UNO MÁS DOS. (II MARGA)
Trío, polvazo. Había iniciado el viaje al Caribe
sólo. Pero ahora, tenía dos mujeres y una sola habitación...
Bajé a recepción del hotel,
dejando a las dos amigas en la habitación. Expliqué al escéptico
empleado que Marga, la amiga de mi mujer, había aparecido repentinamente,
y que, entre tanto preparaban una de las habitaciones en obras, se alojaría
con nosotros, debido a que un nuevo error de la agencia de viajes la había
permitido venir, a pesar del problema de habitaciones del día anterior.
Un billete de 25 dólares, al que acompañó inmediatamente
otro hermano gemelo del anterior, terminaron venciendo sus iniciales objeciones:
"es una situación muy irregular...". Finalmente, se encogió
de hombros, y dijo que me avisarían cuando tuvieran preparada una de
las habitaciones en remodelación.
- Eso, si es que finalmente quieren otra habitación... Su mirada lúbrica
me indicó que dudaba mucho que yo quisiera alojarme con sólo una
de aquellas dos bellezas.
Aunque aún era temprano, me dirigí al bar a por una copa que necesitaba
desesperadamente. Mientras, no dejaba de darle vueltas a la situación.
En primer lugar, tener a dos hermosas mujeres a la vez; es el sueño de
cualquier hombre -y una de mis fantasías, que nunca tuve ocasión
de realizar-. Por otra parte, estaba el hecho de que, claramente, Lucía
no era una mujer experta y ansiosa de sexo, y dudaba mucho que se prestara al
trío que la actitud de Marga no dejaba lugar a dudar que se proponía.
Luego la cuestión, si finalmente me encontraba con las dos en la cama,
de tener que satisfacerlas a ambas durante una semana, lo que podía acabar
conmigo. No sabía si podría mantener un maratón sexual
de tal calibre.
Con un encogimiento de hombros, apuré la bebida y me resigné a
dejar que ocurriera lo que tuviera que pasar.
Al salir del bar, Lucía y Marga andaban buscándome por el vestíbulo,
vestidas -es un decir- con unos brevísimos bikinis, que dejaban muy poco
espacio a la imaginación, provocando encendidas miradas de todos los
varones presentes. Es que, cada una de ellas por separado era un espectáculo,
¡pero las dos juntas!...
Risueñas -Lucía parecía haber aceptado la situación-
se colgaron de mis brazos, haciendo que las miradas de los hombres se tornaran
de admirativas en envidiosas, y nos dirigimos a la playa. Pedí al empleado
una sombrilla y tres tumbonas, que el hotel ponía a disposición
de sus clientes, así como unos refrescos. Mientras, Marga había
empezado a embadurnar de crema la espalda de su amiga. Se volvió insinuante:
- A lo mejor, quieres tú extender la crema protectora a Lucía...
Tomé el tarro, y completé la labor que había iniciado la
otra chica. Después, y tras unos momentos de duda, me decidí a
dar un paso más:
- Ven aquí, Marga, que ahora te toca a ti. Mientras, miraba a Lucía
esperando alguna reacción, que no conseguí adivinar. Siguió
risueña, mirando como masajeaba con las manos untadas de crema los hombros,
el vientre, los muslos y la espalda de Marga. Ella se desabrochó la cinta
de su sujetador para que no se manchara, sosteniendo las copas con las manos
unos instantes, para después, decidirse y quitárselo. Me miró
con una sonrisa pícara:
- Trae el tarro. Por los pechos me lo pondré yo, que no quiero provocar
ningún infarto en los espectadores.
Efectivamente, advertí que éramos el blanco de las miradas de
todos los que estaban alrededor, lujuriosas las de los hombres, escandalizadas
las de las más de las mujeres.
El resto de la mañana transcurrió entre juegos con las olas, en
los que tuve ocasión, so pretexto de ahogarlas de mentirijillas, de abrazarlas
a ambas, y de cuando en cuando, como por descuido, acariciar sus pechos, sus
nalgas... Finalmente, decidimos comer, tal y como estábamos, al borde
de la piscina.
La comida transcurrió sin más incidentes que los continuos roces
de las piernas de mis dos bellas amigas en las mías -más repetidas
en el caso de Marga-. En dos momentos diferentes, probé a poner mi mano
en el muslo de cada una de ellas, acariciándolo durante breves segundos,
lo que fue aceptado por ambas con naturalidad.
