LUARCA
Trío, mujer - hombre - mujer. Su experiencia con sus
dos sensuales compañeras de vacaciones.
Mi llegada al camping de Luarca a primeros
de septiembre coincidió con la generalizada marcha de los habituales
veraneantes de agosto. El chico que atendía la recepción me informó
que el camping estaba prácticamente vacío y que podía elegir
la parcela que más me gustase. Le pedí que me diera una en primera
línea de cara al mar y me dirigió a una que reunía esa
condición. Para los que no lo conozcan, el lugar está situado
en el borde de un acantilado de considerable altura, que cae en vertical sobre
el propio Cantábrico. Hay al pié una pequeña playa, a la
que se accede por una senda enrevesada y con una pronunciada pendiente.
El paisaje, desde arriba, es imposible describirlo con palabras. Es inefable
y sólo es posible percibir su impacto mediante las sensaciones que captan
todos los sentidos. La visión del mar, en sus múltiples tonalidades
de verde. El ruido de las olas al romper en la base del acantilado,. El frío
roce del viento en la piel.. El acre olor a mar mezclado con el dulzón
de la hierba recién segada. Todo ello genera una sensación de
plenitud y sosiego difícilmente imaginable en cualquier rincón
de la meseta.
Situé la roulotte en el punto más favorable y me dispuse a colocar
los pocos trastos que suelo llevar para el exterior. Mesa, silla, una mínima
cocina portátil y poco más.
Al hacerlo me percaté de que en la parcela colindante estaban acampadas
dos mujeres. Sentadas de espaldas hacia donde yo me encontraba cuando oyeron
mis pasos volvieron la cabeza en actitud curiosa y al encontrar mi mirada me
saludaron brevemente. Les devolví el saludo y volvieron a su postura
inicial. Aparentaban tener entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Termine
de colocar el interior de la caravana, siempre hay cosas que deben sujetarse
durante el viaje y me fui a un supermercado cercano a comprar provisiones para
llenar la nevera.
Cuando regresé me senté al borde del acantilado a contemplar el
paisaje. Soplaba un ligero viento norte que había eliminado por completo
cualquier atisbo de neblina. Mi mirada se perdía en un lejano y nítido
horizonte. A mis pies, el colorido del mar, oscuro en el acantilado, esmeralda
a continuación para ir ganando en luminosidad paulatinamente hasta llegar
a un azul vivísimo a lo lejos, era un espectáculo que siempre
me deja abstraído. Con la caricia del viento y la sensación de
placidez fui cayendo en una suave modorra, y quedé adormilado.
Me despertó el ruido de un motor. Vi que mis vecinas llegaban en su coche
y me miraban con una curiosa sonrisa. Sin duda mi sueño había
sido más profundo de lo que yo suponía y se dieron cuenta de que
su presencia me había despertado.
Se acercaba la hora de comer, por lo que saque del maletero de la caravana una
barbacoa de fabricación casera, que no es sino una simple caja de chapa
soldada. La llené de carbón y con un generoso riego de metanol
y una cerilla, a los pocos minutos tenía una excelente brasa para asar
un par de espléndidas doradas que acababa de comprar.
Cuando coloqué la mesa para comer, una de mis vecinas se acercó
y me pregunto si podían aprovechar el fuego encendido para asar su pescado.
Lógicamente se lo ofrecí para ese momento y cuando lo necesitasen.
Mientras asaban su comida, entablamos una conversación superficial.
Habían llegado el día anterior a pasar dos semanas de vacaciones.
Era la primera vez que acampaban. Les habían dejado la tienda, un par
de colchones neumáticos y un mínimo equipo. Estaban deslumbradas
con la libertad y serenidad de la vida en plena naturaleza.
Cuando su pescado estuvo a punto me propusieron compartirlo con ellas. Accedí
gustoso, cogí mis bártulos y mis doradas y nos sentamos a comer.
Les conté que yo había practicado el camping desde pequeño.
Primero en montaña y más tarde en régimen familiar y, aunque
había variado los medios, no había dejado nunca de viajar con
la casa a cuestas. Cuando vivía con mi mujer e hijos tuvimos un par de
caravanas grandes y espaciosas pero cuando me quedé solo decidí
comprar la que ahora tengo, pequeña, ligera pero muy bien equipada.
En el transcurso de la charla aprecié
que una de ellas, Maite, era algo mayor que la otra, le calculé tendría
unos 45 años. La segunda, Natalia, aparentaba unos 38 o 39. Después
de comer seguimos charlando un rato, de aspectos comunes y más tarde
decidieron bajar un rato a la playa.
A mi el agua no me entusiasma especialmente. Sobre todo la que, como allí,
está especialmente fría. Yo soy un enamorado del mar, pero como
simple espectador.
Me despedí de ellas y con mi pequeño, pero potente todo terreno,
me fui a un paraje cercano, la sierra de Panondres que es uno de los lugares
más desconocidos y atractivos del interior. Deje el coche al lado de
la ermita que hay en lo alto y seguí andando hasta un punto desde el
que se divisa toda la costa. Me senté a leer en la hierba y volví
a encontrarme totalmente relajado en un entorno excepcional.
Cuando el sol señalaba la caída de la tarde, volví caminando
hasta el coche y lentamente y contemplando cada ángulo del paisaje volví
al camping.
Mis vecinas ya estaban preparando la cena. Me saludaron alegremente y me acerqué
a ellas. Volvieron a invitarme a sentarme en su mesa para cenar, lo que acepé
con toda naturalidad, llevando mi propia aportación.
En la cena seguimos charlando animadamente. Pude entrever, que Maite se había
separado recientemente y estaba pasando un período de adaptación
a su nueva situación. Se veía que era una mujer un tanto tímida
y que había perdido seguridad en si misma. Natalia, posiblemente soltera,
era mucho más animosa, activa y dinámica. Yo deduje que era la
que había organizado las vacaciones comunes para ayudar a su amiga a
superar la crisis.
Después de la cena, aunque el ambiente era fresco, seguimos charlando
sumidos en la oscuridad. Sólo un farol con varias velas que yo tengo,
nos proporcionaba un ambiente mágico en la noche. El ruido del mar era
un fondo sonoro y nuestra charla se prolongó hasta pasada la una. Cuando
nos fuimos a dormir, yo tenía la impresión de que conocía
a las dos desde hacía tiempo.
