PASIÓN EN NUEVA YORK
Dominación, hetero. Un amo y su hermosa sumisa gozan
cada segundo juntos
Su rostro reflejaba el espíritu
rebelde que el erotismo dejaba salir cada
fin de semana, cuando estaba con él. Sus labios sedosos, separados todo
el
tiempo como él se lo había ordenado, permitían una amplia
fuga de palabras y
sonidos lujuriosos. Las aletas de su pequeña nariz revoloteaban intensamente
y las gotitas de sudor crecían poco a poco hasta que el peso era tanto
que
se deslizaban sin destino por cada rincón de su cuerpo albino.
Silvia era todo lo que él deseaba: sumisa,
hermosa e inteligente. Y ella se
esforzaba en cada lección, como colegiala ejemplar, en ofrecer lo mejor
de
sí. Sólo le interesaba complacerlo, quería que se sintiese
orgulloso de
ella, y a veces lo lograba. Ahora de rodillas, con los ojos vendados, Silvia
limpiaba con ahínco el miembro que segundos antes le había penetrado
hasta
el alma. Con las manos atadas a su espalda, las piernas separadas, su sexo
derramándose con delicadeza sobre la alfombra, Silvia se sentía
la mujer más
dichosa del mundo, y Joaquín lo sabía. Los labios carnosos y atentos
de su
dócil princesa le decían muchas cosas sobre ella. Él percibía
la alegría y
satisfacción, el respeto e idolatría que aquella lengua húmeda,
estudiosa de
la materia, le hacía saber al deslizarse, incansablemente, por su gruesa
masculinidad.
Joaquín disfrutaba observarla en silencio,
como ahora, como tantas veces.
Tendió una mano, y sus largos dedos atravesaron con delicadeza los mechones
de cabello negro suelto que embellecían la escena, e irrumpió
el vaivén
arrollador que emergía del cuello largo y delineado de Silvia. Su cabeza
se
detuvo y soltó un gemido, con la boca llena, de cachorrita mimada. Joaquín
sonrió, y retiró delicadamente su resplandeciente arma. La guardó
con
elegancia, como un samurai victorioso guardaría su espada después
de haberla
usado, con el pecho hinchado de orgullo. Silvia se impacientó al quedarse
desprendida de su contacto hacia el mundo. Se sentía como una joven
indefensa a quien le habían quitado su única protección.
Vendada, atada,
dilatada, húmeda, abierta desde donde se la mire, Silvia necesitaba sentir
que alguien la protegía y las ganas de llorar empezaron a buscar refugio
en
sus ojos.
El aliento de su Amo vino en su rescate justo
antes de que ella lanzara los
primeros grititos de desolación. La pequeña brisa caliente acarició
la oreja
derecha de la doncella subyugada causándole un espasmo masivo. Su cuerpo
torneado de gimnasio se puso a temblar sin que ella pudiera evitarlo; y aún
así, si hubiera tenido un mejor control sobre sus sentidos y sobre su
cuerpo, habría seguido temblando. Minutos después, unos dedos
juguetones,
resbaladizos y tiernos liberaron sus ataduras. Un largo pañuelo de seda
negra cayó a la alfombra y dos fugaces luces azules se prendieron bajo
sus
largas pestañas.
La noche secuestraba, pausadamente, la luz
del cielo sobre las ventanas. El
sol, que se extinguía tras una lluvia de rayos rojizos, escondía
su
curvilínea figura bajo el horizonte. El viento, dueño de las calles,
cortaba
la piel de sus habitantes con sus gélidas e incesantes ráfagas
arrastrando
consigo las almas perdidas que deambulan por esta ciudad magullada por el
odio. Nueva York ya no era la misma, había cambiado tanto en tan poco
tiempo. Las miradas en los trenes, buses y calzadas eran más frías,
más
alertas, más miserables. El terror y la muerte merodeaban sus grandes
avenidas como antes lo hacían el éxito y la fama. A pesar de todos
los
esfuerzos, y docenas de miles de millones de dólares, Nueva York había
sufrido una cirugía plástica inevitable, sin que le avisaran,
y ahora
lloraba su futuro incierto.
