QUIERO SER UN HOMBRE
Confesiones. Por fin parece que iba a llegar la hora de perder su virginidad, o no, bueno no se pierdan detalle, ya verán que sucede


Toda mi vida he estado esperando este momento. Bueno, toda la vida quizás sea exagerar. El problema había comenzado justo la mañana en que me desperté con las sábanas mojadas y una especie de estúpida felicidad reflejada en el rostro.
Los ojos verdes de Elena me perseguían en cualquier lugar que estuviera y sus labios carnosos y siempre húmedos eran una tentación. Había soñado con ella. La abrazaba y la acariciaba y ella se dejaba hacer sonriendo, murmurándome que me quería. Justo en el momento en que nuestros labios se unían una sensación extraña recorrió mi cuerpo, era como un hormigueo abrasador que subía por mis entrañas. Desperté completamente mojado y con el miembro dolorosamente erguido todavía.
Tenía apenas diecisiete años y ninguna chica del instituto se había fijado en mi y menos Elena. Pronto aprendí a controlar a medias mis impulsos. Mis manos eran el único consuelo en aquella época cruel. Todos mis compañeros presumían de sus logros. El que menos, ya había conseguido tocar el culo o las tetas de alguna tía. ¿Y yo? Ni un rosco, las chicas sencillamente me ignoraban. Tampoco era de extrañar ¡con ese careto! El acné hacía estragos en mi piel, mis gafas de miope no ayudaban nada y el corrector dental era el acabado perfecto a todo el conjunto.
La cosa no había mejorado a pesar de no llevar ya los odiosos hierros en los dientes. Mi sonrisa a lo Hollywood no era suficiente reclamo para aquellos monumentos que pululaban a mi alrededor. Tenía muchas amigas, eso sí. Todas venían a contarme sus amoríos con este o aquel otro. ¡Esa es la función que desempeña un feúcho a los diecisiete años! Ninguna se daba cuenta del brillo de mis ojos recorriendo sus curvas, del carraspeo de mi boca que se secaba al imaginarlas desnudas y mucho menos de la leve hinchazón que se adivinaba bajo el pantalón. Era el confesor de medio instituto (de la mitad femenina) Con los otros chicos ¡fatal! Corrió la fama de que yo era maricón y todos me rehuían. ¡Cómo no iba con chicas a pesar de estar rodeado de ellas!
Por la noche me premiaba a mí mismo con una sesión de sexo solitario, cada vez más sofisticado, eso sí. Mi colección de películas y revistas porno se camuflaba por todos los rincones de mi habitación.
Veía las películas sin voz para no despertar a nadie de la casa. Mientras mis manos trabajaban yo imaginaba los gemidos y diálogos. Me gustaba poner en boca de las protagonistas femeninas frases como:
-¡Fóllame más!
-¡Más!
-¡Quiero que me destroces con tu polla!
Como es normal, mi madre no tardo en sospechar algo, espiarme y pegarme la bronca después:
-Mira hijo, pase lo de que te toquetees por las noches, pase también lo de las revistas guarras y también pase lo de gastarte todo el dinero en esas películas asquerosas. Pero mira, no aguanto más esos ruidos y esas cosas que dices por la noche. ¡Pero tu que te has pensado!
Seguí poniendo diálogo a mis películas pero tenía la precaución de hacerlo mentalmente. ¡Una madre es una madre!
Los dieciocho llegaron y pasaron igual que el año anterior. Las chicas seguían con sus confesiones y ellos ignorándome, yo por mi parte perfeccionaba cada vez más el arte de hacerme una buena paja.
¡Nadie en el instituto me superaba en dominio manual, seguro!
La mili fue la peor época de mi vida, NO HABÍA CHICAS. Imaginaos, un montón de horas rodeado de tíos que no paraban de contar batallitas. Después, por la tarde, cuando salíamos todos como locos en dirección al pueblo dispuestos a pescar lo poco que había disponible (¡O no había chicas en el pueblo o se escondían hasta que pasaba la marabunda). Como siempre, yo a dos velas.
