CRÓNICAS DE UN ASCENSO (I) EL ESTRENO
Grandes series, hetero, infidelidad, primera vez. El comienzo de sus relaciones sexuales en su juventud con su primera amante.


Estimados lectores / as:

Estas son las crónicas de mi vida sexual, que a pesar de los altibajos que sufrió en su inicio, ha ido en casi permanente ascenso desde entonces. El ascenso al que se refiere el título también puede referirse a otra cosa. Todo se verá.

Por lo pronto permítame el amable lector/ a presentarme: Soy Néstor. Español, 35 años, 180cm, rubio y ojos azules. Fuerte y bastante guapo, aunque esté mal decirlo. Bien armado y dotado de un aguante tremendo y gran apetito sexual. Estoy en buena forma física y muy sano.

Siempre he sido tímido. Ahora menos, pero a menudo me toman por persona seria y formal, cuando sólo es timidez. Eso dificultó mis relaciones sexuales en mi juventud. El motivo de esta historia es contar como ha sido esa faceta de mi vida a quien quiera conocerla.

Me gustan mucho las mujeres, sean jóvenes o maduras. Cada vez que veo alguna atractiva, quedo inmediatamente pendiente de sus movimientos y gestos. Si algo me atrae especialmente son sus pechos. No me importa el tamaño, mientras pueda apreciar algo de ellos. Naturalmente, si son voluminosos y bamboleantes se hacen notar mucho más. Pero con diecisiete años me conformaba con eso, con mirar.

Como resultado me dedicaba a pajearme a la mínima oportunidad: cada noche una o dos veces. Por la mañana otra antes de levantarme. Y no era raro que a media tarde me escabullera al baño o me echara una siesta en la que no llegaba a dormir, según el grado de estímulo del día y el deporte que hubiera hecho.

También me agrada la lectura y el estudio, de modo que en lo referente al sexo me había informado mucho de fuentes más fiables que las historias de los amigos. Es decir, no lo había hecho nunca, pero conocía razonablemente bien la teoría. Ahora bien, eso no me quitaba las ganas ni me resolvía el problema.

Recuerdo con especial cariño la casa de mis abuelos en el pueblo, donde pasábamos las vacaciones. En una ocasión un primo mío, casado hacía poco y su preciosa mujer también pasaron una temporada en verano. Diré que se llamaba Carmina, y en esta crónica, así como en las sucesivas, los nombres de los personajes serán unas veces reales, otras no. Ojos pardos, pelo azabache y rizado y figura exquisita

Con 21 años que ella tenía me pareció lo más hermoso que había visto. Yo tenía 17 en aquel entonces, y aunque no había completado mi desarrollo físico se notaba el deporte que hacía, parte por gusto parte para quemar energía y no tener que matarme a pajas.

Tampoco tenía yo un código moral totalmente definido, de modo que cuando llegaron a casa me dediqué a mirarla a placer siempre que nadie me viera, ya que temía tener o causar problemas por ello, pero me pareció maravilloso poder admirarla disimuladamente: sus pechos a través de la fina ropa de verano, los escotes que lucía en ocasiones, el cuerpo casi entero alguna vez en la piscina... Una gozada de mujer, esbelta y muy bien formada además de bella y simpática. Me tenía más salido que la esquina de una mesa.

Hasta encontrarla en la cama.

Suena extraño, pero así fue. Una tarde en la que yo no iba a estar en casa (nadie más tenía pensado pasar por casa hasta después de cenar) regresé imprevistamente y con ganas de pajearme después de mucho pensar en ella.

Así que al entrar fui a su dormitorio directamente decidido a robar unas braguitas suyas, después de mucho meditarlo. Más bien a tomarlas prestadas, por la curiosidad que despertaba en mi... Y que sorpresa al acercarme a la puerta, que estaba entreabierta, y verlos sobre la cama, ella abierta de piernas y con las rodillas en los hombros. Y un tío, que al principio creí que era mi primo, fallándola a lo bestia. Me quedé callado, de modo que no se dieron cuenta de mi presencia. Además, estaban en lo mejor, ella gimiendo bajito y él bombeando sin descanso. La increíble perspectiva me permitía ver como aquella polla, enfundada en un condón bombeaba dentro de ella, mientras las bolas del tipo daban golpecitos contra los preciosos cachetes de la muy guarra, que gemía por lo bajo a cada embestida.