Sin embargo, dicha experiencia sirvió
para que Joaquín y Silvia se
atrevieran a vivir como si no hubiera un mañana. Como si cada encuentro,
cada beso, cada caricia, cada entrega... fuese la última. Entonces se
abrió
una vena entre ellos, y sus pasiones, que se habían mantenido en secreto,
violaron sus miedos para darle paso al amor desesperado que buscaba un
escondite que lo cobijase, sólo un corazón dispuesto que le diese
el calor
que necesitaba para seguir viviendo. Sus temores, prejuicios y vacilaciones
se apagaron como la luz del día al caer la noche sobre la laguna en Central
Park. Joaquín y Silvia recorrieron en silencio las serenas aguas en un
bote
vetusto de madera que parecía deslizarse con fragilidad por aquella sangre
neoyorquina que emanaba del corazón de Manhattan. Sus manos estrechadas
en
sus cuerpos, arraigadas como pinzas queriendo penetrar la piel temiendo
tropezar y alejarse, perderse, hundirse en la oscuridad del olvido; esas
manos trémulas, atadas entre sí, se secreteaban la hambruna animal
que les
brotaba del alma. Los instintos -desgarrados por el horror días atrás-
se
asomaban con descaro, hasta que la soledad dio paso al delirio encantado
apagando así el miedo a morir sin nadie que les diga un te amo.
Se dejaron llevar por la falsedad de la situación,
en una ciudad
recientemente castrada de toda felicidad, de toda sonrisa, y se fundieron en
un grito violento de amor que les durase lo suficiente como para no
desaparecer desgraciados. Esa noche, la razón cedió terreno a
los bajos
instintos, y también para ellos, ya nada sería igual.
Joaquín, tendido sobre la amplia cama,
con un brazo bajo el cuello, sentía a
Silvia -con su larga cabellera descansando sobre los muslos de su domador,
desnuda, con los pies suspendidos fuera de la cama, los muslos contraídos,
en posición fetal, de costado-, sentía a su sublime mascota, anidada
entre
sus piernas, que dormía sin sobresaltos: con la mente clara, sin pesadillas,
como suele dormir una persona que se siente protegida y segura. Albergaba
dentro de su dulce boca el miembro de su dichoso Amo, y parecía más
que
contenta. Sus senos se extendían con cada suspiro y dormitaba tan bella
que
Joaquín se quedó observándola, recordando los primeros
días que empeñaron su
amistad por el amor. Disfrutaba tanto recordar esa noche de otoño, en
aquel
bote, en aquella laguna, en aquel parque, en esta ciudad. Ahora, los árboles
desnudos envejecen esperando la llegada de la primavera que les devuelva el
color para sentirse jóvenes otra vez. El invierno ha sido tan cruel,
las
noches tan frías, el sol tan pálido; pero el mundo de Joaquín
y Silvia era
otro.
Alejados de la reconstrucción lenta
y dolorosa que sufría cada día la ciudad
que los cobija, ambos vivían dentro de una burbuja llena de esperanza.
Exprimían sus tiempos libres y pasaban incansables momentos juntos, dentro
de su mundo eterno, donde todo era posible, derritiéndose uno sobre el
otro,
absorbiendo como vampiros hasta la última gota de sangre que recorría
las
venas de su locura, antes de que las garras hinchadas por siglos de rencor
les quiten el aire con su terror plagado de muerte justiciera.
Silvia durmió angelicalmente toda la
noche, prendida de su nuevo cordón
umbilical, tan necesario para ella en esta transformada ciudad. Sus cuerpos,
iluminados por el crepúsculo de un nuevo amanecer, recobraban el vigor
con
lentitud: una mano que cambiaba de posición, un muslo que es estiraba,
una
boquita que apretaba, una sonrisa que aparecía, una entrepierna que se
humedecía, una dureza que se extendía.
