HISTORIAS OCULTAS DE UNA PAISITA (I)
Autosatisfacción femenina. Una sexy y atractiva mujer
hace años que no tiene un romance y siente que tiene que aliviar con
urgencia su ardiente cuerpo...
Un domingo en la tarde puede ser un día de emociones mezcladas. Puede sentirse ansioso por tener que enfrentar al día siguiente la rutina insoportable de una semana más, puede ofrecer la sensación de renovación ante la posibilidad de nuevas oportunidades que llegan con los días nuevos, también es posible sentir la melancolía propia de mirar atrás y observar una semana vivida, desaprovechada e irrecuperable.
El sentimiento que abrazaba a Luisa no era en realidad ninguno de estos. Ella tenía la particularidad de sentirse sola, relajada y en profunda intimidad. Era el día donde su tranquilidad no era agredida por la presencia de la habitual sirvienta ni los juegos y gritos de su hijita de seis años. Era un día rutinario, tranquilo y en el cual nunca sucedía nada fuera de lo normal, nada que mereciera ser recordado.
Eran las 6:45 p.m. y estaba sola en su apartamento,
con la certeza que nadie le observaba y que nadie la molestaría.
Su día había estado, como era ya costumbre, dedicado a sus placeres
más personales y sencillos. A las diez de la mañana luego de haber
dejado a Caro, su hijita, en casa de su madre, una mujer aún joven y
de gran belleza, para que pasaran todo el día juntas, regresó
a su casa, un penthouse en un exclusivo sector de la ciudad. Su apartamento
garantizaba una espléndida vista de toda la moderna y pujante ciudad
industrial.
Luisa era difícil de definir físicamente.
Era mujer bonita sin ser una reina de belleza, tal vez era una mujer "buenota"
con una gran carga de sensualidad oculta por el aspecto conservador que predominaba
en su vida cotidiana y laboral.
Su trabajo la obligaba a proyectar la imagen de mujer ejecutiva, centrada y
orientada a la obtención de resultados, que además le debía
garantizar a sus clientes la seriedad y formalidad de la firma que representaba.
Luisa era ejecutiva comercial de una importante empresa editora de revistas para mujer. Su responsabilidad era comercializar los espacios publicitarios de cada una de las revistas. Ella respondía por las ventas de publicidad en el mercado local y en los países vecinos, donde la empresa contaba con pequeños equipos comerciales que dependían de las instrucciones y control de Luisa.
Su cargo ejecutivo le reportaba jugosos ingresos mensuales por concepto de comisiones y viáticos de viaje. Podía tranquilamente vivir en uno de los mejores sectores de la ciudad, tenía un carro de modelo reciente, un Montero color verde militar que le ofrecía comodidad y seguridad. Su hija estudiaba en uno de los mejores colegios bilingües de la ciudad, es decir vivía tranquila y muy cómodamente.
Su marido decidió dejarla un día
y desde entonces su única compañía eran su hija, la sirvienta
y ocasionalmente su mamá y alguna visita de viejas amigas de la universidad
y la infancia. Desde hace cuatro años vivía sin necesitar un hombre
a su lado para sostenerla. Era extraño que en cuatro años no hubiera
tenido un romance, ni siquiera un amigo especial con el cual compartir parte
de su tiempo libre.
No era una mujer fea, tal vez era falta de explotar la sensualidad que mantenía
reprimida y que podía hacerla mucho más atractiva a los ojos de
cualquier hombre.
Físicamente Luisa era una mujer de 34
años, su estatura era de un metro 62 centímetros. Su cuerpo era
adornado por hermosos contornos y redondeces que ella se empeñaba en
ocultar. Era un cuerpo cuidado por intensas horas de ejercicio y una rigurosa
dieta alimenticia. No mostraba rastros dejados por el embarazo de Caro ni flacidez
en alguna de sus partes. Sus cabellos eran cortos, al nivel del cuello y de
un lindo color rojizo, el cual ella cambiaba con regularidad con tinturas rubias,
rojizas y negras. Su cara era adornada por unos ojos negros, una nariz pequeña
y unos labios rojos y carnosos. Los dientes eran perfectos y su blancura hacia
el perfecto contraste con los ojos negros. La piel era blanca salpicada por
unas coquetas pecas en la espalda y el pecho.