Los días siguientes discurrieron placidamente. Mis nuevas amigas bajaban
a la playa habitualmente y yo me dediqué a recorrer las pequeñas
pero espectaculares sierras y montañas que paralelamente a la costa discurren
por la zona. Busecu, Ablaniego, San roque, San Isidro, Bobia,,,,, son nombres
entrañables de una naturaleza privilegiada y oculta. Yo no solía
volver a mediodía, procuraba comer en las sencillas y escasas fondas
de las sierras.
Sin embargo durante esos días mantuvimos la cena en común y la
charla de sobremesa.
La incipiente confianza dio lugar a que a los pocos días nos conociésemos
con bastante detalle. Efectivamente, Maite, se había separado después
de una larga época de desencuentro con un marido que la había
ignorado sistemáticamente. Su vida había estado siempre dependiente
de él, actitud que no se había visto correspondida en absoluto.
El desencadenante de la ruptura fue el comprobar algo que hasta entonces no
había sido más que una mera sospecha; desde hacía varios
años tenía una amante con la que pasaba más tiempo que
con su propia mujer. Aunque ella suponía que algo así pudiera
existir, la cruda evidencia hizo que reaccionase exigiendo la separación.
Él, que debía estar esperando el momento accedió de inmediato
y en poco tiempo la situación se había legalizado. Su estado de
ánimo era contradictorio. Por una parte se notaba que había ganado
en tranquilidad y por otra se sentía desplazada y con un serio sentimiento
de tristeza.
Natalia era la vitalidad en persona. Positivista, creativa y visceral, era absolutamente
reacia a los compromisos. No había querido casarse con ninguno de los
innumerables novios que había tenido y con los que siempre había
terminado conservando una gran amistad y una alergia a la convivencia. Manifestaba
claramente que no soportaba los inconvenientes de vivir en pareja. Todas las
veces que lo había intentado habían fracasado por la misma causa.
Maite, que la adoraba, decía graciosamente que era incapaz de entrar
en la ducha mojada por su pareja.
Confesaba que la sexualidad para ella no tenía ninguna trascendencia.
Era algo natural que se vivía o se disfrutaba, sin que supusiese ninguna
barrera ni tampoco ninguna sublimación. Era, al contrario que Maite,
muy explicita en sus comentarios, aunque sabía dar un enfoque irónico
y conceptual que evitaba una interpretación escabrosa. Por lo demás
sus comentarios eran de una claridad meridiana y carentes de eufemismos.
En ese sentido Maite era bastante retraída. Se notaba que se encontraba
incomoda en el tema y, simplemente dio a entender, con algunos rodeos que la
falta de atención de su ex marido no se había limitado a los aspectos
cotidianos de la pareja sino también al aspecto sexual. No quería
decir más sobre ello y aunque Natalia era a veces un poco brusca en sus
apreciaciones y le hacía preguntas comprometedoras se veía que
no quería profundizar en el tema. Al menos, en mi presencia.
Por mi parte les relaté sucintamente mi vida. Había enviudado
hacía tres años. Mis hijas vivían independientes fuera
de Madrid y había adaptado mi vida a una rutina cómoda e insípida.
A mis 55 años me podía permitir elegir mis aficiones y mis actividades,
y, para no caer en una falta de estimulo vital seguía trabajando al mismo
ritmo que siempre.
Cuando llevábamos una semana allí, cambió el viento. Empezó
a soplar el oeste y el mar cambió de color. Oscureció y el horizonte
se desdibujó en una neblina brumosa que limitó la visión
de la lejanía. Ese día yo había quedado en reunirme con
un antiguo colega que vivía en Grado. Reiteradamente me había
invitado a comer en su casa, pero no había encontrado lugar para atender
la invitación. Salí a media mañana y estuve con él
durante todo el día recordando antiguos tiempos y haciendo balance de
los muchos avatares que la vida nos había ido desgranando. Fue una velada
agradable y nostálgica que me dejó una grata sensación
y que me hizo pasar las horas inadvertidamente. El tiempo había cambiado
radicalmente, a primera hora de la tarde comenzó a caer un orvallo lento
y persistente. Después la lluvia se fue intensificando y pasó
a ser bastante intensa con ráfagas de aguacero. La casa de mi amigo,
acogedora y cálida, era propicia para conversar cómodamente desde
una galería acristalada viendo como poco a poco la luz desaparecía
y la lluvia se intensificaba. Aunque me ofreció quedarme a dormir en
su casa, preferí marchar al camping. La caravana había quedado
totalmente cerrada pero no estaba seguro de que pudiera haber quedado algún
resquicio por donde pudiera haber entrado la lluvia. Cuando salí de Grado
era noche cerrada y conduje con mucha precaución ya la que lluvia había
sido especialmente intensa y podía haber zonas de la carretera que tuvieran
agua embalsada.
Cuando llegue al camping, que estaba lógicamente desierto, fui directamente
a la parcela y dejé el coche pegado a la caravana para mojarme lo menos
posible. Salí deprisa sin mirar alrededor y cuando estaba abriendo la
puerta una ráfaga de luz iluminó la noche. Me di la vuelta y descubrí
que mis amigas estaban sentadas en su coche en medio de la lluvia que en aquellos
momentos era torrencial. Cogí un paraguas del interior y me acerqué
a su coche para saber que les pasaba. Cuando bajaron la ventanilla me di cuenta
de que estaban totalmente empapadas y ateridas. Me dijeron brevemente que el
agua les había sorprendido dando un paseo y que cuando llegaron al camping
su tienda estaba totalmente inundada por lo que se habían metido en el
coche a pasar la noche como mejor pudieran.
Sin perder un momento les dije que entraran en mi caravana que estaría
seca y caliente. Parecieron dudar un momento, pero enseguida salieron del coche
y entraron en la roulotte.
Encendí las luces y puse en marcha un pequeño turboconvector que
es suficiente para calentar un espacio tan pequeño aunque la temperatura
exterior sea mínima. Vi que efectivamente sus ropas estaban totalmente
empapadas y por lo que me dijeron toda la que había quedado en la tienda,
dentro de unas bolsas, se habían cubierto con el agua de la tormenta.
