MARAVILLAS EN EL PAÍS DE LA DELICIA
Lésbico, voyeur, dominación, sado. Su prima le invita a una fiesta para pasarlo muy bien pero solo para chicas.


05/01/80

INTRODUCCIÓN. EXTRAMUROS

- ¿Cómo has dicho que te llamas? -repitió la voz del interfono. En medio de
éste, el cristal cóncavo de una cámara la observaba inexpresivo. Odiaba
aquellos interfonos con cámaras incorporadas. Tenías que hablar ante ellos
como una estúpida mientras, al otro lado, te observaban como querían.
- Maravillas -repitió a su pesar.

De nuevo silencio. Al otro lado de la línea creyó oír risas. Tenía un
montón de anécdotas estúpidas que contar con el tema de su nombre. Estaba
acostumbrada. Esperó. Además de risas, oyó algunas notas de música a todo
volumen.
Miró a su alrededor. Fuera de la casa, a un lado y a otro, la carretera,
tragada ambos extremos por la oscuridad absoluta de la noche. No se sentía
cómoda en aquella situación. La gente y el ruido allí dentro y ella allí
fuera, sola.

- ¿Qué nombre es ese? -dijo la chica del interfono, riendo- Nunca lo había
oído. ¿Es sudamericano?
- No lo sé, pero soy española. Oye, ¿puedes abrirme, por favor?
- Está bien. ¿De parte de quién dices que vienes?
- De Conchi. Es mi prima.
- Tu prima, claro -volvió a reír, acompañada por las risas de otras chicas.
No comprendió exactamente dónde estaba el chiste-. Venga, pasa, Maravillas.
Que te lo pases bien...
- Gracias.

Un chirrido eléctrico y la puerta metálica chasqueó. Maravillas la empujó y
entró. Alguien había escrito en un folio con rotulador y lo había pegado
allí con adhesivo, más a modo de broma que como advertencia seria,
seguramente...

PERMITIDO SÓLO CHICAS

Y Maravillas entró en la fiesta...


CAPÍTULO I. PONY GIRL

Concha no le había explicado exactamente a qué tipo de fiesta la había
invitado, pero comenzó a hacerse una idea.

Un camino débilmente iluminado llevaba hasta la casa, hacia la luz, la
música, las siluetas danzantes tras las cortinas, en las ventanas.
Se asustó. De un rincón oscuro, tras un todo-terreno, salieron dos chicas,
como de la nada. Iban tomadas de la mano. Sonrieron avergonzadas y bajaron
la vista al pasar ante Maravillas, como si las hubieran pillado haciendo
algo indecente. Seguramente emigrarían a lugares más cálidos, o tranquilos.

- Pero... ¿adónde he venido yo a parar? -pensó Maravillas en voz alta.
Demasiado. Sacudió la cabeza y siguió andando.

El camino llevaba hacia la parte delantera de la casa. Llegó al bullicio.
Ante la casa había una enorme piscina con la forma curvilínea de una
habichuela. Dentro de ella, y alrededor de ella, multitud de chicas. Chicas
en bañador, chicas en bikini, chicas en vestido vaporoso. Una chica saltando
del trampolín, clavándose como una lanza en el agua fosforescente. Una chica
subiendo las escaleras, colocándose el bañador de una pieza, desplazado
hacia abajo por efecto del agua al salir. Tres chicas sentadas al borde,
riendo sin parar, chapoteando con los pies en el agua, levantando tremendo
bullir. Dos chicas en un rincón, sobre toallas, una caracoleando con el pelo
de la otra en sus dedos, la otra haciéndose la interesante. Chicas paseando,
chicas tomando una copa, chicas recién llegadas que saludaban con un par de
besos y chicas que presentaban chicas a otras chicas. Chicas en ropa de
baño, chicas elegantes, chicas informales...

