SLAYERS
Parodia, lésbico.
Antes de iniciar este relato quiero aclarar que todos los personajes principales
que intervienen en ella pertenecen a la serie Slayers (más conocida aquí
como Reena y Gaudi, salvo la sacerdotisa Calis). Mi intención al escribir
este relato basado en estos personajes es contar con un contexto ya desarrollado
a partir de la serie para desarrollar mis propias historias.
Finalmente, tras haber
derrotado a Estrella Oscura, la compañía se disolvió. El
último de los dioses supervivientes volvió a su mundo portando las
cinco armas de Estrella Oscura, entre las cuales se encontraba la Gorgonova, o
Espada de Luz de Gaudi. El joven guerrero aceptó la perdida de su espada
convencido de la justicia de tal hecho. A fin de cuentas, la Espada pertenecía
antes a las gentes de aquel mundo lejano que a su familia, que la había
custodiado por generaciones, y a lo largo de sus últimas correrías,
había conseguido otra espada en la perdida Aldea de la Justicia, que si
bien no era tan espléndida y poderosa como la Espada de Luz, no cabía
duda de que era un arma muy poderosa.
Theros, por su parte, se evaporó
en el aire inmediatamente después de la marcha del dios con una traviesa
sonrisa de despedida en su rostro, como era su costumbre. Fibia, por su parte,
partió en su forma de dragón de inmediato hacía su hogar,
o lo que quedaba de él después del paso de Estrella Oscura, llevando
consigo a Gillias y el renacido Vargas. Prefirió así separarse de
sus compañeros para poder durante el viaje pensar con tranquilidad en todo
lo que había ocurrido en aquellos trágicos días. Amelia,
por su parte, decidió volver cuanto antes a su país para informar
a su padre de todo lo ocurrido, como era su deber de princesa y emisaria de su
padre.
Así, solo quedaron juntos Reena, Gaudi y Zellgadys, pero no
tardaron en separar nuevamente sus caminos: mientras Reena y Gaudi desean viajar
y conocer más a fondo el nuevo mundo que había tras la desaparecida
Gran Barrera Mágica, Zellgadys decidió reiniciar en este la búsqueda
de ejemplares de la Biblia Claire, en busca del remedio de su apariencia. Así
pues, cuando llegaron a una bifurcación en su camino, Zellgadys se encaminó
a una ciudad dotada de una famosa y reputada biblioteca, mientras Reena y Gaudi
se encaminaron a una región famosa por su cocina. Finalmente, tras un viaje
sin altercados relevantes (dos o tres bandadas de hombres lagarto salteadores)
llegaron a la ciudad al atardecer del tercer día tras su separación
de Zellgadys.
- ¡Ouuuaaaa! -exclamó Reena-. ¡Al fin en
Retalión! Estoy deseando probar su cocina y las exquisiciteces de las que
tanto nos hablaron.
- No eres la única, Reena -dijo Gaudi-. Lacón
asado con salsa Tárbara y cocido de repollo... ¡Tiene que estar delicioso!
Ambos decidieron alojarse en una de las posadas de la ciudad que tenían
mejor fama culinaria. Tras registrarse y dejar sus pertenencias en sus habitaciones,
bajaron al comedor de la posada y pidieron su cena a gritos.
- ¡Posadero!
-gritó Reena- ¡Traenos inmediatamente los platos más sabrosos
de esta ciudad y cuida que nuestra mesa no esté nunca vacia!
El posadero
atendió prontamente el pedido de los dos aventureros, que pronto empezaron
a dar buena cuenta de los platos que les traían, atrayendo invariablemente
la atención, como siempre hacían en cada posada en la que recalaran
hambrientos.
- ¡Estaba delicioso! -exclamó Reena mientras terminaba
de engullir el último trago de la fuente-. ¡Camarero, traiga para
mi el siguiente plato del menú!
- ¡También para mí!
-coreo Gaudi.
El espectáculo de aquella pareja devorando la comida
a tal ritmo y de tal forma acabó finalmente por rebosar la paciencia de
un petulante noble que se hallaba también en el comedor.