A los postres, Lucía se excusó diciendo que tenía que ir
al baño. Por primera vez desde que nos conocíamos, quedamos Marga
y yo a solas.
- No sé cómo lo has conseguido en un solo día -me dijo
con una sonrisa pícara-. Lucía es una chica tímida, con
muchas inhibiciones, producto del estricto ambiente religioso de su casa. Tardó
muchísimo en permitir a Pablo (su antiguo novio) que le hiciera caricias
íntimas, y sólo aceptó irse con él a la cama después
de seis meses de noviazgo. ¡Y tu te la has "tirado" el primer
día!. Tengo que probar que es lo que la has dado. Verás -continuó-
yo que la conozco muy bien, sé que mantiene una lucha continua con sus
instintos, que intenta reprimir, porque es una mujer muy sensual y, a pesar
de que "pasa" de la religión -quizá por rechazo de las
imposiciones de sus padres-, instintivamente considera sucio y pecaminoso el
sexo, aunque pueda decirte si la preguntas que es lo más placentero del
mundo.
- Voy a confesarte algo -prosiguió-. Yo me considero bisexual. Lucía
me pone "a cien", y sueño con tener con ella un buen "polvo".
Una vez lo intenté, estando solas en mi casa. Empecé a acariciarla
los pechos, a lo que respondió con gemidos de excitación. Pero,
cuando bajé la mano a su entrepierna, se separó de mí horrorizada,
y me pidió que no continuara. Y te puedo asegurar, porque pude comprobarlo,
que para entonces ya estaba muy mojada... A lo mejor, entre tu y yo, conseguimos
convencerla. -Me miró pícara-. Bueno, si es que no te doy celos...
No pude responder, porque en ese momento volvió Lucía, así
es que me limité a asentir con la cabeza, sonriente. (Para entonces,
yo estaba disimulando con el mantel el bulto de mi pene en erección).
- Vaya, parece que habéis intimado mucho en mi ausencia. Si queréis,
os puedo dejar la habitación para vosotros solos -dijo Lucía-.
Pero su gesto risueño, y sus ojos brillantes, desmentían sus palabras.
Firmé la cuenta, y subimos los tres a la habitación, mientras
charlábamos de cosas intrascendentes. Al cerrar la puerta, Marga dijo
en tono juguetón:
- ¿Quién es el primero para la ducha?. Aunque, si queréis,
podemos ducharnos todos juntos, porque la bañera es amplia.
"Demasiado pronto, no te precipites -pensé, viendo a Lucía
otra vez ruborizada-".
De forma absolutamente natural, se desnudó completamente ante nosotros,
dejando que la contempláramos con sonrisa pícara. Observé
que Lucía, que no podía apartar la mirada de ella, tenía
los labios entreabiertos, la punta de su lengua asomando un poco entre ellos,
y su frente transpiraba ligeramente.
Cuando Marga entró en el baño, decidí aprovechar el inicio
de calentura de Lucía. Y, acercándome a ella, la abracé
y comencé a besarla muy despacio. Al principio, miraba furtivamente de
cuando en cuando a la puerta del baño, temiendo que su amiga nos sorprendiera,
pero finalmente se abandonó completamente, aceptando mis caricias. Entonces,
empecé a explorar tentativamente sus pechos, metiendo las manos por debajo
de las copas del bañador para, finalmente, quitárselo, y acariciar
ambos a la vez con mis manos. Ni nos dimos cuenta de que Marga había
terminado su ducha y, "vestida" únicamente con una toalla enrollada
a la cabeza, nos miraba con ojos que denotaban claramente su deseo. Lucía
se apartó rápidamente de mí, cubriéndose los senos
con las manos, ruborizada hasta la raíz del cabello.
- Seguir, seguir, no lo dejéis por mí -dijo Marga-. Lo estaba
pasando estupendamente mirándoos. Después, dándose cuenta
de la turbación de Lucía, me guiño un ojo a espaldas de
ésta, y me empujó hasta el baño.
- Venga, ahora te toca a ti. Y en un susurro en mi oído, sus pechos desnudos
rozando mi brazo:
- Cuando salgas, la tendré calentita, a ver si nos deja enjabonarla a
cuatro manos...
Antes de cerrar la puerta, tuve un atisbo de Marga sentada en la cama, las piernas
abiertas mostrando su vulva húmeda con absoluta falta de pudor, secándose
una pantorrilla con la toalla que había quitado de su cabeza, y Lucía,
con los ojos muy abiertos, que no podía apartar de la entrepierna de
su amiga...