Maravillas se mordió el labio, rabiosa. Si aquello era una prueba de su
prima, se iba a enterar. Llenó sus ojos todo lo que pudo y luego se obligó a
tomar una decisión. Estaba perdida. Debía encontrar alguna cara conocida.
Buscaría a su prima, pero ¿dónde?

Subió unos amplios escalones, y cruzó el porche en dirección a la puerta
principal de la casa. De camino, una chica le sonrió de una forma que no
pudo interpretar. La verdad, era una chica muy guapa, tenía unos ojos de
impresión.

En el jardín era parloteo. En el interior de la casa era la música a todo
volumen. Blues y jazz con unos bajos que le hacían temblar el vientre.
La casa era enorme y sin embargo, estaba abarrotada. El recibidor parecía
por alguna razón el lugar preferido de reunión. Unas se apoyaban en la pared
y otras simplemente se quedaban en medio del pasillo, estorbando de vez en
cuando, entre música, conversaciones, copas y risas.
Maravillas se abrió paso entre un pasillo humano. Tuvo que apretarse un
poco entre los brazos, las caderas y los muslos. Sintió el tacto suave de
varias telas diferentes en sus brazos desnudos, pues llevaba puesta una
camiseta blanca de manga corta. Sintió varios aromas, todos ellos femeninos,
todos ellos dulces y suaves. Sintió también algunas miradas al pasar,
miradas curiosas, quizá, hacia la intrusa, o quizá sólo hacia su minúscula
falda, casi de uniforme de colegiala.
Otra chica quería cruzar también el pasillo, pero en dirección contraria,
para salir por la puerta. Maravillas y ella se encontraron y tuvieron que
hacer equilibrios para poder pasar. Una mano se apoyó en su hombro, y
recibió una amable sonrisa.

- Perdona, lo siento...
- No pasa nada...
- ¡Hasta luego!

Llegó hasta un salón atestado de gente. Cada habitación parecía mayor que
la anterior. Sobre una mesa de madera de aspecto caro habían montones de
botellas a medio vaciar de cerveza, champaña y otros licores que no pudo
identificar... Copas, vasos de usar y tirar, canapés, patatas fritas,
servilletas de papel arrugadas. Chicas de pie, chicas sentadas en el sofá,
apretadas unas contra otras para caber, chicas bailando, chicas hablando,
chicas riendo, chicas mirando por la ventana, solitarias...

Por algún sitio debía empezar a buscar a su prima.

Se fijó en una mujer alta, con un elegante vestido negro, brillante,
rodeada de otras muchas mujeres que la escuchaban hablar. Tenía aspecto de
importante.

- Perdona -le dijo, tocándola suavemente en el hombro. La mujer brillante
se volvió.
- ¿Sí?
- Perdona que interrumpa. Estoy buscando a Conchi, mi prima. Ella me ha
invitado a esta fiesta, y quería saber si alguien de por aquí la conocía, o
me podía decir dónde está...
La mujer brillante sonrió.

- Supongo que me has visto aspecto de anfitriona, ¿no?

Una chica muy joven y pecosa rió como una ardilla. En su mano se tambaleaba
un vaso con líquido oscuro.

- No es eso, es que...
- La casa no es mía, ¿sabes? Sólo soy otra invitada... ¿Conchi, has dicho?
- Sí.

Examinó de arriba a abajo a Maravillas.

- Llamad a Pony Girl. Seguro que ella la conoce.

La mujer brillante y la chica pecosa compartieron una mirada maliciosa. Una
chica se alejó llamando a una tal Pony Girl.

- Ella conoce a mucha gente aquí, ¿sabes? -le explicó la mujer con aspecto
de anfitriona.

A los pocos instantes llegó una chica. Sus pasos eran casi un trote
enérgico sobre aquellas largas piernas, brillantes y suaves, descubiertas
por un vaquero cortado sobre sus muslos. Traía una melena rubia revuelta y
una carita interrogante.