- ¡Por
mil dragones, señorita! -dijo plantándose al lado de Reena-. ¡Le
ordeno que termine con este bochornoso espectáculo!
Reena levantó
la mirada hacía el noble.
- ¿Qué pasa, amigo? ¿A
qué espectáculo se refiere?
- ¡A usted! ¡A usted
y su compañero, que ante quienes son superiores a ustedes se
comportan
de una manera indigna incluso de los cerdos salvajes, rebajando así su
dignidad, si es que alguna vez la ha tenido!
- ¡¿Cómo
se atreve?! -exclamó Reena-. ¡Retire eso inmediatamente, usted no
sabe quien soy yo!
- Lo sé -respondió arrogantemente-. ¡Un
animal indigno incluso del abrevadero de una piara!
- ¡BOLA DE FUEGO!
-el ataque mágico de Reena alcanzó a quemarropa al incauto noble,
que cuando se disipó el fuego y el humo, permanecía completamente
chamuscado incapaz de reaccionar, así como el resto de la concurrencia
del local-. ¿Quién es ahora el indigno del abrevadero de una piara?
Y entérese de esto: ¡Yo soy la poderosa hechicera Reena Inverse,
que derrotó a los demonios Sabran´y Gudu, Fibrizzo y Estrella Oscura!
¡La próxima vez apártese de mi camino o probará mi
poderoso Matadragones!
Reena dirigió una mirada al resto del comedor,
para asegurarse de que todos los presentes habían comprendido sus palabras,
o si por el contrario tendría que alzar de nuevo la mano para defenderse
de otras intromisiones o ataques. A su mirada, todos los presentes apartaban asustados
la mirada y volvían a sus platos. También ella iba a volver a su
plato, cuando su mirada se detuvo en una joven solitaria sentada en una mesa.
A diferencia del resto de clientes, no apartó la mirada de Reena. Esta,
la observó por un momento detenidamente.
Era una joven bastante mayor
que ella, de unos veinticinco o veintiséis años, de largo y sedoso
cabello castaño, con unos hermosos ojos azules y unos labios delicados
y carnosos. Vestía amplias y holgadas vestiduras de color claro, y miraba
a Reena con calma, la cual se sintió evaluada por la extraña.
"Qué raro" pensó, "¿Qué hace esa mujer
observándome tan detenidamente? Esas vestiduras semejan ser de una sacerdotisa.
¿Qué querrá de mí?"
Reena permaneció
observando a la extraña un momento más, pero entonces oyó
el crujir de un hueso a su espalda, que subidamente la devolvió a lo más
urgente y prioritario.
- ¡Gaudi, maldito patán traicionero! ¡Deja
esa comida para mí, no te comas toda la fuente!
Volviéndose
contra Gaudi, ambos se enzarzaron en una feroz disputa por la comida que aún
permanecía sobre la mesa.
- ¡Traidor! ¿Comiendo a mis
espaldas mientras yo protejo mi honor? ¡Menudo protector mío estás
hecho!
- ¡Maldita sea, Reena! ¡Tengo hambre y no puedo ocuparme
de todos los embrollos en que te mete tu cabezoneria!
- ¡Está
comida es mía!
Finalmente fue Reena quien se alzó con la victoria.
Todo esto ocurrió bajo la atenta mirada de la misteriosa joven, que sonrió
al ver el traicionero golpe que sirvió a Reena para alzarse con la victoria,
así como al ver su regocijo.
- Si -se dijo-. No me cabe duda de que
cuanto oí de ti es cierto. El azar y mi Señora me han sonreído
esta noche.
Ya caída la noche y tras llenar sus estómagos en
abundancia, Reena y Gaudi se encaminaron a sus aposentos. Gaudi, con el estómago
lleno y cansado del viaje, no tardó en caer dormido como un tronco. Por
el contrario, Reena en su habitación, no lograba conciliar el sueño.
Al contrario, aunque se sentía algo aletargada, su cuerpo y mente estaban
tan alertas y despejados como si estuviese ante una batalla inminente.
