En pocas semanas había descubierto
sensaciones tan placenteras que no creo que pudiera dar marcha atrás.
Nada me importaba demasiado si con ello podía hacer felices a mis
jefes.
Alberto era madrugador, era uno
de los primeros en llegar a la oficina por lo que yo tenía que levantarme
mucho más temprano que de costumbre para estar allí cuando
él apareciera. Él entraba saludando a todo el personal educadamente
menos a mí, se limitaba a mirarme de arriba abajo para asegurarse
de que cumplía sus normas sobre el tipo de ropa que debía
llevar. Diez minutos más tarde me llamaba a su despacho. Yo le llevaba
el desayuno, café y tostadas con mermelada. El ritual era siempre
el mismo: dejaba la bandeja sobre su mesa, me desnudaba totalmente, giraba
sobre mis talones, dando un par de vueltas sobre mi misma exhibiéndome
ante él, ponía azúcar en su taza, untaba las tostadas
y me arrodillaba ante él para liberar su pene del pantalón
y chupárselo. Él desayunaba despacio sintiendo mi lengua
en su sexo y gozando del momento, sabía que me tenía totalmente
en su poder. Su corrida no tardaba en llegar y apretando mi cabeza contra
él me hundía su sexo hasta la garganta y yo tragaba todo
su semen, lamía su sexo hasta dejarlo limpio y esperaba sus ordenes
de rodillas con las piernas entreabiertas.
Algunos días me sentaba
encima de su mesa frente a él, cogía mermelada con un dedo,
refregaba mi sexo que automáticamente empezaba a segregar jugos
y me lamía lentamente: sorbiendo, lamiendo, mordiendo hasta que
el mundo desaparecía de mi vista, mi cuerpo temblaba y se arqueaba
sacudido por un tremendo orgasmo.
-Muy bien María, me encanta
ver la cara de zorra que pones cuando te corres.
Y sus dedos empezaban a penetrarme
sin piedad incrementando el placer y haciendo que mi orgasmo se encadenara
con otro.
Otras veces me hacía tumbar
en el suelo con las piernas muy abiertas y se sentaba en una silla
detrás de mi cabeza de manera que lo único que veía
cuando miraba hacía arriba era su sexo erecto. Me pedía que
me masturbara para él. Yo acariciaba mis pechos, pellizcaba mis
pezones y frotaba mi sexo totalmente expuesto.
-Pellízcate el clítoris.
Yo obedecía sus indicaciones
sintiendo su mirada sobre mí, escrutando todos mis gestos.
-Chupate un dedo y penétrate
con él despacio.
Su voz era ronca y autoritaria.
Me daba miedo y él se aprovechaba de eso. Nunca sabía cual
iba a ser su siguiente orden y eso me mantenía en tensión.
-Venga zorrita, mueve más
rápido ese dedo, quiero oírte gemir.
El se frotaba fuertemente su pene,
respirando aceleradamente y solía correrse al mismo tiempo que yo,
llenándome la cara y los pechos de semen espeso.
-No te limpies y siéntate
en esa silla delante de mí. No se te ocurra cerrar las piernas.
Yo obedecía callada y avergonzada,
sabía que en cualquier momento podía entrar alguien y encontrarme
así y eso me violentaba pero eso jamás sucedió. Alberto
atendía sus llamadas, firmaba documentos y de vez en cuando me ordenaba
que me lamiera los dedos, que pusiera las piernas sobre su mesa abiertas,
que me penetrara con dos dedos.
Finalmente me obligaba a tumbarme
boca abajo sobre su mesa y su pene atravesaba mi culo de un golpe acompañado
de un grito de placer. Me envestía salvajemente golpeando con sus
manos mis nalgas hasta dejarlas totalmente enrojecidas y acababa corriéndose
sobre ellas y extendiendo con sus manos su semen por todo el culo.
-Te gusta que te llene de semen
¿eh puta? Para que cuando salgas de aquí todos sepan que
tu jefe te ha estado follando. Te gusta provocar y eso te va a causar más
de un problema. Eres la mejor puta que he tenido. ¡Mira que mojada
estas! ¿Te vas a correr otra vez, verdad?
Alberto no dejaba de decirme obscenidades
mientras con una mano seguía llenándome de semen la espalda
y el culo y con la otra me masturbaba acariciando mi clítoris. El
orgasmo no tardaba en llegar y Alberto con una sonrisa cínica en
los labios me pedía que me fuera del despacho.
-Tendrías que estarme agradecida
zorrita. ¿Cuántos hombres hacen que te corras tres veces
en un par de horas? Anda vístete y no vuelvas hasta mañana
y antes de ir a lavarte quiero que le vayas a pedir los informes de ventas
a Antonio y me los traigas. Y recuerda, camina lentamente. Quiero que todos
te vean así sucia y despeinada, oliendo a sexo, que sepan la clase
de mujer que eres.
Los veinte metros que tenia que
recorrer se me hacían eternos. Apestaba a semen y las manchas en
mi cara eran inconfundibles. Las mujeres se giraban a mi paso y los hombres
me miraban descaradamente, sonriendo y comentando obscenidades entre ellos.
Recogía los informes roja como un tomate y deshacía el camino
hasta el despacho de Alberto. Este en la puerta, sonreía complacido
al ver mi azoramiento.
-Algún día puta,
te haré ir a comprarme tabaco al bar de abajo. Así todo el
edificio sabrá lo que eres.
“No, eso no” pensaba yo, intentando
contener las lagrimas mientras esperaba la siguiente orden.
-Vete, ya puedes ir a lavarte,
Juan estará a punto de llegar y estas hecha una pena. ¡Das
asco! Aunque, ¿qué se puede esperar de una mujer de tu clase?
Tal y como temía mi vida
en la oficina se hizo un poco más complicada. Las mujeres me miraban
con desprecio cuando salía despeinada y a veces con la ropa manchada
de los despachos de Alberto y Juan. Con los hombres aún era peor.
Sus ojos se posaban siempre en mi escote y culo desnudos taladrándome
a través de la ropa. Tenía que soportar comentarios soeces
en mi presencia, roces e incluso alguna mano que otra colándose
por debajo de mi falda disimuladamente en la cola del comedor.
Creí que ya no podría
caer más bajo pero aún a mi pesar, continué en mi
puesto de trabajo. Ya no podía prescindir de mis sesiones de sexo
diarias. Me sentía usada y sucia pero mi dependencia hacía
mis jefes crecía cada día más y ya no sabía
si realmente quería dejarlos. Por las noches recordando lo que me
pasaba en la oficina me masturbaba furiosamente deseando que pasaran las
horas para volver a sentir su poder sobre mí.
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