- Pony, mira a ver si puedes ayudar a esta chica.
- Cómo no. ¡Ven conmigo!

Se fue por un pasillo y Maravillas la siguió. Tras ella, en el último
momento, otra mirada cómplice de la mujer brillante y su chica pecosa, por
encima del borde de sus vasos.
Siguió a Pony Girl por un concurrido pasillo, atravesaron una cocina...

- ¿A quién has dicho que buscas?
- Se llama Conchi, es mi prima.
- Es... ¿Cómo es?
- Pues... Creo que lleva un vestido negro, guantes largos... No se parece
en nada a mí, ella es de un castaño muy claro, y es de piel mucho más clara.
Creo que me dijo que es amiga de la dueña de la casa. Se conocen por un
amigo arquitecto, o algo así.
- Conchi... Conchi... Puede que conozca a alguien por aquí. Desde luego me
suena.
- Esta casa parece que no se acaba nunca.
- Es enorme, ¿eh? Me encantaría tener una así yo, en el futuro.
- Toma, y a mí...
- Espera un segundo...

Al pasar por otro salón, hizo que alguien le diera una mochila de plástico
amarillo y se la echó al hombro. Maravillas no preguntó.
Siguieron internándose en las tripas de la casa. Llegaron ante una puerta
doble, de madera muy decorada. Pony le hizo una seña con la mano para que
pasara. Entraron a un despacho en penumbra, con una mesa de trabajo y muchas
estanterías. El sonido de sus pasos era atenuado sobre un suelo enmoquetado.
Pony cerró la puerta tras de sí y la música pasó a ser un murmullo
retumbante. Dejó la mochila sobre la mesa. El plástico crujía.

- Oye, ¿por qué te llaman Pony Girl?
- Ya sabes, es divertido. Mis amigas ya me llaman así, y me gusta. Es como
un nick.
- ¿Un qué?
- Eso, un mote, en inglés. ¿Es que no te gusta?
- ¡Sí, claro, es muy gracioso!

Pony Girl le sonrió, agradecida.

- No quiero parecer pesada, pero ¿sabes dónde está mi prima o no?
- Mira...

Pony Girl se dirigió a una puerta que había en un costado del despacho. Con
extremo cuidado, giró el picaporte y entreabrió la puerta. La luz de alguna
lámpara iluminó el despacho. Maravillas oyó algo extraño en la habitación de
al lado, como un roce de telas y un suspiro.

- ¿Está ahí?
- Ssshhh... -Pony le pidió silencio con un dedo sobre sus labios-. No estoy
segura. Tú dirás si es ella o no...

Maravillas se asomó por la rendija de la puerta. Efectivamente, en aquel
cuarto, sobre una cama de matrimonio, había tumbada una chica que coincidía
con la descripción de su prima que había dado: pelo castaño claro, vestido
negro y guantes largos. Pero no era ella. La última vez que la vio, no
recordaba que tuviera la cabeza de otra chica entre sus muslos. Una cabeza
de melena muy corta, que hacía movimientos obsesivos, haciéndola retorcerse
de gozo. La chica que no era su prima gemía muy suavemente, su boca abierta
en una mueca de dolor delicioso, sus dedos retorcían las sábanas.

- Así, así, cariño... -susurraba a la chica obediente entre sus piernas- Me
encanta, eres una delicia... Nadie me lo había comido nunca tan bien...
Mmmh, vas a hacer que me... que me corra... oooommmh...

Los lametones se aceleraron. La que no era su prima cogió a la otra del
pelo con mucha fuerza, casi se diría que le iba a hacer daño. Por fin, su
cuerpo dijo a gritos que había llegado al orgasmo, una vez, y otra, y otra,
y otra... Como en oleadas que parecían alejarse y luego volvían, cada vez
más tenues, hasta que se relajó por completo sobre la cama, respirando como
un animal herido.

