UNA MAÑANA EN EL SUBTERRÁNEO
Het-general.
Los movimientos y la multitud de gente en el vagón hizo que se rozaran,
encontrándose en sus miradas deseo y complicidad
Quizá para
muchos, viajar en transporte público sea un tormento o una molestia, sobre
todo si vive en una ciudad como la mía, la Ciudad de México, donde,
por desgracia o fortuna según el punto desde donde lo veas, habitamos más
de 20 millones de personas, quienes tenemos que abordar el autobús, pesero
o subterráneo para llegar a la escuela o al trabajo.
En mi caso me es
más fácil viajar en el subterráneo, ya que el tráfico
de esta urbe mata y no me gusta manejar con tantas personas desesperadas por llegar
temprano a clases o a laborar; y dado que al ser socio de la empresa donde trabajo
no tengo una hora fija de entrada y salida, por lo que no me preocupa llegar antes
que los demás.
La hora en que salgo de mi casa, las 8 de la mañana,
se podría decir que es la hora pico, debido a que la mayoría de
los empleados entra a las 9 y sale a las 6 de la tarde, por lo que el transporte
a esa hora va a reventar.
A mí no me gustaría describirme como
las demás personas que escriben aquí en Marqueze, quienes son hermosas
o guapos, tienen cuerpazos envidiables para cualquier mortal, están superbuenas
y ellos superpotentes. Para mí sólo bastará decirles mi nombre,
Ricardo, y soy lo que decimos un hombre típico para mi edad: delgado, alto
y pasable ante las mujeres.
Pero eso es lo de menos lo que aquí interesa
es contarles que durante uno de mis muchos viajes en subterráneo, para
no variar, lo tomé atascado de gente, la cual se empujaba, apretaba e insultaba.
Yo sin el mínimo cuidado por lo que ocurría me dispuse a leer
El psicoanálisis del arte, de Sigmund Freud, por lo que todo lo demás
me tenía sin cuidado hasta que la vi abordando el mismo vagón que
yo y situándose a unos cuantos centímetros de distancia mía.
Tratando
de disimular mi Interés hacia ella, continué con la interesante
lectura a la vez que la misma gente se seguía estrujando, por lo que nuestro
contacto fue inmediato y muy disimulado por ambas partes, ya que lo primero que
sentí fue una mirada de sí me tocas o me haces algo te voltearé
una cachetada que te hará viajar más rápido que este miserable
sistema de transporte.
Ante esa mirada me percaté de lo bonita y atractiva
que era, no muy alta ni voluptuosa, ni muchos menos con microfaldas o pronunciados
escotes; si no con un traje sastre ideal para estar presentable en la oficina
que le quedaba perfecto y el cual dejaba ver a una mujer de entre 24 y 26 años,
delgada, piel morena clara con ojos color miel, unos bonitos y redondos pechos.
Con sólo ese mirar yo volví a mi libro y al estudio de Freud hacia
los grandes artistas como Da Vinci o Miguel Ángel a través de sus
obras, sin dejar de sentir el contacto de mi torso con el pecho de esta mujer.
Para
la siguiente estación una nueva ola de muchedumbre se dejó venir
de lleno al vagón por lo que ella se volteó, evitando contacto alguno
con los pasajeros, de manera que ahora lo que apreciaba era toda la parte trasera
de su cuerpo, el cual dejaba ver unas nalgas redondas y bien paradas. Resultando
imposible para mí o para cualquier otro mortal, supongo, dejé la
lectura y cerrando mi libro pude percatarme como gracias a todo este mar de desconocidos
que viajábamos juntos nuestros cuerpos volvieron a tener un nuevo contacto
sin la opción de poder alejarnos, ya que tal muchedumbre lo impedía
cada vez más.
Al sujetarme de un tubo que se encuentran colocados en
todos los carros del convoy para que la gente se agarre y no caiga o vaya de un
lado a otro nuestra manos se tocaron, lo cual hizo que nuestras miradas se encontraran
por segunda ocasión con un discúlpame de mi parte ante una leve
sonrisa de aceptación por la suya.
Con toda su espalda hacia mí
y con el constante movimiento del vagón nuestros cuerpos comenzaron un
roce más continúo y más descarado, se podría decir.
Ante
el silencio total que nos inundó en ese momento y la excitación
que me provocaba el estar restregando levemente mi cuerpo al de una desconocida
trate de alejarme un poco de ella, dejando un leve espacio entre los dos.
