GLINYS
Grandes series, hetero, infidelidad. Grandes sorpresas con
sus invitados.
Por VANESA
A MODO DE PRÓLOGO: Los hechos narrados no se basan en un hecho real. ¡Son la vida misma! Se han cambiado los nombres excepto el mío y de los lugares, he procurado mencionar los menos posibles. De todas formas, los personajes se reconocerán fácilmente, si por una feliz coincidencia, para mí vanidad de autora, leen esto.
Debo insistir en el hecho fundamental de mi matrimonio: los dos sabíamos lo que esperábamos del otro cuando firmamos los papeles. La separación en sí no supuso nada especial. Era algo asumido desde el momento en que decidimos casarnos. Fue la forma en la que se produjo lo desagradable de la historia.
Aunque sin ese final, ahora sería una divorciada luchando por sobrevivir en lugar de una joven, no tanto, soltera y muy rica.
Sin embargo, ahora sería muy fácil decir que hubiera preferido una u otra opción, no lo haré porque cuando se tiene mucho dinero o mucha hambre, los juicios no son claros.
Dado que mi aburrida existencia cambió definitivamente aquel fin de semana en que la conocí, comenzaré mi historia por él.
No fue estrictamente un fin de semana, pues empezó el sábado y acabó el lunes pero...
CAPÍTULO 1
Como decía todo comenzó el sábado
hacia las once de la mañana en el aeropuerto esperando el avión
privado de traía a nuestros huéspedes. Yo le pregunté a
mi marido:
- Querido, ¿tú crees que seré una compañía
adecuada para la señora de Peter? Al fin y al cabo podría ser
mi madre y considerando además, la diferencia cultural, no creo que tengamos
muchas cosas en común.
- Bah, no te preocupes.
- ¡Cómo no me voy a preocupar! Llevas una semana insistiendo en
lo importante que es hacer el negocio con Peter, en los millones que hay en
juego y en que todo tiene que salir perfecto. Lo único que creo tener
en común con ellos es el idioma y no del todo, ellos, me imagino, hablarán
inglés con acento del Medio Oeste, tu lo hablas con acento indescriptible
y yo con acento de Cork, pero ¿para qué quiero conocer su idioma
si no tengo de qué hablar con ellos? Me los imagino como un matrimonio
de puritanos muy estirados y con el pelo más bien blanco. En contraste
con ellos, nosotros debemos parecer chiquillos.
- Pero Van ¡Qué estás diciendo! Pete, es de mi edad y su
mujer, de la tuya más o menos.
- Yo tenía entendido que los dos eran de una edad similar a la tuya y
creo recordar que tienen algún nieto.
- Muchas gracias por decirme viejo. Yo tengo un nieto en camino, pero no me
traumatizo y Pete tampoco, pienso. Creo entender que no te dije que Pete se
divorció y se casó de nuevo, creo que su mujer tendrá tu
edad más o menos, de modo que en ese sentido no debes preocuparte porque
no creo que la mujer de Pete sea una vieja puritana. De todas formas, ellos
traen la intención de divertirse hoy y mañana, pero divertirse,
que el lunes habrá tiempo de trabajar.
- Entonces resumamos: ellos vinieron en el Concorde a Londres, han hecho la
primera parte del negocio y han tomado un avión privado para venir, nos
divertimos dos días y el tercero, mientras yo voy de compras o a visitar
museos o lo que sea con la mujer de Pete, este cierra el negocio contigo y un
señor de Londres; Pete y tú seréis unos cuantos millones
más ricos. Después de comer se montarán en el avión
que les ha traído y fin.
- Has resumido el plan perfectamente. ¡Creo que ese avión es el
que esperamos!
- Bien, seré una perfecta anfitriona, reina del hogar y todo eso, nuestros
invitados se sentirán felices y todos comeremos perdices o faisanes que
es lo que comen los ricos, por lo menos en las novelas.
El avión se detuvo delante de donde esperábamos y mientras nos
acercábamos se abrió la puerta y descendió un tripulante.
Seguidamente apareció Pete. Tenía que ser Pete. Parecía
hermano de mi marido. Solo que rubio oscuro, casi castaño claro, con
bastantes canas; de facciones correctas, que es lo que se dice cuando te tropiezas
con una persona que no es ni guapa ni fea ni destaca ningún rasgo en
particular, vestido con unos horribles pantalones de cuadros y polo blanco,
como si fuera a jugar al golf, la calva y la barriga pequeñas e igual
de disimuladas que las de Darío, al fin y al cabo ya han pasado los sesenta
aunque, por lo menos Darío asegura que acaba de cumplir los cincuenta,
me imagino que Pete hará lo mismo, pero si ellos quieren vivir la ilusión
por mí... Se abrazaron con mucha efusión, entonces aprecié
que Pete era unos diez o doce centímetros más alto y confirmé
mi primera impresión de ser como hermanos. Aunque los rasgos de la cara
no son parecidos, está ese algo en común, como un brillo interior,
tal vez la seguridad de pertenecer a una casta de privilegiados que les hace
tan parecidos. En definitiva nada que no esperara.
La sorpresa apareció en la puerta del avión. Fue una aparición,
algo espectacular. El sol, aunque alto, le daba de lleno, dejando mi cara en
la sombra. Me quité las gafas de sol para poder apreciar si aquello era
real o un sueño. Casi miro al rededor buscando las cámaras. Bajando
los escalones del avión estaba la rubia más despampanante que
cualquier mente calenturienta pueda imaginar. Las estrellas del cine de la época
dorada parecerían contrahechas a su lado.
Cuando recordamos la escena, la visión rubia y yo, nos tronchamos de
risa. Ella me recuerda la cara de boba que puse y yo le recuerdo la pinta de
personaje de película erótica que tenía. Porque parecía
sacada de una película, de esas películas con mucha silicona y
poco vestuario.
Lo que bajaba del avión era una cabellera dorada enmarcado una cara perfecta
de ojos azules inmensos, boca sensual, como se dice en las novelas y una expresión
de inocencia mezclada con asombro y un leve toque de picardía.
El cuerpo, bueno el cuerpo mareaba. Unos minutos después, cuando marchábamos
a la terminal, pude apreciar las caras de los hombres que nos cruzábamos.
Eso confirmó mi primera impresión. Aquel cuerpo me hizo sentir
insignificante. Yo tengo un cuerpo razonable, pero ante aquello me entraron
ganas de esconderme. Menos mal que pensando que recibiría a una vieja
dama me había vestido con una falda de vuelo a media pierna y una camisa
de manga corta. Esta ropa escondía mi feo cuerpo a los ojos de aquella
diosa.
Las piernas, dos poderosas columnas sobre unas sandalias de tacón. Cintura
de avispa y pecho... Me resisto a llamarlo pecho, pero de alguna manera hay
que llamarlo, enorme, redondo, firme, agresivo. Sin embargo en ese aspecto me
sentía mejor, el mío me parecía más equilibrado,
este era exuberante, sin duda que se llevaría las miradas y los deseos
antes que el mío, pero no lo envidiaba. Me sentí algo mejor. ¡Había
algo mío que me gustaba más que lo suyo!
Se acercó a los hombres, era casi tan alta como Darío, que ese
momento le daba los besos de rigor en estos casos. Para ello me ofreció
el perfil. De perfil mejoraba, el pecho se apreciaba en su esplendor y el trasero...
El trasero podía causar desastres naturales por sí solo.
Porque todo esto se revelaba bajo un atuendo hecho más para mostrar que
para tapar. Un increíblemente corto pantaloncito blanco y una corta camiseta
azul de tirantes, con inmenso escote, casi un top y tanto el pantalón
como la camiseta, tres tallas más pequeñas o al menos eso me pareció.
