HUMO SAGRADO
Lésbico, fetichismo. Una experiencia inolvidable en
un lugar muy romántico con una mujer bellísima y elegante, que
lo es aún más cuando fuma
Comenzado: 8 de Marzo del 2002
Este relato está dedicado a un tipo
muy especial de fetichistas, que sé
que l@s debe haber a montones por ahí. Va para ellos.
Desganada, Patricia se pasea por los pasillos,
con una copa de champagne en
la mano. Ignora a los demás asistentes a la fiesta. No debía haber
venido.
Sabe que este tipo de cosas le aburren. No obstante, siempre acaba
aceptando, siempre imagina que hoy tocará, que quizá esta vez
pueda llevarse
una buena pieza a la cama. Nunca puede poner a dormir su espíritu de
cazadora. Qué se le va a hacer, tendrá que aprender a vivir con
ello.
Camina entre los demás como un fantasma,
o quizá los fantasmas sean ellos,
inmersos en sus ritos de cortejo, adulación y petulancia.
Mira a su alrededor, sin que nada le parezca ya digno de llamarse fiesta.
Apenas conoce un par de caras. Además, casi no han venido chicas guapas
a la
mansión. Guapas y disponibles, pues aunque más de una vez la señorita
Patricia ha acabado llevando a una chica a conocer por primera vez los
deliciosos paisajes de Lesbos, no es lo que abunda en su experiencia. No es
nada fácil.
Se acerca a una mesa y se llena la copa de
nuevo.
Todo este muermo sería algo soportable si al menos tuviera un cigarrillo.
Instantes atrás ha rebuscado con ansia en su bolso y sólo ha encontrado
su
paquete vacío. Ahora esa es la otra cosa en la que no puede dejar de
pensar.
De vez en cuando capta el humo de tabaco en el aire, y siente que la boca se
le hace agua.
Necesitada de fumar, Patricia lleva ya muchas copas, ha perdido la cuenta.
Normalmente aguanta muy bien el alcohol, pero empieza a notar el calor que
le llega hasta la coronilla. Ríe al notar la sensación, pero no
hay nadie
que capte su risa, nadie a quién le interese.
Decide marcharse de una vez. Buscará
al profesor Ford, le dará las gracias
por invitarla a una fiesta tan lujosa, y se despedirá con un beso. Y
sin
haber triunfado, una noche más de tantas.
Entonces la ve. En una esquina, sonriendo
a su alrededor. Luminosa,
hermosa, elegante, joven. Ya la había visto antes por la mansión.
En un
principio la había tomado como posible presa, pues parecía compartir
susurros y caídas de ojos muy especiales con esa otra chica, la que ahora
está allá lejos, hablando con un par de eruditos barbudos. Sin
embargo,
pronto la perdió de vista, y había perdido la esperanza de volver
a verla.
Es tan bonita, que se pregunta si estará hecha de carne. Rubia, muy bien
peinada y maquillada. Lleva una blusa negra, vaporosa.
Duda. ¿Estará equivocada? ¿Pertenece ella a su mismo mundo,
o quizá lo que
ella cree indicios no han sido mas que gestos de amistad femenina mal
entendidos?
Ahora está sola. Patricia la observa con atención, disimulando.
Una mujer
se le acaba de acercar. Ésta tampoco está mal, no es fea... Le
dice algo,
ella sonríe y... Qué sonrisa tan radiante... Asiente con la cabeza
y busca
en su bolso. Saca un mechero y sostiene la llama ante el extremo del
cigarrillo que la chica recién llegada sostiene entre sus dedos.
Quizá la duda no sea tal... Patricia sonríe para sí. Las
miradas que la
chica radiante le dedica a la recién llegada, sin que ella se de cuenta,
no
dejan lugar a equívocos. Ella sabe muy bien lo que significa.
La chica del cigarrillo sonríe, da las gracias y se va, dejando una estela
de humo flotando en el aire tras de sí.
Patricia se acerca. Sus miradas se encuentran.
Es maravilloso que la chica
nunca deje de sonreír, eso le encanta en una mujer.
Y le excita.
- Hola -dice Patricia, tendiendo la mano-.
No tenemos el gusto de
conocernos, ¿verdad?
