GRANDES EXPERIENCIAS
Intercambio, gay, lésbico, infidelidad. A partir del
día que vio a su marido con otro hombre decidieron gozar juntos.
Introducción
Soy Fabiola. Llevo ocho años de matrimonio con Alfredo y no puedo quejarme
de él de ningún modo. Es amoroso, preocupado y muy responsable
con las cosas domésticas. Durante los primero cinco años estuve
muy enamorada, hasta que comenzamos a vivir esta experiencia que voy a relatarles.
Ahora, creo que lo amo aún más, pues descubrí que los caminos
de la vida son extraños y que las opiniones que nos hacemos de las cosas
no deben ser muy rígidas, pues nos impiden el acceso a la felicidad.
Todo se trata de aceptar las circunstancias como la vida misma las presenta,
sin andar juzgando cada cosa o persona de acuerdo a criterios que, la mayoría
de las veces, son incorrectos. Pero mejor les cuento mi historia.
I
Esa tarde quedamos en que Alfredo se quedaría en casa trabajando con
Martín en un proyecto de arquitectura que tenía muy buenas posibilidades.
Yo me había preparado para salir con Olga, mi amiga de la escuela de
Periodismo, con quien había hecho diabluras desde siempre. Y en esta
ocasión me encontraba sumamente inquieta, pues mi amiga había
invitado a un par de muchachos y yo sabía a dónde iba dirigido
eso. Me preocupaba por Alfredo, pero hacía más de un año
que él no se interesaba por mí y llegué a pensar que me
había reemplazado sexualmente. Como todos mis intentos habían
sido infructuosos, e impulsada por la necesidad, había aceptado esa invitación.
No sabía si podría hacerlo, tenía temor de no poder ocultárselo
a Alfredo... Estaba hecha un lío. Así que a medio camino di vuelta
el auto y volví a casa.
El proyecto estaba sobre la mesa del comedor, pero de Alfredo y Martín,
nada. Pensé que habían salido a comprar cerveza, así que
me dirigí al dormitorio. La luz estaba encendida. Escuché ruidos
y, sin saber por qué, me acerqué con cautela. La imagen me dejó
paralizada. Ambos estaban desnudos. Alfredo estaba acostado en la cama, de bruces,
y Martín, sobre él, lo penetraba completamente. Podía ver
aquella penetración perfectamente porque estaban de espaldas a mi.
-¿Te gusta? -dijo Martín mientras se movía cadenciosamente.
-Oh, si... Me gusta mucho... Me hacía tanta falta...
Sentí un nudo en la garganta, pero no podía moverme. Tenía
pánico de que me descubrieran. Intenté retroceder, pero no pude.
Y no podía quitar mis ojos de aquella imagen.
Alfredo levantó su trasero.
-Metela entera, por favor -dijo en un quejido de placer.
-¿Así? -dijo Martín empujando con fuerza.
Alfredo lanzó un quejido profundo.
-Si, así... Dame con fuerza.
Y Martín comenzó a moverse cada vez con más violencia.
Podía ver como el miembro de él entraba y salía casi completamente
del trasero de mi marido.
-Oh, si... Que placer... Cómo lo necesitaba...
-Ya me corro -dijo Martín.
-Si... Quiero sentirlo...
Y ambos comenzaron a quejarse. Retrocedí colocándome en la parte
oscura del pasillo. Entonces vi que Alfredo levantaba más su trasero
y su pene comenzaba a eyacular. ¡Estaba teniendo un orgasmo anal!
Me quedé en silencio. Los muchachos se recostaron uno junto al otro.
-Estuvo perfecto -dijo Alfredo acariciando el miembro de su amigo.
Martín le sonrió.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-Claro.
-¿Cuándo se lo vas a decir a Fabiola?
Alfredo hizo un gesto de pena.
-No lo sé. En verdad la quiero, y mucho, pero... Tú comprendes.
-Si. Lo sé. Pero no es justo que ella no lo sepa.
-Si. Tienes razón. Debo decírselo. Pero me aterra pensar que me
termine odiando por ello. Simplemente soy así, no lo puedo evitar. Y
quisiera que me entendiera... No me importaría que tuviera amantes, pero
no quisiera perderla.
