El tren
Hetero-polvazo. A veces se cuentan historias increíbles.
A veces se cuentan historias increíbles.
A veces son ciertas y a veces no lo son, pero sea como sea, nunca nos creen...
o al menos, a mí mis amigos me dicen que no me creen. Tal vez sí
se lo crean, y en secreto me estén envidiando, pero lo que es indudable,
es que les encanta que se las cuente.
Tres son mis amigos, a los que llamaré los señores X, M y D, para
no identificarlos de forma que tengan problemas en sus trabajos, pues ya sabemos
lo suspicaces que son los jefes con los empleados cuyos nombres aparecen en
los medios de comunicación, y lo poco amistosas que pueden llegar a ser
las novias de los mismos cuando el medio de comunicación es una página
con un alto número de contenidos de índole sexual.
Moralmente me parecen reprobables tales prejuicios, pero el mundo en el que
vivimos es así, y en el debemos vivir.
Tal vez os estéis preguntando a que viene una introducción como
esta, sobre todo porque mis amigos no son protagonistas, ni principales ni secundarios,
de la historia que voy a contaros, pero lo cierto es que si tienen algo que
ver.
La historia que voy a contaros me sucedió un día que volvía
de la ciudad en la que viven, a la que llamaremos C, yendo a la ciudad en la
que vivo, a la que llamaremos O, con un transbordo en una ciudad intermedia
a la que llamaremos S. Naturalmente, les había contado alguna de mis
historias, que os garantizo, son ciertas.
Bien, pues estaba yo en el tren que cubre el trayecto entre C y una ciudad del
sur llamada V y que se detiene en S, donde debo bajarme del ferrocarril para
hacer el mencionado transbordo, leyéndome una revista de cine a la que
para no hacer publicidad llamaremos F (es estupendo que el alfabeto europeo,
al que podríamos llamar A tenga tantas letras... si fuera tahitiano no
sabría que hacer con mi maravilloso alfabeto, al que podría llamar
T que tan sólo tiene once letras) cuando entró una hermosa chica,
rondando los treinta años, alta y esbelta y con unos ojos increíbles.
Verla fue quedar fascinado por el increíble magnetismo que de ella emanaba,
y por el exotismo de su atuendo, de sus tatuajes y del color de su cabello.
Era una de esas mujeres que hacen que la vida tenga otro color.
Esta chica, a la que llamaré I se sentó en el mismo compartimento
que yo... bueno, lo que en un tren regional puede ser llamado "compartimento",
pero dos filas de asientos atrás. En estos compartimentos los asientos
pueden ser movidos para hacer como pequeños corrillos (ya sabéis
a qué me refiero) con dos asientos mirando hacia adelante, y dos asientos
mirando hacia atrás... pues bien, ella iba mirando hacia adelante en
su corrillo, y yo hacia atrás en el mío.
I llevaba una blusa de cordoncillo, con un pareo, que le daban un aspecto ciertamente
hippy, pero no por ello exento de una extraña elegancia. Además,
de ella emanaba un cálido perfume que inundó la estancia, embriagando
mis sentidos. Ella debió darse cuenta de ello, porque me regaló
una sonrisa preciosa que me hizo sentir un poco molesto porque me di cuenta
de que la había estado mirando fijamente... mi turbación a ella
le parecía muy divertida, porque se echó a reir, regalando a mis
oidos una risa dulce y limpia, que no hizo si no hacerme reir a mi también.
Me fui a junto ella, y me presenté: Hola, soy Contremo.
Estuvimos hablando durante un ratito, y mis ojos resbalaban por toda su figura
sin que pudiera hacer gran cosa por controlarlos. Ella se dió cuenta,
y noté que le agradaban aquel tipo de miradas. Al cabo de un momento
tiró del cordoncillo dejándome un generoso escote que explorar
con mi vista, y diez minutos después, ese escote llegaba a su ombligo,
mi sonrisa a las orejas, y la tela de mis pantalones sufría por el inesperado
aumento de volumen a contener. De repente ella se levantó y me dijo si
la acompañaba al baño... yo le dije que encantado (¿para
qué ser grosero?).