Maravillas notó los brazos de Pony Girl, que la abrazaba desde atrás,
mientras ejercían de voyeurs. Sintió el calor, el finísimo cuerpo, suave y
perfecto al tacto. La carne generosa de los pechos contra su espalda.
Maravillas siguió espiando.

Las chicas se incorporaron en la cama, comenzaron a besarse. Ahora que la
veía bien, sin convulsiones de placer, estaba claro que no era su prima.

- Cariño, vas a ser mi chica de los sábados... Me ha encantado. Ahora me
toca a mí. Te voy a hacer una paja como nunca has recibido...
- ¿Sí?
- Sí -corroboró la chica que no era su prima, con otro beso en los labios-.
Te voy a lamer el coño, y cuando te hayas corrido, te meteré un dedito, y
luego otro y otro y otro... -mientras hablaban, no dejaban de luchar con sus
labios y lenguas- ... y te voy a penetrar hasta que te meta toda la mano, y
te folle con mi puño...
- ¿Sí?
- Sí... -y firmó su promesa con un profundo beso que intentó llegar a lo
más profundo de su interior.

Volvieron a tumbarse sobre la cama, esta vez era la chica parecida a Conchi
la que se situaba encima.
Las manos de Pony Girl habían comenzado a acariciarla. Tan suave, que casi
no lo había notado, embelesada como estaba en el espectáculo secreto. Cuando
una mano subió hasta uno de sus pezones, se dio la vuelta.

- Oye, oye... -dijo Maravillas, con la respiración acelerada- Quiero que
sepas que no quiero... No quiero rollos raros. Yo sólo quiero encontrar a mi
prima, y esa no es. Lo siento. No quiero molestar. Yo... Puedo buscarla yo
sola si quieres...

Fue a liberarse del abrazo, pero algo la detuvo. Quizá fuera aquella mirada
dulce de Pony Girl, aquellos ojos azules mirándola con comprensión. Ya no
parecía simplemente la chica inquieta de hacía unos minutos. La chica
desconocida, quizá la chica atolondrada y facilona, la chica tonta.

- Entiendo... -dijo en voz muy queda, casi susurrando- Oye, no tienes
porqué negar que te gustan las chicas. Si no, ¿por qué habrías venido? ¿Por
qué te habrían invitado?
- Me ha invitado mi prima. Vengo porque ella viene.
- Pero no creo que hayas venido solo para charlar con tu prima. Tú no eres
tonta... No tengas miedo. Todas aquí somos iguales, no hay nada que ocultar.
Sólo una fiesta para pasarlo bien. ¿Entiendes?

Maravillas asintió con la cabeza. Realmente, aquella Pony sabía calmar a la
gente. Habría tranquilizado a un soldado lleno de metralla y chorreando
sangre por todos lados en medio del campo de batalla, sólo hablándole,
prometiéndole que todo iba a salir bien, que la ayuda estaba en camino, que
su madre tardaría poco en llegar y todo tendría un final feliz de película
de Hollywood.

- Entonces... ¿Tienes miedo de algo?

Maravillas negó con la cabeza. Por el momento ya no quería librarse de
aquel abrazo.

- No hay nada que ocultar. Lo entiendes, ¿verdad?

Maravillas asintió.
Los labios de Pony se fueron acercando y ella no los rehuyó. ¿Cuántas
ocasiones volvería a tener en su vida de estar con una chica tan hermosa
como aquella?
La besó suavemente, apenas tocándose sus labios.

- Pues yo me he puesto muy caliente viendo a esas dos... -dijo Pony- Y
cuando me pongo caliente, sólo sé hacer una cosa...

La volvió a besar, esta vez con más morbosidad. Estrenaron sus lenguas.
Maravillas se dejaba llevar: allí la que tenía la imaginación era Pony.

- ¿Y qué es eso? -le preguntó.
- ¿Quieres saber lo que hago yo cuando me pongo cachonda? Ven, cariño...

