Lo llamábamos Zé Sergio.
No porque fuera brasilero. Ni por sus constantes subidas por el lateral izquierdo
de nuestro equipo. Tampoco por su alegría y expresividad, era más
parco que un montañés. Pero entre todos nosotros a él le
había tocado un color de piel un poco más oscuro y, aunque no
era negro, tenía un tono más que bronceado. Ni siquiera se llamaba
José para que ese prefijo "Zé" se le pegara al nombre,
pero le gustaba y se lo quedó. Así lo conocimos.
Ze Sergio aparecía siempre antes de la hora de nuestras reuniones y se
iba último. Muy bien acompañado cada vez que descuidadamente lo
encontrábamos, jamás contaba nada, jamás preguntaba nada.
Por eso nos extrañó la visita de esa mujer en el bar.
"Buenas tardes. Soy la esposa de Sergio. Y me permití molestarlos
porque hace 3 noches que no vuelve a casa".
¡La esposa de Sergio!
¿Y quién es Sergio?.
Todos se dieron vuelta a mirarme como si realmente yo supiera quién era
ese huidizo esposo. Pero se me hizo la luz y relacioné a Sergio con Zé
Sergio y traté a la Señora como si la conociera de toda la vida.
"No sabemos nada, desde el sábado que no lo vemos."
No mentí. Esa semana nadie lo había visto y apenas unos minutos
antes hablábamos de su extraña ausencia sin aviso.
Claro, el drama lo tenía la pobre mujer. Muy linda mujer.
El sábado a la tarde, en el medio del festejo por el cumpleaños
de la suegra, Sergio salió por cigarrillos, no se llevó el auto,
solamente los documentos, (incluido el pasaporte y la tarjeta de crédito),
y ya no volvió.
Nos mirábamos extrañados, Zé Sergio nunca había
dicho que era casado y jamás lo habíamos visto 2 veces con la
misma compañía.
Éramos testigos de algunos "levantes" imposibles.
Como la tarde en la pileta de Edu, cuando tuvimos que salir a comprar desinfectante
y cloro líquido, y mientras la dueña del negocio abría
fuera de horario y nos atendía de mala gana, el estaba pegado al oído
de la hija de aquella mujer. En el tiempo que tardamos en buscar los 2 bidones
y pagar, él llevó a la joven hasta el auto.
Se bajaron antes de llegar de nuevo a la casa de Edu. Sólo con el short,
la remera y las ojotas. Apareció 4 horas después a buscar su otra
ropa justo antes de irnos.
Otra vez, durante el festejo del campeonato, dejamos de verlo en el medio de
un montón de novias y amigas en común para encontrarlo 3 horas
después a la salida del vestuario de damas. Prudentemente acompañado.
Sin necesidad de hablar pudimos conocer su principal virtud. Meses de vestuario
en común nos sugerían evitar agacharnos frente a él.
En cuclillas, y en total reposo, su tronco arrastraba largamente el glande por
el piso. No era una pija, era un Monumento al Pedazo. Desde nuestro primer encuentro
en las duchas, yo sentí que perdía para siempre la admiración
de mis compañeros sobre mis, otrora prestigiosos, veintiún centímetros.
La esposa de Sergio lloraba. Y lloraba sin compasión posible. Un accidente,
un asesinato, un secuestro. Todo lo peor se le ocurría para aquella desaparición
inexplicable: "si el nunca faltó de casa y no puede vivir sin nosotros".
Amigos al fin, desarrollamos un consuelo parecido a la lástima y acompañamos
a la buena mujer hasta esa casa que compartía con él, procurando
tranquilizarla.
Seguí sorprendido por esta realidad hasta que el viernes lo encontré
muy desmejorado, con barba de una semana, olor rancio y la mirada desencajada.
Parado enfrente de mi auto estuvo esperando, (supuse y acerté), mi llegada.
"¡Que hacés boludo acá! ¡Y la reputa madre que
te parió!
¡Hace una semana que me banco a tu mujer llorando en mi teléfono
y ahora te me aparecés de la nada!" - Le descargué el enojo
para sentirme relajado.
"¡Ayúdame Martín, sos el único que puede salvarme!
Me contó desde ahí para atrás y con todo detalle la historia
que relato.
Que las mujeres son mi perdición, no es ninguna novedad, pero nunca creí
que me animaría a llegar a este límite y cruzarlo.
Vos sabés que no me cuesta nada levantarme a una mina, pero lo que no
sabés es lo que me cuesta dejarlas. No quieren que las deje. Ninguna
acepta el final de la relación y jamás están conformes
con mis motivos.
Aquella chica de la tienda de cloro sólo aceptó mi ausencia después
que la convencí de que portaba un herpes que deformaba mi pija y la volvía
cada vez más grande. El miedo al contagio la alejó. Con las chicas,
las amigas y novias de nuestros amigos comunes, no es muy distinto, todas aceptan
compartirme pero no que desaparezca.
