VAYA HOTEL
Confesiones. Las aventuras o mas bien las desventuras que
pasó en un hotel
Capítulo 1
Me llevaron a un sitio horrible. Era un hotel muy grande, con muchos servicios
y con muchas habitaciones de las cuales creo que recibí la más
pequeña, ruidosa e incómoda. Esperaba con gran deseo que las ratas
y cucarachas tuviesen más gusto que el tío que me consiguió
semejante habitáculo, deseando no tenerlas como compañeras de
habitación, aunque lo más probable es que ya campasen a sus anchas
entre tanta suciedad. Si tenía paciencia y rebuscaba con suficiente anhelo
entre la inmundicia de mi cuarto era probable que encontrase desde jeringuillas
(usadas, por supuesto, no iban a tener la amabilidad de dejarlas sin estrenar)
hasta armas semiautomáticas pasando por uranio, criptonita y algún
fósil de gran valor paleontológico.
Pero tampoco me podía quejar, tenía a mi disposición toda
una cama de niño pequeño en la que disfrutar a lo ancho y a lo
largo de sus 170 X 80 centímetros. Definitivamente, esa noche me haría
gran amigo de la vieja , polvorienta y deshilachada alfombra, si ésta
no prefería una relación más amigable con las fosforescentes
cucarachas.
Lo mejor de todo era el baño, era el mejor baño que te puedes
encontrar, eso sí, en la zona más pobre de la república
de Somalia. No, creo que no, creo que allí aún sin tener agua,
tienen puerta. Este carecía por completo de semejante artilugio, seguramente
por considerarlo ostentoso y muy desacorde con la decoración minimalista
imperante en el reputado edificio. Además tenía una surtida colección
de artículos de baño cuidadosamente recolectados de diversos hoteles
de toda Sudamérica. Algunos de estos objetos parecían disponer
de su envoltorio original, tanto es así que estaba apostando conmigo
mismo que podría lavarme los dientes usando uno de esos cepillos o afeitarme
con alguna de aquellas cuchillas sin contraer una gravísima enfermedad
mortal.
Visto el lugar donde pasaría tres interminables noches decidí
bajar al restaurante a probar alguna de las exquisiteces típicas de aquellos
lugares esperando que la actitud del cocinero no estuviera acorde con mi habitación
y no derramara por casualidad ningún producto en mi plato que restringiese
el flujo de oxígeno a mis células o limitase el riego sanguíneo
a alguno de mis hemisferios cerebrales.
Capítulo 2
Pues ahí estaba yo sentado en una mesa en la que las profundas manchas
de grasa que adornaban el mantel y los lamparones de las camisas de los camareros
no auguraban nada bueno pero que daban una impresión de uniformidad o
de marca de la casa al compararlo con la pared mugrienta y las cortinas completamente
opacas debido a la suciedad.
Pero ¿qué le iba a hacer ? no puedo morirme de hambre. Tengo que
resistir hasta que consiga salir de aquí.
Pedí el primer plato(sí, sí , EL primer plato, se podía
elegir entre una amplia gama de primeros platos siempre que fuera puré
de puerros) y me lo trajeron extremadamente rápido, cosa que me hizo
desconfiar de aquel lugar más si cabe. Al verlo comprendí que
no es que se hubieran esmerado en darse prisa para mí, si no que ese
bolo alimenticio probablemente estaba hecho a base de unos polvitos mágicos
diluidos convenientemente en agua y espesados gracias a desconocidas e inquietantes
sustancias. No me importaba en absoluto la textura de tan desagradable comida(incluso
ni me fijaba en los grumos aunque tuviesen el tamaño de una pelota de
golf y en la boca se deshiciesen dejando un sabor rancio repugnante). ¿Cómo
iba a estar pensando en la textura ?¿Qué era la textura comparada
con el color ?La textura desgraciadamente no importaba en absoluto. Lo realmente
importante de aquello era el color. ¿Alguien ha visto alguna vez un puré
de puerros completamente negro ?Negro, del todo negro, más oscuro que
el sobaco de un grillo. Impresionante. Pero(estaréis pensando que estoy
loco) me lo comí. Sí, me lo comí. Me lo comí porque
el restaurante más próximo estaba a doscientos kilómetros
de distancia y las otras opciones para no morir de inanición eran recolectar
raíces o pegar lengüetadas a las paredes en busca de sustancia.
He de reconocer que esta última opción no me pareció del
todo descabellada pero en seguida desistí pensando que los camareros
exigirían el pago íntegro de lo que había consumido y cada
pasada de mi lengua podría valer millones(más incluso si me llevaba
algún tropezón, cosa que no sería difícil).