- No, no tengo el placer -ella le estrecha la mano. Tiene una mano cálida
de dedos estilizados pero fuertes.
- Patricia.
- Encantada. Alesha -para su sorpresa, le besa la mano, en un gesto
extremadamente elegante. Siente esos carnosos labios pintados de rosa sobre
el dorso de su mano, y un montón de pelillos se erizan en alguna parte
de su
cuerpo.
- Vaya, una chica besando una mano. No es corriente, ¿no?
- Me gusta hacerlo... -siempre esa sonrisa que ilumina todo su rostro y
toda esta maldita fiesta aburrida.
- Encantada yo también, Alesha. Por cierto, al pasar junto a ti, me he
fijado que llevas un mechero... ¿Significa eso que fumas?
- Sí, claro.
- Espero que no pienses que soy una aprovechada si... Si te pido un
cigarrillo. Verás, se me han acabado, y...
- ¡Faltaba más! Ahora mismo.
Busca en su bolso y parece haber encontrado
lo que busca, pero se detiene
un momento y la mira a los ojos.
- Hagamos una cosa. Te doy uno, pero me tienes
que permitir el placer de
compartirlo contigo. ¿De acuerdo?
- Mmmh... Es una buena proposición. El placer será mío.
Saca el cigarrillo por fin, pero aun no se
lo da. Lo sujeta entre sus
dedos. Parece que se ha encontrado con una chica algo sádica.
- Llevo mucho rato aquí, me empiezo
a agobiar un poco -dice Alesha-. Y el
ambiente está un poco aburrido, ¿no?
- No veo más que pajaritas y lentejuelas desde hace horas...
Alesha ríe.
- Muy bien. Conozco un lugar interesante.
¿Me acompañas?
- A dónde quieras...
Con el cigarrillo entre los dedos, Alesha
recorre la mansión. Habitación a
habitación, los invitados van escaseando a su alrededor, hasta que se
quedan
prácticamente solas. Toma del brazo a Patricia al entrar en un amplio
salón
de aspecto lujoso. La guía hacia unas altísimas cortinas rojas.
Al
descorrerlas se llega a un sitio muy curioso, casi un secreto oculto. Es una
amplia balconada acristalada, a salvo del frió exterior. Siguiendo todo
el
borde interior, un saliente acolchado hace las veces de asiento. Es el lugar
ideal para sentarse a solas y leer durante horas, cuando da la luz del sol,
y a contemplar las estrellas y pensar, cuando llega la noche, y apenas
llegan algunas luces de faroles del exterior, como ahora.
- Vaya, es un lugar precioso. Soy afortunada
esta noche, por tener una guía
tan buena...
Afuera, la noche. Los extensos jardines de
la mansión Ford. El cielo
nocturno. La ciudad está lejos del lugar y sus neblina de luz artificial
no
vela las estrellas. Una está tan acostumbrada a no verlas en la ciudad,
que
no puede evitar mirar con fascinación el titilante tapete celeste durante
un
buen rato.
- Un sitio hermoso, de verdad -insiste Patricia-.
Y muy romántico. Si
conquistara a alguien esta noche, no dudaría en traerle aquí.
- Yo tampoco...
Las miradas dicen lo que los labios callan.
- Lástima que toda esa gente sea tan
condenadamente aburrida. Pero bueno,
hablando de ese cigarrillo...
- ¡Oh, claro!
Está aun escondido entre sus dedos,
ha estado jugueteando con él hasta el
momento. Saca el mechero de su bolso, mientras Patricia se sienta para
seguir mirando las estrellas. La suave luz acaricia su rostro. Su mirada,
inteligente y profunda, perdida en la lejanía.
Alesha tiene que contener un suspiro.
- ¿Quieres... quieres que te lo encienda
yo? -propone, casi con timidez.
- Claro. No me importa. Está bien, dale tú la primera calada.
Alesha lo sujeta entre sus carnosos labios,
suavemente, sin apretarlo.
Aprieta el mechero y acerca la llamita hasta el extremo. Da una profunda
calada, hasta que por fin prende. Se lo pasa a Patricia, expulsando
lentamente el humo por la nariz.
- Gracias. Me has salvado, necesitaba uno,
de verdad.
- No hay de qué.