Busqué en los arcones la ropa seca que les pudiera valer. No tenía
demasiado repuesto pero esperaba fuera suficiente. Con un chándal, un
pantalón de pana, camisetas y camisas de lana podrían quedar suficientemente
abrigadas para reaccionar, ya que estaban literalmente tiritando.
Les facilité también unos gruesos calcetines de lana, y unos calzoncillos,
no tenía lógicamente otra cosa, para cada una.
Les dije que se quitaran la ropa enseguida, se secaran con toallas que les di
y se pusieran la ropa seca, mientras yo echaba un vistazo a su tienda para ver
que se podía rescatar.
Efectivamente la tienda había recibido un torrente que la había
dejado absolutamente inundada. Las bolsas con sus ropas estaban prácticamente
sumergidas y no era el momento de retirar nada.
Di tiempo para que se vistieran y cuando volví a la caravana ya estaban
terminando de ponerse mis ropas. Ambas eran menudas y aunque yo no soy especialmente
corpulento ni alto no puede decirse que mis prendas les sentasen como un guante.
Pero lo importante era que entraran rápidamente en calor y eso se estaba
consiguiendo. Preparé un grog, es decir, una mezcla de ron blanco, agua,
limón y azúcar, todo ello muy caliente. Cuando lo bebieron fue
inmediata su reacción. Este recurso es muy eficaz para estos casos. Así,
entre la bebida, la ropa seca y la temperatura, que con el calefactor se había
hecho muy confortable, les volvió el color a la cara y dejaron de tiritar.
Su ropa había dejado un charco en el suelo. La metí en una bolsa
de plástico y observé que hasta su ropa interior se había
empapado.
Ya entonadas me contaron la peripecia. Como novatas habían cometido el
error de dejar la tienda abierta, con lo que el agua había entrado con
facilidad. Además dio la casualidad de que la puerta estaba de cara al
lugar por donde discurría el agua y con la fuerza de la pendiente se
inundó. Ellas habían estado paseando y aunque volvieron a la carrera
la tromba de agua les dejó caladas hasta los huesos. Para colmo el coche
no les había arrancado, seguramente por la humedad del ambiente..
Preparé una cena apropiada para la ocasión; una sopa de sobre,
caliente, muy conveniente en estas ocasiones, huevos fritos con tomate y queso
con frutos secos. Había que recuperar calorías.
Ya más tranquilos cenamos cómodamente y como vi que ya habían
reaccionado quité el convector porque la temperatura era demasiado alta.
Esta vez dentro de la caravana hicimos la habitual sobremesa charlando animadamente.
Vi que su entusiasmo por la vida en la naturaleza había descendido sensiblemente,
aunque yo les advertí que estas ocasiones no dejan de ser meras anécdotas
que se superan fácilmente y que se recuerdan como simples aventuras.
No me lo dijeron expresamente, pero hicieron un gesto que indicaba claramente
que su experiencia campista había tocado a su fin.
Seguimos hablando tranquilamente y llegado el momento tuvimos que organizar
la forma de dormir. Ellas me dijeron que no querían invadirme y que se
iban a pasar la noche a su coche.
Les hice desistir de su idea. Ya habían reaccionado pero la mojadura
que habían tenido necesitaba que mantuviesen el calor. Por otra parte,
la ropa que les había dejado, no era suficiente para estar abrigadas
en el coche.
Así que decidí irme yo a mi coche a dormir, con un saco de montaña
que tenía en un arcón.
Protestaron insistentemente y me dijeron que si ellas no se iban al coche yo
tampoco me fuera y nos acomodásemos los tres en la caravana.
Hubiera la solución más cómoda. Yo no tenía ninguna
gana de pasar la noche en el coche, pero la caravana tiene una única
cama, ancha pero válida sólo para dos personas, no para tres.
Y por otra parte temía que la proximidad de ambas me jugara una mala
pasada. Yo estaba bastante tranquilo últimamente pero a veces había
pasado momentos de ansiedad por la abstinencia y prefería no tener tentaciones.
Pese a que su aspecto con los atuendos que les había dejado no era precisamente
elegante, se intuía claramente que eran dos mujeres muy atractivas. Buscando
una excusa, bastante torpe por cierto, me empeciné en ir a dormir al
coche y después de darles un leve beso a cada una, me fui al todo terreno.
La verdad es que fue una noche desagradable. Como ya he dicho el coche es pequeño
y la única forma de acomodarme era reclinar al máximo uno de los
asientos delanteros y medio tumbarme. En esta postura se puede echar una cabezada,
pero una noche completa es agotadora. Para colmo, la borrasca se fue acentuando
y el ruido del agua en el techo me despertaba a cada momento. De todos modos
no había solución con lo que me metí bien en el saco, que
eso sí, era de plumas y abrigaba lo suyo, y pasé la noche como
mejor pude.
Yo creo que me dormí poco antes de amanecer y me despertó la luz.
Tenía un dolor de espalda que no me dejaba ni respirar y sentía
entumecidos todos los músculos.
Decidí esperar a que mis huéspedes dieran señales de vida
para entrar a estirarme un poco. Justo en aquel momento vi como abrían
la puerta y me llamaban para que fuese.
Me quité el saco y en un salto, seguía lloviendo a mares, entré
en la caravana. Ya se habían levantado y después de quejarse y
protestar por mi cabezonería en pasar la noche fuera, me dijeron que
me metiese en la cama y tratase de descansar. No lo pensé dos veces.
Me estiré a todo lo largo y el calor, la suavidad del edredón,
y el sutil olor que despedía en la cama el leve perfume de mis invitadas
hicieron que me quedase traspuesto inmediatamente.
Me despertó un fuerte olor a café. Levanté la vista y vi
que habían buscado en los armarios lo necesario, habían preparado
el desayuno y estaban esperando a que me despertase. Me levanté y desayunamos
juntos. Aunque tenía el cuerpo molido no quise hacer ningún comentario
para evitar que se sintieran culpables. Ellas me confesaron que habían
dormido de un tirón y cuando les mentí y les dije que yo también,
me contestaron que podían parecer tontas pero no tanto.