El segundo plato era otra cosa. Aunque conservaba el mismo color que su predecesor,
se podía intuir que escaseaba tanto en nutrientes que era casi imposible
intoxicarse con aquello. Era una especie de bola de carne que carecía
de pelos, uñas, costras, pus, sangre o vómitos. Estaba completamente
normal, tan normal que me confié y lo pagué muy caro. El primer
mordisco tuvo un efecto en mi igual al de una patada en plena cara. Me invadió
un sabor a caca (perdón) que me hizo revolverme en mi asiento e inmediatamente
después experimenté unas arcadas que pensé que iban a ser
la causa de mi muerte. Rápidamente lo saqué de mi boca y bebí
agua. Exigí al camarero una explicación del mal sabor de la carne
y obtuve un 'no se preocupe, en seguida se lo cambio' por respuesta. Cogió
el plato y en un minuto regresó con otro de vuelta. No me lo podía
creer. Traía el mismo y para intentar reirse de mi inteligencia le había
puesto una hoja de algo que se podría llamar lechuga(que sin duda distaba
mucho de serlo. Si hubiese tenido el más ligero parecido me hubiese abalanzado
sobre ello cual maruja en rebajas).¡por favor ! pero si se notaba el mordisco
que yo le había pegado. Ni siquiera había tenido el detalle de
cubrirlo un poco con la oscura salsa.
Por no enfadarme decidí marcharme y no esperar a que solicitasen una
tercera oportunidad con el postre. De hecho siempre he odiado con toda mi alma
los flanes y helados de nata de color negro.
Subí a mi habitación intentando convencerme que no estaba tan
mal, que siempre hay algo peor y que algo tendría bueno. Y en efecto,
tenía algo bueno, tenía la mejor barandilla que había visto
yo en los últimos meses. No era verdad, por supuesto, pero pasé
varias horas intentando encontrar argumentos científicos, hipótesis,
teoremas y corolarios que me indujesen a pensar que aquel hotel disponía
de la mas bella barandilla del mundo. Al final, gracias a una compleja deducción
racionalista conseguí colocar a aquel lugar en la lista de los quinientos
hoteles con mejor barandilla entre el tercer y cuarto piso de toda la región.
Capítulo 3
Ya estaba en mi cuarto cuando pensé en que lugar iba a dormir. Había
dos opciones. La primera era la pequeña cama en la que para entrar cómodamente
debería pasar por un proceso de amputación de mis extremidades
(tanto inferiores como superiores), cosa que no deseaba en absoluto y la segunda
era el suelo, ese suelo tan frío, sucio y habitado. Lo de la suciedad
y el frío no me importaba gran cosa, pero lo de la cantidad de microorganismos
que allí había me superaba. Creo que National G. tiene un reportaje
de la flora y fauna de aquel suelo y que varios grupos ecologistas defienden
con gran interés la supervivencia de muchos seres en peligro de extinción
cuyo único hábitat en el planeta está localizado en la
habitación en la que me disponía a dormir. De hecho, aquel lugar
probablemente dispusiera de las claves biológicas para conocer el origen
de la vida. Obviando semejantes argumentos y al no encontrar ningún artilugio
que consiguiera reducirme en varios centímetros para caber en aquella
cama, decidí que lo más lógico sería dormir en el
suelo, eso sí, con los ojos abiertos para no despertarme presa de ningún
ser vivo.
Pero como tampoco era mi interés pasarme toda la noche pendiente de no
amanecer con una colonia de insectos en mi intestino, idee un revolucionario
sistema (comercializado a estas alturas en varios países tercermundistas)
mediante el cual me podía proteger de todo bicho viviente mientras dormía.
Consistía en excavar una especie de trinchera alrededor del lugar en
el que iba a dormir y llenarla con agua para que nadie de menos de dos centímetros
pudiese atravesarla. ¿Ingenioso eh ?. Pues no, no resultó tan
ingenioso, me pasé tres horas perforando el suelo con una tuerca que
había encontrado por ahí tirada y llené de agua tan lujoso
foso para darme cuenta a los cinco minutos que todo el agua había desaparecido
sin dejar rastro. O eso creía yo, porque a la media hora uno de los camareros-botones-recepcionistas
llamó a mi puerta para preguntarme a que se debía la inundación
de la habitación 301(curiosamente, aunque no me lo podía creer,
era la que estaba situada justo debajo de la mía). Cuando entró
y vio que me había dedicado a tallar su suelo y comprobó que no
era ningún famoso escultor post-moderno me pidió que abandonara
el hotel en el más breve espacio de tiempo posible, desatendiendo todas
mis excusas y alegatos de inocencia.
Entonces opté por dejar el hotel y no hacer ningún tipo de comentario
acerca del ridículo parecido entre el botones y el capitán del
barco de vacaciones en el mar, aunque tuve que aguantarme mucho para no preguntar
cosas como : ¿sigue Isaac con el bigote ? o ¿donde guardan tantos
kilos de confeti y serpentinas ?.
Ya estaba fuera del hotel, del que había decidido marcharme por propia
voluntad (aunque mucha gente creyera que me iba debido a las amenazas de muerte
que se proferían contra mi persona por parte de los trabajadores del
hotel) y me disponía a encontrar otro alojamiento que contara con las
máximas comodidades, como eran una cama de mi tamaño y un suelo
limpio.
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