Nada más meternos en el minúsculo recinto ella se volvió
hacia mí, cogió mi mano, y la llevó a las solapas de su
camisa.
Comencé a abrirlas muy lentamente, como temeroso de descubrir lo que
debajo de aquella tela se encontraba, como revelando un arcano misterio que
había permanecido oculto durante eones. La miré a los ojos, y
la besé brevemente, sólo un poquito, acariciando sus labios con
los míos. Terminé de abrir su camisa y pude ver su estupendo pecho,
moreno, fabulosamente erguido y con unos pezones enmarcados en unas areolas
oscuras y que, erguidos, eran un reflejo de cierta parte de mi anatomía
que deseaba ser liberada de la vil opresión a que estaba siendo sometida.
Mis manos comenzaron a ascender por sus costados, hasta alcanzar sus axilas,
dónde le hice unas suaves y breves cosquillas que hicieron que me dedicara
otra increíble sonrisa. Deseé besarla de nuevo, pero su rostro
me pareció tan bello que me parecía un crimen acercarme más
a él. Mis manos siguieron subiendo, hasta sus hombros, y cogiendo el
borde de la tela, hice descender la blusa por sus brazos, a los que de paso
iba acariciando. Cuando ella se vió libre de su blusa, pude apreciar
su magnífica figura, su soberbio pecho y su piel canela, sin ninguna
clase de marcas. Era una afrodita surgida de lo más profundo de mi imaginación
y que se había hecho real en aquella tarde de septiembre. Me acerqué
a I, y ella acarició mi pecho, mi costado, y mi espalda, antes de comenzar
a masajearme el trasero, mientras nuestros labios se fundían en un apasionado
beso, y nuestras lenguas comenzaban a explorar todas las posibilidades que nuestras
bocas ofrecían para su solaz. "Te deseo" me dijo, "te
deseo", le dije. Volví a besarla, y con los ojos cerrados podía
apreciar la suave y cálida textura de su pecho, así como la suave
agresión de sus pezones y el golpeteo de su corazón.
Ella se echó atrás, y me sentó en el pequeño receptáculo
que servía para arrojar las deposiciones a la vía, y me despojó
de mis pantalones y de mi ropa interior, y comenzó a masajear mi paquete
genital con la mano experta de quien disfruta de lo que está haciendo.
Mi pene desapareció en su boca, y comencé a sentir la suave caricia
de sus dientes, la maravillosa succión, su calidez, mientras su juguetona
lengua agasajaba a mi miembro con la más placentera de las sensaciones.
Mi pene entraba y salía de su boca, era besado, lamido, mordido, succionado
con una velocidad y una pericia sorprendentes. Nunca en mi vida había
experimentado las cosas que I me estaba haciendo sentir. Mi vista se nublaba
y sentía como mis sienes pulsaban. Mi corazón y mis pulmones estaban
trabajando a un ritmo salvaje, espoleados por el ritmo al que mi dulce torturadora
estaba sometiendo a mi cuerpo a partir de mi pene. Llegó el momento en
que no pude más, y ella lo percibió, y se apartó, mientras
mi siembra caía sobre una servilleta de papel que ella oportunamente
me facilitó para no ensuciar aún más el cuchitril en el
que nos hallábamos.
La abracé con fuerza, casi sin poder respirar, con las lágrimas
en mis mejillas, emocionado por la exhibición de artes amatorias que
me había hecho experimentar. No pude decirle nada. Sólo abrazarla
y besarla en la mejilla. No me atrevía a mirarla a la cara, por miedo
a descubrir que ella no era humana.
Nuestras respiraciones comenzaban a acompasarse. Mis manos reptaron por su espalda,
buscando el cierre de su pareo. Lo solté con un sólo gesto y vi
como su selva era frondosa y oscura, y que sólo el tejido de la prenda
que acababa de desprenderse la separaba del mundo. Aquello era mucho para mi.
Le di la vuelta y la apoyé contra el lavabo. Ella podía verse
en el espejo y podía ver como la fiebre del apareamiento había
convertido los luceros de sus ojos en dos llamas cuyo fuego se había
apoderado de mi alma. Se relamió, complacida con lo que iba a pasar,
mientras le mordía las nalgas y acariciaba sus piernas, estupendamente
bien torneadas con mis manos, que temblaban, ávidas por apoderarse de
aquel cuerpo joven y esbelto que me estaba ofreciendo con lujuriosa calma.