Los recuerdos de aquel momento se distorsionan con el tiempo y en estos momentos
no sé exactamente si lo que cuento es la realidad o una jugada de mi
imaginación. De hecho cuando tuvimos ocasión de ponernos juntas
frente a un espejo, desnudas, para que la ropa no distorsione, comprobé
que mi cuerpo no tenía nada que envidiarle al suyo e incluso ella me
envidiaba algunas partes, como yo le envidiaba otras. Pero aquella primera impresión
me amargó el día. Sé que es estúpido. Sé
que es mezquino. Pero hay momentos en que la estupidez y la mezquindad más
abyecta se apoderan de la persona y eclipsan, aunque sea por poco tiempo las
virtudes más o menos patentes que todos tenemos.
Me acerqué como sonámbula, recuerdo que le di dos besos a Pete
y que este me presentó a la diosa.
- Van, esta es Glinys. Cariño, ella es Van.
Nos besamos. Como una estúpida le pregunté:
-¿Cómo has dicho que te llamas?
Me contestó con una educada sonrisa, pero sus ojos echaban chispas.
- Glinys, querida, Glinys. Al principio cuesta pero enseguida te acostumbras.
La cosa no podía ir peor. Tenía que centrarme. Tranquilizarme.
El negocio lo primero. Por mal que me cayera aquella rubia, yo era una profesional.
Mi trabajo en la empresa era ese. Hacer que la gente se sintiera bien, acompañarles,
mostrarles lo que querían ver, llevarles a los sitios que querían
ir, en definitiva la perfecta relaciones públicas. Y lo hacía
bien. ¿Por qué no estaba funcionando?
- Es curioso como las cosas pueden salir al revés. - me comentó
cuando tocamos el tema- Me vestí de aquella forma para causaros una buena
impresión. Quería que me vieseis como una chica divertida con
ganas de pasarlo bien y que todos lo pasaran bien y defenderme del calor. ¡Que
espanto de calor!
- ¡Pero si era una mañana agradable! - Ciertamente, era agradable
pero hacía más calor que el acostumbrado en esas fechas y realmente
apetecía ir sin ropa.
- Pues al asomarme al exterior me golpeó el calor como una maza.
- ¿Qué hubiera pasado en julio y a las tres de la tarde?
- ¡No hubiera salido del avión! - Continuó en serio - Pues
salgo con esas intenciones, me da el golpe de calor y veo a una bellísima
mujer que me mira y va cambiando la cara hasta quedarse helada, con cara de
censura y cuando se aparta Pete y me presenta a Darío veo a otro Pete,
moreno y un poco más bajo que me desnuda con los ojos y que está
pensando en follarme allí mismo. ¡Pensé morir! ¡Vaya
impresión que había causado!
Me concentré. Cuando entramos en el edificio ya era la profesional sonriente
que hace felices a sus invitados.
Los hombres fueron a ver al jefe de la aduana. Darío no podía
permitir que a Pete le sellaran el pasaporte como a todo el mundo. El equipaje
sufrió una suerte parecida. Un agente abrió y cerró una
maleta sin mirar en su interior y eso fue todo.
- Mientras solucionan el tema de los pasaportes nuestro chofer se ocupará
de las maletas.
- ¿Es vuestro chofer? Es muy atractivo.
Seguro que encontraba a nuestro chofer más que atractivo pues lo devoraba
con la vista. Yo estaba desconcertada. Yo no devoro a nadie con la vista. Puede
que en una situación similar se note algún cambio en mi expresión,
pero desde luego, nada parecido a lo que hacía Glinys. Pensé que
sería la distinta mentalidad.
- Debes perdonar mi torpeza. Esperaba ver descender del avión a una venerable
dama y me encuentro con una joven bellísima. Eso me ha roto los esquemas,
el discurso que tenía preparado y demás.
- ¿Tanto te he decepcionado?
- ¡Al contrario! Somos de la misma edad, seguro que nos gustan las mismas
cosas, nos divertiremos. Pensaba en unos días horribles y prometen ser
inolvidables.
Llegaron los hombres y Darío dijo:
- Si podéis prescindir de alguna maleta hasta mañana, el chofer
la llevará a casa y así no tendremos que pasearla.
Glinys señaló dos que el chofer llevó hasta un coche familiar
que había un poco más allá. Luego volvió y acercó
las otras hasta el coche de Darío.
Mientras nuestro chofer acomodaba las maletas en el coche Pete dijo:
- Estamos a vuestra disposición para que nos enseñéis lo
que consideréis oportuno y pasemos dos días inolvidables.
Darío le contestó, naturalmente en inglés, pues ellos no
sabían ni una palabra en español:
- Os he preparado un programa mitad de diversión y mitad cultural. En
vez de ir a casa a dejar las maletas, haremos un pequeño viaje hasta
otra ciudad, que está muy cerca, donde después de instalarnos
en el hotel comenzaremos nuestro recorrido saboreando la gastronomía
que es un aspecto cultural de primer orden.
Terminado el acomodo de las maletas, Darío le indicó al chofer
que podía marcharse y así lo hizo en el otro coche. Nosotros no
acomodamos en el de Darío. Darío conduciendo, Pete a su lado y
nosotras en la parte trasera.
Algo más de una hora de viaje nos dejó en el sótano de
un hotel de cierto lujo y muy confortable situado en la ciudad vecina a la nuestra.
Una ducha y cambio de ropa.
Darío siguió con el mismo estilo, un pantalón y un polo.
Yo tenía que demostrar mis méritos, pero como mi ira se había
enfriado un tanto no quise abusar y sobre un tanga me puse un fino y ajustado
vestido corto una talla más pequeño y con generoso escote. Unas
cadenas de oro en el cuello y unos descubiertos zapatos negros de tacón
alto completaron el conjunto.
Pete se vistió más en consonancia. Pantalón liso y un polo,
le mejoraban algo. Su mujer un vestido de manga corta estampado abierto por
delante, por debajo de la rodilla y un cierto escote que al poco de verme amplió
abriendo el primer botón. Un hilo de perlas y sandalias completaban el
aire de inocencia maliciosa.
Fuimos a un restaurante donde Darío ordenó una comida típica,
durante la cual hablamos de trivialidades, del tiempo, moda, turismo...
Una vez concluida y situados en la cafetería ante sendas tazas de café
Darío se interesó por la experiencia que les suponía este
tipo de comida, ellos contestaron que aún dentro de los sabores extraños
les había parecido exquisita y que con gusto repetirían aunque
peligrase su línea. Darío les contestó entre risas que
no podrían repetir pues la variedad de platos es tan enorme que necesitarían
algo más que un fin de semana para probarlos todos. Hace poco Glinys
me comentó:
- Aquella primera comida fue extraña. Los sabores desconocidos; no eran
fuertes ni desagradables, pero resultaban extraños. Ahora que ya conozco
bastante de la cocina española, puedo apreciar cuando una comida es buena
o no. En aquel momento, pensé que sería buena porque Darío
no nos iba a dar nada que no fuera de primera, pero las alabanzas fueron por
lo que suponíamos no por lo que realmente sentíamos. De todas
formas comimos demasiado.
Luego Darío continuó diciendo:
- Ahora iremos a una corrida de toros, pero de una manera especial pues conozco
a uno de los espadas y antes y después de la corrida pasaremos donde
están los toreros y veremos la fiesta por dentro cosa que pocos pueden
hacer.
- Tendré que ir al hotel a cambiarme, con este vestido no puedo ir a
los toros.