- Maldita
sea -masculló Reena-. No entiendo como tras el largo viaje y las cinco
fuentes de comida que cenamos estoy tan desvelada.
De repente, alguien llamó
a su puerta. Reena, hastiada, se levantó de la cama y fue hacía
ella.
- ¿Quién es? ¿Qué desea a estas horas?
- Bien hallada, mi muchacha. Deseaba tener una audiencia con vos -respondió
una melodiosa voz mientras se abría la puerta antes de que Reena pudiese
llegar a ella.
Reena reaccionó con sorpresa. Ante ella estaba la misma
mujer que había visto en el comedor. Ahora frente a ella, pudo apreciar
que era casi una cabeza más alta que ella misma, así como la calidez
de su voz.
- Vaya, tu otra vez -dijo Reena con su característica decisión-.
¿Qué se te ofrece para interrumpir mi sueño?
- Os ruego
me disculpeís por lo intempestivo de la hora, mi muchacha -respondió
la desconocida con una hermosa media sonrisa-, pero no parecéis estar muy
afectada por el sueño.
Sin saber porque, Reena se sonrojó y
apartó levemente la mirada.
- Si acudo a vuestra habitación,
es para saciar mi curiosidad. He oído hablar mucho de vos, y siento curiosidad
por conocer a la hechicera más poderosa de la antigua Gran Barrera Mágica,
quién logró derruirla al derrotar al demonio Fibrizzo -dijo la desconocida.
Reena observó a la sonriente mujer sin saber que hacer. Desde el momento
en que la atisbó en el comedor, la había observado con desconfianza,
que se incrementó al verla entrar en su habitación sin su permiso
a horas de la noche tan altas. Sin embargo, sus exquisitos y educados modales
al hablar, así como sus alabanzas, agradaban a Reena. "Bueno, ya que
no tengo sueño la atenderé" se dijo la joven hechicera, "Parece
cuando menos interesante, y su conversación puede ser útil".
- ¡Me halagan tus palabras, amiga...!
- Calis, Calis del Templo de la
Dulce Señora.
- ...Amiga Calis del Templo de la Dulce Señora
-saludó Reena sin saber a que Templo o Dulce Señora se refería
la sacerdotisa-. Sentaros por favor donde estéis más cómoda
-invitó
a Calis mientras se sentaba sobre el lecho, para dejar a la
sacerdotisa la única silla de la estancia.
- Gracias -respondió
mientras se sentaba en el lecho al lado de Reena. Esta la miró curiosa,
pero desechó cualquier pensamiento extraño y empezó a hablar
con Calis. La sacerdotisa empezó preguntando a Reena sobre sus orígenes,
y siguió con su adiestramiento en la magia y sus enfrentamientos con los
demonios que había encontrado a lo largo del mundo. Conforme respondía
a sus preguntas, Reena se sentía cada vez más relajada con la compañía
de la sacerdotisa. Esta escuchaba con gran cortesía todo aquello que Reena
le relataba. Reena deseaba complacerla en todo cuanto le requería saber.
Finalmente, tras dos o tres horas de conversación, Calis cambió
de tema:
- Y dime... Ese joven que te acompaña, Gaudi, ¿es tu
amante?
- ¿Co...? ¿Cómo dices? -preguntó Reena,
creyendo haber oído mal.
- Ese hermosos joven rubio de largos cabellos.
¿Es tú amante?
- ¡No! -respondió Reena sofocada-.
¿Cómo me preguntas eso? ¿Crees acaso que soy una...? -preguntó
Reena, mientras el enfado se apoderaba de ella.
- Perdona si mi pregunta te
molesta -dijo Calis con calma-. ¿He tocado un tema demasiado intimo?
- Entérate de esto -dijo Reena encarando a Calis-: Nadie hasta ahora ha
sabido conquistar mi... mi... Eh... ¡El eso!
- ¿Tu virginidad?
-preguntó sorprendida la sacerdotisa.
- ¡En efecto! ¡Eso
es! ¡Nadie!