Por la noche ¿quién se pajea en una habitación con veinte tíos durmiendo a tu alrededor? No digo que no lo hiciera nunca durante esos largos meses, pero era únicamente un acto fisiológico de pura necesidad. Nada que ver con las fiestas onanistas que me organizaba en mi casa cada vez que tenía algunos días de permiso.
Un día, a mediados de julio, me licenciaron. Decidí celebrarlo por todo lo alto y volver a casa como se supone que vuelve todo recluta que se precie: CONVERTIDO EN UN HOMBRE.
Me fui de putas dispuesto a que alguna hiciera la buena obra del año y me desvirgase. Como solo tenía cinco mil pelas (nueve meses de mili dejan a uno con los bolsillos agujereados) me dirigí a la Ramona, un bareto pequeño y cutre en las afueras del pueblo. Mis compañeros hablaban a menudo de Rita, la chica que atendía a la barra y a los parroquianos.
-¡Con cinco talegos te hace un completo-me dijo Lucas, el gallego desde su litera.
-¡Venga, chaval!, que a esa tía le van los novatillos. ¡Te va a dejar el cuerpo arreglao!-añadió Ramón.
-¡Qué ya te conviene, majete!-se oyó desde el fondo de la habitación.
Así, entre risas y chanzas salí de la habitación dispuesto a encontrar a Rita y dejarme hacer todo lo que ella me diera por mis cinco mil cucas.
Todo fue mal desde el principio, el bareto no estaba en las afueras si no a veinte kilómetros del pueblo. No pasaba ni un alma por aquella carretera tercermundista. Tardé unas dos horas en llegar.
Daba miedo entrar en aquel antro. La puerta semicamuflada por los arbustos daba paso a una escalera estrecha y sin luz que descendía hasta el sótano. En las escasas mesas unos viejos malcarados jugaban a cartas y tras la barra una mujeruca gorda y desdentada se entretenía pintándose las uñas de los pies. Mi primer impulso fue salir corriendo pero me contuve. Me acerque a la mujer y pregunté por Rita. Sin inmutarse, descolgó unas llaves de un panel cercano a la barra y me ladró:
-Al fondo del pasillo, la última puerta a la derecha.
Cuando llegué a la habitación la pizca de excitación que me quedaba desapareció. Estaba todo en penumbra, alumbrado apenas por una bombilla roja que colgaba del techo en un rincón. Olía fatal, era una mezcla de humedad, sudor, orines y sexo ajado. La cama apenas se veía escondida bajo una montaña de sábanas revueltas, mantas y ropas sin identificar.
-Pasa, chico. No te quedes en la puerta-dijo una voz desde la penumbra.-Desnúdate y échate en la cama.
No sabía que hacer, por un lado sentía asco pero por otro, era mi oportunidad. ¡Por fin iba a dejar mi virginidad de lado! Sería el principio de una gran actividad sexual, seguro. ¡A las chicas les gustan con experiencia!
Me desnudé a toda prisa, mirando donde dejaba la ropa para no perderla en medio de tanto desorden. Me senté en una esquina de la cama, la única libre de ropajes. Ella se acercó a mi, sentía sus tacones repiqueteando en el suelo entarimado.
-Cierra los ojos, cielo-me dijo a mis espaldas.
Obediente, cerré los ojos. Sus manos, frías y huesudas empezaron a recorrer mi cuerpo. No perdió demasiado tiempo en caricias inútiles, se fue directamente a mi sexo flácido dispuesta a conseguir que se izará. No lo logró.
Salí de allí corriendo, medio desnudo, dejándome la mitad de la ropa por el camino. La tal Rita era un bombón de más de setenta años, había caído como un pardillo. ¡Me la iban a pagar! ¡En cuanto llegará al cuartel la iba a liar!
No llegó la sangre al río, no estoy tan loco como para meterme con veinte tíos a la vez. Aguanté sus risas el resto del día y a la mañana siguiente me fui olvidándome de sus caras para siempre. (Pero no de lo que me hicieron).
