CELEBRANDO LA NOCHEVIEJA

Hetero-polvazo. Que mejor manera puede existir para una nochevieja?


Estamos en nochevieja, y salimos de casa de tus padres. Tu llevas un vestido largo precioso, en negro, con la espalda descubierta, y que resalta poderosamente tu figura. Lo has elegido por la forma en que hace destacar tu pecho, sabiendo que así me tendrás en estado de excitación permanente. Yo voy mucho más clásico: pantalón de pinzas, camisa gris claro lisa y una americana oscura. Cogemos un taxi y nos dirigimos a una fiesta cualquiera. Como no sabemos si el conductor conoce a tu padre, no podemos ni tocarnos.

Una vez que llegamos a la fiesta, pagamos al conductor y nos alejamos de allí rumbo a la habitación en la que vamos a celebrar "nuestra" nochevieja. En el ascensor comenzamos a besarnos, pero tú no me permites casi tocarte. Entramos en la habitación riéndonos por la excitación. Nos besamos apasionadamente en los labios. Estamos en el centro de la habitación. No es una estancia muy elegante, pero eso nos da igual: no hemos venido a admirar el mobiliario.
En un momento determinado te acaricio los hombros, arrastrando los tirantes hacia afuera. El vestido cae, y tu cuerpo desnudo queda ante mi vista. Como es habitual, me quedo clavado ante la visión de tu pecho, algo que aprovechas para tomar la iniciativa. Me despojas de la americana mientras me besas. Luego vas besándome el pecho a medida que los botones de mi camisa ceden a tus dedos. Pronto estoy también sin camisa.
Vuelves a subir. Me besas en la boca, en la oreja y en el cuello. Noto tu boca muy húmeda y tu lengua más juguetona que de costumbre. Te abrazas a mi con fuerza, y me clavas los pezones en el pecho. Noto como reclaman mi atención y mis cuidados, pero tu boca es un imán poderoso y no consigo desprenderme de ella. Al mismo tiempo tú notas mi virilidad a través de mi pantalón, pero no le haces caso: decides hacerme sufrir un poquito... más aún, me masajeas el paquete para que el sufrimiento aumente.
Por fin me liberas de tu encanto y procedo a bajar hacia tus pechos, bajo hasta ellos y me sitúo en tu canalillo, sintiendo como mis mejillas son acariciados por esos hermosos globos. Comienzo a lamerte uno de ellos, besándolo, cayendo en espiral hacia tu areola, y cuando llego a ella, me recreo con la diferente textura de la areola y el globo, mientras recorro su contorno con mi lengua. Luego siento cada gránulo, hasta que no puedo más y me dedico a tu maravilloso pezón, que opone resistencia a mis dientes y mi lengua, pero termina doblegándose a mi voluntad, para erigirse después en un monumento a la pasión. Después pierdo el control y los pellizco, mordisqueo, lamo, masajeo, deformo, levanto, junto... Sigo bajando y me recreo en tu ombligo, sondeando ese dulce abismo con mi lengua, acariciando sus paredes. Me levanto y me pongo detrás de ti. Tú te recoges el pelo y yo puedo besarte la nuca, y desde allí busco tu boca. Nuestras lenguas se buscan en esa posición, mientras mis manos no se separan de tus pechos.
Mi boca empieza a bajar por tu brazo, hasta llegar a tus dedos, que empiezo a chupar con calma, mirándote a los ojos. Tus pezones están tan duros y erguidos que siento la tentación de volver a ellos. Son muy exigentes y siempre están reclamando mi atención: tal y como me gustan. Sigo chupándote los dedos, en una clara sugerencia de lo que quiero que me hagas luego en mi "dedo".
Subo nuevamente por tu brazo, besando muñeca y codo, y mordiendo suavemente tu hombro. Mi lengua inicia un recorrido desdendente hacia tus nalgas, mientras mis manos recorren tu silueta (con una breve escapada hacia tus pechos, para tenerlos contentos). Siguen bajando por tus costados hasta llegar a tus caderas. Allí tiro de tu tanga (única prenda que restaba por desaparecer de tu piel) y tu magnífico culo queda ante mis golosos ojos. Comienzo a morderte suavemente en toda la extensión de tu trasero, dedicando una atención similar a la que di a tus pechos, que protestan al ver como sus prerrogativas son compartidas con otra parte de tu cuerpo.