- ¿Es necesario una ropa especial? Preguntó Glinys.
- No. Puedes vestirte con algunos tipos de ropa para la ocasión pero
en nuestro caso no es necesario, basta conque sea cómoda y fresca. Lo
importante es que sea adecuada para sentarse en un graderío. Con este
vestido los hombres estarían más pendientes a mis piernas que
a los toros. Pero el tuyo está bien. Para que te hagas una idea me pondré
un pantalón por encima de la rodilla y una camiseta o una blusa. Si te
piensas cambiar utiliza colores claros, no es imprescindible pero queda más
vistoso. Bueno, en realidad vístete como te dé la gana, imagina
que vas a un rodeo y acertarás. ¡Seguro!
Tal como estaba previsto, fuimos a saludar a los toreros y a desearles suerte,
y esas cosas que se supone se hacen en estos casos. Fuimos presentados al amigo
de Darío.
Martín, que así se llama, no pudo ni quiso evitar las miradas
que nos dedicó. La que le dedicó Glinys fue incendiaria. La mía
fue más disimulada, me limité a apreciar sus evidentes méritos
sin mostrar emociones. Darío le preguntó por su familia, y nos
explicó:
- El padre de Martín y yo fuimos compañeros de juegos, lo cual
supone que a Martín le conozco desde que nació; él también
es noble, marqués para más señas, aunque como yo, no va
presumiendo por ahí y también se dedica a los negocios. No podéis
imaginar la que se formó cuando el niño dijo que lo suyo era el
toro. Llegaron a un acuerdo, podría ser torero pero tendría que
terminar un curso en la Universidad. Pues bien, terminó primero de Económicas
con sobresaliente y luego se dedicó de lleno a torear y aquí le
tenéis, dentro de poco será el número uno.
Aquellas aclaraciones, entusiasmaron a Glinys; puso expresión de querer
devorarlo, no la censuré, el mozo estaba para eso y más; sin embargo
mantuve la mía indiferente, el muchacho, después de la explicación
de Darío, no era para mí así que para que soñar
cosas inconvenientes.
Martín estuvo encantador, explicando a Glinys, a la que devoraba con
la vista y a su marido cosas sobre la fiesta que, según él, les
ayudarían a disfrutar del espectáculo. En cuanto a mí,
al enterarse que era la esposa de Darío me trató con gran deferencia,
tal como trataría a su madre. ¡Lástima tener un hijo así!
- Peter no se da cuenta de que el chico está diciéndole a su mujer
¡vente a la cama! Y su mujer le dice a él lo mismo. ¿Serán
todos los hombres igual de despistados, solo este o es que le gustan los cuernos?
- Pensé mientras contemplaba la escena.
Naturalmente, nos acomodamos en una barrera. Como mandan los cánones.
Las mujeres en el centro y los hombres a los lados. Así estaban otras
dos parejas detrás nuestro, ellas a nuestras espaldas y ellos a las de
Darío y Pete.
Después de la ración de escote que me dio en la comida yo no iba
a ser menos, por lo que me puse unas bermudas amplias y una camiseta de tirantes
finos con un escote tan grande que un par de veces, con la emoción de
la lidia, se me salió el pecho. Pero ella se puso un vestido con cinturón,
para resaltar el talle y unos finos tirantes que bajaban por el lateral de la
espalda hasta juntase en un arco cerca de la cintura y por delante cerrándose
sobre el pecho también en un arco, justo en el borde de la areola.
Si mi pecho salió un par de veces, el de ella estaba constantemente fuera
y cuando estaba dentro era igual porque como la tela era tan fina, se marcaba
totalmente.
Los dos hombres de detrás estaban pendientes a nuestros escotes y las
mujeres pendientes de ellos pellizcándoles. Fue una desgracia para ellos
situarse allí porque no se enteraron de nada y eso que la corrida estuvo
bien, no fue excepcional, pero bien.
Cuando llegó el momento Martín le brindó su primer toro
a Glinys, ella se inclinó para agradecerlo y el muchacho recibió
una ración de pecho que le convenció para brindarle el segundo.
Si en el primer toro cada torero estaba más o menos, en su puesto, en
el segundo brindis se acumularon en aquella zona de la plaza. Aquello me irritaba.
Ahora, en la distancia, comprendo lo ridículo de aquellos celos, estaba
haciendo de perro del hortelano. Pero así somos las personas. Yo tenía
claro que Martín no era para mí, sin embargo no soportaba la idea
de que fuera para Glinys.
- Es costumbre hacerle un regalo al torero que te brinda un toro, pero naturalmente
tú no podías preverlo, y yo tampoco caí en la cuenta; de
modo que quedarás perfectamente dándole las gracias después
de la corrida -aclaró Darío tras del primer brindis.
Después del segundo brindis, ella preguntó
- ¿Qué debo hacer? ¡Me ha brindado otro toro!
Darío con cierta sorna, le dijo:
- Nada. Ya lo has hecho. Y confieso que en mis largos años de aficionado
no había visto brindar dos toros a la misma persona. ¡Has sentado
precedente! Pero no te preocupes. Insisto, bastará con que des las gracias.
Y así fue, Glinys le dio las gracias de una manera excesivamente efusiva,
para ser una señora y estar delante del marido ¿o era yo que veía
cosas raras? Al fin y al cabo un abrazo y dos sonoros besos no tienen tanta
importancia. Al menos Pete debió considerarlo así porque no hizo
ningún gesto. Martín se despidió alegando el lógico
cansancio y nosotros nos fuimos dando un paseo con el resto de la gente que
salía de la plaza.
CAPÍTULO 2
El contacto con la multitud produjo las consiguientes
miradas de admiración de los hombres y las de envidia de las mujeres,
creándonos un sentimiento de poder a nosotras y de vanidad a nuestros
maridos. ¡Los hombres no aprenderán nunca!
De pronto, Glinys llamó un taxi.
- ¡Perdonadme! Estoy algo cansada. Iré a descansar un poco, no
os preocupéis por mí. Seguid paseando, nos veremos en el hotel.
Por favor Van, ¿puedes dar la dirección al taxista?
Pete ni se inmutó. Lo lógico hubiese sido ofrecerse a acompañarla
pero no dijo ni pío.
Naturalmente continuamos nuestro paseo y yo más contenta pues todas las
miradas eran para mí.
· · · · · · · ·
Darío había comentado que Martín
se alojaba en nuestro hotel e incluso el número de la habitación.
Así que, Glinys, ni corta ni perezosa fue a agradecerle el brindis. Ella
no sabía que los toreros casi nunca están solos, se puede decir
que llevan como una corte cuya misión, lo mismo que las cortes de los
reyes de antes, consiste en atender los mínimos deseos del maestro. Pero
la suerte sonríe a los audaces y Glinys se encontró al torero
recién duchado y naturalmente, solo. Cuando abrió la puerta estaba
en albornoz y todavía se secaba.
- Perdone que le moleste pero antes se ha marchado un tanto brusco y pensé
si no le habría ofendido con mi efusividad.
- Por supuesto que no. Usted nunca podría ofenderme. Pase, por favor
y perdone que la reciba de esta forma.
-¡Oh! No se preocupe, está usted muy bien.
- ¿Quiere tomar algo?
-¡Oh! Gracias, un refresco irá bien.
- En realidad soy yo el que debe pedir disculpas por la imperdonable grosería
de abandonar a una mujer tan hermosa.- Mientras la devoraba con la vista. Y
no era para menos, Glinys estaba absolutamente excitada y sus pezones se marcaban
completamente bajo la fina tela. Le ruego acepte mi más humilde arrepentimiento
por tal ofensa. ¿Me perdona?