Patricia lo coge y comienza a fumar, mientras
sigue mirando las estrellas.
Con cada calada, un suave fulgor rojizo ilumina su rostro en la
semipenumbra. Ella es de las que disfrutan fumando, sin prisa, saboreando,
viviendo el ritual, con elegancia. De las que expulsan el humo entre sus
labios con un suave siseo.
Las serpentinas de humo ascienden hacia el inalcanzable techo, lentas,
enredándose entre ellas, retorciéndose y transformándose
conforme suben.
Alesha se sienta junto a ella.
- ¿Creerías que estoy loca si...
si te dijera que creo que no hay nada más
sexy que una mujer hermosa y elegante fumando?
Patricia se vuelve y la mira fijamente a los ojos.
- Bueno... Cosas más extrañas
he oído. Una vez conocí a alguien al que
excitaban las chicas con mochila. Pero no cualquier mochila: tenían que
ser
de las de un solo tirante.
Rieron juntas.
- Vale, gracias. Eso me quita un peso de encima.
- Entonces... ¿Quieres decir que cada vez que hago esto... -Patricia
acerca
lentamente el cigarrillo a sus labios, y le da una larga chupada. Luego deja
que el humo escape muy lentamente entre sus labios, casi denso a la vista-
... tú te excitas?
Alesha suspira. Sus dedos juguetean entre sí.
- Sí. Mucho.
- ¿Y si hago esto...?
Da una calada aun más larga. Contiene
el aliento y, haciendo un circulito
con sus labios rojos, hace que el humo se vaya a estrellar en el rostro de
Alesha.
- ¿... También te excita?
- Mmmh... Desesperantemente.
- Vaya, vaya, vaya... Qué curioso.
- No lo puedo evitar. Y tampoco sé el motivo. Sólo sé que
me derrito cuando
veo una mujer hermosa fumando. Pero tiene que ser preciosa, y muy elegante.
Maquillada y vestida con mucho estilo.
- Eso suena a halago.
- Lo es.
- Gracias...
Llega el esperado silencio, uno de esos que
dan lugar al primer beso.
Sus labios se unen por fin. No obstante, ninguna tiene prisa. Sólo al
cabo
de un buen rato, los besos comienzan a volverse más amplios, golosos.
Cada
boca intenta devorar a la otra. Sus lenguas deciden probarse.
Alesha descubre la curiosa manera de Patricia de excitarte con sus besos.
Cuando más encelada estás, se aleja de ti y te mira a los ojos,
te deja en
el aire, con la boca abierta, sorprendido. La persigues y ella sigue
alejando su rostro. Juega contigo, con tu ansia. Se divierte humillándote.
A
Alesha nunca le han hecho una picardía como aquella. Sin embargo, no
se anda
con juegos. Sujeta bien la cabeza de Patricia y la besa a placer, sin que
pueda escaparse, la penetra hasta donde es capaz con su lengua.
Las dos mujeres desearían ser líquidas, dejarse beber por la otra.
Dejarse
absorber, dar la vuelta a su cuerpo, como un guante que vuelves del revés,
ser su piel interior, besar por siempre sus entrañas, desde dentro.
Patricia se toma una pausa. Da una calada
al cigarrillo. Alesha se retuerce
de excitación, observando la escena muy de cerca. Patricia se divierte.
- Si supieras lo hermosa que estás
fumando... Si supieras cómo me pones
cuando dejas que el humo escape de tus labios y trepe por tu rostro,
lentamente... Mmmmh, qué mala eres... Lo haces a caso hecho.
- Por supuesto.
Sigue fumando mientras Alesha pasa a las caricias.
Acaricia sus muslos
enfundados en negras medias, apenas con las yemas de sus dedos, mientras le
besa el cuello, su boca caliente, su lengua punzándola, sus músculos
que
pierden la razón. La mano sube por su cintura, acaricia el vientre liso
de
su vestido, llega hasta su pecho. Lo abarca, lo aprieta, comienza a
magrearlo en círculos. La boca ha pasado del cuello a su oreja. A Patricia
le encanta. Si hay algo que consigue hacer que se rinda es una buena comida
de oreja. Nada más. Podría tener incontables orgasmos si encontrara
una
chica hermosa que le lamiera y mordiese la oreja durante un tiempo sin fin.