En menos de dos minutos, me quité la sal del mar de la piel, bajo el
chorro templado de la ducha. Para entonces, tenía una enorme erección,
producto de la anticipación de lo que podía suceder, así
como de la visión de las dos bellezas, una desnuda, la otra vestida sólo
con la braguita de su bikini... Decidí imitar a Marga, y salí
completamente desnudo del baño.
- ¿Ya has terminado? -Marga-. E insinuante, dirigiéndose a Lucía:
- Eres lo más tímido que he visto. Todavía vestida. ¿No
tendrás reparo en desnudarte delante de una mujer?. Y Alberto, me imagino,
no es la primera vez que te vería desnuda... Y acercándose a ella,
la despojó rápidamente de su braguita, no sin un inicio de resistencia
de Lucía, que finalmente consintió, dejándose desnudar
por la otra chica.
- Déjame verte despacio -dijo Marga, mientras tomaba una mano de Lucía,
haciéndola dar una lenta vuelta en redondo-. ¡Eres preciosa!. Es
casi un pecado que ocultes tus encantos.
Lucía estaba encarnada de pudor, con los ojos entrecerrados, en una actitud
que yo conocía del día anterior. La abrazó por detrás,
conduciéndola al cuarto de baño:
- Venga, dúchate tú. Y apuntándola con el dedo índice,
en un gesto cómicamente admonitorio: ¡y como salgas vestida, Alberto
y yo te arrojaremos sobre la cama, y te arrancaremos la ropa a dentelladas!.
Cuando nos quedamos solos en la habitación, Marga se abrazó a
mí, sus manos sobre mis nalgas, mientras frotaba su vulva húmeda
contra mi muslo. Mientras mordisqueaba el lóbulo de uno de mis oídos,
me dijo con voz roca de deseo:
- Déjala que vaya aceptándolo poco a poco. Y no te separes de
mí. Quiero que, cuando salga, nos vea acariciándonos, por ver
como reacciona...
Empezó entonces una deliciosa sesión de caricias mutuas en todas
las partes de nuestros cuerpos, mientras nos besábamos con pasión.
En un momento determinado noté que Marga, que estaba de cara a la puerta
del aseo, sonreía con picardía. Me di la vuelta, y vi a Lucía,
completamente desnuda, con los ojos desorbitados y los labios entreabiertos,
que nos contemplaba con suaves jadeos. Deshice el abrazo, y la tomé de
la mano, acercándola a nosotros:
- Ven, que hay sitio también para ti -le dije, mientras acercaba mi boca
a la suya, y tomaba uno de sus pechos henchidos, con los pezones erectos, con
una de mis manos-.
Mientras la besaba largamente, noté perfectamente una mano de Marga,
que competía con la mía por los pechos de Lucía, lo que
provocó un intentó de apartarse por parte de ésta, que
corté rápidamente, estrechándola por la cintura en un fuerte
abrazo.
Continué besando cada centímetro de la piel de su cara. Mientras
tanto, Marga, pegada a mi espalda, frotaba su sexo contra mis nalgas, y sus
manos, entre el cuerpo de Lucía y el mío, acariciaban ora mi pene
apretado contra el vientre de Lucía, ora el pubis de ésta, que,
con los ojos cerrados y jadeando fuertemente, parecía haber aceptado
las caricias de su amiga.
Poco a poco, Marga fue deslizándose hasta mi costado, quedando con la
mitad de su cuerpo pegado al de la otra mujer. En un momento determinado, me
apartó la cabeza y, tomando entre sus manos la cara de ella, la besó
apasionadamente, introduciendo su rosada lengua en la otra boca. Esta tardó
muy poco en advertir el cambio de labios, con lo que se retiró de nosotros,
con los ojos brillantes y muy abiertos, y tapándose la cara con una mano.
Antes de que lo pensara más, la conduje suavemente hasta la cama, tendiéndola
boca arriba en ella, y empecé a recorrer todo su hermoso cuerpo con pequeños
besos. Tras unos momentos de indecisión, volvió a abandonarse
a mis caricias, olvidada de Marga que, jadeando aún más fuertemente
que Lucía, una de sus manos acariciando sus pechos, la otra mano entre
sus muslos, estaba masturbándose sentada en la otra cama, con las piernas
abiertas y encogidas, para que no nos perdiéramos ni un detalle de su
autosatisfacción.
