UNA HISTORIA QUE DEBE SER CONTADA (III)
Hetero, infidelidad. Si una serie de sucesos puede salir mal, saldrá mal en la peor secuencia
posible.


Continuación del relato "Una historia que debe ser contada II", publicado el 22-03-2002.

Esta es la última entrega de mi desdichada experiencia personal, que tal vez
haya interesado a algunas personas. Para mí ha sido un honor ver mi
historia junto con otras de gran contenido emocional para quienes las
vivieron, lo cual me hizo sentir en cierta forma identificado, y claro,
junto a otras locas aventuras que al parecer sólo ocurrieron en la mente de
sus autores, aunque sin embargo eso no tiene nada de malo, porque las
intenciones de casi la totalidad de quienes se atreven a contar algo en esta
página son entretener, seducir, y por qué no, ofrecer un momento placentero.
Como dije en la primera parte, mi único interés era liberar mi memoria de un
peso terrible, y porque se me antojó que valía la pena que otras personas
conocieran mi caso, y aunque tal vez no haya moraleja en los acontecimientos
que hoy serán revelados, quiero que reflexionen un poco en las sabias
palabras de un optimista no tan anónimo, que hacen parte de las Leyes de
Murphy, que invito a consultarlas y se pueden adquirir en cualquier
biblioteca o librería. He aquí las "Leyes del Juego de la Vida:"

1º. Usted no puede ganar.
2º Usted no puede empatar.
3º- Usted no puede abandonar el Juego.

Gracias por su paciencia, por tomarse el tiempo de leer mi penitencia, y
guarden los secretos que aquí voy a confesar:

Carmen, que así se llama mi consorte (es su verdadero nombre pero nadie la
llama así porque lo detesta), estaba en la cama junto a mí y a punto de
contarme un secreto terrible que era mejor que lo supiera a tiempo en orden
a evitar una mala reacción de mi parte cuando nazca nuestro hijo.

Demasiada tensión, ella sabía que algo andaba muy mal y no quería contarme,
porque una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Lo demás es lo de
menos. Para ser claros, luego de la intempestiva ruptura con Tiburcio (su
verdadero nombre es Fernando, bueno sí, que se sepa), ella alma dócil y
sencilla, había urdido un plan perfecto para estar con el susodicho sin que
me enterara. No le había gustado nada que hubiera interrumpido la faena
cuando estuvo con él en la cabaña, y aunque a mi juicio él le había hecho
probar lo que quería, pues no señoras y señores, ya dije ansiaba
experimentar la novedad de una nueva piel hasta embriagarse y no solo beber
un sorbo.

Gentiles señoras, distinguidos caballeros, casi con la naturalidad con que una
mujer te cuenta que se inscribió en un curso de manualidades: o que
descubrió un restaurante donde preparan un café con deliciosos pasteles (a
ella le encantan los pasteles de pollo de un acogedor café que se llama
"Rincón de España"), casi sin inhibiciones, pero conciente que era lo mejor
para nosotros, me confesó lo inconfesable. No sabía quién era el padre
de la criatura que se gestaba en su vientre.

Sentí un vacío en el estómago, los que saben lo que se siente subir y bajar
en una montaña rusa saben de lo que hablo, y no sabía qué decir ni que
pensar. La ley Colombiana, como la de muchos otros lugares supongo,
presume que el hijo concebido dentro del matrimonio es del marido. Así que
la intención de mi mujer era saber si estaba dispuesto a asumir esa carga o
partir cobijas y cada cual por su lado. No era infundado el temor a que
la verdad se supiera de la peor forma. Con el hijo dentro de vientre nada
se puede saber anticipadamente. Pero una vez que la criatura salga a sufrir
en este valle de lágrimas, tal vez algunos rasgos delatarían al verdadero
padre. Lo sabría ella, lo sabría él, y por su puesto yo. El quid del
asunto es si yo estaba en condiciones de aceptarlo.
Claro que como podía ser de él, podría ser mío. Así que antes de montar en
cólera, tenía que saber la verdad...
cómo, (bueno eso no era tan necesario), cuándo, dónde. Por qué (eso ya me lo
figuraba), para qué (probablemente ni ella lo sabría), en fin, todos los
detalles.