No puedo evitar recordar todo aquello en estos momentos, han pasado ya más de tres años y yo sigo igual. Pero hoy es el gran día, Marta esta a punto de llegar. Me ha costado lo mío conquistarla. Es una mujer difícil. La conocí en la oficina de Carlos, es su secretaria. Desde el primer momento me gustó. Sus curvas generosas tensaban la tela de su falda y su escote dejaba ver más de lo que escondía. Comencé a visitar la oficina de mi amigo con más frecuencia, Carlos se reía de mi y me aconsejaba que lo dejará estar, que no me convenía. No le hice ningún caso. Cada desplante de ella me motivaba a seguir adelante. A mis veintitrés años había llegado el momento de meter toda la carne en el asador, tenía que arriesgarme el premio era de lo mejor: dejar de ser virgen ¡por fin! con Marta.
Llaman a la puerta, seguro que es ella. ¿Esta todo preparado? Si, creo que si. Música, velas, la cena en el horno. Voy a abrir.
-Hola, cariño ¿Cómo estas?
-Perdona el retraso, me ha costado un montón aparcar. ¡Qué bonita que es tu casa!
-¿Te gusta?, yo mismo la decoré y ya sabes, a veces los gustos de los hombres dejan mucho que desear.
-No, en serio. Es preciosa.
El tiempo paso volando, estuvimos toda la cena hablando y riendo sin parar. ¡Es tan simpática!, después de cenar estuvimos bailando como dos bobos por el salón. La besé, esperaba una queja pero no, tuve suerte. Ella me correspondió, primero tímidamente pero
pronto se lanzó. Acabamos en el sofá, abrazados, acariciándonos, sin dejar de besarnos. Por fin había llegado el gran día. ¿Estaría a la altura?
Ella posó su mano en mi entrepierna, no pude contenerme. Mis manos se metieron debajo del jersey buscando sus pechos prietos. Cada vez hacía más calor, o por lo menos eso era lo que yo sentía.
-Tengo que hablar contigo, hay algo que debes saber
Me asusté, estaba pasando otra vez. Cada vez que tenía la oportunidad de estrenarme ésta desaparecía como por encanto.
-No se como empezar, es algo muy delicado de explicar. No quiero hacerte daño.
-Sabes que puedes contarme todo lo que quieras, estoy aquí por que te quiero. No lo olvides.
-Ese es el problema, cuando te lo cuente dejarás de quererme.
-No digas eso, mis sentimientos hacía ti no van a cambiar por nada que me expliques. Te lo repito: te quiero.
-Esta bien, no creo que luego pienses igual.
Mi nombre no es Marta, cuando nací mis padres me bautizaron como Juan Antonio. He pasado toda mi vida luchando contra la naturaleza que me dio un cuerpo equivocado. Lo he pasado muy mal, ser mujer en un cuerpo de hombre es horroroso. Todo lo que ahora ves, es el producto de muchos años de sacrificios. Yo también te quiero y no pretendía engañarte, nadie sabe lo que te estoy explicando, eres el primero al que se lo digo y no se como vas a reaccionar. Si te enfadas lo entenderé.
No sabía que decirle, si me pinchan no me sale sangre. ¡Una vez en la vida que alguien me quiere y resulta que no es una mujer! ¿O si? Estaba desconcertado. Me despedí de ella como pude, se que le dolió. Le hice mucho daño pero qué podía hacer, no tengo los suficientes reflejos como para manejar una situación como esa.
Ha pasado una semana, no me he atrevido a llamarla. He pensado en ella cada noche y por primera vez en mi vida no he sido capaz de montármelo yo solo. ¡Me estaré volviendo maricón de verdad! No lo creo, la necesito. Voy a pasar de malos rollos y llamarla. Haremos buena pareja, un transexual y un medio nena. ¡Lo nuestro va a ser explosivo!
-¿Esta Marta?, gracias, espero.
-¿Marta? Yooooooooooo...............................Te quiero.


Yocandra
maryar30@hotmail.com


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