AL FIN SOLOS EN MI CASA
Hetero, infidelidad. Ella estaba sexualmente insatisfecha y él la necesitaba dentro...


¿Quien lo iba a decir? Para mi resultaba la culminación de
miles de pajas y folladas con otras mujeres. Para ella era
un problema. ¿Que pasaría con su marido y con sus hijas?
Seguro que pensaba en eso mientras mantenía sus bragas en
los tobillos, sus jeans embutidos en una sola pierna a la
altura de las pantorrilas y la cara desencajada del gustazo
que acababa de llevarse, mientras mantenías sus tetas
pegadas a la mesa de mármol del comedor de mi casa. Era lo
único que se mantenía frío en la estancia, la mesa.

Las bromas de invitarnos mutuamente a cafés habían
concluido. Desde la primera vez que la vi y a pesar de que
no tiene unas tetas espectaculares, o un cuerpazo para
quitar el hipo sabía que aquella chica de aspecto desvalido
iba a ser mía. Estaba casada y tenía dos niñas. Me sentía
como un hijodeputa por intentar satisfacer mis deseos a
pesar de todos los inconvenientes que parecían presentarse.
Yo vivía con una mujer desde hacía siete años y nuestra
tormentosa relación era algo inestable...

Ella, llamemosla Marisol, tampoco era muy feliz en su vida
personal. Es una profesional brillante y apreciada, pero
siente que en casa no es tan valorada como fuera. Le ofrecí
confianza y conversación. Cada vez que hacía el amor con mi
chica me imaginaba que era Marisol a la que me estaba
follando y me ponía como un burro. Si follábamos de lado, en
la posición de la cuchara, era el culo y el coño de Marisol
el que me follaba, cuando me la chupaba, era Marisol la que
se tragaba el semen. Engañándome a mi mismo iba disfrutando
de una vida sexual satisfactoria, pero sabía que eso no
acabaría hasta tirarme a Marisol.

Citas para tomar cafés, paseos con sus niñas, risas,
conversación. Me confesó, casi ruborizada, que a sus 40 años
había comenzado a fijarse en el culo de los tios. Silencio
espeso. Como quien no quiere la cosa el pregunto si en el
mío y me contesta que en el mío especialmente. Las niñas nos
interrumpen y la conversación deriva por otros derroteros.
La sigo invitando a café en los centros comerciales, a comer
en casa con las niñas, a vernos y charlar mientras su
marido, a quien conozco, está fuera...

Ella parece que rehuye la posibilidad de quedarnos los dos
solos en mi casa. Ella aun no lo sabe, pero de alguna manera
intuye que efectivamente pasará algo. Me comenta que está en
un momento muy especial de su matrimonio, que necesita
alegrías, que no se ríe con su marido, que la rutina la
agobia. Le ofrezco un decálogo, unos mandamientos para
cuando decida introducir en su vida a otro hombre y en su
coño otra polla.

Ayer tomamos café en mi casa. Mientras ella me esperaba
sentada en el sofá yo estaba en la cocina preparando el
café. Se acercó a la cocina con el cenicero en la mano.
Quería tirar las colillas y la ceniza a la basura. Le
indiqué donde estaba la bolsa de basura y se agachó sin
doblar las rodillas, me ofreció el culo embutido en su
pantalón vaquero. No desperdicié la oportunidad. Hice amago
de coger un par de tazas que estaban sobre la pila y le
restregué mi paquete por su culo. No hace falta decirlo,
desde que subimos a casa yo estaba empalmado.
No rehuía el contacto y yo tampoco. Movió el
culo despacio, rotando. Así, agachada sobre la bolsa de
basura y con las manos en el fregadero volteó la cabeza para
mirarme. Sonrió.