Mi corazón dio un brinco. Ahora comprendía muchas de sus actitudes
para conmigo. Me deslicé suavemente por el pasillo y salí de la
casa. Me subí al auto y me marché. Mi cabeza estaba llena de ideas
extrañas. No comprendía muy bien la situación, pero sí
sabía que habían sucedido dos cosas: había descubierto
el secreto de mi marido y... ¡me había calentado como diablos!
II
Les voy a ahorrar los pormenores de las presentaciones en la casa de Olga. Solo
les diré que, media hora después de llegar, y después de
un gran trago de vodka y que el calorcillo del alcohol me inundara, nos tiramos
los cuatro en la cama de mi amiga y fornicamos a destajo.
Hasta la propia Olga se asombró de mi apetito. Solo quería ser
penetrada por todas partes y así lo hicieron. Cuando tres horas después
lo jóvenes se marcharon, nos quedamos con Olga en la cama.
-¿Te sucede algo? -me preguntó.
-¿Por qué?
-¿Cómo que por qué? Nunca te había visto tan...
activa...
Guardé silencio un momento y luego decidí contarle todo. El alejamiento
de Alfredo, mis sospechas infundadas y la sorpresa de esa noche.
Ella lo encontró de lo más divertido.
-¿Y qué tiene? -me dijo.
-¿Cómo que qué tiene?
-Si le gusta así, ¿por qué no? Es un buen tipo y te quiere.
¿No es lo importante?
-Quizás si... Pero... No sé...
-¿Te molesta que sea homosexual?
-Yo... Creo que sí... No sé...
-Porque yo también lo soy -dijo y comenzó acariciar mi muslo desnudo.
-¡OIga! -exclamé, retirándome.
-Tontita -dijo-. Ven aquí...
-¡No!
Pero me tomó por una muñeca y me arrojó de espaldas en
la cama, colocándose sobre mí.
-Siempre te he tenido ganas, cariño, pero nunca me atreví...
-Olga, no... Yo...
Pero no pude terminar. Pegó su boca a la mía mientras con su muslo
refregaba mi sexo y con sus manos sujetaba mis muñecas.
De pronto comencé a sentir que me encendía. Sentía sus
senos pegados a los míos, su boca jugosa revolcándose en la mía
y su sexo aún lleno de semen refregándose al mío.
Y le correspondí.
Y la besé por todo el cuerpo, le acaricie sus piernas, su trasero hermoso,
sus senos y su sexo que chorreaba. Ella se giró sobre mí y comenzó
a lamerme. Yo pequé mis labios a su sexo y la imité. Me corrí
una vez y ella también. Entonces se retiró sobre mío y
nos sentamos una frente a la otra, cruzando las piernas y pegando nuestros conejitos.
Comenzamos el delicioso sube y baja, refregándonos cada vez con más
ganas hasta que tuvimos otro orgasmo simultáneo maravilloso y nos quedamos
abrazadas en la cama.
-¿Vez? No era nada terrible -dijo.
-No...
-¿Comprendes ahora a Alfredo?
-Creo... Creo que si...
III
Regresé a casa. Alfredo estaba en el dormitorio viendo televisión.
Me senté a su lado y me ofreció galletas y patatas fritas.
-¿Cómo te fue? -preguntó.
-Bien... -dije en tono poco convincente.
-¿Pasó algo?
-No... Nada... Lo de siempre...
Y nos quedamos viendo la televisión. Yo pensaba en lo mío y, sin
duda, él en lo suyo. Y decidí que teníamos que hablar,
pero no era el momento. Eso se dio tres días después y fue de
una forma muy diferente.
Alfredo estaba en la cama, leyendo. Yo entré a su estudio a buscar algo
para leer y, en uno de los cajones, encontré un consolador, de esos que
tienen correas para atarselas a las caderas. Me dije que era una buena forma
de cambiar las cosas. Entonces me quité mi camisón, me coloqué
el consolador y me cubrí con la bata.
Entré al dormitorio. Alfredo seguía leyendo.
-Cariño, ¿podemos hablar? -dije algo temblorosa.
-Claro, ¿te sucede algo?
-No. Es decir, sí.
-¿Cómo qué?
-Bueno, como que necesito que me jodas -dije rápidamente, como temiendo
no poder decirlo.
El abrió los ojos, pues nunca le había hablado así.
-Pero... yo... -tartamudeó.
-O si lo prefieres -dije decidida- te jodo yo a ti...
Y me quité la bata.