Seguía lloviendo, aunque más suavemente. Como pudieron se arreglaron
mis ropas para salir a los servicios. Los wateres químicos de las caravanas
sirven para una emergencia, pero poco más, y cuando regresaron recuperamos
todas sus ropas, incluidas las de la tienda y las llevé a una lavandería
del pueblo para que las dejaran limpias y secas. Afortunadamente la cosa fue
rápida y en un par de horas estaba de vuelta con todo limpio. Se vistieron
enseguida y les vi que se quedaban mucho más cómodas. El arreglo
de la tienda era más peliagudo. Seguía totalmente empapada y la
única solución sería esperar que dejara de llover y tratar
de que se secara. De momento no había alternativa. Decidimos no preocuparnos
sobre algo que no estaba en nuestras manos y, de común acuerdo, nos fuimos
a comer a un buen restaurante de Luarca. La merluza que nos sirvieron rociada
con un buen godello nos dejó de un excelente humor.
Pasamos la tarde en una cafetería de Luarca. Incansables en la charla
habíamos adquirido en pocos días un grado de confianza que, por
lo menos para mi, no era habitual. Cuando se lo comenté ellas me confirmaron
su misma impresión. Jocosamente manifestamos que nuestra amistad se había
impulsado mejor con el agua que con el vino, cosa poco frecuente. Con estos
acontecimientos descubrí que, pese a la primera impresión, Maite
era muy ocurrente y perspicaz. Su imagen de tímida y apocada era superficial
y ocultaba una personalidad fuerte e inteligente que, en ocasiones dejaba traslucir
con alguna expresión precisa y certera.
Me sentía muy satisfecho por haber encontrado aquellas compañeras
de vacaciones que me hicieron reflexionar sobre la gran cantidad de personas
de gran valía que pasan a nuestro lado y a las que ni siquiera conocemos.
Cuando regresamos a la caravana, volvió a surgir la discrepancia sobre
como pasar la noche. En esta ocasión se negaron tajantemente a que me
fuera al coche y me dieron dos opciones: o nos organizábamos los tres
en la caravana o las que se iban al coche eran ellas dos. Aunque me resistí
fueron tajantes y por finalizar la discusión acepte que nos acomodásemos
los tres lo mejor posible.
Como la noche anterior había sido muy cansada decidimos irnos a la cama
enseguida.
Yo me coloqué al fondo, pegado a la pared, en el centro se colocó
Natalia y en el borde exterior Maite. Me sentí un tanto violento y me
puse un pijama que, aunque ligero, era completo. Yo siempre duermo con una simple
camisa pero en esta ocasión me puse pudorosamente el pantalón.
Me quedé más tranquilo cuando ellas, sin hacer tantos remilgos
como yo había hecho para desnudarme, se despojaron de sus ropas y se
pusieron un simple camisón, en lugar de los gruesos pijamas de algodón
que yo había recogido en la lavandería, más adecuados para
la tienda que para la caravana. De reojo pude ver la esplendidez de ambas. Como
ya he debido decir, eran menudas, no más de 1,55, delgadas, pero pude
apreciar la rotundidez del pecho de Maite y las apretadas nalgas de Natalia.
Una vez acostados, yo me pegué totalmente a la pared, con el fin de evitar
el mínimo contacto con ellas y, aunque al principio estaba nervioso,
poco a poco el cansancio me fue venciendo y me quedé dormido.
Soy bastante confuso en el recuerdo de mis sueños, pero en aquella ocasión
tuve uno muy nítido. Estaba en una embarcación en el mar. A lo
lejos veía la costa y en ella el camping hacia donde quería llegar
pero no conseguía navegar. El viento me arrastraba mar adentro y aunque
yo movía la botavara para que la vela recibiese el viento de través,
la barca, ingobernable, giraba sobre si misma sin variar de posición.
Empezó a llover mansamente y yo pensé que mi destino era seguir
eternamente en aquel punto sin retorno. Tendí una vela sobre la cubierta
y me refugié debajo de ella para dormir a resguardo del agua, que golpeaba
con ruido sordo sobre la lona. Cubierto con ésta, que paradójicamente
tenía un tacto muy suave y cálido, sentía que el sueño
me invadía, era sentir el sueño dentro de otro sueño. Con
esta sensación relajada y dulce sentí que la cuerda que sujetaba
la vela, se movía entre mis piernas, pero al igual que la lona, su tacto
era suave y ligero. En lugar de un roce áspero era una sensación
de seda que me subía por los muslos y llegaba a situarse en mis ingles.
La lona, mientras tanto me oprimía contra el piso de la cubierta, que
notaba cálido y cómodo. Con esta sensación sedante me desperté
a medias, sin que en mi somnolencia logrará saber en dónde me
encontraba realmente. Poco a poco recobré el sentido de la ubicación
y noté que estaba totalmente pegado a la pared de la caravana y que,
totalmente pegada a mi espalda, había otra persona. Supuse que Natalia,
en su sueño, se había apoyado en mi, pero noté que su mano,
la driza de mi sueño, subía por mis muslos acariciándome
suavemente a través de mi pijama y al llegar a mis ingles abría
el pantalón y me acariciaba el sexo. Me quedé paralizado. No sabía
que hacer. No podía averiguar sin moverme si su acción era producto
de un sueño o estaba despierta. Con voz susurrante le dije: Natalia,,,,
y ella, en el mismo tono contestó: chissss,,calla. La incógnita
estaba resuelta. Su actitud era plenamente consciente y premeditada. Me di cuenta
entonces que en medio del sueño se me había producido una fuerte
erección que sus caricias aumentaban. Me quedé paralizado sin
saber que hacer. Ella en un susurro me dijo que me diera la vuelta. Lo hice
con todo cuidado y quedamos de frente. Inmediatamente ella se pegó a
mi y noté su cálida suavidad. Mi erección era difícilmente
disimulable porque prácticamente estaba incrustado entre sus muslos.
Sus brazos rodearon mi cuello y me besó intensamente. Yo respondí
con deseo y mordí suavemente su agitada lengua. Mis manos recorrieron
su espalda y llegaron a su firme trasero. Su respiración se agitó
y deduje que ese tipo de caricia era estimulante para ella.