La tomó de la mano y cerró la puerta tras la que espiaban. Cesaron los
susurros de las sábanas, los jadeos y las palabras calenturientas en voz
baja.
La llevó hasta la mesa del despacho, y sobre esta apoyó su trasero. Apoyó
sus manos en la mesa y le dirigió una mirada inocente, casi auténtica.

- Desnúdame...

Maravillas le desabrochó la blusa, botón a botón, y se la quitó. Un
sujetador blanco contenía dos pechos grandes y bellos, dignos de una
estrella de las revistas o de internet. De pronto sintió que no podía
esperar a probarlos.
Le desabrochó el breve pantalón vaquero y cayó al suelo. Pony se quitó las
botas de cuero, dignas de una auténtica vaquera tejana. Los deditos de sus
pies se agitaron sobre la moqueta. Pony observó la mirada dubitativa que
Maravillas le estaba echando a sus bragas.

- ¿A qué esperas? Quítamelas, no seas tonta... Estoy deseándolo...

Tomó las gomas de los costados y tiró de ellas hacia abajo, dejándolas
también caer al suelo también. Descubrió un pubis suave, de vello rubio,
cuidadosamente recortado en un rectángulo estrecho. Era algo precioso, daban
ganas de guardarlo en una cajita de madera y conservarlo para siempre junto
a los buenos recuerdos.
Cuando ya estaba lanzada a desabrocharle el sujetador, Pony dijo
"Espera...", y tomando sus manos entre las suyas, guió sus movimientos para
que bajara las copas del sujetador, pero no le permitió tocar el broche.
Maravillas contempló el par de tetas más apetecibles que había visto nunca.
"Aunque la verdad es que aun he conocido pocas...", pensó. Dos pechos
grandes, redondos, autosuficientes, de piel aparentemente suave como el
melocotón, con pezones de aureolas pequeñas.

- Que bonitas... -dijo Maravillas.
- Mmmh... Dos buenas ubres, ¿verdad?
- ¿Ubres? -rió Maravillas.
- Sí, yo las llamo así. Como las de las hembras. Me encantan. Me encanta
mirarlas horas y horas, y acariciarlas, y cuidarlas... ¿Y a ti?
- Me encantaría mimarlas, sí.
- Pero, todavía no... Todavía no... Espera que lo prepare todo.

Y Maravillas detectó que Pony Girl hacía un enorme esfuerzo en retrasar su
excitación con tal de realizar su ritual tal y como debía ser: perfecto.
Vestida sólo con un sujetador, que ya no cubría nada, Pony abrió la
cremallera de su mochila de plástico amarillo. Dentro, un montón de cosas
desconocidas entrechocaron y tintinearon. Maravillas volvió a dudar. No era
aun una aventurera del mundo lésbico. Quería experimentar el amor, pero
rehuiría de cualquier cosa desviada o dañina, sin importar lo amable que
hubieran sido con ella.
Contempló las cosas que salieron de la mochila, incrédula.

- Ahora vas a saber de verdad por qué me llaman Pony Girl...

Primero, extrajo un sombrero de vaquero y lo colocó sobre la cabeza de
maravillas. Estaba un poco arrugado al haber estado estrujado dentro de la
bolsa. Después, con una perversa sonrisa, le puso una fusta en la mano. Pony
Girl acarició unos instantes el adorado objeto y luego siguió sacando los
aperos.

- Quiero que me montes... -dijo con el aliento temblando, mientras sacaba
un cojín enfundado en cuero negro y se lo ajustaba a la espalda. La hebilla
metálica de la correa, prieta bajo sus pechos, debía hacerle cierto daño.
Ahora Pony estaba ensillada.
- ¿Cómo has dicho? -dijo Maravillas.
- ¡Necesito que me montes, cariño! ¡Por favor, de verdad que lo necesito!
-siguió extrayendo aperos de monta: un artilugio que se colocaba sobre la
cabeza de los caballos para impedir que vieran hacia los lados y un
mordiente con riendas- ¡Cuando me excito, ya no puedo parar! ¡Necesito ser
tu montura, cariño! ¡Quiero que me montes! ¡Te llevaré donde quieras, pero
por favor, móntame, es la única manera que conozco! ¡Móntame, sé mi amazona!

