DD (II): El Comienzo
Hetero, polvazo. Una excitante experiencia con Deborah en el baño del instituto.


Antes de comenzar con el relato, déjenme disculparme por haberme demorado en enviar esta segunda parte, lo que pasó es que tuve unos pequeños percances con la computadora que me llevaron en parte a tener que escribir el presente relato varias veces, cada una de las cuales se perdía una vez que el problema se presentaba.
Pero ahora voy directamente al relato. Para los que no me conocen, mi nombre es Ivan, tengo 23 años ahora y estoy en el segundo año del profesorado de matemáticas en un terciario cerca de mi casa, lugar en el que conocí a Deborah, quien es la otra protagonista de este como del anterior relato y cuyo cuerpo pasaré a describir someramente: una chica de 25 años (cumplidos justo la semana anterior a lo que sucede en este relato) de cabello largo, lacio y castaño, ojos color marrón tirando a miel y un cuerpo bastante lindo, sus tetas tienen el tamaño perfecto para caber en mis manos, tiene unos labios carnosos y dulces, y un culo redondito y tan firme que han sido inspiración, junto con sus labios, de más de una paja por mi parte. Es más, el hecho de que me la haya cogido junto con que entre ese encuentro y este pasaron tres meses en los que hubo cero comunicación por su parte- yo la llamé varias veces, pero o atendía su novio, o no la encontraba - incrementaron tanto el número como la intensidad de mis pajas, puesto que la imagen y la calentura que las generaban eran más vívidas.
Como dije, entre ambos encuentros habían pasado algo así como dos meses. Ya era fines de febrero y tiempo de volver al instituto para inscribirse y/o rendir las materias que habíamos dejado colgadas de diciembre. Yo entré en la administración, que queda en el primer piso, con el apuro que me caracteriza- no soy muy ducho ni paciente para lo que tenga que ver con trámites- y ahí la encontré delante de mí, estaba terminando el papeleo y se disponía a darse por satisfecha e irse. En el camino intenté saludarla con un beso, pero su respuesta fue- o me pareció en ese momento- muy fría y distante, lo cual me hizo preguntarme por qué; duda que no hubiese quedado bien satisfacer en ese instante y que anduvo merodeando mi mente por un tiempo y de un modo tal que todo aquel que me saludó después, estoy seguro, se preguntó lo mismo respecto a mí, además, hizo que mi apuro por inscribirme fuera mayor, ya que, ni bien vi finalizado el trámite, me volteé y corrí a ver si podía llegar a alcanzarla en la planta baja, donde había visto previamente que había encadenado su bicicleta. Me extrañó ver que su bici estaba pero ella no; era imposible que la haya pasado en mi corrida escaleras abajo -yo no soy ni muy rápido ni muy atlético para lograr tal hazaña- por lo que pensé que debía estar en uno de los baños... ¿pero en cuál?, aún cuando las opciones no eran muchas- hay solo tres baños, uno por piso- me disgustaba el hecho de que si la buscaba en el incorrecto le diera tiempo de tomar su bici e irse y así dejarme con la única posibilidad de tener que llamarla par que me explique, cosa que seguramente terminaría del mismo modo que en el verano. El hecho de no encontrarla en los primeros dos baños, el de planta baja y el de primer piso, en parte me alegró, puesto que como mi curso de revisión fue escaleras arriba era gratificante el hecho de que todo quedase reducido a un solo baño, el último; pero al mismo tiempo me extrañó, ya que de ir uno al baño, lo haría lógicamente a uno de los primeros -¿quién va a un baño en un piso superior, teniendo uno en su piso y otro abajo?- Igualmente subí el tramo de la escalera que me restaba, sólo para encontrarme con el más desconcertante hecho de que el de mujeres se hallaba cerrado por reparaciones. Entre respiraciones entrecortadas- ya les dije que no soy muy atlético, además subí corriendo- me puse a pensar sobre donde carajo se podría haber metido: en las aulas no por que, según tenía entendido, ese día no le tocaba dar ninguna materia, y el kiosco estaba cerrado por vacaciones. La única opción que quedaba- o al menos que creía en ese momento- era que se haya regresado a la administración por quien sabe que razón. Yo estaba a punto de voltear y emprender el camino al primer piso, cuando una mano proveniente del baño de hombres, tomándome de un brazo, me jala violentamente hacia adentro.