Fui bajando sus bragas lentamente y ella levantó el cuerpo para facilitarme
la operación. Mis dedos acariciaron su vulva notando una ligera viscosidad.
Sentí como soltaba el botón de mi pantalón de pijama y
su mano entraba nuevamente en contacto con mi sexo. Mantuvimos la mutua caricia
durante unos minutos mientras nos besábamos apasionadamente. Yo estaba
tremendamente excitado por la situación tan imprevisible que estaba disfrutando,
al tiempo que miraba con cierto reparo a Maite, que dormía plácidamente
con una respiración acompasada, ajena a nuestros manejos. Aunque la caravana
estaba a oscuras, por la claraboya superior entraba un mínimo resplandor
que permitía distinguir nuestras facciones. Natalia, que me observó
mirar inquieto a Maite, me tranquilizó diciéndome que tenía
un sueño muy profundo.
Cuando llevábamos mucho tiempo acariciándonos, me pidió
que me pusiera boca arriba y se colocó a horcajadas sobre mi. Situó
su vulva en mi sexo y lentamente fue introduciéndolo. Le pedí
tuviera cuidado porque no tenía preservativos, pero me dijo que no me
preocupara porque estaba tomando anticonceptivos. Lentamente fue moviéndose
mientras mis manos acariciaban sus leves pechos y las suyas hacían presa
en mis tetillas pellizcándome con una presión que me producía
dolor y placer al mismo tiempo. Yo nunca había experimentado esa sensación
y noté que era especialmente estimulante, por lo que la imité
y apreté con más fuerza sus pezones. El efecto fue inmediato,
abrió la boca con un sonido gutural y su respiración se aceleró.
Al propio tiempo sus dedos intensificaron su presión en mi pecho lo que
aumentó por una parte el dolor que sentía al tiempo que notaba
como mi excitación llegaba al paroxismo. Percibía que estaba a
punto de llegar al orgasmo, cuando oí una voz que decía: ¡
vaya dos golfos estáis hechos¡. Pegué un respingo y quedé
paralizado. Miré a mi lado y vi a Maite que nos estaba observando con
una sonrisa guasona. Me quité de encima a Natalia, que quedó de
nuevo a mi lado, protestando por mi brusca acción. Como la luz era muy
tenue no se vería pero sentía que mi cara me ardía de rubor.
Maite dijo que por ella no nos preocupásemos que podíamos seguir
y ella contemplaría el espectáculo, aunque huelga decir que el
momento mágico se había roto y yo estaba cortado. Tomamos la cosa
en broma y seguimos haciendo comentarios jocosos durante un buen rato. Maite
estuvo especialmente ocurrente, y nos hizo reir contándonos como nos
había estado observando. Deduje que pese a parecer dormida había
estado al tanto de nuestros movimientos desde el primer momento, por lo que
le dije que entonces podía habernos interrumpido antes o haber esperado
un poco más. Con mucha gracia dijo que lo había hecho adrede porque
estaba esperando que la diésemos participación en la fiesta y
que como no lo hacíamos se sintió abandonada. Yo no sabía
si lo decía en serio o en broma, pero Natalia, se volvió hacia
ella y le dijo: Vale, ¡ vamos a atender a esta envidiosa¡ Yo me
mantuve a la expectativa porque no sabía por donde iba a salir la cosa.
Natalia se pasó al otro lado y dejó a Maite en el centro. Vi como
Natalia levantaba el camisón a Maite, dejando libres sus magníficos
pechos.
Acercó su boca a uno de ellos, acariciándolo con sus labios y
me dijo que hiciera yo lo mismo con el otro. Mire a Maite que tenía una
expresión de complacencia y seguí el consejo. El pecho de Maite
era grande, turgente y su pezón se endureció inmediatamente que
lo tomé con mis labios. Con el susto que me había llevado mi erección
había desaparecido, pero ahora notaba como se iba recuperando. Continuamos
succionando sus pechos y bajé mi mano por su vientre hacía su
sexo. Allí me encontré con que la mano de Natalia ya estaba acariciando
su vulva sobre la tela de sus bragas. Como puestos de acuerdo se las bajamos
por ambos lados. Maite levantó el trasero y las deslicé fuera
de sus pies.
Entre Natalia y yo seguimos acariciando su cuerpo. Natalia exploraba su vulva
con evidente pericia mientras yo me dedicaba por completo a sus espléndidos
senos.
Alternaba mi boca en ambos y al tiempo acariciaba el otro con mis dedos. Maite
permanecía inmóvil, dejándose hacer. Por su boca entreabierta
se escapaba un ronco gemido que a ratos se agudizaba; su respiración
se agitaba por momentos y los acelerados latidos de su corazón eran percibidos
claramente por mi boca.
Natalia había cambiado su postura. Tumbada en sentido contrario a nosotros
tenía su boca en el pubis de Maite. Yo sólo podía distinguir
su cabeza incrustada entre las piernas de nuestra compañera, que las
mantenía muy abiertas y extendidas.
Yo seguía succionando y acariciando los vértices de los senos
de Maite y, siguiendo el ejemplo que me había dado Natalia, comencé
a ejercer una ligera presión con mis dedos en los pezones. No dijo nada,
pero cuando aumenté un poco la fuerza, pegó un respingo y me dijo
que ella sólo le gustaban las caricias suaves y que las violentas se
las reservara a Natalia. Cambié de nuevo de sistema y continué
chupeteando y acariciando sus vértices que habían alcanzado un
volumen y dureza considerables.
Natalia seguía con su cara oculta y era evidente que su lengua estaba
totalmente introducida en la vulva de Maite. Esta fue incrementando los signos
de excitación hasta que, con un sordo gruñido, alcanzó
un profundo orgasmo.
Cuando me iba a retirar observé que Natalia continuaba en la misma posición
moviendo levemente la cabeza. Seguí su pauta y continué acariciando
y succionando los pezones de Maite que, tras un momento de relajación,
volvía a mostrar señales de excitación. Su respiración
se agitaba de nuevo y un ronco murmullo salía de su boca entreabierta.
