajo con toda la frescura y el encanto
de sus 17 años. Fue simplemente así: levanté la cabeza
y la vi, sonriente y
espléndida con su uniforme del último año
del secundario y con los libros en
la mano. Un poco más baja que yo,
el pelo muy negro, la piel atractivamente
tostada y aquella mirada tan especial
y que tantos recuerdos me traía. Estaba
parada frente a mí con
la timidez de quien todavía se siente una niña, pero
al mismo
tiempo con la seducción de quien ya comienza a sentirse una mujer.
Hacía
varios años que no nos veíamos. Yo había estado casado mucho
tiempo con su madre, por lo tanto era mi hijastra y prácticamente la había
criado La
unión entre nosotros había sido muy fuerte y creo
que realmente nos habíamos
querido como padre e hija o tal vez más
Yo la adoraba y creo que ella a mí
también Me gustaba cuidarla
educarla y mimarla y la vi crecer durante
años Pero luego había
llegado el divorcio y nos alejamos.
Con el tiempo su recuerdo había
crecido en mi memoria La extrañaba y sentía
un inmenso deseo
de verla, no sabía muy bien para qué ni por qué. Tal vez
solo
para encontrarme un día y saber de su vida, como un ejercicio
de curiosidad. O
más que eso: por momentos pensaba en ella como hijastra
y deseaba actuar como
padrastro, ayudarla en sus cosas, orientarla y apoyarla
con todo cariño. En
otros momentos mi deseo era distinto, como si quisiera
que fuéramos
amigos, simplemente muy buenos amigos disfrutando de las
cosas lindas y puras
que tiene la vida. Pero cada vez más pensaba en
ella como mujer, especialmente
desde una vez que la vi en la calle sin que
ella me viera, ya transformada en
una pequeña y adorable mujercita.
Ese día sentí que la quería todavía, pero
que
además me atraía y me gustaba más que ninguna otra mujer
que
conociera. Me daba cuenta que esto era una barbaridad, algo prohibido,
pero no
lo podía evitar. Pronto vino lo inevitable: comencé
a tener fantasías sexuales
con ella. Poco a poco se me hacía
imprescindible volver a encontrarla. Era un
deseo irresistible y decidí
seguirlo, pasara lo que pasara.
Mi plan era bastante indirecto, aunque en el
fondo muy simple. Lo único que
hice fue escribir un relato lleno de
erotismo protagonizado por Priscilla y
por mí. Lo firmé con
seudónimo y lo envié a varias páginas de Internet. El
título
del relato era su nombre verdadero: Priscilla. En algún lugar del mismo
hacía un pedido a todos los lectores: hagan llegar esta historia a
toda
muchacha con ese nombre. Era como tirar una botella al mar y esperar
que
llegara a su destinataria, pero si el azar llevaba el mensaje hasta la
persona indicada sería seguramente una historia extraordinaria que
nos
tocaría vivir a ambos, independientemente de lo que yo llegara
a ser para
ella: el padrastro reencontrado, el amigo descubierto, el amante
ocasional o el
marido y padre de sus hijos. Y ahora habían pasado meses
desde la publicación
y Priscilla estaba ahí, paradita frente
a mí.
-Lo leí-fue lo primero que me dijo.
Le pedí que
me esperara unos minutos, porque ya estaba terminando mi horario
de trabajo.
Salimos juntos del lugar y la invité a tomar algo. En pocos
minutos
estábamos sentados frente a frente en un pequeño café. Fue
un hermoso
reencuentro. Hablamos y hablamos sin parar, nos pusimos al tanto
de nuestras
historias en estos años, recordamos viejos tiempos y nos
reímos
alegremente. Priscilla estaba radiante. Sus ojos negros brillaban
de tan
amorosa manera que casi me sentía mareado, como cayendo dentro
de su
mirada. Yo no podía dejar de admirar sus labios sensuales, su
cuello elegante
y su cuerpo menudo pero esbelto y atractivo. El uniforme del
secundario le
sentaba muy bien y marcaba discretamente las formas redondeadas
de sus
pechos y sus caderas.
-Estás muy linda-le dije.
-Mentiroso-dijo
ella con gesto mimoso. Luego se quedó como pensando, mirándome
a
los ojos con ternura.