En fin, se me pasó poco a poco el malestar y a decir verdad quería saber
cómo había cometido el pecado perfecto. Lo que sigue no me consta, así
que para reconstruir los hechos tuve que primero escucharla, y luego, tal y
como lo suelo hacer con los testigos de un proceso, interrogarla hasta
llegar a los detalles más crudos. Un poco masoquista de mi parte, pero ya
qué sentido tenía cerrar los ojos y tratar de desconocer los sucesos
ocurridos aquel día. Como sea, aquí está su versión de lo que sucedió, no
sin antes señalar que este secreto de tres ahora es de algunos más, y ella
no sabe que está siendo revelado. Eso hace parte de mi venganza. Mientras
escribo esto ella duerme en el cuarto de al lado. No sabe que este secreto
será develado. Tampoco comparto su relato en primera persona porque como les
digo, ni fui testigo ni es ella directamente quien les contará lo
acontecido, aunque con todo el detalle que pude extraer de sus propios
labios, trataré de retratar lo que sucedió ese día con toda la fidelidad que
me sea posible pues así me imagino que fue la cosa, por cuanto a ella le
tomó mucho tiempo contarme cada detalle de lo que ocurrió esa tarde con su
conquista:

Luego de despedirse de su esposo quien se marchaba al trabajo, ella decidió
que era el día perfecto para hacer el amor con Fernando. Toda la pasión
que había encendido el muchacho estaba a punto de salir en átomos volando y
si no era ese día no era nunca. El mozalbete comenzaría sus clases de
secundaria y ella volvería a trabajar, todo regresaría a la normalidad y las
cosas se enfriarían lo suficiente como para que en las próximas vacaciones
la aventura sea sólo un recuerdo. Antes que eso pase, había que aprovechar
la conjunción planetaria y estar con él una vez más, y absorber hasta la
última gota de su simiente, aunque como pasaron las cosas, mas bien fueron
litros los que fueron asimilados por esta mujer sedienta de novedad sexual.
Luego de terminar con algunas labores domésticas, para disimular un poco y
alegar que se le había ido el día en hacer algo productivo, la fémina tomó
el teléfono y llamó a su admirador. Concertaron cita para la primera hora
de la tarde, luego que el marido regresara a sus quehaceres en los juzgados
después de haber almorzado con su hacendosa y cándida esposa, es decir, ella
misma. Interesante anotar que según la dama ella no quería hacer nada
indebido, sólo conversar y terminar la relación pacíficamente como se estila
hacer todo por estos días en Colombia. En fin, la idea era encontrarse en
un lugar neutral, y aclarar algunas cosas que no se dijeron en su momento,
tal vez un beso y una última caricia. Pero nada más. Claro que ya
estando en confianza, un cálido abrazo de despedida no le haría daño a
nadie. En España, y tal vez en algunos otros lugares de Latinoamérica, un
beso en la boca no sería tan mal visto entre dos amigos de sexos opuestos.
Eso sería tal vez el último regalo que ella le daría. Eso informa la
señora. Esas eran sus intenciones, lo jura. Pero si va a ser honesta
consigo misma, tal vez además de hablar un poco, sentir de nuevo esos labios
apretarse contra los suyos, mientras las lenguas se buscan mutuamente y
pelean como dos espadachines medievales, era lo más que se atrevería a
hacer. Pero hasta ahí no más. Lo que pasó es historia y no se volvería a
repetir. Punto.
Así que luego de un almuerzo delicioso, el esposo regresa a su trabajo de
llanero solitario, a luchar por la justicia. Ella se arregla, y de pronto
el teléfono suena. ¿Quién sería? no podía ser otro que el amante lampiño
con el lugar perfecto para un último encuentro -para conversar - según le
advierte ella. Los padres del joven ocupados como son no regresarían a
casa sino hasta la noche, toda la tarde estaría el chico solo en su hogar,
pobre angelito, ¿por qué no vienes acá y hablamos un poquillo?. Anda no
seas mala, que con esta inseguridad es malo dejar la casa sola. Y ella
aceptó, ¡Cómo podía decir que no!. Si no lo proponía él, tal vez lo
hubiera hecho ella: "oye Fercho, no es bueno dejar la casa sola, ven y
conversamos un instante, y de paso vigilamos el patrimonio que los
apartamenteros esperan hurtar tan pronto yo salga." Pero como él se había
adelantado... Además pondría en entredicho su intención de tener una
apacible tarde de té y serena plática. No, ella no podía darse el lujo de
exponerse de esa forma. Ella mayor, no podía admitir que tenía esa loca
pasión por un caballero que podía ser su hermano menor. Lo de la cabaña
fue un estado de demencia temporal, le diría.

Jóvenes, tanta capacidad para amar pero con frecuencia desperdiciada en un
cuarto de baño, con una amante de papel. Cuántos podrán decir que han tenido
la oportunidad de amar a una mujer y demostrar por qué la adolescencia es la
época más ardiente de la vida. Lástima que para muchos, la única pareja
que llegan a conocer en esta etapa tiene cinco dedos, o para algunas
adolescentes, sólo funciona con baterías doble A. Mala cosa. Cuando
llega la edad de contraer nupcias, gran parte de ese frenesí y aguante se ha
evaporado. Y se necesita tiempo para recuperarse.
Por lo menos con el paso del tiempo la experiencia ayuda un poco a
descubrir que aunque el clímax es más esquivo, se pueden disfrutar los
beneficios de una sexualidad más madura. Es un consuelo. Porque las
hazañas que siguen, no las voy a poder igualar ahora... Por lo menos no en
la forma en que las debió disfrutar mi rival, el joven.