- Sinceramente, después de todo lo que me has contado
sobre ti, me sorprende mucho eso.
- ¿Cómo dices? -preguntó
Reena sin entender a que se refería.
- Hasta ahora me has hablado de
toda tu vida como hechicera. En ella me relatas como has atravesado los senderos
de la magia en busca de conocimiento, poder y nuevas experiencias que llenen tu
alma, así como del poder para doblegar a tus enemigos. Sinceramente me
extraña que no hayas reparada hasta que punto la magia y el sexo son semejantes
en esos aspectos.
- Pero... ¡Es diferente! La magia es algo sublime,
poderoso, grandioso; y el sexo es...
Algo tan...
- ¿Sucio? ¿Y
como definirías el invocar a demonios como Sabran´yGudu para realizar
tus más poderosos hechizos? ¿Permitir que la Madre de Todos los
Demonios, la Diosa de La Pesadilla Eterna utilice tu cuerpo? -dijo Calis refiriéndose
a las vivencias de Reena-. ¿No es acaso sublime, poderoso y grandioso el
regalo más intimo que una persona sencilla pueda hacer a aquel que ama,
el que permite engendrar a las criaturas por las cuales daríamos nuestras
vidas, el que perpetua nuestra existencia en el Universo?
Reena no supo que
responder. En cualquier otro momento, hubiera intentado replicar el razonamiento
de Calis, o se hubiera desentendido de ella, pero no en aquel momento. No en aquel
momento en que Calis la miraba fijamente a los ojos, con una dulzura en sus propios
ojos que desarmaba a Reena.
- Yo... Yo no sé. No sé que responder
a eso -contestó Reena.
- Yo te daré las respuestas, Reena Inverse
-dijo Calis.
Calis se deshizo de la capa y mantos que la cubrían, dejando
ver a Reena que tras
aquellas holgadas ropas había un hermoso cuerpo.
Calis tenia unas largas y esbeltas piernas bien torneadas en unos ceñidos
pantalones cortos. Tenía una estrecha cintura resaltada por unas curvilíneas
caderas. Al ver sus pechos, Reena a pesar de su estado de estupor, no pudo evitar
sentir un ataque de envidia. Los pechos de Calis eran voluminosos, bien proporcionados
y firmes, aún sin el apoyó de la seductora camisa que llevaba Calis
a modo de sostén. Antes de que Reena pudiera reaccionar, Calis la atrajo
hacia ella y le beso en la boca.
- ¡Calis! -reacciono Reena-. ¿Pero
qué haces? ¿Qué...?
- Enseñarte, mi muchacha.
Enseñarte.
Esta vez Calis volvió a besar a Reena al tiempo
que una de sus manos se deslizaba por el camisón de dormir que esta llevaba,
acariciando la columna vertebral con un dedo tan suavemente, que Reena sintió
un leve espasmo de placer que le impidió reaccionar. Mientras Calis seguía
besando la boca de Reena, venciendo rápidamente su resistencia y la pasividad
de la propia lengua de Reena, su mano se deslizó por toda su columna vertebral
mientras con la otra mano acariciaba el muslo de Reena, acercándose poco
a poco a su sexo.
Reena no podía reaccionar. En su mente, un caótico
cúmulo de emociones y pensamientos heterogéneos se sucedían.
Había caído en una trampa de aquella desconocida, que la estaba
seduciendo; ella, ¡una mujer! ¡Ella no era como Calis! ¡No era
lesbiana! Pero no podía negar ni ignorar lo que sentía en aquel
momento, el placer que le proporcionaba aquella mujer, sus deseos de abrazar a
aquella mujer y acariciarla, besarla, amarla... Pero cuanto más acariciaba
Calis su cuerpo, cuanto más besaba su boca, ahora su cuello, cuanto más
cerca estaba su mano de su concha, más deseaba abandonarse a ese placer,
y menos conciencia tenía de aquello que le repelía.
Finalmente,
Calis llego con su mano a la concha de Reena y empezó a acariciarla casi
son tocarla, apenas rozándola con la yema de los dedos, al tiempo que su
otra mano acariciaba su roja melena y su lengua y labios recorrían su cuello.