Aquella postura hacía difícil que me vieran, y tal y como iba no pude resistirlo: Me saque la polla del pantalón, ya hinchada, y empecé a pajearme despacio, disfrutando las vistas.

Entonces Carmina empezó a hablar, no muy alto, entre aquellos gemidos intensos, diciendo:

- Así. Así. Fóllame macho mío. ¡Cómo me gusta tu polla y que me la metas así, sin parar! Y no como el impotente de mi marido...

Yo me quedé de piedra, porque no había pensado que fuera otro. Y fue ahí cuando él la levantó en vilo, y empezó a convulsionarse, en un orgasmo que debió llenar aquel preservativo, por el rato que estuvo corriéndose. Ella, mientras, enlazó brazos y piernas a su alrededor, para sujetarse mejor. Y empezó a gemir más intensa y rápidamente. Hasta que abrió la boca y dejó de hacer ruido. Pero los espasmos y gestos de su boca fueron tales que no me costó suponer lo que le ocurría, a pesar de mi total inexperiencia. Tuve que dejar de mover la mano, para no correrme a la vista de una cara tan viciosa, a la par que hermosa.

Entonces abrió los ojos y me vio...

Yo me quedé paralizado por la sorpresa, al igual que ella. Pero después de un momento de sorpresa, su mirada se dirigió a mi polla y una sonrisa iluminó su preciosa carita. Una sonrisa mezcla de sorpresa, alegría, vicio y admiración (ya tenía casi mi actual talla, más que respetable.)

Y lo que dijo entonces me sorprendió aún más:

- Me encanta tu polla. Es tremenda, no como la de mi marido, que además sólo me lo hace algún sábado. Gracias a tu polla no pasaré tanta hambre este verano...

Pero mientras lo decía me estaba mirando a los ojos. A mí.

Después bajo la mirada a mi polla y se apretó aún más a su amante, gozando los últimos momentos de su orgasmo.

Yo di media vuelta y emprendí la retirada a mi habitación. Tal y como lo había dicho, el que se la había follado suponía que le estaba alabando a él, pero en realidad, me estaba provocando a mí. Aún empalmado, pero tan turbado que no podía seguir pelándomela, oí como ella echaba a su amante, diciéndole que podían llegar los demás, que se diera prisa y cosas por el estilo.

Yo me quedé en suspenso, sin saber muy bien que hacer. Y un minuto después continuaron mis sorpresas, cuando Carmina entró en mi habitación sin llamar, despacio. Con una mirada cautivadora y la sonrisa más seductora y viciosa que he contemplado nunca. Estaba preciosa, aún a pesar del pelo desordenado. Se había puesto un camisón muy ligero, que transparentaba su figura imponente, de esos que se abotonan arriba, de modo que pueden dejarse caer.

Y eso fue lo que hizo: dejo caer el camisón de un modo muy sensual y se quedó totalmente desnuda. Yo estaba frente a ella, con mi polla rígida como nunca, mirándola. Era la primera vez que la veía así, y sus pechos me parecieron auténticas joyas. Parecían manzanitas, por su forma y tamaño. Coronados por unas pequeñas aureolas y unos pezones regordetes y muy tiesos.

Ella empezó a acercarse a mí. Despacito, con unos movimientos muy sensuales. Después, recordando aquello, supe lo mucho que ella había disfrutado aquel momento, tentándome y sabiéndome casi a sus pies. Mientras llegaba a mí, con una sonrisa maliciosa, iba hablando y haciéndome preguntas, con una voz dulce y cálida como nunca había escuchado. Y yo la respondía con simples monosílabos, sin poder apartar la mirada, que iba de sus ojos embrujadores a sus labios cálidos. De ahí a sus pechos enhiestos y por todo su vientre hasta la suave pelusilla que ocultaba su coñito... La conversación fue más o menos así:

- Néstor, corazón, no sabía que estuvieras ahí. Pero parece que te gusto. Y te gusta lo que has visto... (esto último mirando mi polla con descaro hizo que me palpitara y se endureciera más si cabe.)