Al
entrar una nueva ola de personas nuestros cuerpos se volvieron a juntar, mientras
que yo trataba de hacerme a un lado para evitar cualquier acción que pudiera
resultar en un insulto o, peor aún, un golpe en mi rostro.
No sé
lo que ocurrió, pero mi excitación se volvió a hacer presente
con un nuevo roce, el cual provocó que mi pene comenzara a reaccionar después
de cuatro estaciones.
Al sentir como la erección se hacia más
grande trate de voltearme, pero al no haber un resquicio donde plantarme no tuve
más alternativa que seguir como estaba, tratando de evitar cualquier contacto
con esta mujer.
De nueva cuenta el contacto se presentó, pero esta vez
fue un poco más descarado, ya que al frenar abruptamente el tren la mujer
terminó recargada totalmente en mí, con lo cual nuestras miradas
se encontraron para un perdón de su parte y una sonrisa de la mía.
Este
leve accidente causa una mayor erección, la cual, sin duda alguna, ella
sintió, ya que su manera de volver la vista hacia mi persona y bajar un
poco sus ojos hacia mi cuerpo lo hizo evidente.
En ese momento yo sabía
que esperar, un fuerte insulto o una tremenda bofetada, lo cual no ocurrió,
no para mi sorpresa, sino para mi suerte, ya que en ese mismo momento me hubiera
sentido el ser más pequeño y avergonzado del mundo.
Por el contrario
vi como ella en lugar de evitar el contacto se hacia un poco más hacia
atrás, de manera que mi pene comenzaba a restregarse con su redondo trasero,
lo cual llevó a mi miembro a un nuevo crecimiento y a sentir como quería
salir de mi truza,
la cual evitaba que mi erección se notara descaradamente.
El
ajetreo del subterráneo y el mar de gente que me rodeaba evitaba que nuestro
contacto se viera muy descarado, por lo cual y ya sin ningún cuidado o
discreción continuábamos los dos, yo tratando de colocarme justo
en medio de sus nalgas y ella tratando de poner su miembro entre sus piernas.
Ante
la situación nuestras manos se volvieron a tocar, ahora con una mirada
de complicidad y con ojos un poco desorbitados. Ante esta situación mi
otra mano comenzó a tocar una pierna discretamente, estaba convencido de
que era lo que quería, mientras que nuestros movimientos para acomodarnos
continuaban.
Al sentir mi roce en su pierna ella bajo levemente su mano que
quedaba libre y comenzó un movimiento igual de discreto en el costado de
mi pierna. Tantos años de viajar en el transporte público y era
la primera vez que me sucedía algo como esto, yo me sentía en la
gloria total con una perfecta desconocida.
Con el nuevo manoseo y con nuestros
cuerpos pegados, ella dio un giro inesperado al darse la vuelta y quedar de frente
uno con el otro, ante esta nueva situación no hice más que mirarla
a los ojos y comenzar el juego de acomodar mi miembro entre sus piernas, justo
en su vagina.
Olvidándonos de las personas que viajaban a nuestro alrededor
comenzamos a menearnos de una manera discreta, ya que el movimiento del vagón
era más que suficiente para nosotros, en especial para mí, quien
ya me sentía terminar ante la mirada perdida de ella.
Cuando esa mujer
volvió sus ojos en mí comprendí que en realidad estaba gozando
y con más descaro fui subiendo mi mano y llegar a tocarlo leve y discretamente
sus pechos, mientras que abajo seguíamos con el roce un poco más
veloz y descarado que hacía que ella estuviera por tener un orgasmo.
Cuando
soltó su leve suspiro de alivio, mi mano ya descansaba en su seno y levemente
lo masajeaba, mientras que ella comenzó una acción similar en mi
pene, el cual sentía reventar, cuando de pronto siento explotar e inmediatamente
lo toma con más fuerza ante su mirada complaciente y de felicidad.
Para
cuando llegamos a la estación Bellas Artes los dos nos miramos con cara
de satisfacción y complicidad mientras descendemos del vagón con
nuestras, ella, sigue de largo su camino, mientras que yo salgo del subterráneo
sin dejar de admirarnos con una leve sonrisa en nuestras caras. Entro a un Samborns
y retiro mi truza, me enjuago, limpio mi biker y continuo mi camino hacia la oficina.
Aunque todo el día estuve recodando lo que había sucedido en el
mañana supuse que eso había sido cosa de una vez, ya que a esa extraña
nunca la he vuelto a encontrar y aunque así fuera, supongo que no sería
tan excitante y tan delicioso como aquel primer y único día. (25
de octubre del 2001. México, D.F.)
cyphermtx@yahoo.com.mx
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