Carmen tomó algunas cosas que podía necesitar. El bolso de una mujer es como
una Caja de Pandora: su lápiz de labios; algo de dinero; documentos de
identificación (aunque a ellas en este país casi nunca se los exigen); un
pequeño frasco de perfume; cepillo para el cabello; goma de mascar de sabor
a menta (aliento fresco instantáneo y al alcance de la mano); unos diminutos
interiores, tangas o bragas como dicen en el otro lado del charco (y esto
hace inverosímil creer que ella quería tan solo conversar), y un baby doll
blanco regalo de un marido amoroso especial para una noche - o tarde- de
intimidad; un paquete de pañuelos faciales desechables de bolsillo; llaves
de la casa; un disco compacto de baladas en inglés que a ella le fascinan;
agenda de bolsillo digital (nunca se sabe cuándo se puede necesitar anotar o
consultar un número telefónico dicen ellas, las mejores usuarias del
servicio de chisme en línea y la eterna charla telefónica); finalmente algo
que cada vez es más frecuente en el bolso de las damas, toda vez que la
seguridad también depende de ellas y como sucede con ellos, ya nunca se
sabe... condones.
No por hacer propaganda, pero este tipo de preservativos aunque no son de
látex son resistentes, y son tan increíbles que los puede usar el hombre o
la mujer, sin que ni uno ni otro lo noten. Transparentes, tan fáciles de
usar y de cargar debido a que se presentan en forma de sobre (pueden
llevarse en la billetera del caballero porque vienen empacados en lo que
parece tarjeta de crédito sólo que un poco más gruesa que una "Visa"
naturalmente), son el mejor invento después de los profilácticos de colores
y sabores. Además se pueden usar cualquier tipo de lubricantes, al
contrario de los de látex que al contacto con algunos a base de aceite, se
vuelven porosos. Y lo más increíble es que fueron inventados en Colombia.
O al menos eso se supo por un importante medio de comunicación.

Basta de comerciales, luego de este breve mensaje de los patrocinadores (no
es cierto), las cosas se fueron dando. Con todo lo necesario y más allá de
lo que se podría necesitar, salió la esposa rumbo a lo que sería un resto
de día memorable por muchas razones.

Tomo un taxi para llegar a casa, y entró. Estaba un poco nerviosa. Los
vecinos podrían verla entrar y algún ciudadano con mucho tiempo libre podría
delatarla. Entró a la casa y el personaje le dio un beso en la mejilla de
bienvenida. Se sentaron en la sala y en efecto conversaron un poco de
todo, de ellos y de lo que había pasado. Ella le dijo que era la última
vez que se verían a solas y que nunca más habría de ocurrir lo que ocurrió
en la cabaña, que era muy peligroso y se atrevió a decirle que el marido ya
lo sabía, de manera que no toleraría otro desmán.

El joven dijo que lo último que quería era arruinar un matrimonio, y ella le
hizo comprender que no había futuro alguno entre ellos. Ni una sola
oportunidad. Él apenas un estudiante, varios años menor que ella, no tenía
nada que ofrecerle, y ella sí mucho que perder. Que habían sido cosas de
piel, que no se podían comprender con la razón sino con el sentimiento. Que
ellas también tienen debilidades y la de ella fue difícil de controlar.

El le dijo lo contrario. Que no había sido producto de una pasión y que la
quería. Que no estaba dispuesto a que las cosas terminen así. La
diferencia de edad no es problema mientras exista amor. En eso erraba.
Ella no lo amaba. Sólo sentía una fuerte atracción física. Una pasión
desmedida tal vez, pero no era amor. El le decía que estaba dispuesto a
hacer lo que sea por ella.

Pero no. Ella le dijo que debido a su juventud, él estaba confundiendo las
cosas. Pronto encontraría una chicha de su edad con la que podría
compartir estas cosas. Aunque menor de treinta años, ella ya no estaba
para juegos de adolescentes. Todo lo que pasó era puramente sexual.
Punto.

Aunque... si esta era la última vez que se verían así, por lo menos no
debería ser tan dramática. Podría ser algo para recordar. Este muchacho
no perdió tiempo. Le dijo que no la dejaría salir sin darle un ultimo beso
en la boca. Que sea esta la señal de despedida, el gesto que condene la
relación a la muerte, y toda esta historia al recuerdo. Un secreto que
empezó con un beso, y que termino con un beso.