- Sí, es cierto.

- Mmmm. Estás muy bien, ¿sabes? No pensé que estuvieras así, por tu edad... ¿has estado con chicas?

- Sí. Bueno. Verás... En realidad no. Nunca. (Ella se relamió de un modo que me puso aún más caliente)

- ¿No has hecho nunca nada... sexual?

- No, nunca.

- Y te apetece, salta a la vista.

En ese momento había llegado hasta mí, me cogió la polla con una mano y empezó a masturbarme. Despacito, mientras miraba mi armamento. Luego me miró a los ojos y siguió hablando.

- Ese hombre es un amigo, al que tengo que recurrir de vez en cuando, porque tu primo me tiene casi en ayunas, ¿sabes? Y una mujer como yo no puede estar así... Tu me comprendes, ¿verdad, amor?

Yo asentí, dado que estaba en la gloria, notando el aroma de su sudor, admirando su cuerpo tan cercano, disfrutando de la suave paja que me hacía. Acto seguido dijo:

- No irás a decir nada, ¿verdad? Si me prometes que no dirás nada, te haré... favores muy especiales.

Yo no me lo podía creer, la verdad es que todo lo que ocurría me parecía increíble. En ese momento ella me empujó suavemente hasta el borde de la cama y me hizo sentar sobre el borde. Luego me empujó hacia atrás, sin soltar mi polla. Y me hizo tumbar, con los pies aun fuera de la cama. Y se encaramó a la cama, a horcajadas sobre mí. Me miró a los ojos y se situó sobre mi polla mientras la sujetaba. Entonces pude ver su chochito, sonrosado, sin más vello que un triangulito en el pubis y nada alrededor de los labios. Era precioso. Y se le notaba muy húmedo y brillante. Entonces fue bajando hasta acariciar la punta de mi pene con su rajita, despacito. Aquella tortura a cámara lenta era una delicia. Y dijo:

- Aún no me lo has prometido, amor mío. Y deseo tanto tu pedazo de polla dentro de mí... Dime que quieres mi chichi, anda. Y promete que no dirás nada de nada...

-No diré nada, te lo prometo. Pero no pares, por favor. Eres ten bonita... Y estas tan buena... Por favor, sigue...

Ella sonrió maliciosamente y empezó a sentarse sobre mí, encajándose mi rabo duro poco a poco, hasta que me tuvo totalmente dentro. Entonces se relajó, puso sus manos sobre mis pectorales y dijo:

- Aaaaah. ¡Qué pedazo de polla! Si llego a saberlo... Si esto sigue así, no vuelvo a llamar a ese... Me encanta.

Y empezó a moverse despacito, arriba y abajo, adelante y atrás.

Yo nunca había sentido algo así. Estaba dentro de un chochito, y era delicioso notarlo, tan estrecho y calentito. Chorreante y suave. Abrazando mi miembro con intensidad, como si temiera que se escapara... Y sus muslos contra mí... Y el meneo de sus preciosas caderas... En un momento mis manos estaban en ese punto en que la cintura se une a las caderas, y que me fascina, mientras mis ojos no se apartaban del bamboleo de sus pechos. Ella tenía los ojos cerrados, mientras una de sus manos me acariciaba y la otra la tenía en su vientre, acariciándose.

Rato después noté como se corría, por sus convulsiones, el modo en que su vagina me masajeó la polla y cierta oleada de humedad adicional, que ya me empapaba hasta los huevos. Como he dicho antes, tengo un gran aguante, y casi no me puedo correr si los vaivenes no se producen al ritmo adecuado, de modo que yo seguía empalmado como un burro cuando ella abrió los ojos, con una sonrisa radiante. La cuestión es que mi orgasmo, para mí es un detalle final y casi secundario, como el cierre de un capítulo. Pero follar un agujerito placentero durante un buen rato me aporta un placer tremendo, acompañado de conatos de orgasmo que casi lo son en sí, que domino sin vaciarme y que prefiero gozar media docena de veces antes que un simple orgasmo y lechada. Así he podido siempre, desde que empecé a masturbarme de adolescente, prolongar mi erección durante un buen rato. Y no hablo precisamente de 15 ni de 20 minutillos de vaivenes.