Como cada mañana que despertaban a la
luz bajo una misma ventana, Silvia se
dispuso, con afán y un aspecto de buena, a obtener el néctar que
ansiaba su naturaleza. Devoraba con amor el bocado erguido, mimándolo
con
los labios sedosos, con la lengua serpentina y coqueta. Lo hacía sin
pedir
permiso, sabía que su propietario esperaba recibir tales tratos antes
de
levantarse. Así la había instruido, y ella nunca olvidaba sus
deberes.
Joaquín perdía contacto con el resto de su vida cuando estaba
con ella. Era
imposible pensar sobre su trabajo, sus problemas, los aviones de guerra
sobrevolando los rascacielos, sus amigos desaparecidos... a su lado.
Le acariciaba el cabello sin observarla, con
la yema de sus dedos,
sintiéndola muy suya, tan sumisa. Soltaba unos gemidos de vez en cuando,
premiándola por el esfuerzo que realizaba bajo su ombligo. Luego de unos
minutos de intenso placer colocó una almohada más bajo su cuello.
Abrió sus
ojos llenos de ardor matinal, sintió una corriente que le endureció
aún más
su virilidad al contemplar los largos mechones de cabello negro cubriendo su
pubis y la espalda encorvada, tan elevada al final. Silvia sintió la
quemazón de aquella mirada trazando un camino sobre su piel, bamboleó
sus
caderas y afianzó la fuerza de sus movimientos labiales. El corazón
le
pateaba el pecho. Sus músculos se contraían embelleciéndole
el cuerpo. Sus
manos se abrían como flores tropicales sobre las vibraciones que chapoteaban
en la piel de su dueño, quien cortaba contacto con el oxigeno y en silencio
acumulaba el volcán que le nacía de las entrañas. Explotó
en la lengua
empeñosa de Silvia. El cuarto se vio inundado por gemidos estruendosos
que
hacían eco en las paredes y volvían a retumbar por todo el apartamento.
Silvia se esmeraba por beber su merecido premio con un júbilo tan extremo
que ella misma se dejó llevar, gozando el momento, hacía el desborde
de
riachuelos candentes que los envolvió sin misericordia. Ambos cuerpos,
envueltos de sudor, se unieron en un furtivo abrazo que se extendió por
toda
la cama, dejándole un olor tan fuerte, tan propio de ellos.
Joaquín -extasiado- tomó del
cabello a su esclava sacándola de la cama,
arrastrándola al piso, colocándola luego en cuatro patas frente
a él.
Silvia, sin lanzar queja alguna, se dejó llevar con creciente hechizo.
Sentía la entrepierna humedecida impúdicamente cada vez que su
propietario
le hacía sentir tan subyugada a él, tan frágil en sus manos,
tan su juguete.
Sabía que él podía hacer con ella cualquier cosa que se
le antojara, y esto
le causaba sacudidas por todo el cuerpo. Sentirse el juguete sexual de
Joaquín era la llave que su ser requería para estar completa.
Pero nunca
antes había sentido esa necesidad tan humana, tan secreta e íntima.
Lo
sintió por primera vez en aquel bote, en aquella mirada que le quemaba
el
pecho, que le quitaba el aire, que le humedecía las bragas.
Era una hermosa sumisa sin lugar a dudas, su
hermosura salía del alma. Una
persona es más bella cuando es feliz, pensaba Joaquín. Se acercó
por delante
a la figura canina que irradiaba una blancura mágica, se inclinó
y alcanzó a
darle un beso entre la selva de cabellos negros que rozaban el piso. Aspiró
su olor con orgullo, enderezó la espalda y mientras planeaba en silencio
lo
que harían durante aquel domingo que apenas florecía, Silvia le
besaba los
pies dulcemente. Ella se sentía tan segura bajo el dominio de Joaquín,
nunca
le había hecho daño, ni siquiera en sus juegos de mayor efervescencia.