Así como empezaron las cosas, deberían terminar. La lógica cuando se
está un poco alterado no cuenta.
Pudo bastar un adiós. Que tengas una linda vida. Nunca te olvidaré o algo
así. "Qué lindo eres nunca cambies" como dicen las muchachas. Pero no.
Ella tuvo que decir que bueno. que ese beso sea cierre el pacto de
silencio entre los dos. Un beso nada más. El último.
Sentada en el sofá de la sala cerró los ojos y él se acercó a ella. El
individuo se arrodilló, con sus manos tomo el cuello de la amada y la atrajo
hacia sí. Le dio un beso. Luego otro más fuerte. Ella quiso decir basta.
Pero cuando abrió la boca para protestar, él aprovechó que la puerta del
castillo se venció para entrar: su lengua entró a la boca de la dama, y
empezó una feroz lucha. Las lenguas de ambos combatían, la de ella por
sacar a la invasora, la de él por recorrer todo lo que había de labios para
adentro. La energía que se estaba utilizando era cada vez mayor, y el
oxígeno se estaba haciendo escaso. No era suficiente el aire que entraba
al cuerpo, así que las respiraciones se hicieron más agitadas. Ella
intentó desesperadamente separarlo, puso sus manos en el pecho del señor y
trató de apartarlo. Claro que sin hacer mucho esfuerzo porque debía
admitirlo, el jovencito besaba muy bien. Pudo alejarlo con las piernas, o
darle un pellizco, pero finalmente se dejó llevar por la emoción. Tal vez
no hubiera sido suficiente. Ella es delgada, de estatura mediana, una flor
frágil y delicada, aparentemente. El a pesar de su corta edad, alto, de
complexión gruesa producto del intenso ejercicio físico que hace casi a
diario. Ese beso no debió darse, no debió recibirse. Tal vez pudo
haberse evitado lo que venía después.
Una expresión muy vulgar dice que lo que se hace arriba, se siente abajo, y
el beso encendió la pasión, y sin duda ambos empezaron a sentir un intenso
calor en sus cuerpos. Ella no podía evitar la humedad que estaba empapando
su ropa interior, él ya no podía disimular la erección que esperaba salir de
los pantalones. No era necesario decir nada. Es difícil de creer pero
en los eventos siguientes no se dijo una sola palabra. Nada. Sin
palabras, sin frases, sin comunicación verbal alguna. Tal vez no era
necesario, tal vez decir algo podía arruinarlo todo. En realidad una
palabra, expresión o frase estaban fuera de contexto. Lenguaje del cuerpo,
eso era lo que se estaba produciendo en esos momentos. El órgano más
grande del cuerpo humano había iniciado la conversación más intensa que
según ella había tenido en toda su vida: La piel se estaban comunicando.
¿Qué decían las células de estas dos personas?. Que necesitaban estar
juntas, cada centímetro de la piel de ella quería estar junto a cada
centímetro de piel de él. Contacto total. Tendrían toda la tarde. Ni
los obstáculos de orden moral, espacial, de tiempo o racional podían ya
evitarlo.
El se levantó rápidamente, y corrió el pasador a la puerta de la calle. Si
sus padres, en el evento improbable que regresaran antes de la noche
intentaran abrir la puerta de acceso a la casa, necesitarían que alguien de
adentro descorra el seguro. Segundo, descolgar el teléfono. Nada más
inoportuno que una llamada cuando se está en la intimidad con la pareja.
Según reciente encuesta, los alemanes no apagan sus celulares ni aún durante
el acto amoroso. Ella es Colombiana, así que ni siquiera llevó el celular
con ella. Otro indicio que permite inferir que sus sanas intenciones eran
de los más frágiles. Así podía decir que no contestó llamadas porque había
"olvidado" el teléfono en casa ("ya decía yo que algo se me había quedado, y
vieras la falta que me hizo cuando quise llamarte a decirte que me tardaba
un poco").
Subieron las escaleras, entraron a la habitación del joven tomados de la
mano, y ella extrajo del bolso un disco con música romántica que él puso en
la grabadora. Subió el volumen de la música, cuando "everything I do, I do
it for you", una de las melodías favoritas de ella, empezó a empalagar el
ambiente. Un baile antes del siguiente beso. Apretados uno contra otro,
moviéndose lentamente. Las cortinas de la habitación cerradas para que
algún vecino curioso no vea el espectáculo, y el recinto estaba perfecto.
La puerta del cuarto eso sí, estaba abierta. Si alguien llegaba o tocaba el
timbre, era mejor saberlo a tiempo.
A continuación, él le acarició el cabello y mientras ella le tomo el rostro
con las manos. Lo miraba fijamente como queriéndose ver reflejada en sus
ojos una vez más. Por su parte, el estaba emborrachado con la mirada de
ella, esos ojos color miel que eran la perdición del marido, y ahora de él
mismo. Le quito la blusa admirando lo bien que le lucía el sostén, cuyo
color contrastaba con la piel blanca como la nieve. La piel de él más
trigueña hacía un interesante contraste cuando se quitó la camisa y se