En poco tiempo llegó a un nuevo orgasmo, esta vez menos ruidoso que el
anterior pero más persistente. Esto se repitió tres o cuatro veces
más, lo que me tenía extrañado porque nunca había
conocido una capacidad como aquella de repetir el clímax. Finalmente
nos pidió que no siguiéramos. Natalia, volvió a su posición
original, aunque esta vez a mi lado y buscó mi boca fundiéndonos
en un largo beso en el que me trasmitió el sabor dulzón, acre
y pastoso que el sexo de Maite había dejado mezclado con su saliva. Este
sabor me produjo una fuerte excitación, y aunque yo ya tenía una
considerable erección con aquel beso mi tensión llegó al
máximo. Busqué con mi mano su sexo y noté nuevamente su
humedad por lo que colocándola de costado introduje mi pene en su interior.
Volvimos a pellizcarnos los pezones mutuamente, intensificando poco a poco la
presión, hasta un momento en que el dolor que yo sentía descendió
como una sacudida eléctrica hasta mis genitales provocándome un
orgasmo de una desconocida intensidad hasta entonces. Instintivamente al sentir
la descarga nerviosa apreté convulsivamente los pezones de Natalia que
con un alarido de placer y dolor se retorció al llegar al orgasmo como
si sufriera un ataque epiléptico.
Ambos quedamos postrados y con una sensación de plenitud y sosiego aunque,
al menos yo, notaba que mi pecho estaba dolorido.
Me quedé dormido enseguida y supongo que ellas también. Al día
siguiente cuando me desperté, ya entrada la mañana, ambas estaban
aún dormidas y con la claridad del día pude percibir lo atractivas
que eran las dos. Sus camisones estaban subidos y levantando el edredón
que nos cubría pude observar la rotundidad de sus cuerpos y percibir
el olor espeso y peculiar que desprendían sus sexos.
Aunque tuve cuidado en moverme lentamente, Natalia se despertó y mirándome
me sonrió diciéndome que vaya nochecita habíamos pasado.
Maite abrió los ojos al oír su voz y me miró con aquella
mirada suya en la que cualquier rasgo de timidez había desaparecido.
Nos levantamos y nos fuimos a ducharnos en los servicios. De momento no llovía,
aunque el cielo seguía cubierto.
Una vez tonificados por el agua caliente, preparamos el desayuno. Yo les miraba
con cierto recelo porque no sabía como iba a seguir nuestra relación
en lo sucesivo. Inútil cautela ya que su trato era tan natural como el
día anterior sin hacer el más mínimo comentario a lo sucedido
por la noche. Aunque yo notaba en Maite una mirada especial que no sabía
definir, percibía en ella ternura pero al mismo tiempo tenía un
brillo de picardía que me dejaba sin saber que decir. Decidí esperar
acontecimientos ya que, por otra parte, las vacaciones se estaban terminando
y suponía que aquella ocasión había sido para ellas una
experiencia más o menos aventurera.
Por otra parte no sabía exactamente cual era la situación de las
dos amigas. Era evidente que no era la primera vez que tenían una relación
sexual entre ellas. El conocimiento que Natalia demostró satisfaciendo
repetidamente a Maite no parecía ser casual y la naturalidad con que
ambas se comportaron en todo momento dejaba a las claras que, al menos Natalia
era bisexual. No estaba tan seguro sobre Maite, ya que aunque disfrutó
con mis caricias realmente su estimulación y satisfacción fue
fruto de la acción de Natalia. No habíamos hablado de las circunstancias
de su antiguo matrimonio ni había hecho la más mínima alusión
a su ex marido. Al mismo tiempo mi participación en aquella intimidad
podía haber sido fruto de la casualidad o quizás, y para mi era
una incógnita, algo premeditado por una o ambas.
El día pasó tranquilamente. Al fin el sol había hecho acto
de presencia y mis amigas lo celebraron bajando a la playa. Yo decidí
acompañarlas esta vez. Antes extendimos su tienda todo lo que pudimos
colgándola entre dos postes para que se secara lo mejor posible. Hasta
entonces había sido una verdadera esponja.
En la pequeña playa, casi desierta, estuvimos charlando largamente. Yo
no pensé ni por un momento en entrar en el agua. Ellas lo hicieron brevemente
aunque salieron enseguida pese a que dijeron que no estaba fría. Aprovecharon
la soledad, sólo había dos parejas más en la playa, para
quedarse con el pecho descubierto y pude apreciar la diferencia de figura de
ambas. Maite, rotunda, llena, exuberante. Natalia, ligera, mínima, tersa.
Eran dos exquisitas mujeres a cual más atractiva.
Como era de esperar finalmente salió a relucir el episodio nocturno.
Natalia, con todo descaro, reconoció que cuando nos acostamos tenía
la intención de hacer el amor conmigo simplemente porque le apetecía.
Maite, con no menos intención, dijo que ella ya lo esperaba porque conocía
a Natalia lo suficiente para intuir cuando le gustaba un tío. La conversación
se fue deslizando hacia lo que yo no acababa de ver claro; la relación
entre ambas. Sin ningún remilgo reconocieron ambas que eran bisexuales
y que desde hacía mucho tiempo, incluso cuando Maite estaba casada, tenían
momentos de esparcimiento común y que, aunque no se consideraban enamoradas
entre sí, se gustaban y se compenetraban lo suficiente como para disfrutar
juntas. Me confesaron que era la primera vez que habían compartido su
cama con un hombre y reconocieron que la experiencia les había satisfecho.
Maliciosamente yo le dije a Maite que, en su caso, yo había sido un mero
comparsa y ella dirigiéndome fijamente una de sus miradas tierna y perversa
dijo que eso tenía fácil arreglo. Esta vez no pude evitar que
el color que subió a mi cara fuera visible para ambas, con lo que Natalia
se partía de risa contemplando mi inoportuno rubor.
Escaldado, cambie de conversación con lo que las dos se quedaron con
una sonrisa irónica y divertida.
Subimos desde la playa y comimos espléndidamente al aire libre. Con los
dos días de lluvia anteriores no habíamos tenido la oportunidad
de sentarnos en el exterior. Aunque la hierba estaba un poco húmeda el
fuerte sol había caldeado el ambiente.
Su tienda estaba casi seca, pero en lugar de montarla pensaron en empaquetarla,
por si volvía a llover y seguir durmiendo en mi caravana, si yo no tenía
inconveniente. Todo esto lo decían con una ironía en la que se
subyacía la doble intención. Sus chispeantes miradas lo dejaban
traslucir. Yo preferí hacerme el desentendido y estuve de acuerdo sin
hacer más comentarios.