Reena al fin alzó los brazos y acarició con ellos la espalda de
Calis, abandonándose al fin en aquella locura de placer.
Al tiempo
que la concha de Reena empezaba a humedecerse, Calis hizo más intensas
sus caricias sobre la zona. Sin separarse, ambas se levantaron. Guiando las manos
de Reena, Calis hizo que esta la desvistiera por completo. Los ojos de Reena se
abrieron cuando al fin vio el cuerpo de Calis desnudo. Antes ya había podido
advertir la magnífica figura de su cuerpo, pero ahora lo veía en
toda su esplendorosa belleza. Su suave y hermosa piel, la suavidad de su cuerpo,
casi atlético pero pródigamente generoso ahí donde debía
de serlo... El esplendor de sus pechos, firmes, osados, desafiantes... Movida
por un imán más poderoso que ella, Reena se inclino sobre los pechos
de Calis y empezó a acariciarlos con los labios, a besarlos, chuparlos...
Su hermoso culo firme, prieto y hermoso... Sus manos pronto acudieron a él
para acariciarlos, darles su amor...
Calis pronto desvistió a Reena
de su camisón, y pudo ver su juvenil cuerpo menudo y esbelto pero fuerte,
sus pechos pequeños pero firmes y erguidos, cuyos pezones pugnaban por
alcanzar a la mujer que deseaban, su concha, pequeña y limpia de pelos,
pero anhelante de más placer. Agachándose, Calis sentó a
Reena en borde de la cama, abrió sus piernas, y empezó a lamer la
concha de Reena.
Esta no articulaba palabra alguna, únicamente gemía
de placer. Calis pronto abrió los labios vaginales de Reena y empezó
a besar y lamer en su interior, mordiendo levemente y cercando con su lengua el
clítoris de Reena, la cual ahora gemía de placer con todo su ser,
incapaz ahora de articular palabra, cuando finalmente sintió el orgasmo
que atravesó todo su ser como una descarga eléctrica continuada,
rompiendo en un apasionado grito:
- ¡¡Aaaaahhahaaaaaaahh!! ¡¡Siiiiiiiiiiii!!
¡¡Siiiiiiiiiiiiiii!! ¡Calis...!
Calis abandonó su
puesto entre las piernas de Reena para subir hasta su boca, donde la besó,
entregándole de paso sus propios jugos, con los cuales le acarició
la comisura de sus labios, su barbilla, su frente...
- ¿Sabes ahora
la respuesta, Reena Inverse? ¿La sabes?
Por toda respuesta, Reena siguió
a Calis cuando esta se echó sobre la cama. Acariciando sus muslos, le abrió
las piernas y vio la maravillosa concha de Calis, pelada y húmeda. Tratando
de recordar cuanto Calis le había hecho en su propia concha, Reena empezó
a lamer, besar, mordisquear el sexo de Calis, la cual gemía suavemente
de placer, al tiempo que acariciaba la hermosa melena roja de Reena.
Reena
se dedicaba a su tarea completamente entregada, mientras oía y sentía
los suaves gemidos y estremecimientos de Calis. "¿Qué hago?"
se preguntó Reena tras un rato, "¿Con esto le pago el placer
que ha dado, el estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo cuando me vine?"
Reena a pesar de su excitación, llegó un momento en el que se quedó
bloqueada. Se sintió insegura, era la primera vez que hacía el amor.
Parecía haber llegado a un punto muerto en el cual no sabía que
más hacer. "¡Y un cuerno!" se dijo. "¡Le daré
placer, tanto placer qué morirá del mismo! ¡Tanto placer que
la llevaré a las mismas puertas del Edén de su Señora para
continuar allí durante siglos y siglos!"