abrazaron aún de pie. Los brazos de él rodearon la cintura de ella, y
viceversa. Seguían bailando al ritmo dulzón de la balada cuyo nombre ahora
ella no recuerda, porque estaba extasiada mientras disfrutaba de la danza.
Con las caricias y los besos que se habían dado, ella estaba tan húmeda como
una mujer al borde del orgasmo podía estar, y entró al cuarto de baño para
cambiarse y darle una grata sorpresa a su novel amante.
Salió con el Baby Doll puesto, casi transparente, que dejaba ver sus senos y
los pezones totalmente duros. La diminuta tanga ofrecía un espectáculo no
menos maravilloso, que apreciado en conjunto, era digno de una foto de
magazín para adultos. Como la que muchísimos días, semanas, meses después,
el narrador pudo tomarle a ella para guardar su imagen para siempre. En
fin, aunque no es la Diosa que muchos inspirados cronistas describen en
otros relatos de este género, su belleza es más bien terrenal, más humana,
pero precisamente por eso, no lejos de todo alcance de los mortales. Como
la que tienen casi todas las mujeres que por timidez no se atreven a
mostrar. Tanta sensualidad era demasiado para un solo hombre. Era la
escena perfecta para una película erótica. Lástima que a parte del relato
que la protagonista de los hechos hizo al escritor, quedan sólo dos pruebas,
tal vez una: la primera estas memorias, la segunda tal vez... un poco de
paciencia y será expuesta.
Ella estaba en la puerta de la habitación ofreciendo su belleza al joven,
quien no había perdido tiempo. Se había desnudado completamente. Estaba
de pie junto a la ventana, a contraluz, lo que dejaba ver su silueta, pero
no muy bien la expresión de su rostro luego de mirar aquella aparición con
que sueña cualquier chaval de su edad: una mujer semidesnuda en la puerta de
su cuarto, toda para él solo. Pero real. En carne y hueso. Dispuesta a
darle un placer distinto al que hasta entonces sólo lo daba estrechar la
mano. Mucho gusto, placer conocerla.
Aunque ya había tenido la oportunidad de explorar a la señora en la cabaña,
habían tantos distractores que habían impedido saborear cada segundo sin
afán. Ahora no había marido que interrumpiera, ni persona alguna que
sospechara, ni nada que impidiera el encanto de compartirse mutuamente.
Un rato estuvieron los dos de pie, uno frente a otro, a poca distancia, como
dos boxeadores a punto de medir sus fuerzas. Nadie daba el primer golpe.
Ella temió que la sorpresa no hubiera sido agradable a los ojos de él. La
música seguía sonando. Ella se acercó un poco. El también. Unos pasos
cortos y estarían juntos. Nervios. Había tanta tensión entre ellos,
tantas ansias reprimidas que él pudo lanzarse a ella y penetrarla en ese
mismo momento, que ella estaba ya dispuesta. Pero no valía la pena que
las cosas sucedieran de esa forma. Ella notó que el estaba desnudo cuando
se acercó lo suficiente y la poca luz que las cortinas dejaban entrar
permitían ver el cuerpo del muchacho. A pesar que la tarde era joven, el
día era oscuro, pronto llovería como lo recuerda ella, por eso, todo no
podía ser más perfecto para ambos.
Abrazados, bailaron las pocas melodías que faltaban para que el disco se
acabara. La música cesó, habían estado así casi una hora desde que
subieron al cuarto.
No había necesidad de más música para adornar el ambiente. Ambos estaban
dispuestos, pero él no quería tomar la iniciativa. Así que ella no pudo
soportarlo por más tiempo y dejó caer al suelo su Baby Doll. El se
arrodillo y le bajó las bragas lentamente, hasta el suelo. Ella retrocedió
dejando sus prendas íntimas en la alfombra y su cuerpo totalmente expuesto.
Era algo que no se podía perder. La imagen de ella completamente desnuda.
Así que Fernando encendió la lámpara de la mesa de noche y ambos quedaron
satisfechos con la vista. Estaban desnudos uno frente a otro, a media luz,
en una habitación, lejos de las miradas de todos, sin que nadie sospeche lo
que estaba sucediendo. Aunque la ciudad está situada en clima frío, esa
tarde hacía calor en ese cuarto. Y eso que estaba empezando a llover.
Hay que admitir que con esa atmósfera, cualquiera habría cedido a la
tentación. Y ellos no serían la excepción. Así que él la tomo de la mano
y la invitó a sentarse al borde de la cama. Allí ambos se acariciaron el
rostro y se besaron con gran ardor. El empezó a acariciar los brazos y la
espalda de ella, la dama tomó la cintura de su amante y finalmente lo empujó
hasta que el se recostó boca arriba. Mientras se besaban ella se recostó
sobre el cuerpo del muchacho. Ella le tomó las manos de él y extendieron
los brazos en forma de cruz. De esta forma, el cuerpo de Carmen estaba
completamente en contacto con el de Fernando, los senos de ella sobre el
pecho de él, ambos vientres pegados, el pene del jovencito aprisionado
contra el pubis de ella. Los besos seguían y seguían, con todo lo que