Esto último lo dijo en un susurro cerca de ella. Porque en vez de ir
a buscar el refresco fue acercándose mientras le hablaba, en inglés,
con ese acento tan turbador que tiene. Ella alzó su mano y recorrió
suavemente la solapa del albornoz con el dedo mientras dejaba el minúsculo
bolso sobre una mesa a sus espaldas. Él le pasó el brazo por la
cintura y la atrajo hacia sí, besándola con suavidad pero ella
le correspondió con una fiereza que les asombró. A ella porque
no se creía capaz y a él porque no esperaba tanta pasión
en una anglosajona.
Al rato se separaron. La contempló en todo su esplendor. Sus pechos apretaban
la tela queriendo salir. Suavemente le quitó el cinturón que cayó
al suelo y luego con no menos suavidad acercó las manos a los hombros
y sus dedos empujaron los tirantes que resbalaron por los brazos lo que provocó
la caída del vestido junto al cinturón.
Las manos de ella tampoco estuvieron ociosas, al mismo tiempo, le soltó
el cinturón y empujó el albornoz, que cayó instantes después
del vestido.
La boca de él comenzó a recorrer su cuello, bajando hasta el pecho
donde se entretuvo besando los duros pezones. Ella gemía suavemente y
le acariciaba la espalda subiendo las manos hasta su nuca cuando el se arrodilló
y le fue besando el estómago mientras sus manos recorrían los
costados.
Cuando su boca llegó al blanco encaje de las bragas, las manos tiraron
de ellas lentamente, mientras besaba la piel que iba quedando al descubierto.
De repente se detuvo y la miró con sorpresa al no encontrar vello donde
se supone debe haber, pero como ella estaba en éxtasis siguió
su camino hasta que las bragas cayeron al suelo. Unos fuertes tirones del pelo
le hicieron comprender que debía seguir, cuando cesaron, se levantó
y la besó suavemente en la boca.
Mientras la besaba, cada vez con más fuerza por la cara y el cuello,
ella le acariciaba por todo el cuerpo con sus manos. Cuando comprobó
que el estado de excitación de él era suficiente le empujó
suavemente y se separaron un poco. Tomaron aliento y volvieron a besarse. De
esta forma se dirigieron con mucha lentitud hacia la cama, la colcha voló
al otro extremo de la habitación y como temiendo romperla se sentaron
en la cama sin dejar de besarse y acariciarse.
Ella se dejó caer de espaldas y él la siguió. Volvió
a recorrer su cuerpo con la boca, muy despacio, con extraordinaria calma. Cuando
la lengua de él se introdujo en su sexo, ella lanzó unos gritos
tan fuertes que le sobresaltaron pero al levantar la cabeza comprobó
que ella se había relajado y estaba como muerta con la respiración
afanosa. Se echó a su lado y cerró los ojos.
Al cabo de unos minutos ella se incorporó sobre el codo y recorrió
el cuerpo de él con la vista, admirando su cara de sobria belleza, su
torso donde se marcaban débilmente los músculos bajo el escaso
vello, su vientre macizo sus piernas musculosas y sus atributos sobre los que
colgaba, semierecto su miembro.
Él seguía con los ojos cerrados. Ella comenzó a besarle
el pecho con mucha suavidad, siguió hacia abajo mientras continuaba inmóvil,
Al llegar al vientre, comprobó que su virilidad estaba razonable y sin
más, se dirigió hacia allí y se puso a chupar y besar con
verdadera furia. Ante tal pasión, la erección fue total. Tuvo
que dejarlo porque comenzó a notar contracciones en los músculos
adyacentes. Continuó besándole el interior de los muslos y luego
volvió a besarle en la boca.
Él seguía como una estatua. Se sentó sobre su cara. Sintió
como su lengua le recorría el sexo, cuando él le mordió,
tuvo otro orgasmo pero de una intensidad enorme. Se desplomó junto a
él.
Antes que se pudiera recuperar se echó sobre ella y fue a penetrarla
pero le empujó y tambaleándose, llegó hasta la mesita donde
había dejado su bolso. Rebuscó y volvió con un preservativo,
ya fuera de su envoltorio. Sin perder tiempo se lo puso con gran habilidad y
se dejó caer. Él la penetró. Comenzó a gritar mientras
se retorcía. Él la besó pero los gritos, aunque débiles,
siguieron un tiempo, luego, el silencio, roto levemente por los débiles
jadeos de él. Se salió.
Al momento volvió a entrar. La respuesta de ella fue tímida, estaba
en el límite de sus fuerzas; con todo, los espasmos que tuvo fueron fuertes.
Él volvió a salir y se echó boca arriba a su lado.
Cuando se recuperó lo suficiente, le miró y comprobó que
la erección continuaba. Sin perder tiempo le montó mirando a sus
pies. Comenzó a moverse con suavidad. Poco a poco fue aumentando el ritmo
hasta alcanzar el frenesí. Los aullidos de él se confundieron
con los gritos de ella.
Al rato se levantaron. Miró el reloj.
- Es muy tarde mi marido debe estar a punto de llegar.
En un momento, tenía las bragas y las sandalias puestas, se metió
el vestido por la cabeza y con el cinturón y el bolso en la mano le dio
un rápido beso y salió corriendo. Subió corriendo las escaleras
hasta el piso de encima y se precipitó en su habitación. Siguió
con suerte, nadie la vio.
Se sacó el vestido y lo depositó sobre una butaca, al quitarse
las bragas comprobó que estaban completamente mojadas, por lo que las
metió en el lavabo, se puso una bata y se derrumbó en la cama.
Al poco dormía.
· · · · · · · ·
Nuestro paseo duró como una hora. Pete
llamó a la puerta de su habitación y ella abrió con cara
de sueño. Al comprobar que estábamos nosotros se arregló
la bata y nos invitó a entrar
- Venimos a decirte que nos asearemos un poco y saldremos a cenar y a pasear.
Pero si te encuentras muy cansada, podemos salir más tarde o no salir,
como prefieras.
- Gracias, Darío, pero en cuanto me quite el sudor se irá el cansancio
y os acompañaré a donde queráis.
Nos fuimos a nuestra habitación.
Definitivamente, aquella rubia me caía mal. Su marido no. En realidad
no me caía. Era demasiado parecido a Darío como para que me cayera
mal, tampoco me podía caer bien. Tenía ese aire machista tan inconfundible,
pero me había acostumbrado al de mi marido y no me importaba. Pero ella...
Ella tenía algo que no encajaba, demasiado vital, demasiado cariñosa,
en fin, demasiado.
Aquella noche después de cenar, fuimos a pasear por el centro de la ciudad.
Después del espectáculo en los toros coincidimos, sin acordarlo,
en ropas más discretas. Nos incorporamos a la masa que paseaba por las
calles. Les extrañó la cantidad de gente. En las ciudades de América
hay gente en la calle por las noches. Lo que les sorprendió fue el ver
familias paseando y disfrutando de la noche, no entendían muy bien que
la noche fuera para las familias, que la gente normal estuviera hasta tan tarde
hablando de sus cosas, relajados y felices.
Cuando se veían varias parejas juntas, los hombres, normalmente, iban
delante hablando de sus cosas y las mujeres detrás hablando de las suyas.
Sin darnos cuenta nos encontramos en esa situación. Ellos delante y nosotras
detrás a cierta distancia.
Comenzamos a tratar de banalidades pero como íbamos, como las demás
mujeres, cogidas del brazo y nos hablábamos en voz baja y en inglés.