Mi pene resalta dolorosamente a través del pantalón, y comienza a dolerme un poco, pero tus pechos vuelven a ser mi objetivo. Mientras los lamo nuevamente oigo tu respiración y los latidos de tu corazón, que me indican que estás tremendamente caliente (por si no me había dado cuenta todavía). Entonces me apartas, te agachas y me quitas el cinturón y la ropa interior. Comienzas a masajear todo mi aparato genital, preparándolo para recibir tus atenciones. Siento como tu lengua se desliza por mis testículos y finalmente se enreda en mi verga. Noto que tu lengua vuelve a la carga, y todo lo que intuí cuando me besabas se queda corto. Me estás haciendo una felación extraordinaria. Noto por el sonido de tu respiración que estás muy satisfecha del resultado. Yo quiero morirme. Siento la necesidad de eyacular, pero tu lengua se encarga de mantenerme fuera de tal posibilidad, domando mi ímpetu. Cuando notas que no puedo aguantar más te retiras y comienzas a besarme por todo el pecho, lamiendome los pezones.
Nos vamos a la cama. Te tiendo amorosamente sobre ella, y recorro una vez más tu cuerpo con mi lengua, de la cabeza a los pies. Noto que ya estás dispuesta. Me abrazo a ti y giro sobre mi mismo para que puedas cabalgarme. Coges mi pene y comienzas a excitar tu clítoris con su rosada cabecita. Tu mirada promete placeres inminentes, que están más allá de mi imaginación. Gruñes excitada, y yo siento como mi corazón y mis pulmones están al límite de su rendimiento. Te echas atrás. Te pones un preservativo en la boca, y me lo aplicas suavemente. Te colocas nuevamente en posición. Finalmente se produce la penetración. Empezamos despacito. Tus pechos chocan contra mi rostro, mientras mi boca trata de apretar alguno de tus pezones. A cada embestida mía tu gritas y gimes, mientras yo ya no puedo emitir sonido alguno. Mis manos hacen presa en tus nalgas, las cuales aprieto, acaricio y palmeo en repetidas ocasiones, haciendo que aceleres un poco. Yo me siento fuera de mi. Mis sienes están pulsando. Te dejas caer hacia adelante y esta nueva penetración dura eternamente. Siento como nuestros cuerpos se funden, en una comunión sin precedentes. Me besas en la boca, y mis dedos buscan tu ano, y comienzan a excitarlo
.
Afortunada casualidad, suena la primera campanada. Te retiras, y con la segunda vuelves a clavarte sobre mi lanza, y otra vez en la tercera, y en la cuarta, y en la quinta... Cuando llega la doceava campanada sientes que no puedes aguantar más y comienzas a moverte salvajemente para llegar al orgasmo. Siento como mi pene se derrite en tu interior, como una columna de hielo en una olla de vapor. Mis ojos se ponen en blanco. No respiro. Solo vivo. El placer me desborda, y una parte de mi mente interpreta por tus alaridos que estás en la misma situación que yo. Tenemos el orgasmo a la vez. Nunca en nuestras vidas hemos tenido uno igual. La sensación es indescriptible. Te apartas y te dejas caer sobre mi pecho... ¿cómo puede decir alguien que el sexo es algo sucio después de esto?.
Nuestras respiraciones se acompasan y nos besamos muchas veces, abrazados. Nuestros cuerpos están laxos después del ejercicio realizado. Toda la cena de nochevieja ya ha sido consumida. Empezamos a jugar con nuestros vellos púbicos, mientras nos miramos sin decir una palabra, felices, sudorosos.
Te levantas y me coges de la mano. Nos llevas al baño. Abres la ducha y dejas que corra el agua a una temperatura caliente, pero tirando a templada. El agua recorre nuestros cuerpos. Comenzamos a besarnos nuevamente, y nos frotamos vigorosamente nuestros cuerpos, recorriendolos con nuestras manos. Mis manos se centran sobre todo en tu pecho, en tu cara, en tu vientre, en tu espalda y en tus nalgas, mientras que tu te empeñas en que mi pene recupere su tamaño. Cuando alcanza un tamaño que consideras satisfactorio, me colocas un nuevo preservativo. Salgo de la bañera y me siento en la taza. Tu te sientas encima mío, y vuelves a cabalgarme. Una vez más siento la dulce agresión de tus pechos sobre mi cara. Siento que tus gritos me excitan cada vez más. Me cabalgas hasta llegar al éxtasis. Esta vez llegas tu primero al orgasmo. Pero sigues insistiendo para que yo también pueda terminar. Mis manos se marcan sobre tus nalgas. Clavo suavemente las uñas en ellas y les doy palmadas, mientras empujo para llegar lo más adentro posible. Volvemos a alcanzar el clímax juntos.