Con ánimos renovados,
Reena empezó a realizar nuevas caricias, mordisquear nuevos rincones de
la concha de Calis, chupar con más fuerza, con más suavidad. Los
gemidos de Calis pronto se hicieron más intensos y no tardó en disfrutar
del primer orgasmo de su noche. Un orgasmo intenso como pocos había tenido
en su vida. Pero Reena no se detuvo. Siguió en la concha de Calis hasta
conseguir que un segundo orgasmo sacudiera el cuerpo de la Sacerdotisa con tanta
intensidad como el primero.
Jadeando sin resuello, Calis se incorporó
y atrajo hacía sí a Reena. Sus labios se encontraron y durante largos
minutos se besaron apasionadamente. Sujetando a Reena de su estrecha cintura,
atrajo su sexo contra el suyo, concha contra concha. Siguiendo el ejemplo de Calis,
Reena pronto comenzó a mover su concha con gran vigor restregándola
contra la de Calis, al tiempo que alcanzaban de vez en cuando a besarse en la
boca o en los pechos. De este modo no tardaron en tener un brutal orgasmo mutuo,
retorciéndose ambas de placer, mientras sus conchas continuaban restregándose
entre ellas ya descontroladamente.
Después de esto, deberían
haber quedar sin fuerzas para continuar, pero Reena no pensaba en retirarse. Incorporándose,
sujetó a Calis por las piernas y la atrajo hacía sí, llevándose
la boca a la concha de Calis, de la cual empezó a chupar, mordisquear,
lamer, besar todo, saboreando en su boca por tercera vez los jugos de la sacerdotisa.
Esta, sorprendida por el vigor de Reena, tardo un momento en reaccionar y chupar
y lamer las piernas de Reena, dándole un placer que jamás hubiera
sospechado. Finalmente, los fuertes gemidos de Calis inevitablemente se convirtieron
en gritos de placer al llegar a su cuarto orgasmo en aquella noche.
Revolviéndose
sobre Reena, Calis situó también su boca sobre la concha de Reena,
formando ambas un 69 y empezó a chuparla con energía. No tuvo que
esperar demasiado a que esta se viniera, pero al igual que antes había
hecho Reena, no se detuvo, cambiando a un ritmo de besos, caricias y lamidas exquisito
pero también poderosísimo, de modo que Reena apenas pudo hacer nada
antes de volver a disfrutar de otro orgasmo. Enrabietada, mientras Calis aún
seguía en su concha, Reena decidió no abandonar la batalla y volvió
a la concha de Calis. Así siguieron durante largo rato, rodando sobre la
cama, sucediéndose los orgasmos en ambas mujeres. Entonces Reena sintió
como Calis, sin dejar su concha, empezaba a juguetear con sus dedos en su culo.
El abrasador incendio que era su cuerpo amenazó con convertirse en un infierno
con las caricias de los hábiles dedos de la sacerdotisa. Pero antes de
que Reena pudiera siquiera acercar sus dedos o su boca al culo de Calis, el fuego
se desbordó en el cuerpo de Reena cuando Calis
Primero introdujo un
solo dedo. El sobresalto de aquella intromisión apagó el ansía
combativa de Reena en un primer momento, pues la mezcla de dolor y placer que
invadió su culo era deliciosa. Cuando reaccionó y reiniciaba de
nuevo sus acometidas a Calis, esta introdujo otro dedo. La reacción de
Reena fue inmediata, y grito, cuando el dolor, pero también el placer se
intensificaron. Calis metía y sacaba sus dedos con un ritmo ya más
fuerte, que desarmaba a Reena, que se sentía constantemente al borde del
orgasmo. Cuando esta volvió a arremeter contra Calis, con la lengua, empezó
a lubricar y besar el agujero de Calis, pero no pudo penetrarlo antes de que Calis
introdujera su tercer dedo. Llegados a este punto, Reena no pudo continuar, puesto
que un orgasmos brutal y avasallador, con la intensidad del mar se apodero de
ella. Gritando con todo su ser, Reena se revolvió frenéticamente,
pero sin poder romper el firme abrazo de Calis a su cuerpo con brazos y piernas.
El grito y el fuego en el cuerpo de Reena se convirtió definitivamente
en un maremagnum infernal cuando Calis introdujo un cuarto
(Continuará)
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