Seguí besando su espalda, mientras acariciaba su vientre, plano y firme
como una tabla y alcanzaba su orejita, para lo cual tuve que apartar su corta
melena, y le dije que era la mujer más hermosa del mundo, que era una
diosa enviada por el cielo para recompensar mis plegarias, un incendio que me
iba a consumir, le dije lo extraordinario que era su cuerpo, y lo suave que
era su piel. Ella me miró a través del espejo, complacida y hambrienta,
y con un leve gesto de sus labios me indicó su disponibilidad.
Comencé a penetrar su ano con mucha lentitud. Ella podía sentir
cada milímetro de desplazamiento, cada fricción, mientras me introducía
más y más en su cuerpo.
-Un macho paciente.- dijo.- me gusta.- Su voz estaba rota por la excitación,
y comenzó a contonear las caderas para que ambos sintiéramos más
placer.
Comencé a acariciar su vientre mientras me movía en su interior,
hacia adentro y hacia a fuera, cada vez con mayor rapidez. Ella gruñó,
como una fiera presa del hambre. Quería más. No la estaba saciando
y deseaba ser saciada. Comencé a moverme a un ritmo infernal, y una sonrisa
se dibujó en sus labios. Sus ojos eran una mancha borrosa, oculta bajo
su cabello. Era la viva imagen de la pasión, una visión que no
olvidaré mientras viva, y mientras la veía en el espejo, mis manos
entraban en su coñito y comenzaban a masturbarlo con veneración,
empapándose de sus flujos internos, lubricándose y haciéndome
partícipe de una pasión que estaa y está fuera del alcance
de mi conocimiento. Mientras la penetraba besaba sus hombros, gemía con
ella y trataba de decirle lo mucho que la estaba deseando, lo hermosa que era,
y ella sólo me pedía que siguiera adelante, que era lo que necesitaba...
y yo seguí y seguí, y mi pene estaba tan duro y tan crecido que
era incapaz de eyacular... así que seguía y seguía entrando
dentro de aquella mujer tan excepcional, de aquella hembra tan insaciable, de
aquella diosa tan divina, con toda la fuerza y la pasión que era capaz
de encontrar. No sé cuantas veces llegó al éxtasis en aquella
cabalgada memorable, lo que sí sé es que en el suelo había
un charquito, y que sus piernas se encontraban inundadas de su flujo. Por fín
ella percibió que iba a estallar y se aprestó a ayudarme. Comenzó
a moverse de una forma que convertía a todo lo que habíamos hecho
hasta entonces en una cosa sosa y aburrida, y cuando finalmente llegué
al éxtasis, ella curvó su espalda como para contener la sacudida,
llegando a un entendimiento supremo. Ambos nos derrumbamos sobre el lavabo.
Ella musitó algo, no sé exactamente que, pero la sonrisa de su
cara era extremadamente turbadora. Nunca en mi vida me había sentido
así, lleno después de haberme vaciado. Nunca en mi vida había
amado y deseado tanto a una mujer como la que tenía allí mismo.
Sentía como mi semen caía sobre mis piernas, goteando de su ano,
y a ella parecía encantarle la sensación.
Me levanté y me pasé la mano por la cabeza, incrédulo por
lo que habóa pasado, y respirando profundamente, mientras observaba como
ella se limpiaba. Ella me acercó a la pileta y comenzó comenzó
a lavarme con mucho amor, dándome frecuentes besitos en mi castigado
miembro, y diciéndole cosas como si fuera una entidad independiente de
mí. El agua fresca que sobre él caía también refrescaba
mi alma.
Ella comenzó a recoger sus cosas dedicándome una pícara
sonrisa, pero yo se las arrebaté y comencé a besarla en el cuello
y en los hombros. Ella se sintió contenta por mi reacción, y cuando
me alejé un poco, me dedicó otra de sus miradas. Me acerqué
a ella y le mordí suavemente la nariz y la barbilla, mientras acariciaba
sus costados. Mi boca comenzó a deslizarse por su piel, acercándome
a su pecho, que no había sido mimado de la forma en que se merecía...
y lo mimé mucho, recorriendo cada poro de su piel con mi lengua y con
mis labios, sintiendo su respiración desbocada y su corazón, que
latía a un ritmo increíble.