Se incorporó y nos besamos. Primero despacio los labios,
luego con pasión y con las bocas abiertas, como si nos
faltara el aire. La pasión se había desencadenado. Cogí su
cabeza entre mis manos y seguí besándola mientras la llevaba
hasta el salón. Allí llegamos besándonos hasta que su culo
dio en el borde de la mesa. No podíamos ir más allá. Cogí su
mano y la puse directamente sobre mi paquete.
- Mira como me tienes, cabrona!!
Ante mi sorpresa, gimió. Acababa de descubrir a una sumisa y
me dispuse a aprovecharlo. Desabroché sus jeans, saqué su
blusa y explore su vientre y sus tetas. Disparé sus pezones
cuando me los metí en la boca. Mi boca es grande y sus tetas
pequeñas. Me caben en la boca y las chupo y lamo mientras
ella goza y cierra los ojos.
- Te gusta eh? Mi pequeña zorra casada.
Ahora ya gime abiertamente, está cerca del grito. Desplazó
sus pantalones por sus caderas y dirijo mi mano a su monte
de Venus. Está chorreando. Le bajo las bragas hasta las
rodillas y le hago que levante una pierna. Una de las
perneras del pantalón sale por allí mientras dos de mis
dedos entran en su coño. Otro gemido. No aguanto más. La
giro y planto sus tetas sobre la mesa. Su culo y su coño
están a mi disposición y voy a hacer un uso inmediato de
ellos. Llevo dos años esperando este momento. Desabrocho mis
pantalones y mi polla asoma sobre los calzoncillos. Estoy
asustado, la voy a reventar y a llenar de leche. Bajo mis
calzoncillos hasta las rodillas. Cojo mi polla y la paso
sobre su raja empapándome de sus jugos. Gime otra vez.
- Follame, me dice. Métemela hasta el fondo de una puta vez.
No le da tiempo a terminar su frase. Acaba con un grito
ahogado. Del primer golpe entra un poco más de la mitad.
Joder que estrecha es a pesar de haber tenido dos hijas,
pienso instantáneamente. ¡¡Cuanta polla le hace falta!! es
mi siguiente reflexión mientras le empujo el resto de mi
polla hasta el fondo. Reflexiono un segundo: me voy a correr
enseguida.

Paro. Es su momento. Ella goza y siente. Dura un segundo
luego me dice:
- Muévete. Quiero que me folles bien, no como el cabrón de
mi marido.
Empiezo el movimiento de mis caderas. La saco casi del todo
y empujo con todas mis fuerzas una y otra vez. Estamos
haciéndolo frente a la ventana. A ninguno de los dos nos
importa. Una y otra vez. Escupo sobre su culito y le froto
un dedo tratando de abrirme paso. Gime mucho más fuerte.
- ¡¡No, por ahí no!!
- Calla, le digo.
Sigo empujando y ella gime cada vez más fuerte, ya son casi
gritos. Siento que mi polla es cada vez más grande. Más
saliva. A mi dedo medio se le une el índice mientras que con
la mano izquierda aparto el cachete de su culo. Ya se ha
olvidado de por donde le entran los dedos. Una y otra vez.
Estoy a punto de correrme y se lo digo.
- Te voy a llenar de leche.
La sola propuesta hace que se corra y quede desmadejada
mientras sus caderas tiemblan de forma convulsiva. Mis dedos
ya son tres. Creo que ya hay sitio para mi polla. La saco de
su coño que suena como una ventosa. Me escupo sobre mi
capullo y lo pongo donde antes estaban mis dedos. ¡Que
cabrona, ahora le gusta! Empujo despacio mientraS ella
ronronea, escupo otra vez sobre mi polla y siento como mis
pelotas se empapan del flujo que sale de su coño. Estoy
dentro del todo me digo.

Comienzo a bombear su culo. En apenas 40 segundos siento
como me invade mi orgasmo mientras sigo empujando y llenando
su culo de leche. ¿Quien lo iba a decir? Para mi resultaba
la culminación de miles de pajas y folladas a otras mujeres.
Para ella era un problema. ¿Que pasaría con su marido y con
sus hijas? Seguro que pensaba en eso mientras mantenía sus
bragas en los tobillos, sus jeans embutidos en una sola
pierna a la altura de las pantorrilas y la cara desencajada
del gustazo que acababa de llevarse, mientras mantenías sus
tetas pegadas a la mesa de mármol del comedor de mi casa.
Era lo único que se mantenía frío en la estancia, la mesa.
¡Ah! y el café en la cocina.

G.
postillon@hispavista.com

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