Alfredo vio el consolador atado a mi cuerpo y no pudo evitar ponerse pálido
por la sorpresa.
-Yo...
-No, cariño. No te preocupes -le dije subiéndome a la cama-. Lo
sé y lo comprendo... Te quiero mucho.
Y lo besé con fuerza en la boca.
Él aún estaba algo desorientado. Decidí que tenía
que tomar la iniciativa.
-Ahora, date vuelta.
-Pero...
-¡Hazlo! -dije en tono perentorio.
Alfredo obedeció. Saqué del cajón de mi mesita uno de mis
potes de crema y embadurné el consolador.
-Abre las piernas, cariño -le dije.
Obedeció. Estaba con los ojos cerrados. Entonces separé sus nalgas
y coloqué la punta del consolador en la entrada de su ano.
-Ahora, cariño, di que me amas...
-Te amo... -dijo.
-¿Y te gusta como te penetro? -dije y comencé a empujar.
-Si... Si...
Poco a poco lo fui introduciendo hasta empalmarlo completamente.
-¿Quieres que te joda, cariño?
-Si... Hazlo, amorcito... Por favor...
Y comencé a darle cada vez con más gana.
El se incorporó. Lo abracé por el pecho mientras continuaba bombeando.
Bajé mis manos y tomé su miembro. Estaba duro y caliente. Comencé
a masturbarlo.
-Así, amor... Sigue así...
Y al cabo de un momento lanzaba chorros de semen.
Tuve una sensación extrañamente placentera. Sentía palpitar
su miembro en mi mano mientras él emitía gemidos de placer.
Entonces me retiré y me quité el consolador.
-Ahora -le dije- ¡chúpame! Dame placer.
Y me arrojé de espaldas abriendo las piernas frente a él.
Se arrojó de bruces y se hundió en mi sexo, con fuerza. Y fue
increíble. Tres orgasmos seguidos, casi sin pausa, hasta quedar agotada.
Después de eso nos acostamos y dormimos muy abrazados hasta el otro día.
IV
A partir de entonces todo fue diferente. Decidimos que íbamos a divertirnos
juntos, sin engaños ni mentiras.
En una ocasión, en un restauran, un tipo comenzó a hacerme señas.
Con Alfredo pensamos que era una buena oportunidad para comenzar nuestro juego.
Me acerqué al tipo y lo invité a bailar. No perdió el tiempo
y comenzó a acariciarme el trasero. Cuando noté que estaba lo
suficientemente caliente, lo llevé a nuestra mesa.
-Mi marido -le dije.
El tipo se cortó.
-No te preocupes -le dije-. Somos... liberales.
El tipo se sonrió.
Estuvimos conversando, sobre sexo obviamente para temperar aún más
la situación. Entonces le dije si quería cojerme.
-¡Claro! -dijo él.
-Pero hay una condición -le expliqué.
Me miró con desconfianza.
-¿Cual?
-Que tienes que cojerte a mi marido también.
El tipo pensó que era broma, pero al ver que no, inclinó la cabeza
y lo meditó un momento.
-¡Está bien! -dijo finalmente.
No fuimos al vehículo, un furgó que Alfredo sacó de la
oficina. Nos sentamos los tres adelante. Mientras Alfredo manejaba, yo me arrodillé
en el piso, le saqué el miembro al tipo y comencé a mamárselo.
Alfredo lo tomó con una de sus manos y comenzó a moverlo con suavidad.
-Está muy bueno -dijo.
Nos metimos en un callejón y nos detuvimos. Entonces pasamos a la parte
trasera del furgón. Le quité la ropa al tipo. Estaba hirviendo,
con su pene totalmente duro. Me desvestí frente a él y después
me incliné para volver a mamarlo. Al rato me puse de pie y me senté
sobre él. Su miembro me penetró con facilidad por la cantidad
de jugo que mi calentura había soltado. Comencé un suave sube
y baja. Alfredo se había quitado la ropa y se colocó detrás
mío. Entonces me levanté liberando el pene del tipo y Alfredo
lo engulló completo, chupándolo con ganas.
Me senté al lado del tipo y abrí las piernas. Alfredo se levantó
y le indicó al tipo:
-Métesela. Hazla gozar...
No se hizo de rogar. Se me echó encima y comenzó a darme con ganas.
Me sentía completamente llena. Su miembro crecía aún más
con la calentura y me jodía como nunca lo había sentido.