La mano comienza a acariciar por debajo del vestido. Amasa los pechos, que
Patricia ya nota bien duros. Dos pechos generosos, redondos, apetecibles. Le
da pequeños pellizcos a los pezones que la hacen retorcerse, arquear
la
espalda.
- ¿Qué podría hacer para
que esto fuera aun más excitante para ti?
-pregunta Patricia.
- Hmmm, veamos... -Alesha no abandona aun su pecho, comenzó a besarla-
Sería aun más elegante y excitante si fumaras con guantes puestos.
Oh, sí,
eso sería delicioso. Pero, claro, eso sería...
- Qué casualidad. Creo que...
Patricia busca en su bolso y extrae un par
de guantes. Los muestra ante los
ojos deleitados de Alesha. Son preciosos, aterciopelados, negros.
- Dios, son perfectos. Tan elegantes... -Alesha
los acaricia- Póntelos
ahora mismo.
Le llegan hasta el codo. Patricia tira lo
que queda del cigarro al suelo y
lo apaga, aplastándolo con el zapato de tacón. Alesha saca otro,
lo pone
entre sus labios y se lo enciende. Patricia vuelve a exhalar humo. Ahora el
cigarrillo está sujeto por unos finos dedos envueltos en terciopelo negro,
y
eso hace derretirse a su amante.
Alesha le desabrocha el vestido. Ella no se resiste. Le desabrocha también
el sostén, liberando sus pechos. Los besa, los mordisquea, chupa con
fuerza
de los pezones, sin perder nunca de vista su amada boca, esa boca pintada de
rojo que da profundas caladas y expulsa humo con una parsimonia dulcísima.
- Mámamelas bien... ¿Me oyes?
Mámamelas hasta que me corra. Quiero que me
chupes los pezones hasta que me corra.
Alesha obedece. Apresa un pezón en
su boca, aspira con fuerza. Dentro de la
humedad cálida de su boca, lo acaricia con la lengua en círculos
cada vez
más furiosos. Lo mordisquea y lo vuelve a lengüetear.
Mientras tanto, el otro pezón es castigado a pellizcos, como si quisieran
reventar una pequeña uva. Duele, pero es dulce.
Luego los pezones se intercambian, el que era recibido dentro de la boca es
ahora castigado por los pellizcos, y viceversa.
Patricia se retuerce de placer, y sigue fumando a ratos, sólo para los
ojos
de su amante.
No obstante, Patricia no llegará al orgasmo así como así.
Sus pezones son
un dulce manjar, pero necesita algo más. Alesha la tumba en el asiento.
Introduce la cara entre sus largas piernas...
Entre la misteriosa neblina azul del humo,
una preciosa chica rubia le lame
la rajita a su amiga, que se retuerce de placer y gime bajito, para no ser
oída y descubierta tras las cortinas en vergonzosa faena.
Su lengua actúa muy despacio. Recorre los labios de arriba a abajo. Luego
pasa al interior. Penetra un poco, y allí se mueve como un pequeño
gusanito
travieso, volviendo loca a su amante. La penetración es muy superficial,
deliciosamente tierna. Luego descubre el clítoris con los dedos y le
presta
sus atenciones. Lo apresa entre sus dientes y, lo que queda dentro de su
boca, lo acaricia muy suave con la punta de su lengua. Sus manos suben hasta
sus pechos y allí retuercen con fuerza los pezones.
Todos los músculos de Patricia se contraen al máximo, su espina
dorsal es
sacudida por el placer, sus caderas se elevan con fuerza, chocando contra la
cara de su lamedora. Se corre.
Alesha se detiene un momento. Toda su cara,
de nariz para abajo, se
cubierta de una pátina húmeda.
- Dios, quiero que sepas que he cumplido mi
mayor sueño, comerle el coño a
una mujer hermosa mientras fuma. Es... mi mayor fantasía. No creas que
la
cumplo cada fin de semana.
- ¿Cómo "he cumplido"? Esto acaba de empezar, mi amor...
-para demostrarlo,
Patricia da una calada al cigarro. Alesha sonríe hambrienta.