había sucedido, ambos estaban tan excitados que ella apretó las manos de él
con fuerza, sintiendo su primer orgasmo, y eso que aún no había sido
penetrada. Con un leve movimiento de caderas de ella mientras sentía su
primer clímax, le produjo un roce que él tampoco pudo resistir y frente a
tanta excitación eyaculó, mojando completamente los vientres de ambos. Ella
sintió como un líquido tibio y pegajoso era expulsado con fuerza, lo que
hizo que su orgasmo se prolongara por otros dos segundos, y ambos quedaran
temblando por la intensidad con que se habían venido, y por el gran alivio
que habían sentido después de un preámbulo tan largo.
Un pañuelo, tal vez una toalla era más apropiada para secarse. Pero sería
inevitable regar el simiente sobre la colcha de la cama, o tal vez en la
alfombra, así que con la camisa la secó a ella y luego se secó el. Quedó
empapada. Pero ambos estaban aún muy excitados. No pasó ni un minuto
quizás, y el muchacho tenía su miembro viril otra vez enhiesto. Ahora ella
se recostó sobre la cama y se llevó las manos al rostro como diciendo ¿qué
estoy haciendo?. Pero le gustaba lo que ocurría. Era tal vez la última
oportunidad que se daba de hacer algo parecido, así que se prometió hacerlo
bien. Tomó la mano de su amante y la colocó sobre su seno. El
comprendió lo que quería y empezó a acariciar sus pechos con ambas manos.
Un lento y habilidoso manoseo que consistía en frotar los pezones con las
palmas de la manos, luego con las yemas de los dedos al rededor de las
puntas, recorriendo las aureolas trazando círculos concéntricos y delicados
pellizcos en los pezones. Una y otra vez, hasta que la espalda de la amada
se arqueo en señal del buen efecto que se estaba causando. Un gemido de
placer, mmmmm, era señal de lo bien que la estaba pasando. Antes que los
senos pierdan sensibilidad por exceso de caricias, el los beso tiernamente.
Los humedeció completamente con sus labios, y luego los succionó como
lactante hambriento. Estaban tan duros como la roca, tan firmes como el
pene ansioso del muchacho. Se puso sobre ella, y mientras con la boca
jugaba con un seno, con la mano acariciaba al otro, alternando.
Continuó besando el cuerpo por todos lados, de arriba a abajo, deteniéndose
un poco en los muslos, pero no se atrevía a besar la entrepierna. Un beso
tímido. Luego, se atrevió a lamer el sexo de ella una sola vez. Tal vez
no le gustó, tal vez estaba tan excitado que no podía seguir así. Se
acostó sobre la dama, y ella guió el pene de su amante a la entrada de su
vagina. Un instante de duda para ella. Algo se había olvidado. No
estaba lista. Recordó que los preservativos estaban en su bolso, que había
dejado en el cuarto de baño, y antes que pudiera decir algo, él la penetró
lentamente, muy lentameeente. La sensación era exquisita para ambos. Un
gemido laargo salió de los labios de ella, y olvidó el asunto de los
condones por completo. Un tronco inmenso estaba perforando su intimidad y
no podía evitar perder el conocimiento y transportarse al paraíso. El
estuvo con el miembro masculino dentro del sexo de su amada, quieto,
silencioso, buscando la mirada de ella. Carmen pensó que antes de la
eyaculación, él sacaría el pene de su vagina para evitar un embarazo.
Total, se sentía tan rico que valía la pena sentir por vez primera un falo
distinto al de su marido, y al natural, sin barrera alguna. Así que ella
movió sus caderas en señal que estaba lista. Entonces él, apoyándose en
sus brazos, comenzó a agitar sus caderas mientras ella deslizó sus manos en
las nalgas del amante y las atrajo para que él empiece a bombear. Eso era
fantástico. Una mezcla de dolor y de placer difícil de describir. El pene
más grande y grueso, estaba entrando y saliendo de las entrañas de la joven
señora, quien empezó a gemir con la respiración entrecortada. Entre más
rápidas eran las embestidas, ella aumentaba el volumen de sus gemidos, hasta
el punto que la casa entera se estaba inundando de aquellos quejidos de
placer extremo. Todas las paredes de la casa estaban siendo testigas de los
sonoros ruidos que salían de aquella habitación mientras los amantes
empezaban a sudar copiosamente por el intenso ejercicio que debió
prolongarse varios minutos. La posición del misionero, una de las
favoritas de ella, había tomado nuevas perspectivas cuando un hombre
diferente era quien ahondaba su intimidad. Ella quería sentirlo todo, tener
ese miembro completamente adentro, sentir cómo el hasta viril tocaba las
paredes vaginales, así que con más experiencia, tomó una almohada y la puso
bajo sus nalgas, elevando la pelvis lo suficiente para que su sexo se
ofrezca más fácilmente al amante. En esta posición, él la penetró durante
varios minutos, mientras ella acariciaba la espalda del amante y trataba de
enterrarle las uñas por la pasión desenfrenada que se había desatado. Ella