Pero no dejé que acabara. Le hice retirarse.
-Cariño -dije a Alfredo-, chúpame por favor.
Se inclinó delante mío y obedeció. Entonces le hice una
seña al tipo.
-¡Métesela entera!
Alfredo levantó su trasero. El tipo se colocó detrás y
lo penetró.
-¿Te gusta, cariño? -dije.
-Oh, si. Está increíble...
-Jódelo, cabrón -le dije al tipo-. Hazlo gozar...
-Si...
-¿Te gusta el culo de mi marido?
-Esta muy rico...
-Jódelo, entonces... Córrete en su culo...
-Si... Oh... Que culo...
-Chúpame, amor, que me corro.
Mientras, el tipo comenzó a dar señas de que llegaba al final.
Alfredo se irguió.
-¡Oh, amor... me corro!
Le cogí el pene y lo moví. Comenzó a tirar chorradas de
semen sobre mis tetas. El tipo comenzó a quejarse. Se corría sin
parar. Y tuve otro orgasmo de solo ver aquella escena.
Nos quedamos un momento en los asientos. Yo acariciaba al tipo estperando que
se recuperara, lo que no demoró mucho. Entonces me puse en cuatro patas.
-¡Jódeme! -le ordené.
No se hizo de rogar y me la metió de un golpe. Comenzó a bombear
con una movimiento delicioso. Alfredo se puso de pie y se colocó tras
el tipo. Este reaccionó...
-¡No! Yo...
Pero no lo dejé seguir. Lo abracé con fuerza con brazos y piernas.
-Te va a gustar, cabrón -le dije-. Jódeme, por favor... No te
preocupes...
Y le decía esto con tanto deseo, con tal calentura en las palabras, que
el tipo cedió.
Alfredo apuntó a su ano y lo penetró. Se quejó un poquito,
pero al momento noté que le tomaba el ritmo... y el gusto...
-Asi... -les dije- Muévanse juntos... Oh... que delicia...
Y el tipo comenzó a correrse dentro mío. Sentía los latigazos
de su semen en mi interior. Alfredo comenzó a quejarse.
-Me corro -me dijo-. ¡Que culo delicioso!
Y el tipo, sin separarse de mi, comenzó a moverse.
-¿Lo sientes? -le pregunté.
-Si -contestó con un quejido.
-¿Te gusta?
-Si... Si...
-¿Sientes como se corre mi marido?
-Oh... Si... Lo siento... Ah...
-Le gustó, cariño...
Y noté como se retiraba de mi vagina para empujar hacia atrás.
Entonces Alfredo descargó.
-Toma... -gritó-. Tómalo todo...
-Si... Dámelo -le contestó el tipo.
Yo me masturbaba como loca mientras sentía uno de esos orgasmos suaves
que se deslizan interminablemente.
V
Pero no se detuvo allí el asunto. Seguimos buscando otras aventuras.
A veces invitaba a Olga a mi casa y nos cogíamos a Alfredo con consoladores.
Y, en agradecimiento, él nos cojía a ambas. Era maravilloso.
Pero aquellas aventuras comenzaron a perder gracia pues se hacían habituales.
La más genial de todas, y la última que contaré en esta
ocasión, ocurrió al tiempo después.
Alfredo decidió invitar a su jefe y señora a comer a casa. Cuando
preparábamos la cena se le ocurrió.
-¿Y que tal si cojemos con ellos?
Lo encontré genial. El problema era como abordarlos. El jefe tiene sesenta
y dos años y su señora cincuenta y cinco. Ambos se encuentran
muy bien físicamente, pero eran bastante religiosos. Entonces vino la
idea del Viagra. Un poquito de esta pildorita y...
La cena estuvo grandiosa. Alfredo es un gran cocinero y su jefe, Carlos y su
señora Angela estaban encantados. Ya en los aperitivos les habíamos
dado la píldora. Además, subimos la calefacción y preparamos
unos tragos bastante contundentes.
Cuando pasamos a la sala ya los caballeros se habían quitados chaqueta
y corbata, mientras las damas habíamos desabotonado la parte superior
de nuestros vestidos.
Alfredo tuvo la buena idea de comentar las costumbres de ciertas tribus que
había visto en el cable. Costumbres sexuales, claro está. En un
momento fui al baño y me quité los calzones. Volví y me
senté frente a Carlos, abriendo levemente las piernas, para que tuviera
una buena visión. Noté que se dio cuenta y no podía evitar
dirigir la mirada entre mis piernas.