Llenamos la bañera de agua caliente y nos relajamos, mientras recorremos por enésima vez nuestros cuerpos y disfrutamos de nuestra soledad. Me bañas con amor, y yo me dejo hacer. Luego soy yo el que te da un masaje en la espalda, en la nuca y (¿como no?) en los pechos.
Nos levantamos, nos secamos mútuamente y nos disponemos a irnos. Te doy una palmadita en el trasero a la que respondes con una sonrisa picarona. Comienzas a vestirte, pero se hace difícil, porque mis manos están recorriendo, ávidas, tu cuerpo. Mi boca suplica sobre tu cuello tus atenciones. Me besas. Tu vestido vuelve a caer, y nuevamente nos vamos a la cama. Esta vez soy yo encima. Me colocas el preservativo como los anteriores. Nuevamente hacemos sufrir a la cama con nuestra fogosidad. La pobre chirría. Sigo embistiéndote, mientras mi sudor gotea sobre tu cara, hasta que nuevamente llegamos al orgasmo, una vez más juntos. Me dejo caer a tu lado, exhausto pero satisfecho. Tu estás inclinada sobre uno de tus costados, mirándome. Algo falla... ¡ah, claro! ¿cómo pude olvidarme?

La almohada esta bajo tu vientre, y tú estás tumbada de espaldas, ofreciéndome tu coñito. Mi dedo entra y comienza a explorar la amistosa cueva, en busca del mayor de los tesoros. Comienzo a excitar tu punto G, y noto como tu excitación vuelve a llenar la habitación con tus gemidos. Gruñes como un animal salvaje. Yo, que creía haber llegado al límite veo como mi pene vuelve a la carga... pero este es tu momento, y mi única misión es conseguir que tengas el quinto orgasmo de la noche. Gritas más que nunca... empiezo a pensar en cuantos de los inquilinos del hotel estarán masturbándose gracias a nosotros. Nunca te había visto así, pero me encanta. Finalmente llegas al clímax, y te dejas caer sobre la cama... pero yo no estoy dispuesto a dejarte.
Mi pene quiere guerra, y la quiere ahora (y a ver quien le convence para meterse en el pantalón con su tamaño actual...). Empiezo a penetrarte por detrás, pero por el coñito. Noto como me deslizo (no sé como) en tu interior. Mis manos vuelven a tus pechos, y mi boca a tu rostro. Gimes. Tu pelo baña mi cara y tu respiración es mi aliento. Una de mis manos se para en tu vientre y baja para enredarse en tu pubis. Seguimos así hasta que nuevamente tenemos un orgasmo conjunto.
Ahora si que ya es hora de irse. Ha sido una noche especial. Muy especial. Mientras nos vestimos observamos el lamentable aspecto que presenta la ropa de la cama, húmeda por fluídos varios. En toda la noche no hemos dicho una palabra... porque no hacía falta. Nuestras miradas, nuestros cuerpos, nuestras caricias lo decían todo. Nos miramos a los ojos y nos reímos a la vez... ¿qué pensará el servicio de habitaciones cuando tenga que limpiar este desastre?
En el ascensor bajamos toqueteándonos y besándonos, y al salir a la calle nos dirigimos a la fiesta del principio. Cogemos un taxi y observamos (con cierta sorpresa) que el taxista es el mismo de antes.

- ¿Qué tal han pasado la nochevieja, jóvenes?
- Ha estado muy bien... pero esperamos que el año que viene sea mejor: elegiremos mejor el local.- dices tú, picarona, mientras me guiñas un ojo.

[Indice general] - [Sexo] - [linux] - [humor] - [hard] - [miscelanea] - [Novedades]

Para hacerme llegar tus comentarios, sugerencias o si deseas colaborar con esta página, por favor, envíame un E-mail a marqueze (arroba) marqueze.net Web: http://www.marqueze.net