Antes de que pudiera reaccionar y diga lo poco y no muy bonito que me había venido a la cabeza por tal hecho, siento que unos labios carnosos toman posesión de los míos, succionándolos de una manera que sólo una vez anterior había sentido. Como podrían haber adivinado, era DD la que me estaba dando esos besos que únicamente ella sabe dar. Su lengua había comenzado a horadar su camino por entre mis labios hasta hacer contacto con la mía e incorporarla en una lucha caliente por demás. Inmediatamente después de que me percaté de que era ella, y luego de un escaso instante en que me relajé para disfrutar de lo que me estaba haciendo, aunque no lo crean, la separé un poco de mí, despegando sus húmedas ventosas de mis labios. Antes de que me diera tiempo de preguntarle por que me había saludado del modo que lo hizo, ella, con sus hermosos ojos miel dando señales de sorpresa e incomprensión, esbozó a duras penas un “¡¡¡Te extrañé!!!” ; a lo que respondí “No se notó por el modo en que me saludaste”, para luego agregar “o por el hecho de que no respondiste a mis llamados...”. Ella, luego de bajar levemente su cabeza y murmurar un tenue “lo sé” como para sí, apoyó ambas manos sobre mi pecho y dijo “por eso te voy a recompensar...”. Acto seguido, sus dedos, con una presteza asombrosa, se dispusieron a desabotonarme uno a uno los botones de mi camisa, en tanto que sus labios, una vez más, se habían adueñado de los míos; pero por un corto tiempo, ya que, una vez que unos tres o cuatro ojales habían sucumbido al arrasante paso de sus dedos, sus labios fueron a parar a mi pecho que, ahora desnudo, sentía las cosquillas que le propinaban, junto con su lengua que de tanto en tanto aparecía, dejando a su paso pequeños tramos de saliva que eran barridos y vueltos a dibujar con cada pasada de su rostro por sobre mi torso. Sus manos, ya habiendo eliminado todo botón, ya se hallaban haciendo lo propio con mi cinturón y cremallera. Yo, por mi parte, intentaba levantarle la ajustada remera que llevaba puesta en ese momento de modo de tener, una vez que ella se incorporase, aunque más no sea por un momento, una visión de sus bronceados senos- sabía que no traía nada más bajo la remera- con esos hermosos pezones erectos por la excitación y el repentino fresco de la libertad. DD se dio cuenta de mi intención y detuvo su oral tarea separándose el tiempo suficiente para que pueda lograrlo. Me había olvidado que tan bien se veían sus senos completamente libres de todo aprisionamiento; es más, la luz que había en el baño, al ser mayor que la provista por los faroles de la calle de nuestro primer encuentro, le agregaban más encanto: su tostado era más vivo que aquella vez y sus pezones se veían tentadores, más si tenemos en cuenta que DD me los ofrecía al levantar sus senos con las manos en mi dirección, diciendo en tono provocativo “Ellas también te extrañaron”.