Aceptan mis pretextos, mis excusas y mis desplantes, pero no mi ausencia.
No me mirés así. No me juzgués. A ninguna la obligué
y ninguno de ustedes es realmente mi amigo como para sentirme con culpa. O deberles
algo de respeto.
La novia de Edu se queja de que él está siempre dispuesto para
juntarse con sus amigos y nunca acepta a sus amigas. Y ni te cuento lo que le
gusta chuparme la pija. Es una verdadera experta.
Se deshace en cumplidos y agradecimientos mientras que con la mano te va abriendo
el pantalón. No para de tocarte ni de hablar procaz y lascivamente. Se
recuesta sobre el regazo y me mira la pija como si contemplara una obra de arte.
Los ojos se le iluminan y no hay una vez en que antes de ponerla en la boca
no la bese con gratitud.
Después, inclinada como está, sigue usando la boca como si fuera
una concha húmeda moviéndose a un ritmo vertiginoso. Parece que
no se cansa jamás de mamar. En las primeras chupadas no soportaba más
que mi cabeza dentro de la boca, pero ahora ya llega hasta engullirse más
de la mitad. No para de chupar hasta que siente mi leche golpeando contra su
campanilla.
Pero no quiere coger, dice que Edu no merece tanto cuerno. Que mía es
su boca, lo demás no.
Así la hermana de Luis, (el arquero, ¡¡20 años!!),
está cansada de ser la que le lava la ropa, y que él la trate
como si fuera realmente su sirvienta. Ella me entrega el culo porque tiene miedo
a quedar embarazada y quiere seguir virgen hasta casarse. Pobre el humano que
se lo crea. Le falta solamente meterse una pija en la concha porque desde que
le acaben en las tetas y hasta que le caguen en la cara ya pasó por todo.
Pero es tan sumisa y delicada que no lo podés creer. Si la vieras desnuda
pensarías como yo. Siempre dispuesta. Siempre atenta, siempre caliente.
Le ponga la mano donde se la ponga enseguida pide más, no le tiene miedo
a nada.
No es común que una mina se coma en el culo mi pedazo y ella se lo tragó
desde la primera vez. Con dolor y un poco de sangre, pero entero. Hasta las
bolas, y desde ese día para acá quiso probar de todo. Hasta me
pidió que te convenciera de hacer, con vos y yo, un trío.
¿Querés más?
Puedo contarte todo con descripciones y testigos. Fechas y lugares. Puedo confesarte
cada una de las cosas que quieras y hasta puedo dejarme culear por vos si se
te ofrece, pero me tenés que ayudar.
Hasta acá su relato.
Más allá de haberme dejado helado, me intrigaba cómo quería
que lo ayudara. Además yo tampoco lo veía un amigo, así
que con mis dudas y elogiando mi conducta célibe para con las amigas
comunes, (zafé de los cuernos), pude expresarle mi desconfianza. También
le dije que no me interesaba su culo, que buscara otra manera de pagarme porque
a mi me gustaron siempre las mujeres. Y lindas; que para feo estoy yo.
Por lo que conocíamos y sin tomar en cuenta la belleza de su esposa,
a él le gustaban todos los agujeros, si era linda mejor. Si no, no preguntaba,
cerraba los ojos y pensaba: ¡Viva la patria!
Entonces llegó su última historia.
Era hermosa, Martín. Era hermosa.
Nunca conocí a nadie así. Solamente fue tocarla y desapareció
el mundo. Me tuvo al borde del delirio durante muchas semanas.
La busqué, la perseguí. Estuve haciendo el papel de novio durante
4 semanas. Le pedí la mano al padre. La llevé a cenar. Le entregué
todo lo que a ninguna mujer le dí. La respeté, la entendí.
Y no se entregó. Me manejó como quiso. Y me hizo jurarle amor
eterno y dedicación total.
Le fui fiel.
Me estuvo prometiendo que llegaría virgen a nuestro matrimonio y con
eso más me enloqueció.
¡Cómo no le iba a creer!
Si su boca me parecía el quinto cielo cada vez que me la chupaba, si
con sus manos me tocaba y yo sentía que mi tronco se transformaba en
un potrillo entregado a su caricia. ¡Cómo no le iba a creer!
Seguí buscando la manera de acomodar mi vida anterior a sus deseos. Mentí
en mi casa. Le mentí a mi mujer. La engañé. Le dije cualquier
cosa para que me dejara y se volviera con sus padres. Por eso no tuve alternativas.
No me las dio.
¡Mi hembra se iba a España!
El viernes a la noche me lo dijo, no pude hacer otra cosa. Tenía los
pasajes para los dos. En avión, el sábado a las 19.00 hs.
¿Qué iba a hacer?
La seguí. Como sigue el perro faldero a su amo. Como la noche al día.
Me prometió entregarme el culo esa noche en el hotel. En Madrid. Y al
casarnos iba a ser totalmente mía. ¿Cómo le decía
que no?