En una pausa de mis caricias, Lucía reparó en el lúbrico
espectáculo que nos estaba deparando Marga y, en contra de lo que yo
esperaba, no apartó la vista. Antes al contrario, sin dejar de mirarla
fijamente, y estremeciéndose de pasión, tomó mi pene entre
sus manos, y empezó a masturbarme a mí. Unos segundos después,
a punto de derramar mi semen sobre ella, decidí dar un paso más.
Me puse a horcajadas sobre su cara, invitándola sin ambages a que repitiera
su felación del día anterior, mientras hacía una seña
a Marga, para que se ocupara de la parte inferior de Lucía. Marga no
se hizo rogar. Noté que estaba lamiendo aplicadamente el coñito
de su amiga, por los ojos desorbitados de ésta. A pesar de todo, siguió
con mi pene dentro de su boca, chupando suavemente mi glande.
La escena se convirtió en un coro de jadeos de pasión, acompañados
de los ruiditos de succión de Marga en el sexo de Lucía, para
entonces ya totalmente entregado a sus caricias. A punto de explotar, me retiré
de la cara de Lucía, y comencé a acariciar sus pezones con mi
verga enhiesta. Después, me aparté tentativamente de la cama,
para contemplar como Marga, inclinada sobre Lucía, la cabeza enterrada
entre los muslos de nuestra común amiga, su mano continuando con la masturbación
iniciada antes, oscilaba violentamente sus caderas, presagiando un explosivo
orgasmo. No me pude contener ante la visión desde atrás del sexo
de Marga. Le aparté la mano y, de un solo golpe, introduje la totalidad
de mi miembro en su húmeda vagina, corriéndome de inmediato dentro
de ella, sólo dos o tres segundos antes de que los chillidos de ambas
denotaran un clímax compartido, que duró mucho tiempo.
Saciados temporalmente los tres, nos tumbamos sobre la cama, Lucía en
el centro, con una confusión de piernas entrelazadas, y manos que acariciaban
amorosamente pechos, vulvas y pene. Y, en unos minutos, todos estábamos
dormidos, abrazados tiernamente Marga y yo al maravilloso cuerpo de Lucía.
Me desperté yo el primero, y estuve largo rato contemplando los dos preciosos
cuerpos femeninos, abandonados en su sueño. Y no podía discernir
si me resultaban más incitantes los pechos plenos de Lucía, o
los pequeños y enhiestos de Marga. Y, aunque me mataran, no sería
capaz de decidir cual era el mejor par de muslos, los de Lucía más
llenos, pero igualmente bien formados los de Marga, algo más delgados.
Ni podía elegir como más incitantes las caderas más estrechas
de Marga, comparadas con las plenas y redondeadas de Lucía.
Noté que se me iniciaba una nueva erección. Suavemente, con idea
de despertarlas, empecé a acariciar a dos manos los coñitos de
mis amigas, todavía húmedos por la sesión de sexo de unos
minutos antes. Lucía se despertó primero, se hizo cargo de la
situación, y me dijo con una sonrisa luminosa:
- Lo tuyo parece ser violar a mujeres mientras duermen. Ante mi sorpresa, comenzó
a frotar juguetonamente con un dedo pulgar el pezón más cercano
de Marga, al principio tentativamente, pero luego más decidida. El roce
de nuestras manos sobre su cuerpo, terminó despertando a ésta,
con una hermosa sonrisa de satisfacción en su cara. Debió ver
llegado el momento de hablar de la maravillosa experiencia reciente, porque
se dirigió a Lucía:
- No debes asustarte, ni tomar como pervertido el sexo, lo disfrutes con un
hombre o con una mujer. -Sonrió pícara-. O con ambos. Mira, preciosa
mía, -ahora su mano había apartado la mía de la entrepierna
de Lucía, y acariciaba dulcemente su vulva expuesta, sin un asomo de
rechazo por parte de ésta. En el amor está todo permitido, todo
es bueno, siempre y cuando no incomode o haga daño a ninguno de los amantes.
Se percató entonces de mi erección, propinándome un ligero
cachete en la verga totalmente enhiesta:
- Y tú -le hablaba a mi pene- ten un poco de paciencia, que queda mucha
noche, y muchos días por delante. Y, para empezar, después de
cenar te vas a follar a esta preciosidad -miraba provocativamente a Lucía-
mientras ella me come totalmente el coño, que la está deseando
desde hace tiempo...
(Continuará)
Comentarios: donnar@wanadoo.es
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