MÁGICA RED (SUEÑO CONTINUADO II)
Cyber, hetero. A través de la red tienen una maravillosa sesión de sexo.


Continuación del relato erótico “Sueño Continuado” publicado en “El Rincón de Marqueze.net” el día 25 de Enero de 2002.
Este relato, al contrario que el anterior, está dedicado sólo a A.L.; por lo demás, sigue siendo un resultado de mi imaginación.

Era una de esas veces en que navegando por la red lograba ponerme en contacto con A.L. La conversación entre los dos había comenzado como de costumbre:
Yo: Hola A.
A.L.: Hola corazón
Yo: Cómo anda todo???
Estás ocupada???
Estás sola???
A.L.: Todo anda perfecto, y vos???
No estoy ni ocupada ni con alguien, somos solo nosotros dos
Yo: Yo, ahora que te encontré, mejor que nunca
Tenés tiempo para una “charla”???
A.L.: Seguro.
Comencemos
Yo: Que estás haciendo???
A.L: Estoy en mi oficina sentada frente a la máquina.
Te estoy esperando ansiosa
Yo: Estoy en camino

En ese momento, fui transportado inmediatamente hasta su oficina, apareciendo, de pronto, detrás de ella en el preciso instante en que escribía: “Todavía no te siento”. Yo en un principio me quedé quieto en mi lugar, observando la maravillosa imagen que frente a mi se presentaba: ella sentada inmóvil frente a la máquina, con su espalda hacia mí cubierta por esa camisa blanca tan delicada que se transparentaba la inexistencia de sujetador alguno; esto me hizo imaginar que tampoco llevaría puesto nada bajo esa ceñida minifalda azul que tan perfectamente marcaba sus curvas traseras, al tiempo que deliraba al pensar en que esos suculentos pezones que coronan sus exuberantes senos estaban disfrutando las suaves caricias de la seda sin la intromisión de encaje alguno. Me acerqué sigilosamente hacia ella y, al tocarle el hombro le dije: “¿Qué tal ahora?”. Ella se sobresaltó un poco y giró a verme. Sus idílicos ojos me recorrieron por completo antes que su cara de sorpresa cambiara por una de total desconcierto. Yo no estaba para nada vestido lo que se dice apropiadamente; llevaba puesto un pantalón jean hecho bermuda, una remera blanca tan gastada que el impreso que llevaba era casi inexistente, todo esto coronado por unas sandalias de cuero sin medias. No les puedo contar la pequeña decepción que me llevé una vez que ella quedó totalmente frente a mí y noté, gracias a que su escueta minifalda se hallaba subida más de lo supuesto, la existencia de una tanga que había dado un poco por tierra con mi deseo. Digo un poco por el tamaño que esta tenía que, además de ser casi nulo, se hallaba completamente inmerso entre los labios de su vagina. Sus pezones, por otro lado estaban como yo los había predicho, erectos a más no poder, rasgando la delicada tela de la camisa que, por el momento, le propinaba las caricias.
Esta imagen hizo que una corriente me recorriera desde la cabeza a los pies; a la vez que mi amigo se despertó, formando una carpa con la tela del pantalón que apuntaba a la cara de A., cuyos labios se hallaban abiertos lo suficiente como para que la lengua se escabullera entre ellos y los humedeciera a la espera del momento en que lo rodearían. Sus manos, en tanto, subieron desde su falda a desabrochar de a uno los botones de su camisa y así liberar esos imponentes senos de su frágil encierro; al tiempo que las mías se dirigieron a hacer lo propio con mi verga, la cual, apenas había bajado el cierre de mi bermuda, emergió como resorte, firme como un mástil sobre el que se posaron de inmediato los ávidos ojos de A. La libertad de sus pezones fue efímera, ya que, inmediatamente después de que fueron liberados de su frágil prisión, sus manos tomaron posesión de ellos, estrujándolos con los dedos al tiempo que masajeaban las moles que estos coronaban, para luego de juntarlas, ofrecérmelas en toda su plenitud. Yo me aproximé lentamente a ella, sosteniendo en mi mano derecha la verga que tanto deseaba posar entre ellas y experimentar el hecho de verla desaparecer tras sus palpitantes inmensidades que de seguro estarían calientes a más no poder. Y de hecho lo estaban, como pude apreciar en el preciso instante en que mi glande se posó en ellas; instante en que sus manos fueron reemplazadas por las mías en la sujeción. Tomé sus senos, formando con ellos una almohada en forma de corazón que mi verga se dispuso a “serruchar”, al tiempo que sus manos se dirigieron, luego de desabrocharme el pantalón y hacerlo caer junto con mis boxers hasta el piso, la derecha a su entrepierna, y la izquierda a sus labios, recorriéndolos de un modo circular con el índice que de tanto en tanto entraba y salía de entre ellos, a veces acompañado por el mayor. Este movimiento era acompasado y mutuo, ya que, al tiempo que su índice ingresaba en