Los senos eran grandes sin ser grotescos, estaban coronados por unas areolas
rosadas de donde resaltaban unos pezones inquietos e imprudentes, en más
de una ocasión la habían llevado a situaciones incomodas y embarazosas.
Su estomago era plano sin sombras de estrías y con un pequeño
ombligo que servía de punto de origen de una delgada línea de
bellitos rubios que bajaban atrevidamente hasta su destino final en el pubis.
He aquí una de las mayores contradicciones que la Luisa desconocida para
todos tenía frente a la ejecutiva conservadora y formal que vendía
espacios publicitarios en revistas para mujeres.
Luisa tenía un especial cuidado de su pubis y de sus genitales, los cuales
apreciaba como su mayor tesoro. Un tesoro que nadie más que ella tenía
la oportunidad de disfrutar. El bello púbico era del mismo color que
su cabello, originalmente rojizo pero teñido de acuerdo al color que
en ese momento tuviera la cabeza. Los pelitos eran gruesos y fuertes, Luisa
los cortaba y acicalaba con regularidad. Le gustaba darle formas de acuerdo
a su creatividad y estado de ánimo, en el momento se ofrecía a
su vista una delgada línea de más o menos una pulgada de ancho
que se originaba en el camino de bellos dorados que salían de su ombligo
y que al bajar se internaba en su entrepierna bordeando los labios mayores de
su vulva y finalmente se perdían en la rajadura de su redondo y bien
parado trasero.
Volviendo a la rutina de ese domingo por la tarde y luego de llegar a casa subió a su cuarto, reviso que sus cortinas estuvieran cerradas. Se quito la blusa de la sudadera y luego el pantalón. Usualmente no usaba brassier los domingos, esto hacía parte del ambiente relajado que era sinónimo de este día tan especial. Se dirigió al baño tan solo acompañada por unos panties verdes tipo seda dental. Esta ropa la hacia sentir sexy y atractiva a pesar que sabía que nadie había disfrutado en mucho tiempo del espectáculo que ella representaba al usar esta ropa provocativa e insinuante. Entro a su baño, un espacio amplio con ventana a la calle y buitrón en el techo que le garantizaban gran luminosidad y que le ofrecía una linda vista sobre la parte sur de la ciudad pero que también ofrecería un espectáculo inolvidable a sus vecinos del edificio del frente en caso de ella olvidar cerrar las persianas que protegían su intimidad.
Estando en el baño se paró frente al espejo situado sobre el lavamanos y se contemplo detenidamente su cuerpo durante algunos minutos. Su atención se centraba en sus tetas y especialmente en sus inquietos pezones que aún sin tocarlos, solo con mirarlos, ya se erguían orgullosos al menos una pulgada, demandando más atención que una simple mirada. Sus senos eran grandes y gustosos sin ser exagerados en tamaño, eran turgentes y luchaban exitosamente contra la fuerza de la gravedad mirando siempre hacia arriba. Estaban decorados por unas hermosas manchas blancas en forma de triángulo a consecuencia de la sombra que sobre ellos proyectaba los pequeños bikinis con los que su dueña solía tomar el sol los fines de semana. Luisa miraba sus pezones y sabia perfectamente lo que ellos le estaban pidiendo a gritos, sin embargo no se atrevía a dar el paso que aliviaría la tensión de sus puntitas. Sin embargo se regocijaba viendo como además los puntillos alrededor de sus areolas rosadas también se levantaban excitados formando una corona de admiradores alrededor de cada pezón hinchado a punto de explotar.