Silvia aprendió a confiar tanto en su Amo que ahora se dejaba hacer sin
vacilaciones. Tal relación le dio un giro drástico a su estilo
de vida tan
desenfrenada. Bajo la protección y el amor de Joaquín, pudo encontrar
la
felicidad que una vez creyó utópica. Todo había sido tan
rápido que cuando
se preguntaba cómo fue a parar de arrogante y altanera a sumisa y obediente,
no encontraba más respuesta que unos ojos tiernos que le ofrecieron respeto
y entrega una lejana noche de otoño. Los meses pasaron tan rápido
que ahora
no se imaginaba vivir de otra manera.
Joaquín enredó sus dedos entre
los cabellos de su disciplinada sumisa y la
llevó, en cuatro patas, hacia la ducha. Cada pasito era disfrutado de
sobremanera por Silvia, cada encuentro con su ahora propietario provocaba
una ruptura con la fría realidad que el mundo le vendía e ingresaba
a una
vida que sólo pensaba existente en sus solitarios y tristes sueños
pasados.
Soltó una lagrima al recordar a los miles de fallecidos aquel martes.
Nunca
más deseaba estar sola, quería estar con Joaquín, a sus
pies si él así lo
quería, hasta alguna brillante mañana en que esta ciudad sangraría
nuevamente. Pero ya no estaré sola, pensaba, estaré llena de Joaquín
y de su
amor, así puedo morir. Las alarmas de inminentes ataques habían
calado tanto
en la población que Joaquín y Silvia vivían encerrados
dentro de su burbuja
encantada sacándole provecho al tiempo a todas horas.
Silvia siempre solía estar excitada
al lado de Joaquín. Cada vez que salía
de ella la prueba de su pasión sólo tenían que pasar pocos
minutos para que
estuviese nuevamente disponible y ansiosa si él la necesitase. Se sentía
orgullosa de haber alcanzado tanta libertad sexual al lado de ese hombre que
la esclavizó y liberó a la vez.
El chorrito de agua cayó repentinamente
sobre la espalda de Silvia que había
entrado a la ducha en cuatro patas, después de su Amo. Los pies de Joaquín
recorrieron con delicadeza los contornos de aquella espalda encorvada, hasta
que las nalgas elevadas llamaron la atención de su atento y oportunista
falo. Silvia, obediente esclava, elevó sus proporcionadas nalgas poniéndose
de puntillas, y Joaquín se encargó de esconder su miembro, por
un tiempo
incontable, en el apretado y siempre placentero ano de su adorable sumisa.
Al salir del baño -Joaquín delante-,
Silvia tenía en el cuello un collar de
cuero verde, bordado con flores doradas en los lados. El collar estaba unido
al extremo de una cadenita de plata, el otro extremo descansaba en la mano
derecha de Joaquín. En cuatro patitas, Silvia seguía a su propietario
con
una felicidad que reflejaban sus ojos azulados. Sentía que su vida era
muy
preciada y, después de tanto terror y desgracias, estaba convencida de
que
nada era más real que su relación con Joaquín, y que seguirían
enriqueciéndola como ambos lo deseaban, no como la sociedad se los quería
imponer. La vida podía apagarse en cualquier minuto en esta ahora sombría
ciudad, había que rehacer muchos pensamientos y moldear nuevas metas.
Silvia
estaba dispuesta a hacer los cambios necesarios en su vida, siempre y cuando
la felicidad estuviese de por medio. Elevó las luces azuladas que despedían
sus ojos, se encontró con la mirada dulce y paternal de Joaquín.
Sonrieron,
cada uno a su manera. Se amaban.
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29 de marzo, 2002
Emmanuel Fernández: emmanuel_0123@hotmail.com
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