Pronto comenzaron los temas más serios. Ella dijo de pronto:
- Creo que no te caigo bien. Llevo todo el tiempo intentando ser tu amiga pero
no lo aceptas. ¡No lo soporto! Me gusta que la gente sea feliz a mi lado
y tú no lo eres. Estás como si te llevaran a la horca.
- No, no es eso, es que no me encuentro demasiado bien. Pero pasará.
- Insisto quiero ser tu amiga y que tú lo seas mía y para eso
hace falta un poco de voluntad y confianza. Yo pongo toda mi voluntad y quiero
confiar en ti, pero tú no confías en mí. ¡Por favor
al menos reconoce que no te caigo bien!
- Glinys, creo que llevo todo el día comportándome de una manera
estúpida e impropia de mí, lo que me produce desazón; pero
tratar a mi invitada como te estoy tratando, es imperdonable y me produce sonrojo.
- ¡Pero eso no es lo que yo quiero! Te comportas como la dama que eres
y lo que yo quiero es que trates como una igual, como a una amiga.
- No soy una dama y te aseguro que intento tratarte con el máximo cariño,
pero reconozco que no lo consigo y se me nota.
- No es eso lo que quiero. Quiero sinceridad. Que ese cariño, que dices
que pones, sea real. Y como seguir discutiendo es tontería voy a darte
una prueba de confianza total, luego me puedes corresponder con tu sinceridad
y confianza o utilizar lo que te voy a decir como te venga en gana. Esta tarde
cuando me fui al hotel me acosté con Martín. ¡Fue increíble!
Y además, pude comprobar que para que una mujer goce no es necesario
que el hombre sea un superdotado.
- ¡No lo puedo creer!
- ¿Parece increíble verdad? ¡Que un hombre así no
tenga eso gigante! ¡Y con lo que le abultaba el pantalón! Pero
ya te he dicho que he gozado como pocas veces.
- Perdona. Me refería a que hayas hecho una cosa así y encima
me lo cuentes. No sé qué decir. Si se sabe...
- Si se sabe, Peter me echará a patadas, pero es la única forma
que se me ha ocurrido para que seas mi amiga. Ahora dame una prueba de tu sinceridad.
Me quedé pensativa un momento, me había lanzado un órdago
y sólo tenía una opción: sincerarme totalmente, bueno casi
totalmente, había ciertos temas que no iba a contarle a ella ni a nadie.
Ante mi pausa dijo:
- Bien creo que solo me queda pedirte que seas discreta y lo que te he dicho
lo uses razonablemente.
- Por favor, no me hagas sentir peor de lo que me siento. No voy a contar a
nadie esto, quédate tranquila respecto a eso. Estaba pensando que no
tengo más remedio que contarte mis pensamientos y eso puede no ser fácil
para ninguna.
- Es lo que deseo, tu sinceridad aunque me duela. Te prometo que no te asesinaré,
ni siquiera te arañaré.
Sonreí ligeramente. Luego abiertamente y dije:
- Mi sinceridad no puede ser por que esta tensión. Lo que me pasa es
que estoy celosa.
- ¿Celosa? ¡Es increíble!
- Por favor no me interrumpas. O lo suelto de un tirón o no lo contaré
nunca. Me da demasiada vergüenza.
- ¡Es increíble! ¡Celos!
- Sí. Celos. No puedo soportar que seas más bella que yo y que
los hombres te miren y a mí me ignoren. Y luego esa forma que tienes
de comportarte, como una actriz de película barata, no barata no, erótica,
como una actriz erótica, de las malas. Y eso ha provocado mi desprecio.
Así que ya lo sabes: celos y desprecio. Si todavía me quieres
mirar a la cara es que además eres tonta, porque yo puedo soportar muchas
cosas, pero no el desprecio de nadie.
Se quedó pálida. Pero reaccionó con rapidez.
- No soy demasiado lista, pero eso no significa que tenga que tenga que escupirte.
Te he pedido sinceridad y me la has dado. Te lo agradezco. Y ahora escúchame
tú a mí. Cuando te vi al pié del avión sentí
una envidia horrible.
- ¿Tú? ¡Imposible! ¡Pero si parecías una diosa!
Tenías y tienes, claro, todo lo que sueñan los hombres. Aquí
los hombres sueñan con una rubia escultural de pelo largo ondulado.
- Tú si que cumplías mi ideal de mujer, elegante, guapa sin estridencias;
esa discreta melena castaño oscuro, tus ojos negros, como pozos sin fondo...
Entonces exageré la actuación: Tenía que ser la mejor ¡Tu
no viste la mirada de Pete cuando te vio desde el avión! La mirada que
tenía antes de casarnos. Vi un deseo muy fuerte, demasiado para mí
y cuando té vi saludando me devoraron los celos. Y estuve celosa todo
el tiempo hasta que en los toros me di cuenta que era absurdo, que qué
cosa mejor me podía pasar que ser la amiga de semejante mujer.
- Ahora veo lo ridículo de la situación. Las dos hemos estado
compitiendo a ver quien atrae más las miradas de los hombres, como si
eso fuera lo importante en esta vida. Yo, por mi parte, solo deseo que me perdones
y hacerte olvidar este día espantoso de la mejor manera que pueda.
- No tengo nada que perdonarte.
- Por favor, ahora soy yo la que desea que seamos amigas. No podemos serlo si
no reconoces que me he portado como una niña consentida y me perdonas.
- Está bien. Nos hemos portado como tontas en una competición
absurda.
- Entonces puesto que las dos hemos pecado perdonémonos de todo corazón.
Nos dimos dos sonoros besos que hicieron volver la cara a nuestros esposos pero
se encogieron de hombros y siguieron. Algunas personas nos miraron con curiosidad.
- Cuéntame como conquistaste a tu guapo y aristocrático marido.
Yo le conté a grandes rasgos como conocí y me casé con
Darío (versión oficial) y ella me contó con todo lujo de
detalles lo propio.
CAPÍTULO 3
Glinys había nacido en un pueblo del
Medio Oeste, cuando terminó el Instituto se fue a la ciudad a continuar
los estudios porque al contrario que a mí, se le daban muy bien. Para
costearse se puso a trabajar en un puesto ínfimo en una de las empresas
de Pete mientras estudiaba por las noches.
El primer año, lo pasó sin mayores sobresaltos llevando papeles
de un sitio a otro y conociendo a sus compañeros y el funcionamiento
de la empresa. El único incidente fue que en principio compartía
un apartamento con una compañera de la empresa, pero como no estudiaba,
por las noches se llevaba a alguien a compartir la cama y eso, naturalmente
le impedía estudiar, se mudó a otro apartamento ella sola pero
aumentaron los gastos. Sacó el primer curso de Económicas con
brillantez y aquel verano comenzó a ver las cosas de otra forma.
Se dio cuenta que había mucha gente con conocimientos y aptitudes mucho
menores que los suyos y que ocupaban cargos de mas responsabilidad. Se dijo
que tenía que subir ya o aunque terminara los estudios seguiría
en el mismo puesto. Para ascender en la empresa había dos formas, en
teoría: una eran las promociones internas en donde sometían a
los aspirantes a una serie de pruebas y los que las superaban ascendían
y otra que alguien adecuado te debiera un favor y te ascendiera, bien directamente,
si el puesto era bajo o bien aprovechando las promociones internas si el puesto
era de más responsabilidad. Esto suponía en la práctica
que solo había una forma de ascender: hacerle un favor a la persona adecuada
lo suficientemente importante como para que te tuviera que dar el puesto.