Pero sigamos con su siguiente comentario:

- ¡Y aún está dura! ¡Qué gozada, mi amor! Ven, que me agotas.

Paró sus movimientos, salvo pequeños vaivenes ocasionales y un suave masaje vaginal que no sabía que pudiera ser tan delicioso. Cogió mis manos y las llevo a sus pechos mientras me miraba con aquellos ojazos negros. Me maravilló la suavidad de su piel. Y la consistencia densa, firme y vibrante de aquellos senos. Y el modo en que sus pezones reaccionaban ante mis caricias. Eran las primeras tetas que veía en vivo. Y que tocaba. Una gozada.

Luego, ella empezó a estremecerse y tuvo un orgasmo, que pude notar en forma de espasmos de su vagina abrazando por momentos mi polla. Pasados unos instantes se recostó sobre mí, aplastando sus pechos preciosos contra mí y empezó a besarme en la boca entrecortadamente. A ratos paraba y decía que adoraba mi polla, que era muy guapo, que le encantaba... Yo respondía cosas parecidas, hasta que empezó a encenderse otra vez. Y me dio mi primer beso de tornillo, con nuestras lenguas bailando juntas. Había soñado mucho con ese momento, porque soy muy besucón. Muy sobón y cariñoso. Y me encantó. Tuvo la virtud de ponerme a cien, porque cuando me pidió que no parara de follarla, la volteé, espatarrándola sobre mi cama, sin sacarle del todo la herramienta y empecé a bombear. Aún tardé un rato en correrme, después de que ella lo hizo otra vez. Así llené su coñito de leche espesa. Luego me dejé caer sobre ella, que me rodeó el cuello con sus brazos mientras me daba las gracias y me cubría de besos la cara.

Mientras estábamos así, me vino un momento de lucidez, y pregunté:

- Con ese tío usabas condón. ¿Porque ahora no?

Yo no tenía especial interés por utilizar condón, porque era delicioso sentirla así. Pero lo que había leído al respecto parecía hacerlo altamente recomendable. Y me sorprendía la diferencia de trato.

- No me puedo quedar embarazada, porque tomo la píldora como precaución, pero no se me ocurriría tener un amante sin usar condón. ¡Quién sabe con quien habrá estado ese! Incluso a mi marido le obligo a usarlo, porque no me fío de él, aunque sólo lo hagamos a ratos. Pero tu eres diferente. No has estado con ninguna otra. Y es delicioso estrenar a un chico como tu. Y recibir toda esta leche. Mmmmmm. Bésame otra vez, machote mío.

Pasado un rato nos levantamos. Ella se fue a duchar y yo, totalmente tranquilo, me relajé, ensoñando sobre el momento. Cuando volvió de la ducha me vio, tumbado y medio empalmado otra vez. Con una sonrisa se sentó en la cama, se inclinó sobre mí y se metió media polla en la boca mientras sujetaba fuertemente la base, como si temiera que fuera a escaparse de su boquita. ¡Que delicia lo que me hizo! Me empalmó de nuevo y me vació entre besos, lametones, chupadas y pajas. Al poco rato se situó sobre mí. Así pude admirar su rajita sonrosada, fresca y limpita, que empezaba a humedecerse y a desprender una aroma que algunos han descrito como a marisco. Nunca había estado ante algo así.

Mientras ella me la mamaba yo empecé a acariciar aquel coñito suave, recorriendo sus formas en una lección de anatomía práctica que deseaba desde hacía tiempo. Ella se estremecía con mis caricias. Cuando empecé a juguetear con su botón del placer pude ver como sus labios se entreabrían. No pude evitar acercar mi boca y saborear aquel tesoro. Entonces llevé mis manos a sus pechos para dedicarles mis caricias mientras saboreaba mi primer chochito. Insisto: tenía cierta idea sobre que hacer, pero la experiencia es un grado, de modo que sólo se corrió una vez, momentos antes que yo. Y yo lo hice dentro de su boca. Mi dulce Carmina tenía metida media polla en la boca y chupaba arriba y abajo rápidamente, mientras me masturbaba la otra media, ordeñándome hasta beberse la última gota de la corrida que eché en su boquita. Luego se levantó y se fue, advirtiéndome que los otros debían estar al llegar.