Estaba todo dicho; estampé mi cara contra ellos con tal fuerza y desesperación que mientras mi boca hacía presa de un pezón a la vez, la hice retroceder hasta los lavamanos, terminando por hacer que se sentara sobre la firme mesada que había entre ellos. Ahora tenía sus tetas a la altura justa como para concentrar toda mi atención en proveerla del máximo placer que me fuera posible de ese modo. Mientras una de mis manos se asía de uno de ellos jugando con su pezón que cada vez que se escabullía entre los dedos recibía un suave pellizco a modo de reprimenda; mi boca se saciaba con el otro, mordiéndolo, chupándolo, haciéndole efectivas cosquillas con los dientes y la lengua que de tanto en tanto salía a recorrer tanto el seno como a su pezón correspondiente en forma circular. Así seguí un tiempo, yendo de un pecho a otro, al tiempo que cambiaba de mano y que la que quedaba excluida en cada ronda se dirigía a su entrepierna, en un principio a hacer lo mismo que las suyas habían hecho con mi bragueta, y luego para propinarle los debidos masajes a esa zona que por el momento se hallaba simplemente resguardada por una delicada bombacha de encaje con claras muestras de que lo realizado hasta ese momento había dado resultado. Sus gemidos hacían eco en las claras paredes del baño “Siii, siiii,.... te extrañéeee!!!!”. Justo ahí, los dedos de mi mano derecha, que en ese momento se hallaban sobando su entrepierna fueron bañados, literalmente, por sus flujos, cuya emanación se sostuvo por el tiempo que duró la frase. La parte de ellos que pude recoger, me la llevé a la boca; su sabor era indescriptible: esa conjunción de orgasmo y sudor le daban un toque mágico.
Acto seguido, ella, levantando mi cabeza y separándola de su pecho, me estampó un beso de los suyos, saboreando ella también ese néctar, al tiempo que bajaba de un salto del lavabo para girar y colocarme a mí en esa posición - ahora que lo pienso, este movimiento en cierto modo se parece al que realizamos aquella vez contra el árbol -. Y ahí estaba yo, subido al mármol, con mis manos aferradas a sus senos y mis labios y lengua trabados en una candente gresca, y sintiendo como sus manos se afanaban por terminar lo que habían empezado a hacer con mis pantalones, terminando de bajarlos hasta mis tobillos junto con mis boxers de modo de tener el campo libre para dar el próximo paso: amasar mis testículos con una mientras la otra se encarga de darle a mi verga- que para ese momento ni hace falta decir como la tenía- los mimos correspondientes. Las cosquillas que sentía a causa del roce de sus uñas contra mis bolas hacían que de tanto en tanto esbozara una sonrisa que cortaba por momentos el clima de excitación alcanzado. Aunque no se vayan a creer que eran lo suficientemente provocadoras como para dar fin a todo lo nuestro ni mucho menos; más si consideramos que eran ampliamente superadas por el rítmico sube y baja que su mano hacía sobre mi verga. De repente, su lengua detiene el serpenteante movimiento que hacía dentro de mi boca y, saliendo de ella, se dirige sin escalas a mi entrepierna, donde mi glande la aguarda brillante de líquido preseminal. En un principio lo besa, para luego seguir camino hacia mis huevos que son objeto de la misma succión que hace instantes había aplicado a mis labios. Ahora las cosquillas me las provoca el roce de su lengua contra ellos, asidos individualmente por sus húmedas ventosas. Luego los deja para pasearse de arriba a bajo por el tronco, primero de a besitos, y más tarde con la lengua, embadurnándomelo como si fuera una paleta helada. De tanto en tanto, tomándomela con una mano, se la introduce toda de una sola vez en la boca, haciendo que el glande dé de lleno contra el fondo, y provocándole cosquillas en la campanilla cada vez que, una vez dentro, su lengua comienza a darle pequeños golpes. Una vez más, mi verga deja su boca para dar comienzo a una nueva rueda similar a la anterior. Yo sólo me limito a posar mis manos sobre su cabeza y acompañar de este modo el movimiento.