¿Y que tipo de favores se podían hacer a alguien muy por encima
de ti? Pues, salvo que le salvaras la vida o algo por el estilo, solo podían
ser de tipo sexual.
A sus diecinueve años solo podía contar dos frustrantes experiencias
en el Instituto.
- Eso es imposible. - le dije- No puedo creer que alguien como tú no
tuviera los mejores amantes que te hicieran gozar como loca.
- Es que en esa época mi cuerpo no era lo que es. Era bastante fea y
con el cuerpo de pena. Así que solo pude conseguir a dos desesperados
sin experiencia porque los que eran un mínimo guapos tenían a
otras chicas y ni me miraban.
Por tanto se encontraba con necesidad de ascender y en el año que llevaba
en el trabajo nadie le había propuesto ni siquiera tomar una copa, salvo
los compañeros del mismo nivel.
¡Tenía que hacer algo!
Con los ahorros se fue a una clínica de estética y se arregló
la cara, hasta donde le llegó el dinero.
Cuando volvió de vacaciones, su jefe inmediato se fijó en ella
y tras una desagradable tarde en un motel, pasó a ocupar una mesa con
un terminal y su sueldo se aumentó un poco.
Esa experiencia le estimuló para estudiar más.
A comienzo de curso aceptó en el apartamento a otra chica de la Universidad
con la condición de que aquel era un lugar exclusivamente de estudio.
Terminó el semestre con brillantez y aprovechando las vacaciones escolares
pidió un permiso y se arregló otro poco. Como tenía poco
dinero solo fue una liposucción en las caderas. Efecto mágico.
Los compañeros comenzaron a fijarse en ella.
El siguiente ascenso supondría un sueldo importante pero tendría
que hacer las pruebas en toda regla. Las pruebas no la preocupaban, coincidirían
con el final de curso y para entonces sería medio economista, con conocimientos
de sobra para el puesto. Le faltaba hacerle el favor a la persona adecuada.
Analizó la situación y se dio cuenta que no sería difícil
hacerle ese favor, pero que todas las aspirantes harían el mismo favor.
En realidad eran tres personas, pero las otras dos eran de menor categoría
y era difícil hacerles favores. Una era una señora y la otra un
caballero, ambas próximas a la jubilación, pero algo habría
que hacer. Optó por ser muy agradable con ellas y conseguir que la recordaran
como persona servicial y trabajadora. No tuvo problemas en conseguirlo.
El escollo principal era un tipo creído de guapo y por consiguiente ligón.
Ahí tuvo que maniobrar con mucho cuidado. Se dejó ver, demostró
sus cualidades como trabajadora y poco a poco el hombre comenzó el coqueteo.
No podía ceder demasiado pronto pues corría el riesgo de que la
olvidara. De modo que optó por la técnica del pescador, ceder
y tensar. De esta forma fue a su casa a menos de un mes de las pruebas.
La experiencia, fue neutra ni sufrió ni disfrutó. Para él
fue gloriosa pues ella jadeó y gritó de una manera exagerada.
- El muy imbécil parecía un pavo real cuando me llevó a
mi apartamento. Yo no me sentí del todo mal. Objetivamente constaté
un progreso, al menos no me dolió, podía deberse a que yo iba
aprendiendo o a que él era un experto. Como fuera, el objetivo se había
logrado. Cuando valorara las pruebas yo sería aquella que disfrutó
tanto con su experiencia amatoria.
- ¡Chicas! ¿Queréis tomar algo? - Dijo Darío señalando
un apetecible bar que había a su altura.
- Yo no. ¿Y tú? - contesté.
- Yo tampoco - añadió Glinys
Pete intervino:
- ¿De que estaréis hablando con tanto misterio que no os dais
cuenta de nada?
Glinys le contestó.
- De cosas importantes y no de las tonterías que habláis los hombres.
Ante esto siguieron su camino y Glinys siguió con su historia.
Se presentaron diez personas. Chicos y chicas.
- Creo que fui la mejor, objetivamente, si no lo creyera te lo diría.
También te digo que lo verdaderamente determinante para que me dieran
el puesto, fueron los jadeos y gritos en el momento adecuado.
Ascendió, le subieron el sueldo y su compañera de apartamento
se lió con un chico y como no le permitía pasar cuando ella estaba
estudiando, que era en las horas que ellos tenían para el amor, antes
de terminar el curso la dejó. No le importó demasiado pues el
aumento de sueldo le compensaba de sobra el quedarse sola. Tomó la decisión
de no compartir más el apartamento.
Volvió a la clínica. Esta vez pidió un pequeño préstamo
que le avaló la empresa así que se tocó la cara y se quitó
la grasa del vientre. Aquello era otra cosa. ¡Por fin los hombres volvían
la cara en la calle!
Y otra vez la rutina. Estudiaba como una loca. Ante su falta de atractivo, desde
chica se convenció que si quería ser algo en la vida sería
por su esfuerzo, que nadie le iba a dar nada y se lanzó al estudio. Claro
que Glinys es inteligente. Si no lo fuera de poco le hubiese servido tanto esfuerzo,
claro que sin ese esfuerzo aún estaría contándoles a las
gentes de su pueblo lo lista que es. Pero estas cosas son relativas. Yo estaba
en una situación de partida, digamos, igual que ella que no terminé
el bachiller. Caro que mi inteligencia no es como la suya. No es que sea menor
es que es distinta, sirve para otras cosas. Glinys es capaz de manejar un negocio,
de una manera brillante, aunque en esta época Pete la tenía de
adorno en un bonito despacho. Yo no. Si yo dirigiera un negocio iría
a la quiebra en un mes. Pero yo sé de la vida. Yo manejo a la gente.
Glinys en eso es inocente del todo, todavía no me explico como consiguió
ascender acostándose con la gente.
Al terminar el curso se presentó a un puesto de ayudante de ejecutivo
en la empresa central. Se presentaron tres mujeres. Esa fue su suerte. Si se
llega a presentar un hombre se lo dan a él. Pero ella fue la mejor y
se lo dieron. Y otra vez a la clínica. Otra vez la cara y el resto del
cuerpo. Ahora ya era guapa y tenía un tipo magnífico. Ya no se
sorprendía de las miradas de los hombres, ni de las de las mujeres. Descubrió
en estas dos tipos, envidia y deseo. Cuando pudo distinguirlas se sorprendió.
No imaginaba que pudiese ser deseada por una mujer. Claro que hasta hacía
muy poco tampoco pensaba ser deseada por un hombre.
El sueldo le hubiera permitido una casa confortable pero se puso la disciplina
del apartamento para no distraerse y terminar ese último curso con igual
brillantez que los anteriores. En su nuevo puesto estaba a las órdenes
de una mujer. Penélope, de treinta y siete años, soltera y sin
amante conocido a pesar de ser aceptablemente guapa y tener buen tipo aunque
un tanto rectilíneo.
La gente de la oficina llegó a la única conclusión que
se podía llegar y que me rondaba por la cabeza mientras la escuchaba,
¡miss Penélope era lesbiana! Por tanto nada más llegar a
su despacho se lo dijeron. Ella no lo creyó al principio y pensando que
era su deber como subordinada de confianza la defendía siempre.
Ahora que conozco a Glinys me imagino que sus defensas le harían a la
pobre Penélope más daño que otra cosa, pero le reconozco
la buena voluntad.