Dejé mi casa, mi mujer, mi suegra, mis libros, la camiseta del equipo
y todos los cassettes del Flaco. Escondí el pasaporte con mi billetera
y cuando sentí su bocina en la calle bajé sin saludar. ¡Si
total no los volvería a ver! Que pensaran que había muerto era
mejor que el desengaño.
Ella manejaba con una mano el auto y con la otra me repasaba la pija, a conciencia.
Subía y bajaba meticulosamente, arrastrando el prepucio casi para que
me duela, pero con amor. Con un infinito deseo. Con un total y absoluto deseo.
Yo estaba tan entregado a sus caricias, que no conté los minutos, ni
las horas. Pasamos el pre embarque, el embarque y el despegue. Me la mamó
en pleno vuelo oculta bajo la manta de viaje. Sus ojos brillaban y reflejaban
lujuria, casi perversión, cuando se tragó toda mi leche.
El aeropuerto ni lo vi. Madrid es un recuerdo vago. El hotel un lugar extraño
con gentes que preguntan boludeces.
La habitación en el 5° piso un hermoso recuerdo, mientras la veo
salir del baño envuelta en un sugerente camisón. Toda su ropa
interior blanca y con puntillas de encaje. Ligas, portaligas y medias. Sus tetas
cónicas, perfectas, desafiando cualquier ley. Y su boca como un manjar
dispuesto para mi satisfacción.
Decidí corresponderla y ducharme para cambiar mi transpiración
todavía mezclada con tierra argentina.
Al salir de mi ducha rápida la encontré hincada sobre una almohada
en la cama. Levantando su hermoso culo y exponiéndolo, desnudo, a mi
criterio.
Me preguntó si me gustaba.
¿Qué le iba a contestar?. Si mi pija al aire daba miedo y el morbo
de poseerla ya me había cortado la respiración.
Me abalancé sobre ella como un desesperado. Yo, que conozco las conchas
más impensadas, que he visto los culos más ocultos, estaba desesperado
por una mujer que supo como manejarme.
Enceguecido acepté su deseo y con mucho esmero y cuidado, le puse saliva
y un poco de crema hidratante en el agujero. Paso a paso comenzamos la difícil
tarea de explorar su orto con mi pija.
Me llamó la atención la facilidad con que pude ingresar media
pija y el ruido pastoso y casi flatulento que entregaba ese agujero.
No le dí importancia y seguí. Cuando pude embocarla toda; mi nivel
de leche era solo comparable a la necesidad de vivir al lado de esa mujer toda
la vida.
Empece a bombearla con suavidad y a un ritmo cadencioso y vigilado, no quería
romper el encanto hasta que la oí gemir. Y hablar.
Desde sus labios partían las más calientes frases que había
escuchado jamás. Todas certeras y todas precisas. Todas me levantaban
la calentura y cada una me llevaba un escalón más arriba, hasta
el placer total.
Acabé, extenuado, dándole litros de leche en pago a tanto placer.
A tanto amor.
Tan extenuado quedé que me dormí.
¡Toda la noche dormí!
¡Y la reputa madre que me parió!.
No me desperté en toda la noche. Soñé su cara. Su culo,
su boca. Soñé con nuestros hijos.
¡Y la reputa madre que me parió! ¡Con nuestros hijos, míos
y de ella!
La vi entre sueños. En mi despertar feliz.
La distinguí parada, familiarmente, frente al inodoro.
Algo no cerraba en su actitud. Seguí despertando, ahora con violencia.
Sus mejillas estaban tapadas por crema de afeitar y en su mano "Gillette
ATRA", para afeitadas más al ras.
Ya entendí la familiaridad frente al inodoro, estaba meando.
¡Cómo vos y yo!
¡Meando de parada! ¡Pija en mano y piernas abiertas!.
No tuve tiempo de otra cosa.
Agarré la ropa, el pasaporte y la tarjeta y salí.
Caminé como un ciruja, hasta que llegué al aeropuerto. Me tomaron
por ilegal. Investigaron mi pasaporte. Me preguntaron como podía ser
casi negro y argentino. Revisaron todos los prontuarios de Interpol y comprobaron
mis diez huellas digitales. Así y todo no me dejaron salir sino en el
vuelo más directo a Buenos Aires. Acá estoy, el resto ya lo sabés
Me tenés que ayudar.
Puedo contarte todas mis historias con descripciones y testigos. Fechas y lugares.
Puedo confesarte cada una de las cosas que quieras y hasta puedo dejarme culear
por vos si se te ofrece, pero me tenés que ayudar.
Tenés que inventarme algo para que vuelva a mi casa y te prometo que
nunca más salgo con otra mujer que no sea mi esposa.
Superend2@yahoo.com.ar
[Indice general] - [Sexo] - [linux] - [humor] - [hard] - [miscelanea] - [Novedades]
![]()