La besa profundamente y luego la hace situarse
de cara al cristal. Desde
atrás la abraza, acaricia su cuerpo, desde sus tobillos finos hasta su
largo
y rubio cabello. Juega con él, peinándolo entre sus dedos, disfruta
viendo
la fluidez y limpieza con que cae, como un riachuelo.
Alesha siente el aliento aromático en su cuello. Siente la lengua, siente
las mordidas juguetonas. Siente esa mano que se cuela bajo su blusa y
aprieta su pecho. Siente esa otra mano que se cuela bajo su falda y tantea
la tela de sus bragas. Ya que las dos manos la están acariciando, imagina
que ahora el cigarrillo estará en los labios de su amante. La imagen
en su
cabeza la excita.
Patricia la aplasta literalmente contra el cristal. Cualquiera que pase en
ese momento por el jardín, si es que hay iluminación suficiente,
podrá ver
sus grandes pechos, sus labios comprimidos contra el cristal. Y esa mano
entre carne y cristal, apretando con fuerza. Por instinto, Alesha comienza a
besar el cristal. Ya no le importa que la vean, está demasiado cachonda
ya
para eso. Besa al cristal como si fuera su amante más fríos e
impasible, uno
que no responde a sus lametones, sus mordiscos, sus roces sensuales y
levísimos.
Patricia acaricia su culo. Le da una palmada. Sube el vestido y descubre
sus bragas. Las aparta con el dedo índice. Busca sus labios, ya henchidos,
y
los acaricia hasta dejarlos resbaladizos. La penetra con un dedo, mientras
con la otra mano le estruja la teta hasta volverla loca, hasta que intenta
atravesar el cristal con sus besos.
- Eso es... Eso es... Méteme un dedito...
Ese dedito... Mmmmh... Qué
delicia. Y acaríciame. ¡Por Dios, acaríciame!
- Cómete el cristal. Vamos, guarra. Sé que eres una guarra. Límpialo.
Lo
vas a lamer hasta que lo dejes brillante y limpio. Venga, lame, cerda...
-con cada palabra de Patricia, el cigarrillo sube y baja en sus labios.
La boca de Alesha es obediente. Patricia la
folla con dos dedos. Con la
otra mano le acaricia el clítoris. Tres dedos. Círculos frenéticos.
El
cristal húmedo. El humo flotando a su alrededor. El aliento en la ventana.
Las tetas aplastadas.
Alesha se corre incontables veces. Ahoga un grito desgarrado contra el
cristal.
Se separan un momento, jadeantes. Se recomponen
la ropa y el pelo. Se
sientan, más bien se despatarran, agotadas.
Patricia apaga el cigarro y enciende otro más. Se lo pasa a Alesha.
- La idea era que lo compartiéramos, ¿no? Al menos en un principio.
Alesha ríe. Vuelve a ser esa chica
preciosa de la sonrisa iluminadora.
El filtro se ha marcado con el carmín rojo intenso. Le da una calada.
Ahora
el color rosa se ha superpuesto al rojo.
Y así sucesivamente, durante una deliciosa eternidad, hasta que se consume.
Alesha es la primera en levantarse. Mira a Patricia con ternura.
- ¿Volveremos a vernos?
- Oooh, Señor. No digas eso. Suena a despedida para siempre.
- Bueno, pero... ¿Crees?
- Por supuesto -la besa-. Yo también tengo mis retorcidas fantasías
fetichistas, ¿sabes? Y me gustaría satisfacerlas. Me alegro de
haber
encontrado a alguien como tú.
- Fantasías, ¿como cuáles?
Se acerca y se lo susurra al oído.
- ¡No! -ríe Alesha, cubriéndose
la boca con la mano- Eso es imposible. ¡No
cabe!
- Te sorprendería lo que puede hacer una chica hábil con un buen
tarro de
nata.
Ha vuelto a hacerla reír. La adora.
Definitivamente quiere tenerla a su
lado. Qué afortunada.
- Bueno, ¿nos vamos de esta fiesta?
- ¡Vayámonos!
Y cogidas del brazo, salen de detrás
de la cortina, dispuestas a marcharse
del lugar.
En el lugar secreto queda flotando una interesante mezcla de dos olores:
sexo y tabaco rubio.
FIN
Terminado el 12 de Marzo del 2002
¿Algo que decir? eslavoragine@hotmail.com
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