Su rígida formación familiar le había generado muchas barreras y tabúes que le impedían satisfacer solitaria sus necesidades más intimas y apremiantes. Haciendo un esfuerzo por enfocar su atención en otro asunto, Luisa se agacho para sacar de su gabinete, debajo del espejo, una crema de manos y seguir así su rutina del domingo. Al agacharse involuntariamente su tanguita seda dental se incrustó aun más entre los labios mayores de su vulva y la rajadura de su trasero. Al levantarse ya con la crema en la mano Luisa notó como unas gotícas transparentes, densas y olorosas salín de su tanguita y se deslizaban por entre sus muslos bronceados. Estaba mojada, su tanguita empapada ya no soportaba mas humedad y esta se derramaba por los bordes enterrados en la vulva. Luisa llevó su mano derecha hasta su muslo izquierdo y con el dedo anular tomo una de estas gotas que por allí resbalaban lenta y pesadamente. La llevó primero a su nariz y luego a su lengua, reconoció perfectamente de que se trataba, era su liquido vaginal producto de la gran excitación que había empezado en sus pezones pero que ya se había apropiado de su cuca. Los bordes de la tanga y su presión contra sus labios y clítoris habían generado una conexión directa con sus pezones.
Tratando de aliviar un poco la situación y haciendo un gran esfuerzo por no tocar lujuriosamente ninguna parte de su excitado cuerpo, Luisa tomó los bordes superiores de la tanga y haló esta por sus muslos pasando por sus rodillas hasta llegar a sus tobillos. Los pies se alzaron coordinadamente para dejar la empapada prenda tirada en el piso.
Sus nalgas eran duras y paradas, se nota que su ejercicio matinal las mantenía bien tonificadas. Luisa solía salir a caminar por el montañoso y empinado vecindario todos los días antes de las 7:00 a.m.. Al igual que sus tetas, su culo estaba enmarcado por una mancha triangular blanca que tenía su parte mas larga en el nacimiento de las nalgas y su vértice inferior se incrustaba deliciosamente entre la raya interna del culo, cubriendo escasamente el ojito principal de semejante obra de arte. Era la mancha dejada por los panties de los bikinis que usaba para broncearse.
Con el tarro en la mano se sirvió un poco de crema en ambas manos. Inicialmente se froto con ellas los hombros, siguió con los brazos pasando luego a masajear el estomago y la parte trasera de su cintura. Volvió a llenar sus manos con más crema y siguió el proceso de nutrir toda su piel reincidiendo con sus pies, subiendo a las rodillas, frotándose la parte baja de su espalda para continuar en sus dos nalgas y demorándose involuntariamente más de lo normal en sus muslos, especialmente en su parte interior, haciendo un gran esfuerzo salto sin tocar siquiera su empapada vagina, la cual ella se limitó a mirar abriendo sus piernas para encontrar que de sus pelos se agarraban infinidad de gotas que luego caían al piso de baño formando un pequeño charquito entre sus pies ó se resbalaban sensualmente por la parte interior de sus muslos. La sensación y la urgencia eran casi irresistibles pero tenía que continuar con su tarea con toda la fortaleza de la que pudiera hacer acopio pues faltaba la parte más complicada pero igualmente ineludible.
Tomo crema en cada mano y llevó cada
una de ellas a la teta correspondiente. Inicio el masaje esparciendo la crema
por la parte baja tratando de no tocar todavía sus desesperados pezones.
Subió bordeando las areolas y frotó sus pechos hasta su nacimiento
a cada lado de sus hombros. Ya no quedaba más que alimentar sus pezones
y pensando que el "mal" paso es mejor darlo rápido decidió
atacar simultáneamente ambos pequeños torturadores. Así
lo hizo sin poder prever la reacción que su cuerpo le deparaba. Al sentirse
acariciados los pezones explotaron en un corrientaso que bajo por todo su cuerpo
llegando hasta sus rodillas y causando que estas se flexionaran con el impacto
de placer que habían recibido. Luisa casi cae al suelo, tuvo que agarrase
del borde del lavamanos para evitar aporrearse, la situación había
ya llegado a limites insoportables, tenía que hacer algo para aliviar
tanta excitación.
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