esos carnosos labios, mi glande hacía su corta aparición por entre esas lomas de carne cada vez más calientes y sudorosas. De a momentos, tanto sus ojos como los míos se dirigían a él, para, luego de irse a encontrar mutuamente y dar cuenta que la sensación que cada uno tenía era ampliamente compartida por el otro, volver a su posición original: los míos a quedar fijos en el techo, ya sea cerrados o no, y los de ella a moverse aleatoriamente ocultos tras esos párpados suavemente maquillados. De pronto, siento que sus manos, tomando posesión de mis nalgas, le imprimen a nuestro vaivén mayor velocidad; mi pelvis, que antes se rozaba contra esas moles, ahora las choca cada vez con mayor intensidad, haciendo que leves ondulaciones se hagan presentes en sus superficies, al tiempo que las apariciones de mi glande, como era de esperarse, se hacen más sucesivas y violentas, llegando a un punto tal que es más que evidente para ambos que mi verga esta pronta a hacer erupción. Es más, era tal el grado de evidencia que ella se puso en posición para recibir los chorros, bajando la cabeza de modo que su mentón se posara sobre el comienzo de sus senos, con la boca abierta a más no poder, a la espera de su regalo; el cual vino, ¡¡y de que forma! : al tiempo que de mi boca salía un grito de éxtasis que retumbaba contra el techo, mi glande completamente hinchado y enrojecido se asomó y disparó tres o cuatro chorros bien cargados, alguno de los cuales hicieron centro en su boca, mientras que otros- si no me equivoco los últimos- fueron a dar de lleno a su nariz, como pude apreciar luego de que, una vez que la descarga había finalizado, dirigiera mi vista a su rostro para encontrarla recogiendo dichos restos con la lengua que iba y venía por la comisura de modo de no dejar ni el más mínimo resto sin saborear.
Inmediatamente después, A. tomó con su derecha mi pene, que semiflácido yacía sobre su seno izquierdo derramando las últimas gotas que siempre quedan en la punta, y, llevándoselo a la boca, lo limpió de esa manera que sólo ella sabe, y que más que limpieza es una mezcla de respiración boca a boca y alarma que te avisa que la “pelea” no ha terminado aún- por supuesto la proporción en que se mezclan depende del momento en que es recibida- y que es tiempo de otro asalto. Podía sentir como mi pene respondía a tales tratos, volviendo en sí dentro de su fogosa cavidad bucal; como también sabía que ella lo había sentido así, y que por eso había comenzado a mover su cabeza de atrás hacia delante, golpeando suavemente su bella nariz contra la mullida mata de pelos de mi pelvis, así como haciendo tope en el borde inferior de mi glande con los dientes que de tanto en tanto incorporaba al recorrido, produciéndome ola tras ola de escalofríos. Se sentía tan bien mi verga entrando y saliendo de su boca, el sentir como su lengua la embadurnaba de saliva y sus dientes me producían estremecimiento; pero no era justo que solo yo sea quien reciba todas las atenciones, y se lo hice saber deteniéndola. En un principio me miró con cierta extrañeza; pero luego de ver que me arrodillaba, entendió el porqué lo había hecho y se dispuso a facilitarme la tarea arremangándose aún más- como si eso fuera posible- la minifalda y abriendo las piernas para darme un mejor plano de su raja. De más está decir que se veía más suculenta que nunca, con sus gruesos labios babeantes abrazando el triángulito de su bombacha ya convertido en una tira completamente embebida en flujos, y su turgente clítoris formando una pequeña pero evidente carpa con dicha tela. Sin perder ni un segundo, hice a un lado la tira y sumergí mi cabeza en su entrepierna de tal forma que el choque le produjo un orgasmo tal que casi me ahoga con la cantidad de flujos que emanaron de ahí apenas mi boca alcanzó su raja; ahogo al cual ayudó el hecho de que ella oprimiese mi cabeza contra sí al tiempo que un agudo gemido escapaba por entre sus tensos labios. Aún así, no me amedrenté y llevé a cabo la tarea que me había propuesto, recorriendo la extensión de esos labios de punta a punta con la lengua, deteniéndome a la altura de su clítoris, para apresarlo delicadamente entre mis labios, amasándolo entre ellos así como tintineándolo con la lengua. Y en eso estuve hasta que sentí como su cuerpo se erizaba en señal de que un nuevo orgasmo estaba cerca; orgasmo que me dispuse a recibir con los labios bien abiertos, tanto míos como de ella, logrando esto último con la ayuda del índice y el pulgar de mi mano izquierda. Era increíble sentir ese río que brotaba de ella con la misma intensidad que el primero y que yo me esforzaba por sorber en su totalidad, para así disfrutar de su exquisito sabor a miel caliente.