Penny era, aparte de bastante lisa por delante y por detrás, alta, rubia
aunque de pelo corto, grandes ojos azules y una extrema elegancia que resaltaba
con la sencillez de su vestuario. Su actitud para con el personal era absolutamente
profesional. No permitía los coqueteos ni las bromas en el trabajo por
lo que tenía fama de antipática y unido a las sospechas de homosexualidad
era el ejecutivo más impopular de la empresa. Ella lo compensaba de sobra
con una gran sencillez y sobre todo su extraordinaria eficiencia que la hacía
casi imprescindible.
Estas cualidades la hacían odiosa a las mujeres y como no aceptaba galanteos
pero era muy deseable, también la odiaban los hombres. A Pete no le caía
bien porque intentó encamarla y le rechazó, pero no se atrevió
a despedirla por su extraordinaria valía.
En esta situación terminó los estudios. Las notas fueron tan buenas
que le propusieron que siguiera en la Universidad cosa que rechazó discretamente
porque veía porvenir en la empresa y porque el sueldo era menor. De todas
formas siguió en la Universidad ampliando estudios hasta que se casó
y aún después aunque con menor intensidad. En ese sentido no perdía
el tiempo, Penny, porque así quería que la llamaran sus colaboradores,
le enseñaba con mucho placer porque ella estaba dispuesta a aprender
todo lo que le enseñaran.
Para celebrar su título de economista hizo la última visita a
la clínica, terminó de retocarse la cara y se puso silicona en
el pecho. Cuando apareció por el trabajo no ocurrió nada especial
lo que supuso una decepción. Cuando le comentó su frustración
a Penny, esta le dijo:
- Es natural. Un capullo de rosa es feo. La belleza la alcanza cuando se adorna.
Eso te pasa a ti. La belleza la tienes pero como vistes tan mal nadie se da
cuenta.
- ¿Tan mal visto? Ahora me gasto mucho en ropa. Incluso solo me pongo
ropa sexy.
- ¿Quieres sinceridad?
- Claro. Te considero mi amiga y además por eso te he preguntado.
- Te diré lo que pareces. Pareces una pueblerina metida en la ropa de
su hermana pequeña. Siempre lo has parecido, a mi no me gusta meterme
en cosas que no me importan, pero me has preguntado y te contesto y lo hago
de la manera más sincera y leal que puedo.
Se puso pálida y luego roja. Pudo articular:
- Te lo agradezco. Pero soy de pueblo y me compro esta ropa dos tallas menos
porque me gustaría que me admiraran los hombres, siempre me han despreciado.
- Parece increíble con lo guapa que eres.
- Bueno eso es ahora, he tardado cuatro años en conseguirlo. ¡Si
me hubieras conocido entonces! No te puedes hacer una idea.
- Si que puedo. Enséñame fotos.
- No tengo ninguna. En esa época huía de las cámaras. Ni
siquiera salía en los videos con motivo de los acontecimientos familiares.
¡Siempre manejaba yo la cámara! Las fotos de familia las hacía
yo. En fin que no hay nada y ahora me arrepiento porque casi no me acuerdo de
mi cara y una no debe perder tanto sus recuerdos, digo yo. Queda la foto de
mi expediente en la Universidad y la que entregué al entrar aquí,
que son la misma y que me aseguré que fueran lo suficientemente borrosas.
- Es igual. Glinys murió. ¡Viva Glinys!
- No te entiendo.
- Lo que digo es que la antigua Glinys está muerta. Tú eres otra
distinta físicamente. ¿Te has encontrado a alguno de tu pueblo?
- Voy de vez en cuando a ver mis padres y a mi hermano pero veo a muy poca gente.
- La próxima vez que vayas, ve a tomar algo en el bar donde ibas hace
cinco años, nadie te reconocerá. A eso me refiero. Tú no
eres su Glinys, eres otra persona. Pero la antigua Glinys no está enterrada
y mientras no la entierres no conseguirás nada.
- Ya no te sigo.
- Verás, hay un nuevo cuerpo y dentro una vieja personalidad. La vieja
personalidad iría bien, supongo, con el viejo cuerpo, pero no va bien,
en absoluto con el nuevo. Tienes que crear una personalidad que vaya bien con
tu cuerpo y puesto que este no se parece en nada al antiguo aquella no debe
parecerse en nada a la que, todavía, tienes.
- Lo entiendo. ¿Pero como me cambio la personalidad? No tengo ni idea.
Supongo que poniendo empeño con el tiempo lo lograré.
- Desde luego. Pero al pasar el tiempo la personalidad evoluciona por tanto
siempre tendrás un cierto desfase y por otra parte, la belleza, como
la rosa, se marchita y creo que no habrás sufrido tanto para que cuando
tengas el equilibrio interior, no tengas el cuerpo adecuado.
- Lo entiendo. Es más yo diría que lo siguiente que vas a decir
es que eres capaz de hacer el trabajo si me pongo incondicionalmente en tus
manos, que puedes conseguirlo, digamos en un año, con lo cual el desfase
no se produciría.
- Chica lista. Permíteme adivinar también el pensamiento. Estás
dispuesta pero no incondicionalmente, claro. Hay cosas que una chica no hace.
Si esta es lesbiana y me propone algo no voy a aceptarlo y se acabó.
¿Me equivoco? Te has puesto roja. Eso me dice que también soy
capaz de adivinar el pensamiento. Sé que se comenta, yo diría
que con mucho morbo, mi presunta homosexualidad, en este momento ni voy a afirmar
ni negar. Porque ¿qué valor tendría lo que yo pueda decirte
en este momento? Tú, como los demás habéis visto unos hechos
y habéis sacado unas conclusiones lógicas pero absolutamente en
el aire.
- Me siento fatal.
- Tranquila. Te estoy dando la primera clase. Cuando termine esta clase te darás
cuenta que piensas de otra forma. Continuo. Hechos: no acepto galanteos, ni
bromas, nadie me ha visto con un hombre, ni siquiera me han oído comentar
nada sobre aventuras. Conclusión: no le gustan los hombres. Esa conclusión
se puede aceptar. Pero cuando la han repetido tres personas, la cuarta no dice
"no le gustan los hombres" dice: "es lesbiana". Pronto se
oirá por ahí que me gusta el sado con mujeres. ¡Te apuesto
algo! Ahora aprende. Nadie la ha visto orinar, ni ha comentado nunca nada al
respecto, ni siquiera se la ha visto entrar en los aseos, ¿Cual es la
conclusión? ¡Vamos, dila!
- La conclusión es que eres muy discreta.
- En efecto. Con esos datos solo se puede llegar a una conclusión limitada.
Por otra parte hay una costumbre que nos dice que todo el mundo orina. Por eso
nadie afirmaría que tengo un metabolismo especial. Ahora, fíjate
que los hechos son los mismos pero la costumbre, lo que tenemos en el subconsciente
es distinto, cuando a una mujer no le interesan las cosas que hacen los hombres,
es lesbiana o al menos no le gustan los hombres. Sin embargo a nadie se le ocurren
otras alternativas. Una podría ser la de antes "es muy discreta"
otra podría ser "los hombres de aquí no valen" y así
sucesivamente. ¡Dame conclusiones!
- Creo que la única conclusión válida es que no debemos
sacar conclusiones. Debemos analizar y analizar y dudar y plantear varias posibilidades
sin llegar a nada definitivo.
- Lección aprendida, aunque tampoco hay que exagerar. Estamos gastando
un precioso tiempo que pertenece a la empresa. Te espero a cenar en mi casa.
Te daré la segunda lección.
Glinys se puso un vestido discreto y se presentó en la casa de Penny.
La casa era casi una mansión, de dos plantas, rodeada de jardín,
en un barrio de casas similares. Cuando la elogió, ella contestó
sencillamente:
- Me gusta vivir bien rodeada de gente a la que le gusta vivir bien.