Resultó que ella había subido de la piscina municipal antes de la hora alegando un dolor de cabeza para poder encontrarse con su amante, que había ido sin avisar y había quedado con ella en la piscina, discretamente. Como mi primo estaba con un grupo de amigos, se quedó en la piscina, con intención de cenar en el restaurante contiguo. Y el resto de la familia estaba fuera. Ese cúmulo de casualidades me había permitido probar por primera vez lo que es una mujer, cosa que atestiguó la sonrisa de oreja a oreja que me quedó grabada por el resto del día.

El día siguiente estuve confuso, dividido entre el enorme placer recibido y la duda sobre si lo ocurrido no debería avergonzarme. Pero ante todo seguía flotando en una nube. ¡Me había estrenado! ¡Y de qué modo!

Nadie se dio cuenta de mi estado, dado que suelo ofrecer una fachada seria y tranquila en casi cualquier caso, pero ella sí lo debió notar, porque aprovechó un momento en que quedamos solos para echarme los brazos al cuello y darme un morreo fabuloso. Luego me dijo que no iba a ver más al otro tipo, que me quería a mí como amante. Intentaba tranquilizarme mientras decía que quería sentir mi polla como suya... Así hasta que volvieron los otros y yo me refugié en el baño, a hacerme la mayor paja de mi vida convencido de que lo único que quería era acostarme con Carmela. Los hombres somos así de simples.

Al día siguiente, maravillosa casualidad, llamaron a mi primo del trabajo, de modo que se fue dejando a Carmina en casa para la mayor parte de las vacaciones. El resto del día lo pasé soñando con lo que esa noche iba a pasar, como prometían las miradas que ella me dirigió cuando nadie se daba cuenta.

Fueron los mejores días que disfruté en mucho tiempo. Por las noches ella echaba la llave, igual que acostumbraban a hacer cuando estaba mi primo. Yo me pasaba por el balcón a su dormitorio (contiguo) y metía media polla en su boca, para luego montar un 69 y terminar hundiéndola entre sus muslos soberbios. Procurábamos no hacer ruido, a lo que ayudaba el hecho de estar algo alejados de los restantes dormitorios. Como ella se encargaba de hacer su cama y limpiar las sabanas no había problema. Y yo podía cumplir mi sueño de aquella época: de tres a cinco polvos diarios. Ahora mi aguante es algo menor, dado que ya no tengo 17 años, pero el refinamiento y el morbo adquiridos me compensan sobradamente. Pero aquella temporada... ¡Qué maravilla!

La noche la pasábamos entre besos, lametones, caricias y, naturalmente, unos polvazos de impresión. Por suerte teníamos baño en el propio dormitorio, porque de otro modo más de una mañana hubiera dejado mi amante un reguerillo de semen y de sus propios flujos escurriendo por sus muslos en el pasillo, camino de otro baño... Nos duchábamos juntos y salíamos con precaución. Ella bajaba a la piscina a ratos, pero pasaba la mayor parte del tiempo en casa. Mientras, yo parecía hacer mi vida habitual, desapareciendo todo el día. Aunque en realidad estaba en mi habitación o en la suya. Aún recuerdo aquellas siestas, cubiertos de sudor y enlazados en la cama. O en la bañera... Recuerdo aquella rajita de sabor exquisito que ella me enseñó a devorar como es debido, aquellos pechos adorables, sus piernas rodeándome la cintura y sus brazos alrededor de mi cuello... Y sus besos, deliciosos. Dulces y apasionados...