Una vez terminado este abundante fluir, su cuerpo entero cayó en un estado de relajación que me permitió dar por tierra con todo resto de vestimenta que la cubría hasta ese momento y, así, poderla apreciar en toda su magnitud. No tengo palabras para describir la imagen que ante mi se presentó una vez que me incorporé para tomar la distancia necesaria: su cuerpo totalmente desnudo era sólo cubierto por una fina cortina de sudor que la hacía brillar bajo la tenue luz que había en su oficina; con tanto sus brazos como sus piernas extendidos y- en el último caso- abiertos, lo cual me permitía apreciar las tres cosas que más me habían llamado la atención de ella: ese par de imponentes senos con sus tersos pezones totalmente erectos, y esa vagina coronada por la fina mata de vello delicadamente cortado en forma de banda que señala el camino al mayor tesoro jamás conocido; sin por supuesto olvidarme de su cara que en ese momento presentaba ese gesto de inocente tentación: un poco ladeada hacia la izquierda, con sus incitantes ojos entrecerrados fijos en mí y sus apetecibles labios enmarcados en una sonrisa que oculta esos dientes que sostienen el índice de su mano izquierda. Toda esta fascinación visual fue corta dado que ella segundos más tarde deslizó esa mano desde el lugar donde estaban, a través del sudoroso paso entre esas majestuosas tetas y por sobre su rala senda, hasta su vagina donde se dispuso a abrir sus labios con el índice y el anular, al tiempo que con el mayor colocaba sus piernas sobre los apoyabrazos de la silla. Yo, ni lerdo ni perezoso, me abalancé sobre ella y le incrusté mi rígido miembro tan profundo y con tanta fuerza que la empujé con todo y silla hasta toparnos con el escritorio; momento en el cual ambas de sus manos fueron a posarse sobre mis sudantes nalgas, clavándome las uñas al tiempo que me jalaba aún más hacia sí. El grito que alcanzó a escapar por entre sus labios fue a encontrarse dentro de mi boca con el que su sujeción había generado en mí. Mis brazos, en tanto, se entrelazaron tras el respaldo de la silla, acentuando el grado de aproximación alcanzado, que era tal que, una vez que comenzamos- o mejor dicho comencé- con el balanceo, los sudores que nuestros cuerpos emitían brotaban entremezclados por entre los escasos espacios que podían encontrar entre ellos, en tanto que nuestros pezones- más aún los de ella- erguidos hasta el punto del dolor por la excitación compartida rasgaban la piel de nuestros torsos con su ir y venir. Era algo hermoso sentir como mi cuerpo se fundía con el de ella, como mi pecho se frotaba contra el suyo, en extremo más mullido, y como su lengua hurgaba en mi interior de un modo similar al de mi verga en su ardiente cueva, en donde sus músculos pélvicos la habían apresado, y la masajeaban en forma ondulante.