Ella tenía las dos manos puestas sobre la mesa
y yo se las cubrí suavemente
con las mías, acariciándola
con suavidad. Llevaba la blusa remangada, así que
poco a poco mi caricia
subió por los brazos sintiendo que ella se erizaba
levemente.
-Me
gusta la suavidad de tu piel-agregué bajando la voz.
-¿En serio
te gusto?-preguntó ella muy frontalmente mientras sus manos
también
acariciaban mi antebrazo muy peludo.
Le contesté con un chiste que la
hizo sonrojar. Dije, señalando nuestras manos
y antebrazos, que las
partes de nuestros cuerpos que estaban desnudas y
acariciándose parecían
gustarse y disfrutarse mucho. Luego la conversación se
hizo más
íntima. Supe que todavía era virgen y que solo tendría sexo
con un
hombre que la quisiera y la comprendiera. Y me confesó que se
había excitado
mucho con el relato que yo había puesto en Internet
y que llevaba su nombre.
Cuando salimos del café ya era de noche. Subimos
al auto y dimos un largo
paseo, siempre conversando. La noche estaba estrellada
y hermosa, así que
bajamos a la playa y caminamos a la orilla del mar.
Ibamos de la mano con
toda naturalidad, como si hubiéramos hecho eso
toda la vida. Cuando Priscilla
dijo que tenía frío la enlacé
por la cintura y ella se dejó llevar
así, recostando su cabecita
en mi hombro.
-Bueno-dijo unos minutos después-me tengo que ir.¿Me
llevas a casa?
Yo me paré frente a ella, sonriente y tomándola
de los brazos.
-Antes voy a besarte-le dije.
-En serio, vamos-me contestó.
-Te
conozco, chiquita-insistí-.Yo sé que estás deseando que te
bese. Me lo
dicen tus ojos.
-Te equivocas-protestó.
Estábamos
muy cerca el uno del otro, así que fue fácil abrazarla y buscarle
la boca. Ella me rehuyó.
-¡No !No hagas eso-seguía
protestando.
Rápidamente la dominé y mi boca capturó su
boquita pequeña. En realidad
Priscilla no rechazaba el beso. Sus labios,
húmedos y entreabiertos, respondían
con timidez mientras su
cuerpo se entregaba al abrazo sin resistencia.
-En la boca no-continuaba mi
hijastra con su débil protesta que yo volvía a
ahogar con otro
beso en los labios.
-Sois una mujercita tan dulce-le dije al oído, mordisqueándole
una oreja y
besándole el cuello.
Ella me echó los brazos
al cuello ofreciéndome su boquita ansiosamente
entreabierta. Nos besamos
interminablemente, entrelamiendose nuestras lenguas
con pasión mientras
mis manos subían hasta el amoroso bulto de sus
pechos. Los oprimí
tiernamente hasta arrancarle suspiros de placer. Los
suspiros se hicieron
gemidos cuando mi otra mano bajó por su
espalda, acarició la
rotunda curva de su trasero y subió bajo su pollera
recorriendo sus
piernas. La boca de Priscilla era como una ventosita pegada a
mi boca mientras
yo frotaba su cuerpito contra el mío y sentía que la niña
me respondía y se movía y se restregaba jadeante contra mí.
En la soledad de
la playa nos deslizamos hasta la arena.
-¿Qué
me vas a hacer?-preguntó ella tirada bocaarriba sobre la arena.
Parecía
casi desvalida a la luz de la luna, despeinada, con varios botones de
la blusa
desprendidos y la pollerita gris subida casi hasta la cintura. Pero
su vocecita
algo ronca sonaba excitada. Yo me arrodillé frente a ella y la
besé
directamente entre las piernas, sobre la humedecida tela de su
bombacha. Ella
se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
-¡Aaaahhhhhh!-exclamó
abriendo bien las piernas.
Priscilla temblaba a tal punto que la sentí
al borde del orgasmo. Bajé apenas
su bombachita y lamí su clítoris
con ardor.
-Noooo-gemía ella.
La aferré por las caderas y
deslicé mi lengua por su conchita empapada. La
niña se movía
violentamente contra mi cara con desesperados jadeos de
placer.
-Papito-gritaba-aaaaaahhhhhhhhhhhhhhh.