tuvo un segundo clímax, un poco menos intenso que el primero, pero hizo que
sus pies se recogieran y lanzara un grito tan estridente, que él pensó que
le estaba haciendo daño así que quiso detenerse. Ella tomó con firmeza las
nalgas del novio clandestino y las apretó un poco, dándole a entender que
nada pasaba, que estaba haciéndolo muy bien. Luego, para darle una
penetración aún más profunda, aprisionó las caderas del querido con las
piernas hasta que el comenzó a gruñir, con la lujuria y la desesperación de
un hombre a punto de tener otro orgasmo. Ella tuvo un tercer orgasmo unos
instantes antes que él. De hecho, las contracciones de las paredes
vaginales al parecer habían estimulado el miembro para que se desahogue y
por primera vez en su vida, ella recibía el líquido seminal de otra persona
distinta al de su cónyuge. Era el límite de la locura. Sintió cómo el
pene de su hombre convulsionaba dentro de ella, y era inundada
completamente. Era delicioso, la entrega total, la forma de ofrecerse
completa por una última vez a aquel hombre prohibido. Luego vino el
temor. Estaba en un periodo fértil. Tanto calor la había confundido.
El riesgo que había corrido no era necesario, teniendo protección al alcance
de la mano. Pero ninguno de los dos había hecho algo por evitarlo. Ahora
que en su cuerpo estaba el semen de su amante, ella quiso conservarlo así
por lo menos un rato. Y dejar el resto al azar. Cuando él retiró al
soldado del campo de batalla, y se recostó junto a su amada, ella levantó
las piernas y las tuvo así un tiempo. Le temblaban un poco, producto de
tanta emoción. Hasta ese momento no se habían dicho una palabra. Desde
que se besaron, hasta que esta parte había terminado, no se había
pronunciado palabra alguna. Como si todo estuviera dicho y no habría
necesidad de agregar más. Dejar que el cuerpo hable.
De repente, el silencio fue roto por él. Le dijo: "quiero una niña".
Ella sabía que era probable que fuera fecundada ese día, pero prefería que
así no ocurriera. Como sea, lo hecho hecho estaba, y no había motivo para
dejar que esta tarde de placer no prosiguiera. Confió que no quedaría en
cinta y le dijo "tómame otra vez".
Le tomó unos pocos minutos y algunas caricias tiernas de su amada
especialmente en las partes íntimas, para que el grueso tronco se volviera a
erguir orgulloso e invencible. Estaba listo otra vez para reiniciar las
acciones.
Ella quería mostrarle otras formas de penetración, así que le propuso que se
pongan de pie. Así lo hicieron y abrazándolo del cuello se trepó hasta que
puso los muslos a la altura de las caderas de él. Con las piernas abrazó
la cintura y sin mucho esfuerzo buscó el pene del amante. Cuando todo
estaba listo, lo único que tuvo que hacer él era doblar un poco las rodillas
para que el miembro encajara en el sexo de la amada, y así, con la ayuda de
los brazos, la elevaba y la bajaba una y otra vez, con la eficaz
colaboración de las piernas y muslos que también bajaban y subían. No
tardó ella en empezar a gemir de nuevo como si la estuvieran torturando
salvajemente. Pero no se trataba de eso. Cuando ella descubrió esta
postura con su marido, había comprendido lo profundo que podía ser
penetrada, aunque la posición obligaba a hacer todo el esfuerzo a su marido
por lo que no la posición no se mantenía sino por un par de minutos. En
este caso, el mancebo había que admitir que tenía más estatura y más peso,
sus ímpetus juveniles le permitían mantener esta posición por mucho más
tiempo y otro detalle es que precisamente por su mayor corpulencia... tenía
un miembro ligeramente más grueso y largo. Así que ella estaba al borde del
delirio y era como si un cuchillo estuviera entrando sobre mantequilla
caliente: entraba fácilmente y hasta lo más profundo de su ser, mezcla de
dolor exquisito y placer inenarrable.
Así, una y otra vez, el la embestía cada vez más rápido, provocándole otro
orgasmo y que ella le diera un mordisco en el hombro y lo abrazara con
fuerza hasta que sintió que un minuto más tarde él bajaba la intensidad de
las acometidas. Con cuidado la acostó en la cama y retiró su falo
incandescente, pero aún en estado de erección. Aún no había tenido su
tercer orgasmo. Y ella había perdido la cordura y se sentía como una
hembra insaciable. Podía fornicar toda la tarde si encontrara un hombre
capaz de soportarlo. En efecto, este parecía ser el hombre, porque se
dispuso a penetrarla de nuevo en la posición del misionero una vez más.
Pero ella propuso una variante. La hermosa señora se recostó boca abajo
ofreciendo el espectáculo de sus níveas nalgas, que levantó ligeramente. El
no comprendía bien lo que su pareja deseaba, así que ella le dijo que se
aproximara por detrás. Una vez allí, con su suave y delicada mano, tomó el