Mi boca enseguida dejó la suya, pasando a su cuello para tomar una pequeña muestra del sudor que brotaba de allí con destino meridional al cual fueron a parar mis manos una vez que soltaron el asidero en el que estaban; movimiento que fue imitado por las suyas, quienes, escabulléndose por entre nuestras pelvis, tomaron posesión en derredor de la porción de verga que en ese momento dejaba la cueva y, sacándola completamente del interior, separaron su cuerpo del mío, causándome una sorpresa similar a la que yo le provoqué anteriormente. Acto seguido, se incorporó y, tomado de la verga como me tenía, me hizo sentar en esa silla. Una vez allí, con sus manos entrelazadas tras mi nuca, acercó su cara a la mía para darme un corto beso, luego del cual, pegando un saltito, se incrustó mi verga en su cueva, dando comienzo a una nueva serie de meneos, esta vez por parte de ella. A mí sólo me quedó relajarme y disfrutar de este desbocada cabalgata de la que era objeto: ella, tomada de mis hombros, con sus piernas a ambos lados de mi cuerpo y apoyadas en los apoyabrazos, daba saltos cada vez más violentos y descontrolados que hacían que sus grandes pechos rebotaran completamente libres, en un principio, ya que yo intenté infructuosamente apresarlos de a uno con mi boca, momentos en los que recibía los almohadazos del otro, que lejos de aplacarme, me incitaban a seguirle el ritmo; hasta cierto punto, dado que mis ganas de perpetuar el momento me llevaron a tomarla de las nalgas en procura de imprimirle al hecho una velocidad que lo haga posible. Al ver que el grado de locura en el que estaba A me imposibilitaba la tarea, no me quedó otra que, así como estábamos, llevarla hasta el escritorio para entonces ahí ser yo el alocado. El chasquido que hizo su cuerpo cuando la deposité sobre el mueble era evidencia clara del nivel de calor alcanzado; es más, al apoyar mis manos a ambos lados de su cuerpo, sentí como el sudor formaba un charco proveniente de ella. Charco que, por la parte del frente se mezclaba con la miel que escurría por entre sus piernas y que mi verga parecía extraer en cada vaivén. No me aloqué inicialmente tanto como ella, y aún así, como era de esperarse, la erupción dio señales de estar próxima. Fue entonces, y antes de darle oportunidad a ella para darse cuenta, cuando decidí hacerlo y de una forma- si es que era posible- más desaforada que ella: me aferré de tal manera a sus nalgas que terminé por abrirlas, tras lo cual aproveché para, ya que estaba, introducir el índice de cada mano en ese ceñido refugio que respondió a tal intromisión como era de esperarse. Ella también se hizo eco de esto, estallando junto conmigo de un modo espectacular: ambos tiramos la cabeza hacia atrás y nos unimos en un grito liberador que duró hasta que mi verga escupió la última gota en su interior y tras lo cual caí sobre ella que yacía completamente relajada en el escritorio; mi cara fue a parar entre medio de sus senos que amortiguaron la caída.
Así permanecimos por un tiempo prolongado: ella recostada sobre el mueble, con sus ojos fijos en mi cabeza que reposaba mansa en su mullido pecho, y con sus piernas colgando flojas a ambos lados de las mías; mi verga era cobijada en su interior en un estado de semi flaccidez. Mis pausadas respiraciones de total relajo hacían que sus pezones se estremezcan al sentir el fresco aire pasar, principalmente el izquierdo, lado hacia el que estaba dirigida mi cara en ese momento; asimismo, dicho estremecimiento la recorría por completo, haciendo que se contrajeran en secuencia todos sus músculos, incluso los internos como los pélvicos que, venido el caso, estrujaban mi miembro, despertándolo de su apacible, aunque corta, siesta. Volteé mi cara hacia la suya sin despegarme del su pecho, añadiendo más estímulo a la situación, y terminé con mis ojos fijos en los suyos que daban cuenta del buen momento que estábamos pasando y que, según veo por lo que a continuación sigue, estaba algo lejos de su fin.