De repente suena su celular, trayéndonos por un breve instante a la realidad; ella, sin retirar mi verga de su boca, inclina su cabeza para ver quien es el que llama. El jalón que sentí hace que me venga de repente dentro de ella, haciendo que se separe entre sobresaltos y pequeñas arcadas para, luego de un instante, decirme: “¡Me hubieras avisado que te venías! Casi me ahogo...”. Yo sólo atiné a disculparme diciendo: “Bueno che, vos también me diste flor de tirón, como para no reaccionar”, luego agregué: “¿Quién era el que llamó?”. “Gastón,... mi novio; debe querer saber donde estoy”, me respondió en voz cada vez más baja, tal vez creyendo que no la había escuchado, “pero ya está... seguro me dejó un mensaje” agregó poniéndose de pie frente a mí de un modo muy despacio e incitante, rozando sus pezones contra mí en el camino. Su cabeza, que durante todo el trayecto venía gacha, al llegar a la altura de la mía se levanta, surgiendo ante mí la imagen de su cara ávida, sus ojos miel clavados en los míos que siguen el recorrido que hace su lengua por sus turgentes labios al recoger aquellos restos de mí que habían quedado prendidos. Acto seguido, tomando mis manos que para ese entonces habían resbalado hasta sus nalgas, las lleva hasta sus pezones que surgen firmes ante mí una vez que se arqueó, haciendo que nuestras pelvis se opriman aun más y que mi verga se estampe contra la escasísima mata de vellos castaños y cortos. Los pellizcos que le propinaba hacían que ella delire y se retuerza, con lo que mi verga, que hasta el momento yacía semi floja en esa almohada, despertase para ser “pajeada” por su entrepierna. Nuestras miradas se volvieron a cruzar al ella volver su cabeza hacia mí y pude ver como se mordía el labio inferior en un intento por refrenar el gemido que al igual que el flujo escapaba por entre sus labios- ambos labios -; esto me incitó a oprimir aún más sus pezones entre mis dedos con el objeto de que tal gemido corra libre, retumbando en las paredes del baño; como finalmente lo hizo, para luego apoyar su cabeza en mi pecho. Yo aproveché la situación para colocarla en mi lugar y así dar paso a lo que siguió.
El frío de la mesada al hacer contacto con su piel sudada y caliente hizo que sintiera un agradable escalofrío que le hizo estirar las piernas, facilitándome la penetración que le siguió apenas después. Este frío también añadió una característica extra al vaivén que comencé de inmediato, ya que la combinación de temperaturas entre el interior de DD- que de más está decir lo ardiente que estaba- y la gélida sensación que me provocaba el mármol al rozar o con mis testículos que lo golpeaban, o aquella sección de mi pija que emergía del interior de ella, momento éste en que dicha particularidad se ofrecía en su máxima expresión. Nuestros ojos, en tanto, estaban fijos mutuamente, y captaban la expresión de felicidad y locura que ambos irradiaban; y sus manos se hallaban asidas de sus muslos, separándolos lo más que le fuera posible de modo de dejarme el camino completamente libre. Las mías, en cambio, se habían dirigido en un principio a sus senos, realizando una nueva tanda de pellizcos y sobos con idéntico resultado, y luego a complementar la tarea de las suyas al tomar posesión de sus nalgas y propinarle, ya que éstas no parecían requerir mucha asistencia, caricias a sus nalgas y a ese arrugadito botón de su ano, sobándolo primeramente en forma circular con ambos pulgares, para luego, mientras uno continuaba la tarea, el otro comenzar su incursión.