pene del aventurero y lo guió hacia la vagina. Ambos encontraron el acople
perfecto, mientras él podía tocar los senos de ella deslizando sus manos y
ella realizando un leve arqueo de la espalda. Ella sentía deliciosamente
cómo el pecho de su conquista rozaba su espalda, y las manos de ese hombre
tomaban con firmeza sus senos. Con esta posición, el pene estimulaba otras
paredes vaginales que de otra forma eran difíciles de alcanzar, y sentía
otro orgasmo venir. Llegó. Un poco menos intenso que el anterior pero
igualmente satisfactorio. El no estaba listo para su tercera venida. Así
que descansaron un poco. Ella más bien, porque él seguía con una erección
casi dolorosa. Ambos sentían un poco de cansancio pero tenían energía
suficiente para seguir así que no había motivo para detenerse. "recuéstate
boca arriba" le dijo ella. El lo hizo, y ella se puso de espaldas al
rostro del muchacho, quien podía ver cómo ella en cuclillas buscó
ensartarse en el cíclope palpitante. Lentamente comenzó a descender
hasta que encontró el punto preciso. Dio en el clavo. Primero bajo
despacio, primero rozando el glande del caballero, hasta que con mucha
lentitud descendió hasta tocar el fondo. Un quejido leve y largo salió de
los labios de ella. "Eleva las rodillas un poco" dijo ella. Don señor
obedeció y ella se apoyó un poco con las manos para poder empezar a subir y
bajar. Así con la ayuda de sus brazos, empezó ha hacer las sentadillas más
excitantes que había tenido. El podía ver cómo su pene era engullido por
las fauces de aquella vagina flexible e insaciable. Claro que el mérito
era para él porque su miembro había respondido con hidalguía a los
requerimientos de aquella joven dama, incansable y digno. Parecía no
querer entregar las armas hasta que ella dijera basta. Ella subía y
bajaba cada vez más rápido y sentía un calor intenso en su entrepierna.
Estaba más excitada que las otras veces, y el sudor empezaba a correr de
nuevo por su rostro angelical. El no podía verlo pero estaba haciendo su
parte con no tener otra eyaculación. Los gritos se hicieron más y más
intensos, grititos cortos hasta que sintió que un orgasmo de los grandes
venía en camino... Una sensación similar a la que siente cuando tiene
urgencia de ir al baño de las niñas a hacer una operación personal e
intransferible, para decirlo con delicadeza... hasta que un orgasmo
apocalíptico la conmovió hasta la fibra más íntima de su ser. Abundante
flujo vaginal humedeció el miembro responsable de tanta felicidad, así que
él no pudo soportarlo por más tiempo. Tuvo otra eyaculación que ella
sintió. No se movió, dejó que el fluido seminal entrara bañando
completamente el interior de su cuerpo. Y estuvieron así un rato, hasta
que el tamaño del sexo de ese joven disminuyera y salió despacio de aquel
jardín de las delicias por su cuenta. Algunas gotas del líquido blancuzco
se derramaron. Se secaron un poco con la muy manchada camisa y ella se
quedó exhausta sobre la cama algunos minutos más. Hasta que empezó a
hacer frío. La tarde estaba finalizando y desnudos como estaban, boca
arriba sin moverse un rato, volvieron a recuperar la temperatura normal de
sus cuerpos. Luego, sintieron un poco de frío, él propuso que se cobijaran
un rato. "eres la primera mujer que comparte esta cama conmigo" le dijo.
Se abrazaron bajo las cobijas y ella se recostó sobre el pecho de aquel
espécimen masculino. Pronto oscurecería, así que ella se levantó
rápidamente de la cama y se dirigió al baño. Tomó una ducha pero sin
mojarse el cabello para borrar las huellas de sus actos. Como había dejado
la puerta abierta, él entro en seguida y volvieron a hacer el amor en la
ducha, ella inclinándose hacia adelante mientras el la tomaba por detrás.
Ella estaba exhausta y no fue capaz de llegar a otro orgasmo, él comprendió
la situación y se terminaron de duchar. Velozmente se vistieron y tras
breve despedida, aunque la orgía de toda la tarde era la verdadera
despedida, ella abordó un taxi y regresó a casa. Había dejado de llover, y
por poco y llega después del marido. A su regreso el esposo no sospechó
nada.

Señoras y señores, es todo. La confesión de ella concordaba con los
extraños sucesos de la noche en que todo parecía que volvía a la normalidad
entre mi esposa y yo. Como dije, esa noche hicimos el amor y no había
notado nada extraño en ella. A parte de que por primera vez en mucho
tiempo tuvimos sexo sin preservativo. Claro. Si había quedado
embarazada de Fernando, lo mejor era dejar abierta la posibilidad que yo
creyera que era mío.


Gracias por su amable atención, por su paciencia y que este secreto quede
entre nosotros. Una última cosa: a pesar que ella me ha propuesto que le
hagamos un examen al retoño, creo que es mejor no saber finalmente quién es
el verdadero padre.


hugolucero2000@hotmail.com

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