Alfredo se sentó junto a Angela y, con esa habilidad que le es natural,
comenzó a hablarle y, de vez en cuando, le tocaba un hombro, un brazo...
Hasta que puso una mano en su pierna y ella no hizo amago de molestarse.
Entonces me puse de pie.
-¿Saben? En mi juventud, para ganar un dinero, bailaba en un club nudista.
-¿En serio? -dijo Carlos.
-Es verdad -dijo Alfredo.
-Me gustaría darles una muestra -dije.
Carlos y Angela se miraron.
-Por mi esté bien -dijo ella.
Entonces Alfredo colocó un disco compacto con música suave.
Comencé mi escena de baile y a desvestirme como a poco hasta quedar totalmente
desnuda. Entonces me acerqué a Angela y, tomándola de las manos,
la hice levantarse.
-Te toca.
-No... Yo...
-Si, si... -dijo Carlos, entusiasmado.
-Pero, yo no sé...
-Déjate llevar -le dije.
Y le ayudé a soltarse el vestido. Poco a poco fue tomándole el
gusto hasta quedar tan desnuda como yo. Entonces la abracé y comenzamos
a bailar. Alfredo se acercó a Carlos.
-Vamos -le dijo- que mi mujer quiere que bailes con ella.
Se puso de pie de un salto y me abrazó. Mientras, Alfredo se acercó
a Angela, la que lo abrazó con deseo.
Lentamente le quité la ropa a Carlos mientras Alfredo hacía los
mismo con Angela. Al rato estábamos los cuatro desnudos, besándonos,
acariciándonos...
Me arrojé sobre el sofá y abrí las piernas. Carlos se abalanzó
sobre mi chocho y comenzó a comérselo con deseo.
Angela se puso de rodillas y comenzó a mamarle el pene a Alfredo. Yo
me levanté e hice que Carlos se sentara. Lo mamé hasta dejarlo
suficientemente erguido y me encaramé sobre él, introduciéndolo
en mi vagina completamente.
Alfredo se sentó junto a nosotros y Angela mi imitó, montándose
a mi marido. Yo me acerqué a ella y comencé a acariciarla. Ella
correspondió. Nos besamos.
Entonces me retiré de Carlos y, tomando a Angela, la hice salirse de
sobre Alfredo y arrojarse sobre el sofá. Me coloqué sobre ella,
poniendo mi sexo en su cara mientras yo me hundía en el suyo. Carlos
nos miraba alucinado. Alfredo se le acercó y antes que él atinara,
se sentó sobre su miembro y lo metió completo en su culo.
-Oh... -dijo-. Está delicioso.
Carlos lo miró con inquietud un momento, pero la forma en que mi marido
se movía lo entusiasmo.
-Sigue así... -le dijo.
-¿Te gusta?
-Esta exquisito... Sigue...
-Mira estas hembras -dijo Alfredo- como se chupan... Como se aman...
Fue una locura. Al momento ya esta todo permitido. Carlos me la metió
en el culo mientras yo chupaba a Angela y ella se la mamaba a Alfredo. Después
comencé a chupársela a Carlos mientras Alfredo se la metía
en el culo y Angela me chupaba el chocho como loca.
A las cuatro de la madrugada, cuando se marcharon, nos despedimos con muchos
besos jugosos entre los cuatro y prometieron repetir la experiencia.
Desde entonces Alfredo es el segundo en la empresa. Me ha contado como coje
con Carlos en la oficina. Por mi parte, me encantó la forma de hacer
sexo de Angela y la uní al grupo junto con Olga, haciendo unos tríos
maravillosos.
Lo último es que Alfredo me contó que llegó un nuevo arquitecto
con el cual cojieron, él y Carlos. Solo falta que lo traiga a casa para
que me lo coja yo...
...
Estas son algunas de las aventuras. Quizás, algún día,
les cuente las demás, las que vivimos en un avión rumbo a México,
o la experiencia que tuvimos con cuatro obreros en una edificio que Alfredo
construía en Argentina. También está Marian, la bella inglesita
que chupé por todas partes mientras Alfredo la cojía en el culo.
O Federico, que se enamoró del culo de Alfredo y el mío...
Hasta pronto.
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