Las miradas de desespero y la respiración contra su boca no dejaban lugar a
Maravillas para pensar. Pony la besó suplicante, como una niña que adula a
su papá como modo de convencerle de que le compre el último capricho.

- ¿Lo harás? ¿Sí?
- Yo... Madre mía. Será lo más raro que haga en toda mi vida, pero...

Maravillas examinó la fusta. La golpeó suavemente contra su mano,
comprobando su dureza. Las miradas mutuas cerraron el acuerdo.
Lentamente, como en un ritual estudiado, Pony Girl se puso a cuatro patas.
Sus pechos colgantes parecieron aun más grandes en aquella postura. Dejó de
mirarla a los ojos. Ahora ya no era una guía, ni una desconocida, ni una
seductora. Ahora era su yegua de crines rubias. Se puso el mordiente entre
los dientes, ya no podría hablar sino con gran dificultad.
Se sentó sobre el cojín de su espalda. Tenía miedo de apoyar todo su peso,
pero no tuvo más remedio. Además, parecía que ese era su deleite: sentirla
toda sobre su columna. Tomó las riendas de cuero. Todo accesorio era de
cuero. Parecía formar parte de aquel ritual, el único que aquella pobre
chica parecía conocer para satisfacer su ardor, no se sabía por qué extraños
avatares de la vida.

"Aquí estoy, montando una chica, pensó Maravillas. Dios, qué hermosa es...
¿Y ahora qué hago? Veamos, supongo que debería tratarla como a un caballo.
Yo soy su amazona y ella es mi yegua. Está bien, allá vamos. Hagamos
locuras. Demos un buen paseo...".

- ¡Arre! -dijo, agitando un poco las riendas.

La montura comenzó a caminar por el despacho, al paso. Maravillas no pudo
evitar reír. Si bien era la situación más excitante que había vivido nunca,
también era bastante ridícula para ella.
Pasaron tras la mesa y el enorme sillón del despacho. Sintió el típico
balanceo del cuerpo al montar. Levantó las piernas para que no arrastraran
por el suelo. De ese modo, el equilibrio era algo inestable, todo dependía
de la fidelidad de su querida yegua, de que no se volviera loca de repente y
echara a galopar.
Sobre los movimientos sinuosos de Pony Girl, el despacho se convirtió en un
paisaje sin fin, una pradera. Pasearon hacia la lejana puesta de un sol
enorme y rojo, tras las nubes púrpuras y las montañas erosionadas con forma
de mujer tumbada de costado. Cada paso de la yegua era transmitido al
movimiento del cuerpo de su amazona. Las dos fueron una, se acompasaron los
ritmos, se unieron las conciencias y se convirtieron en la mítica figura del
centauro, esta vez mitad caballo y mitad mujer. Poderoso, imponente, sabio,
tranquilo, salvaje y libre.
La piel de Pony Girl se veía preciosa bajo la débil luz del lugar. No pudo
evitar acariciarla. Acarició su grupa. Sintió el fino pelaje, los músculos
en movimiento, el sudor. Las caricias excitaban al animal. Acarició sus
cuartos traseros, fuertes, compactos, amplios. Les dio un par de cachetadas,
flojito.
Con cuidado de no soltar las riendas, una mano fue bajando hacia sus
pechos, los amasó. Verdaderamente, eran algo totalmente distinto al tacto
cuando colgaban hacia abajo en el aire, libres, maleables por la gravedad,
algo puntiagudos ahora. El pezón ya estaba erecto y duro. Apenas un toque de
sus dedos hacía temblar a la yegua. Podía oírse su respiración nerviosa, sus
bufidos a través del mordiente. Cesó de caminar.