No sólo perdí mi virginidad, sino que aprendí a hacer gozar a una mujer de muchas maneras, especialmente con la lengua y las manos, ya que con la polla enseguida pude defenderme. Ella disfrutaba dándome lecciones, diciéndome que hacer y como. Aconsejándome. Claro, que lo hacía por su propio interés, de ahí el empeño por enseñarme bien...

Entonces paso algo inesperado. O puede que no tanto, dado el modo en que tentábamos a la suerte...

Se quedó embarazada. Lo sospechó días antes de la vuelta de mi primo. Y es natural. Estábamos tan pendientes de disfrutar y de evitar ser pillados que se olvidó de tomar la píldora. Ahora me pregunto si no desearía realmente quedar en estado, pero entonces acepté el "despiste" como explicación. A fin de cuentas, una mujer joven y fértil, regada frecuente y abundantemente por el semen de un amante joven y potente... No esperaba semejante olvido, pero tampoco sospeché que fuera intencionado.

Al primer momento, aunque no estaba totalmente segura, se inquietó, pero la solución se la di yo: Su marido seguramente iba a querer llevarla a la cama nada más llegar, de modo que debía preparar un preservativo y ponérselo ella a él, de tal guisa que se las debía ingeniar para que se rompiese en mitad del polvo. Así, si se desgarrara después de que mi primo embistiera unas cuantas veces dentro de su coñito podría achacar el embarazo al "accidente", ya que la técnica de la "marcha atrás" no es nada fiable como anticonceptivo. Y como él no sabía que tomaba la píldora... Ella fue más lejos. Volvió a tomar de nuevo la píldora. Sonriendo maliciosamente y me dijo que si de verdad estaba en estado, quería saber con seguridad si yo era el padre.

Hicimos varias pruebas, en las que yo me tumbaba y me dejaba hacer. Ella se arrodillaba entre mis piernas y empezaba a chupar, besar y mamar mi miembro hasta ponerlo a tono. Luego tomaba un condón, lo saboteaba con unas tijeritas y me lo ponía, con intención de montarme y encajarse mi nabo entre sus muslos preciosos. Pero las primeras veces se rompía al ponerlo o no se rompía después o resultaba demasiado obvio. Gastamos una caja completa hasta que empezó a acertar en la maniobra. Echamos unos polvos fantásticos, esperando a que el preservativo se rompiera, momento en que nos reíamos (por lo bajo) y seguíamos haciéndolo como locos hasta alcanzar el orgasmo final. Las últimas ocasiones consiguió que no se rasgará hasta que estábamos llegando al clímax, pasado ya el punto de no retorno (aquel en el que el hombre ya no es capaz de dar marcha atrás aunque tuviera esa intención) y enlazados en los momentos más intensos, y por tanto, cuando la frotación es más intensa. Mi única duda era si la diferencia de tamaño o de forma de hacerlo entre mi primo y yo sería origen de fallo o no. Ella, sin embargo, estaba segura de que funcionaría.

Así puso en práctica lo aprendido: la misma noche en que mi primo llegó fueron a la cama, y a poco de acabar se rasgó el condón. Parece que salió bien la jugada. Resulta que unos nueve meses después nació un precioso bebé, que mi primo supuso suyo, más aún después de que el médico confirmara que el embarazo es posible en casos de rotura del preservativo, aunque no hubiera eyaculación.

Supe que era mi hija, pero no me importó pasar por tío suyo. A pesar de los remordimientos y dudas de índole moral por todo lo ocurrido, los inmensos placeres y lecciones que Carmina me brindó fueron tales que no pude apartarme de ella mientras la tuve. Además, esa criatura inocente, que es el más hermoso fruto posible, me hizo sentir muy bien. Y di por bien empleados los polvos que echamos.

Al poco de nacer la pequeña Rosa se marcharon al extranjero, debido a una oferta de trabajo que mi primo no pudo rechazar. Así perdí de vista a mi primera "mujer" y madre de mi primera hija. La eché de menos mucho tiempo, más aún debido a mi timidez, que me impidió relacionarme con normalidad con una mujer hasta años después. Aunque eso me ayudó a prepararme en múltiples campos de cara a mi futura incorporación al mercado laboral.

Pero eso corresponde a otro capítulo.

NÉSTOR

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