Una vez más, su teléfono celular sonó, “Seguro que es mi novio otra vez”, dijo ella y, viendo que yo moderaba el ritmo, agregó: “déjalo que suene... que el idiota se canse de esperar inútilmente que lo atienda”. Yo, con tono de evidente fastidio, le pregunté que si le resultaba tan idiota y molesto, a la vez que, en clara referencia a lo que me había comentado en el pasado, no le resultaba provechoso de ningún modo porqué no lo dejaba; a lo que ella respondió: “¡¿Que te crees que pasé haciendo durante todo el verano?!”, y agregó, luego de que yo le reformulara esa misma pregunta: “Estuve todo este tiempo tratando de hacerle entender que lo nuestro no daba para más; pero él es tan idiota que no pudo o no quiso entenderlo así. No lo entendió ni siquiera cuando le dije que...”. “¿Qué..? ¿Qué fue lo que le dijiste?” le dije, sin obtener más respuesta por su parte que un extremadamente efusivo beso de lengua, al tiempo que con sus piernas entrecruzadas tras de ella me jaló hacia ella, clavándose lo más que pudo mi verga, y dando un grito que quedó ahogado al interior de nuestras bocas. Lo repentino de su mover hizo que soltara el asidero frontal que mis manos tenían de sus nalgas y pasaran, luego de permanecer por un instante distantes a ambos lados de su cuerpo, a tomarlas por atrás, colándose por entre ellas y la mesada, separándola de ella apenas. Tras lo cual, el ir y venir, que en un comienzo continuó como si nada hubiera pasado - mis dedos volvieron a compenetrarse en su botoncito, aprovechando que sus manos continuaban en su antigua ubicación -, fue alcanzando cada vez mayor frenesí, hasta que en un momento dado, ya por el final, la situación mutua era algo distinta: yo seguía de pie cerca del lavamanos, pero ya mis manos no sólo hurgaban en su esfínter, sino que actuaban de asidero a su cuerpo que, íntegramente separado del lavamanos, saltaba completamente desbocada, con sus piernas entrelazadas sobre mis nalgas y su cabeza yendo y viniendo a cada salto. Todo esto resultó en beneficio del momento cumbre; la tomé de las nalgas en el preciso instante en que mi verga, totalmente inmersa en ella, estallaba, llenándola de las descargas que una tras otra fueron saliendo con la fuerza de un tiro ; instante en el que ambos, convulsionantes, coincidimos en tirar nuestras cabezas hacia atrás, de modo de compartir el disfrute de este máximo momento, tras lo cual, mi cabeza fue a dar contra sus sudado pecho, posición en a que me dispuse a gozar de los ecos del éxtasis: mi verga desvaneciente siendo aún cobijada por esa cueva, y recibiendo los leves masajes de sus músculos secuelas de su todavía latente espasmo; su respiración que, en un intento por recuperar su ritmo normal, hace ondular su pecho irradiante de humedad y calor, incrementándome el confort. A todo esto hay que sumarle que mi respiración al pasar sobre sus senos, hace que sus pezones den señales del escalofrío que sienten a causa del contraste; escalofrío que, como pude evidenciar, la recorre por completo, estremeciendo todos sus músculos.
A esta altura ya habíamos vuelto a nuestra posición previa. Levanté mi cabeza sólo para verla a los ojos. Ella, complementó este movimiento, levantándola aún mas hasta llegar al nivel de la suya, en donde ambos nos enfrascamos en un beso que, ya que estamos, tenía un agregado que, aunque sutil, lo hizo diferente de los anteriores. Fue romántico, la más clara expresión de que lo que había nacido entre nosotros excedía lo puramente sexual, de que algo hermoso había sucedido. Ese beso certificó el comienzo de la relación entre los dos, a la vez que conformaba la respuesta aquella que había quedado irresoluta.
Nos vestimos lentamente, viéndonos mutuamente en cada paso del proceso. Como sabíamos que nadie podía estar en el segundo piso, nos dispusimos a salir los dos juntos del baño. Yo luego dejé que se adelante a bajar, de modo de darle tiempo para que desencadene la bici y salga sin levantar la perdiz- no queríamos que nadie del instituto se enterase antes de que nuestra relación tuviera un tiempo de desarrollo conveniente -. Una vez fuera, ella me esperaría en la esquina donde había doblado “erróneamente” la vez anterior, acompañándome de ahí a mi casa para, una vez ahí, despedirnos con un beso parecido al último y con la promesa por parte de ella de darle el definitivo fin a su relación con Gastón.
Y así termina este relato. Antes de despedirme y dejarle mi mail para que puedan, si quieren, enviarme las críticas y/o sugerencias que deseen (genesissquonk@uol.com.ar), cosa que me olvidé de hacer en el primer relato, quisiera decirle que nuestra relación, de ya cumplidos cinco meses, va viento en popa; ya todos saben de lo nuestro, tanto en mi familia, que de paso cañazo quisiera agregar que está feliz- más mi mamá, como se podrían imaginar -, la suya, como la gente del instituto y los amigos que tenemos por ambas partes.

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