Le
chupé la concha hasta arrancarle un violento orgasmo. Mi hijastra explotó
en un largo chillido y su cuerpo de nena quedó rígido como una
tabla
mientras se acababa deliciosamente en mi boca. Luego estuvimos un rato
en
silencio, tirados los dos bocarriba sobre la arena. Solo se escuchaba el
ruido
del mar y la respiración agitada de Priscilla que no lograba
calmarse. Sin
hablar una palabra nos levantamos, nos sacudimos la arena y
nos arreglamos la
ropa. Ella parecía avergonzada y ni siquiera me miraba
mientras íbamos hacia
el auto.
-¿Me llevas a casa?-preguntó
mientras arrancábamos.
Yo puse mi mano derecha sobre su rodilla. Poco
a poco mi caricia fue subiendo
por su pierna levemente erizada. Mientras tanto
le recordaba historias de su
infancia, episodios que habíamos vivido
juntos. Lentamente también ella
comenzó a recordar, a preguntar
y a contar con cierta nostalgia. Su voz sonaba
muy dulce. Mi mano izquierda
iba sobre el volante del auto y mi mano derecha
seguía acariciando
su pierna, cada vez más arriba y sin que ella me
detuviera. La miré
de reojo y vi que estaba recostada hacia atrás en el
asiento y con
los ojos cerrados.
-Me gustan tus piernas-le dije de improviso interrumpiendo
su relato sobre
un momento especial de su infancia.
Ella siguió
hablando con naturalidad. Quise meter mi mano entre sus piernas
pero ella
me frenó.
-No-dijo poniendo su mano sobre la mía.
-Solo una
caricia-le dije-,sois una mujercita muy tentadora.
-¿Más que
mi madre?-preguntó con una mezcla de audacia y timidez mientras
seguía
impidiendo el avance de mi mano.
-Mucho más, mi chiquita-le dije-.Desde
muy niña fuiste mi preferida. Me
fascina tu forma de ser, tu personalidad.
Priscilita, sois una espléndida
mujer. Tu cuerpo...
La manito de
ella cedió su resistencia y mi mano la acarició de lleno entre
las
piernas ligeramente abiertas. Sus ojos seguían cerrados y su respiración
volvía a agitarse.
-Tu cuerpo es divino-le susurré deteniendo
el auto-,divino. Y yo sé lo que
deseas con toda el alma, lo supe en
la playa mi amorcito.
Volví a sentir en mis dedos la humedad de su sexo
a través de la suave tela
de su bombacha. La oprimí suavemente,
frotándola hasta arrancarle pequeños
suspiros y gemidos.
-Noo-murmuró
débilmente mi hijastra-no hagas eso, porfa...no hagas eso...
-Estás
excitada mi amor-le dije acariciando su cara con la otra mano.
Los labios de
Priscilla estaban sensualmente entreabiertos y los sentí
húmedos
cuando los acaricié con la punta de los dedos.
-Papito querido-susurró
con voz ronca.
La niña atrapó mis dedos con sus labios y los
besó y chupó con un espléndido
erotismo. Yo hice lo mismo
con su delicada manito. Luego nos besamos
apasionadamente en la boca. Mi mano
bajó por su cuello y luego se cerró
fuertemente sobre uno de
sus pechos. Sus ojitos seguían cerrados y sus senos
subían y
bajaban con su agitada respiración.
-No...no sigas-protestó ella
liberándose del beso-.No sigas que mamá nos va
a descubrir.
Cuando
abrió los ojos se dio cuenta que no estábamos frente a su casa sino
en el estacionamiento de un motel. Se bajó del auto junto conmigo,
todavía
sorprendida. Rápidamente entramos en la habitación
y cerré la puerta. Había
sido todo muy rápido. Priscilla
miraba casi incrédula el lugar: las luces
rojizas muy bajas, los grandes
espejos en el techo y las paredes y la hermosa
y enorme cama presidiendo el
ambiente. La abracé por detrás, besándole el
cuello y
las orejas y acariciando con firmeza la plenitud de sus pechos.
-Deseo estos
pechitos desde que empezaron a crecer-le dije al oído.
Ella estiró
los brazos hacia atrás y arriba, cruzando sus manos detrás de mi
cuello y girando su cabeza hasta ofrecerme la boquita entreabierta y
golosa.