Recogimos la tienda, que aunque un poco húmeda estaba en condiciones
de guardarla y dejaron sus cosas en el coche, guardando en la caravana sólo
lo imprescindible.
Estuvimos por la tarde paseando por el pueblo. La lluvia había dejado
un delicioso olor a vegetación en las calles y las piedras, aun húmedas,
brillaban con una limpieza inigualable. Al fondo, el mar, daba una pincelada
verdosa que se perdía en el horizonte.
Hicimos algunas compras para la cena, ellas entraron un momento en una farmacia
mientras yo buscaba un vino pasable y después de estar sentados placidamente
en una terraza del paseo central, volvimos al camping.
La cena fue tranquila y lenta. Queríamos aprovechar los últimos
momentos de las vacaciones que nos quedaban y estuvimos, como otras veces, charlando
de mil cosas hasta las doce más o menos.
Cuando llegó el momento de acostarnos, lo hicimos con toda normalidad.
Parecía como si la noche anterior hubiera establecido una antigua costumbre.
El cambio de temperatura era sensible y dentro de la caravana hacía calor
por lo que en lugar del edredón de plumón de la noche anterior
nos cubrimos con una simple sábana.
Natalia dejó encendido un piloto que, aunque pequeño, nos iluminaba
a los tres con toda claridad y me pidió que esta vez me pusiera en el
centro. Vi que se cruzaban una mirada de inteligencia, pero hice lo que me pedían
sin comentar nada.
Nada más acostarnos ambas comenzaron a acariciarme cada una de un costado.
Yo quise corresponderles pero me pidieron que me estuviera quieto y me dejara
hacer. Me quedé expectante y sentí como sus manos y sus bocas
recorrían todo mi cuerpo. A veces no sabía distinguir quien era
la propietaria de unos dedos o una lengua, pero lo cierto es que me sentía
transportado en una nube de sensualidad.
Natalia cambió de posición colocando sus rodillas a los lados
de mi cabeza, con lo que pude ver su vulva delante de mi cara. Al tiempo noté
como su boca tomaba mi pene y lo succionaba con fuerza, haciendo un movimiento
de vaivén que en segundos consiguió que se quedase erecto. Contagiado
por su actitud yo aproximé mi boca a su vulva e introduje mi lengua en
su sexo. Ella separó sus rodillas para quedar más baja con lo
que mi boca, nariz y cara quedó pegada a su pubis. Continué recorriendo
con mi lengua su interior, notando como su olor característico se mezclaba
con mi saliva, y notando como su boca me succionaba haciendo una fuerte presión
con los labios. Cuando estábamos en esta postura, Maite que permanecía
contemplándonos, nos cogió a cada uno un pezón con una
mano, y nos dijo que, puesto que a los dos nos gustaba el dolor, nos iba a ayudar.
Yo aún tenía las tetillas doloridas de la noche anterior, por
lo que estuve a punto de decirle que yo pasaba del tema, pero cuando empezó
a pellizcarme levemente, volví a experimentar la sensación especial
de la vez anterior. A Natalia debió ocurrirle lo mismo porque percibí
como el interior de su sexo palpitaba sensiblemente. Mi lengua notaba sus espasmos
y empezó a emitir unos gritos contenidos que se amortiguaban porque seguía
con la boca cerrada sobre mi pene. Maite dejó mi pecho y cogió
los dos pezones de Natalia con ambas manos. Pude notar como le daba unos tirones
especialmente fuertes que llevaron a Natalia a un estado desenfrenado. Su vulva
era una catarata de contracciones que mi lengua, que había entrado todo
lo posible, captaba con toda su intensidad. Su boca no pudo mantener mi pene
por más tiempo, se abrió en búsqueda de aire y en ese momento
Maite le volvió a dar un brutal apretón en los pezones que, junto
a mi lengua que seguía frotando su clítoris, la arrastró
a un orgasmo descomunal. El alarido debió oírse mar adentro y,
aunque en el camping no había mucha gente, los vecinos se debieron quedar
extrañados por el grito tan tremendo que salió de su garganta.
Lentamente se dio la vuelta y se colocó a mi lado, quedando en una actitud
exánime. Yo miré a Maite y en silencio le consulté si debíamos
seguir, pero ella movió silenciosa y negativamente la cabeza. Deduje
que se conocían perfectamente y, en el caso de Natalia, no se producía
el efecto multiorgásmico que me había llamado la atención
en Maite.
Esta, sin esperar a que me moviera, se pegó a mi costado y haciéndome
volver la cabeza me besó como había hecho Natalia la noche anterior.
Ahora era yo el que la trasmitía el sabor del sexo de Natalia. Noté
como buscaba en mi boca hasta la última gota de su amiga al tiempo que
su excitación se hacía evidente. Puse mi mano en sus senos, con
el máximo cuidado ya que sabía que a ella no le gustaban los apretones.
Sus manos acariciaron mi sexo, que mantenía su erección y cambiando
de postura se colocó en la parte baja de la cama. Su boca encontró
mi pene y comenzó a succionarme al igual que había hecho antes
Natalia. Sin embargo ella quedaba fuera de mi alcance. Noté las manos
de Natalia en mis pechos. Volví la cabeza y la vi recostada y dispuesta
a participar nuevamente. Mis pezones, que estaban doloridos por tantos ataques,
no tardaron en sensibilizarse y notar el placer de la presión, esta vez
no muy fuerte, que me hacía Natalia. Esta, se acercó más
a mí y cogió mis pezones con su boca. Me fue succionando apretando
los labios hasta que noté como sus dientes se clavaban en mi. No pude
evitar dar un respingo de dolor, ya que era una sensación cortante. Ella
no hizo caso de mi reacción y siguió mordisqueando. Poco a poco
noté que la sensación era más excitante aún. Maite
seguía succionando mi pene y por un momento pensé que eyacularía
en su boca. No fue así. Ella me soltó y oí como manipulaba
alguna cosa con las manos. Sentí que me ponía un preservativo,
quedaba aclarada la visita a la farmacia, y acto seguido volvió a mi
lado y se colocó de rodillas a cuatro patas. Me pidió que la penetrara
desde atrás. Yo no entendí bien al principio, pensé que
se refería al ano, pero en seguida me aclaró que no, que le gustaba
esa postura para que la penetrase normalmente. Me puse de rodillas detrás
de ella y con suma facilidad le introduje el miembro. Sentí como sus
músculos interiores se contraían comprimiéndome el pene.