No puedo negarlo, me encantan los pechos. Soy un tetómano sin remedio,
y aquellos eran los pechos más hermosos y más sugerentes que había
tenido la ocasión de tener bajo mis atenciones. Tenían una textura
fabulosa, con una firmeza absolutamente increíble. Comencé a besarlos
con absoluta devoción, recreándome en cada rincón. Eran
unos pechos soberbios. Mi lengua los recorría en circulos, en diagonales...
de todas las formas que se me ocurría, y tracé con infinita paciencia
el contorno de sus areolas, saboreando la increíble diferencia de texturas
con el resto de la piel, recreándome con cada gránulo, atacando
a continuación el pezón con un ánsia infinita. Mi lengua
trató de aferrarse a aquel maravilloso obelisco del amor, y mis dientes
lo acariciaron con amor infinito, mientras mis manos excitaban el ya conquistado
ano.
Mi lengua comenzó a bajar por su liso vientre, y llegó hasta su
ombligo, centro del mundo para numerosas culturas y centro de mis atenciones
en aquel instante supremo. Mi lengua comenzó a explorarlo, imitando a
un pene que realiza la más dulce de sus funciones, y ella soltó
una risita por mi ocurrencia. Seguí bajando, y le di un apasionado beso
en sus otros labios, y los mordí con un ansia salvaje y una ternura exquisita.
Mi lengua comenzó a llamar a las puertas del paraíso, y como toda
respuesta recibió un chorro de néctar divino que empapó
mi corta barba. Un gruñido procedente de las alturas me indicó
que I había alcanzado una vez más el cielo.
Cogiéndome por el pelo me levantó y limpió todo el flujo
de mi cara con la lengua, relamiéndose de puro gusto. Me sentó
en la taza y comenzó a masajear nuevamente el paquete genital, ayudándose
de su boca para mimar a mi sufrido miembro, que nuevamente alcanzó su
extensión máxima.
Se sentó sobre mí, cabalgándome, y ella volvió a
llevar las riendas Me cabalgó al galope. Se movía como si en su
vida nunca más fuera a experimentar una sensación igual. Sus pechos
agredían dulcemente mi rostro, y mi boca pugnaba con ellos para intentar
atrapar uno de los pezones. Mis manos aferraban sus nalgas y de vez en cuando
le daban una palmadita, para espolear todavía más a aquella mujer
que estaba aniquilándome con su fuego. Ya no sentía nada. No veía.
No oía. Había alcanzado el nirvana, y en un instante de lucidez
pude ver que ella estaba igual. Nos movíamos mecánicamente, con
nuestros sistemas nerviosos sobrecargados por el aluvión de sensaciones.
Finalmente, sentí como la muerte me aferraba, y como mi cuerpo se vaciaba.
Sentí como su espalda se arqueaba, y mis oídos volvieron a la
vida con el desgarrador grito que escapó de su garganta, y luego sentí
como mi cuerpo era incapaz de sostenerme, y me dejé caer, mientras que
ella se dejó caer sobre mi. Vi su cara y la vi llorar de emoción.
Yo también lloraba. Y ambos reíamos. Y nos besábamos.
Cuando salimos del baño vimos a la revisora, una chica joven, completamente
pálida y temblando como una hoja, y con una mano dentro de su pantalón.
Me acerqué a ella y le dí un beso apasionado. Y ella no reaccionó.
Terminamos justo a tiempo de abandonar el tren. Ella siguió hacia V,
pero antes de eso me dio su número de teléfono, el 6.........
Al llegar al tren que iba hacia O, vi que la revisora de mi tren era la misma
que había estado escuchándonos en el trayecto de C a S.
-¿Vas a O?
- Sí.
Se mordió nerviosamente el labio, mirándome fijamente.
El trayecto de S a O dura el doble que el de C a S.
Por Contremo
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