Nos besamos apasionadamente mientras yo le fui primero desprendiendo
uno a
uno los botones de la blusa y enseguida bajando el cierre de su
pollera. Priscilla
gemía.
-Desde chiquita quería que me hicieras esto-murmuró
con voz ronca y
entrecortada.
Se dio vuelta bruscamente y se paró
frente a mí. Retrocedió un
paso, jadeando, el pelo muy negro,
semidesvestida y mirándome a los ojos. Se
quitó la blusa y dejó
que su pollerita gris se deslizara hasta el piso. Yo me
desvestí mirándola.
Su espléndido cuerpo adolescente se me ofrecía apenas
cubierto
con su delicada y blanquísima ropa interior. Ella misma se
desprendió
el sostén y se lo sacó muy lentamente mientras yo me aproximaba.
La
miré muy de cerca. Priscilla tenía los pechos grandes, altos, firmes
y
hermosamente redondeados. La curva de sus caderas era deliciosamente
sugestiva.
A través de uno de los espejos pude ver su magnífico
trasero,
rotundo, bien formado y muy paradito, con las nalgas estallando bajo
la pequeña
bombachita.
-Mi chiquita-le dije abrazándola con fuerza.
Allí
parados nos besamos y acariciamos hasta el borde del orgasmo. Mi
hijastra
gemía y gemía como una yeguita en celo. Mis manos se cebaron en
la
dureza de sus pechos y de su cola. La boca de la niña era un pequeño
volcán, y
su lengua lamía y se dejaba lamer por la mía.
La desnudé por completo y
caímos sobre la cama.
-Te amo-me
susurró con un hilito de voz.
Yo la estaba montando y Priscilla me recibía
con las piernas abiertas y el
sexo ardiente y empapado. La penetré
apenas y ella se quejó.
-Déjame entrar, Prisci-le dije penetrándola
otro poco y arrancándole otro
quejidito.
-¡Aay...me duele!-se
lamentó abrazándose más a mí.
La penetré
más aún y su boquita se abrió muy grande y sus ojos se llenaron
de lágrimas al tiempo que sus quejidos de dolor se hacían más
fuertes. Pero
seguía aferrada a mí, dejándome hacer y
recibiéndome con las piernas muy
abiertas. Empujé una y otra
vez hasta chocar contra la pared de su
virginidad.
-Dame tu virguito, amor-le
dije embistiéndola cada vez con más energía.
-Aaayyy....sí,
papito, siiii.....-gritaba ella con la cara arrasada por el
llanto.
Mis
manos la tenían aferrada de las caderas y mi sexo ya estaba rompiendo su
virgo.
-Así hijita, así-gritaba yo desgarrando y rompiendo
para siempre la elástica
barrera de su himen.
-¡Me estas matando....aaaaahhhhhhhh!-gritaba
Priscilla y comenzaba a mover
su cuerpo adolescente al ritmo que mi cuerpo.
Mi
hijastra parecía enloquecer de dolor y placer mientras la desfloraba. Me
hundí en ella hasta el fondo y su cuerpito se estremeció entre
gritos y
gemidos.
-Yeguita, yeguita-le gritaba yo.
-Papaaaah, ahhhhhhhh,
papiiii...aaahhhhhhhhh-gritaba la niña.
La cogí largamente, besándola
en la boca, disfrutando su lengua, acariciándole
los pechos, lamiendo
sus pezones, metiendo mis dedos entre sus nalgas y
entrando y saliendo sin
parar de su conchita. Priscilla cogía
fantásticamente, respondiendo
a mis embestidas con movimientos circulares
demoledores de sus turgentes caderas,
rodeando mis caderas con sus piernas y
contorsionándose con un placer
incontenible. Nos acabamos los dos juntos de
un modo lujurioso y frenético.
Mi hijastra chillaba y me clavaba las uñas en
la espalda y explotaba
en un orgasmo enorme entre violentas convulsiones.
Fue nuestra primera vez.
Desde entonces la dulce y ardiente Priscilla es mi
mujer. Y pensar que todo
empezó cuando escribí aquel relato titulado
¿Priscilla?
y pedí a todos los ínter nautas que se lo hicieran leer a todas
las muchachas que llevaran ese nombre, porque una, solo una, la
verdadera,
sabría responder al mensaje.
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