No le enseñó la casa. Se acomodaron en una salita ante unos aperitivos;
Penny continuó:
- Quiero dejar clara una cosa: intencionadamente he dejado en el aire mi inclinación
sexual y así va ha seguir. Tendrás que descubrirlo por ti misma.
Yo no te voy a dar ninguna pista. Pero también he de dejar clara otra
cosa: nunca, que yo recuerde, se me ha pasado por la imaginación obligar
a nadie a hacer algo que vaya en contra de sus principios, en cualquier aspecto
de la vida y en este tema en concreto, si tú fueras homosexual jamás
te induciría a acostarte con un hombre. ¿Queda suficientemente
claro?
- Totalmente.
- Pues entonces pasemos a la segunda lección. En primer lugar ya veo
que has cambiado de ropa. De acuerdo. Es espantosa pero al menos pasarías
desapercibida. Ya es algo. Ahora subiremos a mi habitación y buscaremos
algo mas adecuado. Tengo mucha ropa y soy más alta que tú, por
tanto te vendrá bien. En segundo lugar te preguntarás el porqué
no te he enseñado la casa. La respuesta es simple, te la enseñaré
cuando seas capaz de apreciar la razón de la existencia de cada objeto
y del lugar que ocupa. Por tanto ver la casa no será una forma de lucirme
sino una lección más.
En el dormitorio Penny tenía una habitación como ropero, rápidamente
eligió una falda, una blusa y un chaleco.
- No pienses que soy así de rápida, es que ya las tenía
elegidas porque lo primero es enseñarte a vestir. Mañana iremos
de compras. Desnúdate.
Cuando se quedó en ropa interior, de color rojo y muy breve, Penny movió
la cabeza desaprobando.
- ¡Es espantoso! ¿De donde has sacado eso? ¡Mírate!
El tanga es tan reducido que se salen los pelos. O te rasuras o te pones un
tanga más grande. ¿Y el sujetador? No sujeta. Y lo primero que
tiene que hacer una prenda, es cumplir su función. Y ni siquiera es sexy.
¡No basta que te vendan un producto con unas determinadas características,
esas características tienen que cumplirse en ti. No basta que te lo digan.
Tengo preparado algo mejor aunque el sujetador va a ser difícil. Bueno,
adelante. Pero ¿qué ocurre ahora?
- Es que nunca me he desnudado delante de una mujer y me da vergüenza.
- Pues ahora será la primera. Lo más importante es que estés
orgullosa de tu cuerpo. Tienes que estar absolutamente convencida que nadie
tiene un cuerpo mejor que el tuyo y que por tanto todo el mundo tiene la obligación
de admirarlo.
- Eso me parece bien y no me da vergüenza enseñárselo a los
hombres pero a una mujer...
- Y más si es lesbiana, podría saltar sobre ti y comerte.
- Yo no estoy diciendo...
- Sé lo que estás pensando- interrumpió- y precisamente
por eso insisto, te desnudarás y yo te contemplaré por todos lados,
cuando aceptes eso y te muevas con naturalidad habremos conseguido el objetivo.
Por otra parte el ser yo de sexualidad dudosa, permitirá que enseñes
tu cuerpo a cualquiera. Si tu estuvieras convencida que soy una mujer "normal"
cuando te tropezaras con una homosexual no serías capaz de mostrar tu
cuerpo.
Así que se desnudó y fue adoptando poses. Al principio estaba
tensa, después se relajó. Cuando llegó a ese estado, en
que le daba igual que la miraran, Penny comenzó a corregirle posturas.
Ella se sorprendió. Penny le dijo que tenían mucho que hacer sobre
eso y que les llevaría muchos días.
- Una mujer desnuda no es nada. El erotismo está en las poses y en el
movimiento. Un movimiento mal hecho, una pose equivocada y una gloriosa lanza
se puede convertir en un deplorable colgajo.
Se puso las bragas. Parecían a medida. Color blanco. Unos discretos encajes,
un tamaño más bien reducido pero no mucho, eran pequeñas
pero daban la impresión de que sin ellas, una mujer no era nada. Con
el sujetador no hubo forma, a pesar de ser uno de los que usaba cuando se ponía
relleno.
- No importa, ya me figuraba algo así. Irás sin él. Mañana
compraremos varios. Pero de todas formas analízalo, compáralo
con el tuyo. Fíjate en el color, blanco, pureza, inocencia, eso les gusta
a los hombres que te interesan, las copas cubren algo más de la mitad
del pecho, tú no lo puedes observar, claro, por eso te lo digo, cumple
su función y deja suficiente escote. El tuyo no cumple su función.
Ahora no importa, pero dentro de unos años ya lo verás. De todas
formas hay que procurar que esos años sean los máximos, por tanto
y salvo ocasiones muy determinadas, que el sujetador sujete.
Se puso la ropa, al ser más baja y más ancha que Penny, le quedó
bien. Le insistió como tenía que ponerse el escote y le dio unas
cadenas para realzarlo. Cuando quedó completamente vestida parecía
la copia de Penny, pero sin gracia. Cuando terminó la velada le dijo
que era mejor que siguiera llevando sus ropas hasta que el cambio de personalidad
le permitiera utilizar un vestuario acorde con ella.
Al día siguiente compraron alguna ropa, poca, pues solo la iba a usar
en sus visitas a Penny. Al trabajo iría lo más discreta posible
introduciendo cambios a medida que estuviera preparada.
El aprendizaje no paraba ni sábados ni domingos, esos días eran
completos. Algunos días no trabajaban. La primera vez que ocurrió,
se sorprendió y Penny le recordó que tenía su vida privada,
gente a la que visitar y a la que recibir, familia, papeleos, en fin lo normal.
El aprendizaje lo abarcaba todo desde andar con un libro en la cabeza, hasta
determinadas lecturas o música, tácticas y estrategias para con
los hombres en fin todo lo necesario para destruir una personalidad y crear
otra distinta.
Glinys lo asimiló a una velocidad increíble, en seis meses parecía
una duquesa, Penny le dijo que tenía que parecer una reina, por lo menos,
pero en realidad sabía que le quedaba poco que hacer.
Esto se notaba, claro. Los compañeros iban detrás como las moscas,
Penny les regañó varias veces con lo que su fama de ogro aumentó
pero su satisfacción personal aumentó mucho más. Por fin,
una noche le dijo:
- Ya estás preparada para seducir a un hombre. Hemos de esperar al hombre
adecuado, como quiero ver tu capacidad, cuando consideres uno adecuado señálamelo
y te daré el visto bueno. Tengo plana confianza en tu elección,
pero no quiero riesgos, un error podría echar por tierra todo este esfuerzo.
Penny temía que una nueva experiencia desagradable, ahora que rebosaba
confianza, la deprimiera y tanto trabajo se fuera al traste. Porque el trabajo
fue de titanes.
Yo particularmente, al oírla, tenía mis dudas y ahora que la conozco
a fondo lo dudo plenamente. Glinys es una gran mujer en todos los sentidos.
Es cierto que en temas mundanos es una inocente, pero es inteligente y trabajadora
y no se deprime con facilidad. A mi entender un nuevo fracaso hubiera supuesto
un pequeño revés de un mes o dos a lo sumo. Tampoco hay que olvidar
que tenía buena maestra, al menos de su relato se desprendía eso.
La ocasión llegó a los pocos días en forma de joven ejecutivo
de otra empresa que tenía que tratar con el equipo de Penny.
[Indice general] - [Sexo] - [linux] - [humor] - [hard] - [miscelanea] - [Novedades]
![]()