Era un movimiento interno que apretaba y aflojaba alternativamente y que me
producía una excitante sensación.
Yo dejaba el miembro totalmente introducido y sin necesidad de moverme sentía
un intenso efecto. Natalia entretanto se había situado también
de rodillas detrás de mi. Notaba sus pequeños pechos pegados a
mi espalda y el vello de su pubis cosquilleando en mi trasero. Pasó sus
manos por mis costados y volvió a coger mis pezones. De nuevo el primer
efecto fue de dolor, pero poco a poco me fue excitando. Maite dejó oprimido
mi pene al tiempo que comenzó un movimiento oscilante. Yo cogí
su ritmo y comencé a moverme adelante y atrás. Era evidente que
su excitación aumentaba. Natalia seguía detrás de mi. Notaba
que sus pequeños pezones estaban rígidos y clavados en mi espalda.
Sus manos seguían haciendo un pinzamiento en los míos, aunque
ahora la presión era leve. Vi que estaba pendiente de Maite y cuando
notó que se aproximaba su orgasmo incremento la fuerza en sus manos.
Cuando Maite explotó en su ya conocido gruñido de placer, Natalia
tiró brutalmente de mis pezones lo que me produjo, aparte de un dolor
casi insoportable una nueva sacudida que bajando por mi pecho y vientre llegó
a mis genitales provocando un orgasmo intensísimo. Eyaculé dentro
de Maite que había relajado momentáneamente su presión
y los tres nos dimos la vuelta y quedamos tendidos recuperándonos. Como
ya había observado el día anterior la reacción de Maite,
no esperé y me situé como había hecho Natalia, con mi boca
en su pubis. Fui explorando con mi lengua su fluida vulva, que de inmediato
comenzó a palpitar de deseo. Al igual que el día anterior, disfrutó
una sucesión de orgasmos. Cuando me pidió que lo dejase, volví
a mi postura anterior, tumbado entre las dos, y nuevamente Natalia, en un beso
profundo compartió el sabor que nuestra amiga había dejado en
mi boca.
Caímos en un profundo sueño que duró hasta el día
siguiente, que era el último que pasaríamos en el camping.
Durante todo el día estuvimos juntos. Bajamos un rato a la playa. Para
hacer honor al Cantábrico y despedirme con la ceremonia debida hice el
alarde de meterme en el agua. La encontré menos fría de lo que
esperaba, aunque de todos modos sólo estuve unos minutos. Mis amigas
si hicieron más largo el baño. A lo largo del día estuvimos
cambiando impresiones sobre nuestro encuentro. Por mi parte la relación
con ambas había sido un regalo impensado. Ellas confesaron que se habían
encontrado muy satisfechas y que lo habían disfrutado plenamente. En
el aire quedaba una cuestión que ninguno de nosotros abordaba. Qué
íbamos a hacer después. Ellas vivían en Valladolid y yo
en Madrid. Aunque la distancia es fácilmente superable si decidiésemos
vernos tendríamos que organizarlo previamente. Yo esperaba algún
indicio que me orientase sobre sus intenciones pero ninguno decíamos
nada concreto y yo no sabía si para ellas aquella relación suponía
un mero paréntesis en sus vidas, que recobrarían su normalidad
después de las vacaciones e incluso, yo tampoco tenía claro cual
era mi deseo en aquel momento.
Como vi que no surgía espontáneamente, cuando estábamos
cenando yo planteé el tema directamente. Les pregunté si querían
que nos volviéramos a ver. Se miraron rápidamente y me dijeron
que precisamente me querían invitar a pasar un fin de semana en casa
de Maite, si a mi me parecía bien. Lógicamente les dije que estaría
encantado y que esperaba que en correspondencia aceptasen ir a mi casa de Madrid
en otros sucesivos. Estuvimos de acuerdo en mantener los contactos personales
después de las vacaciones. Aquella noche, la última fue una repetición
de las anteriores. Los tres disfrutamos mutuamente y nos despedimos de nuestra
intimidad hasta el proyectado encuentro.
Al día siguiente nos pusimos en marcha con alguna tristeza pero con el
convencimiento de que nuestras vacaciones habían tomado un sesgo que
ninguno de los tres habíamos previsto.
Como habíamos quedado, al siguiente fin de semana fui a casa de Maite,
en Valladolid, donde me esperaban las dos. Comimos juntos y pasamos la tarde
hablando como de costumbre de mil cosas, recordando nuestra estancia en Luarca.
Cuando llegó la noche, Natalia dijo que no podía quedarse. No
dio más explicaciones pero por los comentarios que ambas hicieron supuse
que ya habían quedado de acuerdo previamente. Maite y yo pasamos la noche
juntos. Su reacción fue similar a la de las veces que ya conocía.
Sus orgasmos se sucedían uno tras otro. Me confesó que hacía
mucho tiempo que no experimentaba de aquella forma. Al parecer con su ex marido
la compenetración era mínima y cuando él se satisfacía
no seguía insistiendo en atenderla a ella. Según me dijo, sólo
Natalia había encontrado su punto exacto de satisfacción.
Al día siguiente Natalia vino a buscarnos para ir a comer a un restaurante.
Su maliciosa sonrisa no dejaba lugar a dudas. Nos había querido dejar
solos por alguna razón.
Hace ya ocho meses de aquello y seguimos viéndonos regularmente. Unas
veces yo me desplazo a Valladolid y otras han venido a mi casa, aunque Natalia
no ha vuelto a compartir nuestra intimidad. Sé que quiere que mi atención
se oriente sólo hacia Maite con la que sigo manteniendo una relación
muy intensa.
De momento no nos hemos planteado establecer ningún compromiso, aunque
ambos tenemos plena libertad para hacerlo. En todo caso es algo que está
abierto a cualquier posibilidad en el futuro.
Elgo.
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