Sus manos se colocaron sobre mis hombros, separándome de ella al tiempo que se enderezaba sobre el escritorio. Mi verga, finalmente, dejó el interior de su cueva como si nada hubiese pasado; seguía igual de firme y expectante, sin dar muestras de cansancio ni de haber pasado lo que pasó más allá de unos pocos restos de semen mezclado con flujo que A muy servicialmente se dispuso a juntar con la mano para posteriormente llevárselos a la boca y degustarlos lentamente: uno a uno entraban y salían los dedos de por entre sus labios que firmemente cerrados no dejaban escapar ni una pizca. Esto ultimo aumentó- si eso era posible- mi excitación, a la vez que crecía en mi la duda - bastante estúpida de por sí- de cómo era posible que todo esto siguiera; duda que A, como adivinándolo, pasó a dilucidar diciendo: “Todavía te queda un sitio por visitar”, para luego voltearse y, inclinándose sobre el escritorio en el mismo lugar donde aquél charco permanecía, tomar una nalga con cada mano, separándolas lo máximo que le era posible. Por el brillo que daba en su ano producto del mar de flujos y sudor que habían escurrido sobre él hasta caer sobre el escritorio, no parecía necesario ningún tipo de lubricante; es más, tampoco era necesaria la excitación del esfínter, más allá de que yo quisiera hacerlo por mi cuenta, dado que a eso estaban abocados el índice y el mayor de su mano derecha. Aún así, nadie me podía quitar la posibilidad de que haga lo propio, y así lo hice al ponerme en cuclillas y sacar a lengüetazos esos dedos del camino para abocarme de manera egoísta a la tarea. El contacto de mi lengua con su esfínter hizo que un estremecimiento la recorriera de pies a cabeza, al tiempo que mis manos desplazaron a las suyas en la sujección de las nalgas, no dejándoles otra alternativa que dedicarse a su entrepierna o a sus senos que se mecían del modo más tentador con el ir y venir suave de su cuerpo. Mi lengua en tanto iba de adelante hacia atrás, embadurnando aún más su ano con el néctar que surgía de su cueva, haciendo pequeños círculos cada vez que alcanzaba el esfínter. Como ninguno de los dos, por más excitación que sintamos, quería esperar par dar el siguiente paso, no tuve otra que incorporarme y, haciendo a un lado la silla sobre la que estaba, aproximar el glande a ese hueco que estaba más que listo. Por supuesto que me tomé mi tiempo para enterrarlo, realizándolo lentamente, disfrutando de cada milímetro que lograba traspasar la prieta barrera muscular. Sólo me detuve tres veces en el ingreso: primero cuando sentí el sutil golpe que sucede una vez que la cabeza entró por completo; luego a medio camino, dado que quería obtener una imagen fija de ese momento para recordar tanto eso como la reacción que generaba mi retraso en ella, quien se afanaba por que finalmente mi cuerpo haga tope, tirando su cuerpo hacia atrás; y finalmente, como quería ella, cuando mi pelvis hizo tope contra sus nalgas. Lo que siguió fue un vaivén lento de modo de acostumbrarnos -más yo- a tener mi verga dentro de ese lugar; pero que luego fue tomando intensidad, sin llegar a ser lo alocado que había sido aquél por parte de ella. Mi pelvis chasqueaba contra sus nalgas, haciendo que salten gotas de sudor por todos lados; era algo hermoso, y más teniendo en cuenta al igual que la vez anterior, que era yo y no dumbo- su novio - quien lo estaba disfrutando. A esto había que sumarle el hecho de que era seguro que duraría un tanto más que aquella vez si se tiene en cuenta que en esta yo ya me había venido dos veces, por lo cual no corría el riesgo, al menos por un momento mayor, a que un estallido temprano venga a cortarme el tren de locura en el que me había subido; locura que como pude apreciar era compartida ya que ella imprimía más fuerza al agarre del cual eran objeto sus exuberantes senos, y al modo en que contraía su músculo anal, haciendo cada vez más estrecho el canal por el que mi verga iba y venía, lo cual aumentaba la presión sobre ésta que sentía el modo en que el esfínter la exprimía; lo cual terminó por incitarme a que me desboqué todo lo que me restaba, llegando a un punto tal en que ambos estábamos subidos al escritorio y ella, en un principio, recibía mis embestidas completamente retraída en el corto espacio que había sobre el mueble, pero que luego subsanó al incorporarse, oprimiendo su cuerpo contra mí, lo cual me posibilitó cambiar el asidero de su cadera que hasta ese momento había utilizado por el de sus senos, y más precisamente de sus pezones, cuya firmeza los hacía parecer estacas que escapaban por entre mis dedos y que me dispuse a pellizcar en el momento exacto en que, una vez que nos habíamos vuelto a la posición anterior, mi verga dio señales de estar a punto de hacer erupción. Momento más que sublime fue éste, si tenemos en cuenta que coincidió con un nuevo orgasmo por parte de ella que la hizo llevar su cabeza hacia atrás, permitiéndome recorrer cortamente su cuello con mi boca y mi lengua, llegando hasta sus labios que esperaban ese beso que sería el broche de oro de la noche; tras lo cual, yo caería completamente exhausto sobre la silla.
Al volver a abrir los ojos, me encontré de regreso en mi casa, sentado frente a mi computadora, sobre cuya pantalla aparecía el siguiente mensaje:
A.L.: ¿Te gustó?

Eso mismo me pregunto yo sobre el presente relato; cualquier opinión, háganmela llegar a mi mail: lolo6561@hotmail.com
Y si sos A.L. Escribíme que hace tiempo que no se nada de vos...TE EXTRAÑO MI ANGEL!!!

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