- ¿Porqué te paras ahora? ¡Habrase visto animal insolente! ¡Vamos, el paseo
aun no ha acabado! ¡Hiá!

Y la golpeó con los talones en las ingles. Ella echó a trotar como loca por
la pradera.
Maravillas estaba a cada momento a punto de caer al suelo.

- ¡So! ¡Sooooo!

Tiró de las riendas con fuerza, pero ella inclinaba la cabeza hacia atrás y
seguía trotando y bufando.

- ¡So! ¡Sooooo! ¿No me oyes, bestia?

Siguió tirando de las riendas, pero más fuerte tiraba, más rápido trotaba
ella y más fuerte resoplaba contra el hierro del mordiente.
Maravillas cayó de su montura. Se golpeó en la cabeza con la gruesa y
retorcida pata de una mesa. El sombrero se aboyó y calló al suelo.

- ¡Auuh!

Pony se detuvo. Inmóvil, miró a su dueña. La imagen fue impactante para
Maravillas. De sus labios caía un larguísimo reguero de baba blanca. Sus
ojos azules miraban con temor al castigo.

- Será posible... Será posible, yegua estúpida... ¡Me has hecho daño! ¡Lo
vas a lamentar, ya lo creo! -dijo, totalmente entregada y divertida con su
papel.

La tomó de las riendas y las ató al picaporte de un armario. Arregló el
sombrero y se lo volvió a colocar. Tomó la fusta, contempló el trasero, dudó
un momento... Y azotó.
Pony Girl se estremeció. Después del primero vino otro, y después otro, y
todo un rosario de azotes en sus cuartos traseros. Se lo merecía. Había
hecho daño a su ama, había sido una yegua mala, una pony mala, y debía ser
castigada.
Usando sus propias manos se abrió las nalgas todo lo que pudo. Maravillas
comprendió el gesto y comenzó a azotarla allí, primero en el ano y sus
delicados alrededores, luego bajando, hasta que acabó golpeándola
directamente sobre los labios mayores, ya abiertos, ya rezumantes y
brillantes como los de una buena hembra en celo.
Nunca había hecho daño a nadie, ni quería hacerlo, pero como parecía que
aquello era lo que quería su amante, aprovechó y descargó toda su rabia
acumulada de años.
Con cada azote, los gemidos de Pony subían y subían de volumen, hasta que
acabó gritando, aun con los dientes mordiendo el hierro, con los hilillos de
saliva saltando y cayendo por su barbilla, con el orgasmo atravesando como
mil agujas su columna vertebral, con el flujo saliendo a ráfagas de su coño
y manchando la moqueta.

Pony Girl se dejó caer al suelo, exhausta, resoplando. También a Maravillas
le costaba respirar con normalidad. Examinó la fusta de nuevo, ahora
salpicada de flujos. Se atrevió a olerlos un poco, sin acercarse demasiado.
Percibió cierto aroma a hembra, parecido al que ella misma sabía que
producía por sus masturbaciones solitarias. Guardó el aparato en la mochila.
Le quitó el mordiente y le aflojó la correa, para que no la molestaran más.
La cubrió con la camisa y le dio un beso en la mejilla.

- Adiós, Pony. Has sido un cielo. Ahora me tengo que ir.

Pony Girl no respondió, ni si quiera se movió.
Maravillas se marchó del despacho, cerrando bien la puerta. Debía encontrar
a su prima, y Pony Girl no parecía en condiciones de ayudarla mucho. Eso sí,
había sido muy dulce, acompañándola en la experiencia sexual más atrevida y
alocada de su vida, de su vida de chica desorientada y de su vida de chica
que había descubierto, para mayor confusión, que le gustaban otras chicas.
La búsqueda acababa de comenzar, al igual que aquella extraña fiesta de
extrañas invitadas.

Continuará...

29/03/02

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